
Alianza Editorial acaba de lanzar al gargantúa cinéfilo una nueva presa. En este caso, otro libro sobre el cineasta estadounidense Martin Scorsese. ¿Otro libro más? Pues no. Porque Los diez mandamientos de Martin Scorsese, que así se llama el artefacto, está escrito, sin ningún miedo a la inmensidad, por Rubén de la Prida, que ya venía apuntando maneras con su anterior y riguroso estudio sobre Wes Anderson, Claves de la estética de un autor moderno (Comares). A Rubén de la Prida quizá se le puedan achacar algunas cosas, que para mí son virtudes, como un excesivo rigor academicista, inútil búsqueda del grial empírico —su ADN ingenieril le delata— en un campo, lo siento Rubén, yermo en análisis científicos. Para mí, más allá de cierto estatismo doctoral, lo que transciende de su estilo es un amor tan atávico al cine y una admiración prístina a sus creadores, que no se permite ningún desliz teórico que mancille esa veta primigenia. Sus libros están cimentados, subrayados y justificados hasta el paroxismo y apuntalados por notas a pie de página, más de cien referencias bibliográficas, e, incluso, en un hallazgo genial para un libro de cine, se ofrece la posibilidad de visionar las secuencias analizadas a través de códigos QR. Digamos que el mantra woke de otro ¿libro?, El sutil arte de que (casi todo) te importe una mierda (Harper Collins) sería la kriptonita que haría tambalearse a este supermán de la teoría cinematográfica que es de la Prida. En este sentido Los diez mandamientos de Martin Scorsese, continúa por la misma senda, pero se permite algún desfogue a través de personales digresiones, o, por qué no, boutades, como el llamado Principio de Marty, un heterodoxo listado de la filmografía de Scorsese basado en las películas hechas «para ti», «para ellos», «para todos» o «para nadie»; o esa maravillosa entrevista final imaginaria, delicioso Frankenstein con los retales de reflexiones paratextuales propias del director. En mi opinión, son lo mejor de este libro de «alta divulgación», como bien lo define el propio autor.
Con todo, lo que una vez más demuestra este libro sobre Martin Scorsese es que el director neoyorkino, parafraseando el antológico arranque in media res de Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990), «Que yo recuerde, desde que tuve uso de razón, quise ser un gánster», siempre quiso ser un cineasta. Añadiría, según confesión propia, también un sacerdote.
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