
Este artículo es un adelanto de nuestra revista trimestral nº 50 especial Pura vida, ya disponible aquí.
El frío del agua tensa los músculos y los entumece. Arruga la piel de los dedos y pone los labios morados. El frío del agua duele en el cuerpo. Pero Claudia Poll sigue nadando. Son las 3:30 de la mañana y en Costa Rica no hay piscinas bajo techo ni climatizadas. Cuando sale, llora.
Una historia breve y más o menos sencilla dirá lo siguiente: que Claudia Poll, hija de padres alemanes (él, Bernard Poll, un ingeniero agrónomo que llegó para trabajar en una desmontadora de algodón; ella, Thekla Ahrens), nació en Nicaragua dos años después que su hermana Sylvia y emigró con la familia a Costa Rica en 1979, en el medio de la Revolución Sandinista. Que alquilaron una casa en las cercanías de un club llamado Cariari y la misma persona que se las alquiló les recomendó llevar a las niñas a la escuela de natación. Que las dos tenían ojos celestes, eran altas y rubias hasta la médula. Que Sylvia mostró mejor predisposición y a Claudia le costó, pero poco a poco las dos encontraron en ese contexto amistades y diversión. Entonces las recibió Francisco Rivas, un reconocido entrenador que al poco tiempo detectó que esas dos hermanas estaban para algo más. Y no fue solo percepción: comenzaron a hacer marcas resonantes y a proyectarse en el alto rendimiento. El tiempo, no muy lejano, hizo esto: Sylvia se convirtió en la primera medallista olímpica en la historia de Costa Rica, cuando se subió al podio en los Juegos de Seúl 1988, en 200 metros libre, tenía diecisiete años. Se retiró a los veinticuatro. Claudia, a sus veintitrés, reescribió la historia: consiguió la primera y única medalla dorada olímpica que tiene su país, también en 200 libre y en Atlanta 1996. Cuatro años después revalidó su vigencia en Sídney 2000 con las preseas de bronce en 200 y 400 del mismo estilo. Desde entonces, nadie más sabe en Costa Rica lo que es subirse a un podio olímpico. Y Claudia, a los cincuenta y dos, sigue nadando.
Tirar la toalla nunca fue una opción
La filosofía se centra en un punto: esto no puede llamarse sacrificio. El sacrificio, así, suena como una obligación, tiene connotación negativa. Y Claudia Poll, 1.91 metro de estatura, no considera que aquellos años hayan sido de sacrificio, sino de esfuerzo con gusto en busca de un sueño mayor. Entrar primero y mantenerse después en la élite no se sostiene en intenciones sino en al menos 80 kilómetros de entrenamiento semanal, dos veces al día, de madrugada y de tarde-noche, con dolor o sin dolor. Liviana por haber «volado» en el agua o exhausta física y mentalmente. Con ángeles y demonios.
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