
Supongamos que vivimos tiempos de incertidumbre. Tiempos en los que mucha gente se siente ansiosa y sola. Por supuesto, es un puro imaginar, como si el consumo de ansiolíticos estuviese disparado, un experimento mental en el que muchas personas se agobiaran ante la amenaza de inminentes catástrofes, personales y colectivas. Un tiempo de odio sectario mezclado con escepticismo y hasta cinismo respecto al conocimiento que se pretende valioso. Un tiempo abisal, levemente aplacado y devuelto a la tierra por los espectáculos deportivos, la frivolidad turística, el rebaño ideológico o la escapatoria y el feedback que proporcionan las redes sociales.
Un tiempo como el descrito pondría los pelos de punta a cualquiera, pero tenemos la suerte infinita de que nos ha tocado una época distinta y mejor, gobernada por la fraternidad. ¡Qué fortuna vivir sin la necesidad de estar constantemente asomados a ese abismo! Gracias a ello, podemos darnos el lujo de visitar otras épocas, esta vez sí, turbulentas.
Aterricemos en Tesalónica, en torno al año 50 de nuestra era.
En Tesalónica existía una comunidad judía, y era una comunidad presa de gran agitación espiritual. Algunos de sus miembros, no se sabe cuántos, habían abrazado el cristianismo. Es posible que algún gentil también se hubiese sumado ya a la fe en Cristo. Y, sin embargo, terribles y acuciantes dudas les corroían: ¿qué pasa con la vida después de la muerte? ¿qué les ocurrirá a los vivos cuando se produzca la segunda venida del Señor? Desde luego, no eran cuestiones baladíes.
Nosotros vivimos una época tan feliz que nos resulta muy difícil ponernos en el pellejo de congéneres que expresaban tales preocupaciones. De hecho, para nosotros la muerte es prácticamente un tabú, pues arruina lo importante, que es nuestra felicidad justamente lograda.
Pues bien, los nuevos cristianos de Tesalónica tuvieron la inmensa fortuna de contar como predicador y guía espiritual al que probablemente sea el personaje más importante de la historia de Occidente, o al menos el más optimista, el que será conocido por la posteridad como san Pablo. Saulo Pablo fue judío de la diáspora, ciudadano romano, azote de los cristianos, converso y, lo más importante, el gran responsable de que el cristianismo pasase de anecdótica secta judía a religión mundial. Recorrió miles de kilómetros a pie por caminos más peligrosos que un robo a la mafia, predicando lo que él entendió o quiso entender que era el cristianismo. Por desgracia, todos los caminos llevan a Roma y allí acabó, decapitado. No eran tiempos suaves, pero todavía sorprende la crueldad romana, a la que tanto debemos. Ya se sabe, el precio de la civilización y tal.
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gracias! magnífico articulo, interesante y estimulante, trataré de conseguir la traducción referida y me sumergiré ?
Muchas gracias, Isabel. La edición Reina-Valera es muy accesible online. Se basa en la Biblia del Oso, traducción de Casiodoro de Reina hace medio milenio, y que constituye uno de los grandes hitos del castellano. ¡Saludos!
«el personaje más importante de la historia de Occidente, o al menos el más optimista, el que será conocido por la posteridad como san Pablo. Saulo Pablo fue […] el gran responsable de que el cristianismo pasase de anecdótica secta judía a religión mundial.»
Se puede decir que San Pablo fue el creador del cristianismo. Y recordar que no conoció a Jesucristo.