
La pereza no es la madre de todos los vicios porque les brinde el tiempo necesario para su desarrollo, como creen quienes confunden el trabajo con la virtud, sino porque constituye su materia prima, porque es su principal ingrediente. Los vicios lo son sobre todo por omisión, y las omisiones suelen ser perezosas.
¿Seguro? No parece que la gula sea la expresión dietética de la pereza. La gula es más bien hiperactividad gastronómica, y la pereza, por el contrario, se correspondería con el ayuno, la inapetencia, la anorexia… Análogamente, la pereza sexual no sería la lujuria, que suele ser compulsiva e incluso frenética, sino la abstinencia. Y la avaricia no es pereza en el gastar, sino avidez en el acumular.
Eso es cierto en lo anecdótico, pero erróneo en lo sustancial: es una visión perezosa de la pereza.
¿Acaso la pereza no es la evitación del esfuerzo?
Es una definición insuficiente. No llamamos perezoso a quien arrastra una maleta con ruedas en lugar de cargársela al hombro. La pereza es, en todo caso, la evitación del esfuerzo necesario o, cuando menos, provechoso. Si alguien dejara de comer por no esforzarse en mover las mandíbulas, podríamos hablar de ayuno perezoso; pero no suele ser ese el caso. Es el guloso quien no hace el positivo esfuerzo de controlar su apetito.
Tal vez no lo considere positivo. Tal vez considere más positivo comer hasta saciarse.
Si alguien considerara realmente que la satisfacción de sentir el estómago más lleno de lo debido es mayor que la de disfrutar de un cuerpo saludable, en ese caso, y solo en ese, la gula no sería pereza. En cuanto a la avaricia, es flagrante pereza existencial. El dinero es mera potencialidad: puedes cambiarlo por comida, ropa, libros…, pero no puedes comerlo, ni ponértelo, ni leerlo; puedes convertirlo en regalos o ayudas para los demás, en ocasiones de encuentro y participación… Pero el dinero en sí mismo no es nada. El avaro toma la potencia por el acto, y su grosera metonimia representa la suma pasividad.
¿Y la lujuria? ¿Por qué es una manifestación de la pereza?
Porque es evitación del esfuerzo emancipador. Te formas en el interior de tu madre, que es tu casa y tu sustento. Luego ella te expulsa de su seno, pero sigue siendo tu sustento. Más tarde deja de ser tu sustento, pero sigue dándote casa y sustento. Y por fin, al cabo de los años, aprendes a vivir y a alimentarte por ti mismo, eres tu propia casa y tu propio sustento. Y el narcisista amor infantil se convierte —aunque no siempre— en verdadero afecto filial. Que no está hecho de necesidad sino de gratitud, y que, por ende, supera la dependencia. Mientras que el amor al uso, el amor romántico, heredero directo del apego infantil, necesita y depende. Es un asno, un cuadrúpedo, y sus cuatro patas son la libido, la lactancia (la lactancia, sí: el enamorado al uso —al abuso— es un mamón), el orgasmo y el miedo. El amor romántico es la lujuria por excelencia, el apetito desordenado, el desaforado deseo de devorar entera a otra persona. Las demás manifestaciones de la lujuria solo son los rebuznos del asno; el amor romántico es su mordisco feroz, su coz ciega. El amor romántico es cobardía y pereza, cobardeza: la cobarde evitación del esfuerzo de crecer, la mórbida añoranza de la morbidez del claustro materno.
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«El horror, el horror» El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad
Qué maravilla de texto. Gracias.
Gracias a ti, Pau. Lo que tiene de maravilloso es casi todo ajeno: en el diálogo, yo soy, básicamente, el que hace las preguntas y plantea las objeciones.
Un artículo que difícilmente se asociaría a la incompletitud, al menos por lo que respecta a la densidad de ideas.
«Un autorretrato que sea un mapa del mundo»… Y también por la profundidad de alguna de ellas. Un giro muy oportuno sobre lo que apunta Borges. Desde mi punto de vista, de decir poco, aunque agradable de leer, a mostrar cuál debería ser el objetivo.
Creo que Borges es un magnífico sugeridor. Incluso cuando dice poco, lo dice de una manera que te activa la imaginación. En una ocasión le dije (con cierta malicia, lo admito) que me parecía mejor poeta que prosista. Y estuvo de acuerdo.
Soy perezoso mas creo no tener vicios, de viejo digo pues de joven… por omisión seguro. Hay que ser muy activo, emprendedor, resuelto y audaz para tenerlos y vivir sin pereza, que en el fondo es puro silencio, laxitud, lenteza, quieta observancia visual-civil-religiosa sin ruido de fondo o de dentro para trepar bien alto, como los perezosos arbóreos, tan feos y longevos los pobres. A ellos no les falta tiempo, sólo árboles en busca de cielos.
Hay vicios que requieren un gran despliegue de energía, desde luego; pero me atrevería a decir que incluso esos están hechos de la materia de la pereza. En cuanto a tu supuesta condición de perezoso, tus asiduos y enjundiosos comentarios la desmienten; sé por larga experiencia que una de las actitudes menos perezosas que hay es leer con atención y rumiar lo leído. Y compartir lo rumiado.
Mi comentario fue el resultado de la confusión que me causó tu artículo, estimado Carlo. Contínuo a leerlo cuando puedo pues soy medio duro de seseras, y para ciertos menesteres no tengo pereza. Me resulta difícil compartir la idea de que con definiciones filosóficas se puedan identificar los orígenes de procesos neurobiológicos, de comportamiento, que creo poco le deben a la herencia genética y más a la familia, al entorno social, a la cultura, que en aquellas personas que demuestran esos vicios supongo habrá sido nula, especialmente en literatura. A este punto me pregunto para qué contínuo a leerlo estando en desacuerdo. Debe de ser por tu prosa, que no es la de un sofista, pero sí la de un sofisticado. Siempre estimulantes tus aportes.
Si mis aportes son estimulantes, estimado ER, es mérito del diálogo con los/as lectores/as. Y de los desacuerdos gestionados con honradez y buena voluntad.
¡Qué estupendo intercambio de comentarios entre E. Roberto y Carlo Frabetti! Lástima que me hayan abierto demasiado los ojos, tomando conciencia de mi cada vez mayor pereza para intervenir en estos foros. ¡Me estoy haciendo viejísimo además de inoperante para, cada vez más, ciertos temas!
¡Maestro Ciruela! Hacía tiempo que no leía sus comentarios. Su pseudónimo me trae el recuerdo de varios personajes con tal función, o sea, en Argentina el reemplazo del titular. Eran los peores, para nada perezosos para darnos tareas. Su aporte me resulta un galimatías peculiar pues en su caso la lectura lo hizo consciente de… su pereza. Pienso, estimado que se deba a la cultura, del entorno, de la familia, cosas para nada viejísimas. Un saludo cordial.
«El maestro Ciruela, que no sabía leer y puso escuela», reza un viejo refrán español. He aquí otro que, por el contrario, sí sabe leer y no pone escuela. Necesitamos esta variante.