
Domingo 29 de junio de 2014. Como en Atenas, San José o cualquier lugar del mundo, en una casa de un barrio de Rosario, Argentina, un padre y un hijo están reunidos enfrente del televisor mirando un partido de fútbol. Juegan Costa Rica y Grecia por los octavos de final de la copa del mundo en Brasil y no piensan perdérselo. Los campeonatos mundiales provocan eso: un magnetismo a escala planetaria que dura un mes. No importa quiénes jueguen, los partidos se miran todos. Es el plan perfecto.
Más temprano jugaron México y Holanda y en la casa rosarina querían que ganara México. ¿Solidaridad latinoamericana? Probablemente no. Quizás obedecía a esa tendencia humana de simpatizar con el más débil, la pedagogía eficaz del mito de David y Goliat. Aunque también es posible que los motivos hayan sido más prosaicos, un cálculo especulativo. El ganador es un potencial rival en el camino de Argentina, y Holanda parece más complicado porque viene de ser subcampeón en el mundial pasado.
En el partido que están viendo ahora, el deseo es que gane Costa Rica.
Las causas hay que buscarlas por otro lado, ni cercanía geográfica ni supuesta debilidad. La simpatía por Costa Rica es mérito exclusivo de los jugadores de su selección, del desempeño extraordinario que tuvieron en la primera fase, ganándole a Uruguay, a Italia, y dejando atrás a Inglaterra. El grupo de la muerte del mundial de Brasil tuvo un ganador inesperado y eso despertó el entusiasmo en el padre y en su hijo, un niño de diez años que está maravillado con ese portero invencible de camiseta verde fluo y nombre inusual: Keylor.
Además hay razones que se pueden rastrear en la memoria emotiva. El padre era adolescente durante el mundial de Italia 1990 y coleccionaba las figuritas Panini, no completó el álbum pero todavía le resuena un nombre: Luis Gabelo Conejo. El portero con apellido de animal de ese sorprendente seleccionado que clasificó a octavos de final en su primera participación en copas del mundo le generó un vínculo imperecedero con Costa Rica. En 1990, Conejo deslumbró con sus atajadas frente a Escocia, Brasil y Suecia, y aquel adolescente confiaba en él para que el equipo tico siguiera avanzando en la competencia. Pero Conejo se lesionó y no pudo estar en el cruce decisivo de octavos contra Checoslovaquia, que terminó en derrota por 4 a 1. Los campeonatos mundiales provocan eso: pasiones insospechadas por motivos arbitrarios que se renuevan cada cuatro años.
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El portero del que guardo mejor recuerdo en el Real Madrid desde los tiempos de Miguel Ángel y García Remón.
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Me encantó el artículo …. parece estar escrito por un niño de 10 años … transmite esa emoción que sólo los niños y niñas pueden sentir … que sólo el futbol te hace sentir … gracias.