Todos somos el monstruo de Frankenstein

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Mary Shelley's Frankenstein
Mary Shelley’s Frankenstein. Imagen: TriStar Pictures.

Mientras Lenù filosofa sobre el Espíritu Santo a raíz del curso de teología que está haciendo, Lila se arregla para salir al cine con su marido y unos amigos. Las dos tienen la misma edad, dieciséis años, pero Lenù pudo seguir estudiando, mientras que a Lila le tocó tomar las riendas de su vida y su porvenir demasiado joven. A la disertación de su amiga Lila responde con su particular visión del mundo: «Mires donde mires hay una miseria que nos vuelve malvados. A cada instante puede ocurrir algo capaz de hacerte sufrir tanto que nunca tendrás lágrimas suficientes para lamentarlo. ¿Y qué haces tú? ¿Un curso de teología en el que te esfuerzas por entender qué es el Espíritu Santo? Déjalo estar, fue el diablo quien se inventó el mundo, no el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo». 

De este modo plasma Elena Ferrante la rabia, el odio, el rencor, la maldad de Lila en un punto determinado de La amiga estupenda, la primera novela, de cuatro, que narra la amistad de estas dos napolitanas de un barrio pobre y marginal. 

Y es que aunque han crecido en el mismo sitio, Lila y Lenù no han tenido las mismas oportunidades. Lo esencial: una ha podido seguir estudiando y la otra no. Eso y su capacidad especial para interpretar el mundo y la realidad hacen que Lila llegue a la conclusión de que las circunstancias, o la miseria en este caso, nos transfiguran en malas personas. 

«Como pasa siempre, la acción continuada de las mentes poco liberales erosiona las mejores intenciones de los más generosos», viene a reafirmar Herman Melville por boca de uno de sus personajes, en Bartleby, el escribiente.

Estas dos reflexiones llevan irremediablemente a un libro que ha sido considerado por muchos como precursor de uno de los mayores y más consumidos géneros: la ciencia ficción. En 1816 una mujer creó una bestia con la que pretendía helar la sangre y que ha trascendido los siglos hasta llegar a nosotros, se trata del monstruo de Frankenstein. 

Deformidad de la historia 

En Frankenstein o el moderno Prometeo Mary Shelley propone un dilema muy ligado a la religión y a la moral. Victor Frankenstein es un joven obnubilado por las ciencias naturalistas que se cree capaz de hacer brotar la vida de la materia muerta. Para ello roba partes de cadáveres y va configurando un ser, de aspecto parecido al humano, al que da vida. No obstante, cuando consigue que la criatura despierte, su físico le horroriza, lo que ha hecho con los cadáveres le horroriza, y la abandona a su suerte. Es aquí cuando el monstruo comienza a padecer. 

Quizá sea pecar de purista decir que el cine ha deformado la verdadera historia de la autora, pero es así. Uno de los primeros largometrajes basados en esta obra fue El doctor Frankenstein, dirigido por James Whale en 1931. De fondo la historia tiene poco o nada que ver, empezando porque el doctor Frankenstein no conserva ni el nombre que se le da en la novela y acabando porque en una de las primeras escenas se destruye el tema principal de la obra de Shelley. Al monstruo de este doctor se le pone el cerebro de un criminal y eso justifica sus malvadas acciones durante el resto de la película, argumento similar al de El jovencito Frankenstein, dirigida por Mel Brooks en 1974. En cambio, en la novela de la autora lo que hace que este ente sea malvado es el maltrato continuado que recibe por parte del ser humano. 

Mary Shelley creó un esperpento repugnante por fuera, pero bueno, cándido y tierno por dentro. Construyó un verdadero viaje para este personaje al que ni si quiera se le concede la decencia de tener un nombre y que acabó siendo lo que era exteriormente, un auténtico demonio. 

Ese viaje hasta el horror del engendro comienza cuando se da cuenta de que su creador, Victor Frankenstein, le ha abandonado porque no soporta su aspecto exterior. Vagará solo, aprenderá solo a hablar, leer y sustentarse e intentará, siempre en vano, acercarse a los humanos para pedirles algo de cariño y calor. El trato que va a recibir de estos va a transmutarlo en malvado. Esa miseria de la que habla Lila, esa falta de liberalidad que menciona Melville, moldean su carácter, la experiencia lo cambia y aunque él se ofrece a volver a obrar bien esto también se le niega en todos los casos. 

De Pregúntale al polvo a Mulholland Drive 

Son muchas las obras que tratan temas similares a Frankenstein, especialmente en lo relativo a esa mutación de persona buena e inocente en ser dolido y al que las circunstancias obligan a emprender una huida hacia delante. 

En Pregúntale al polvo de John Fante, Arturo Bandini está en su habitación de la pensión de Los Ángeles en la que vive. Parece que últimamente nada le sale bien, ni siquiera escribir, motivo por el que está en la ciudad tratando de ganarse la vida con su prosa. Lleva semanas alimentándose únicamente de naranjas y entonces él, que viene de la miseria y del seno de una familia profundamente creyente, acaba robando para poder variar su dieta. Por supuesto, tras ello se siente culpable y asqueroso, pero las circunstancias le han empujado irremediablemente a actuar de ese modo. 

Walter White emprende un camino más radical al pasar de ser un calzonazos profesor de química al rey de la metanfetamina de Albuquerque en Breaking Bad. El suyo es el viaje del antihéroe, del ciudadano de a pie cansado, oprimido por el peso de una vida rutinaria e infeliz, al que el cáncer le da la excusa perfecta para mandarlo todo a la mierda. 

La metamorfosis de Betty en Diane en Mulholland Drive también nos habla de esto. Betty llega a la ciudad en busca de una carrera como actriz y buena parte de la película la acompañamos en su viaje y en su historia de amor con Rita. De repente la trama se da la vuelta y Betty ya no es ella, sino que se llama Diane, mientras que Rita es Camilla. Por celos, por despecho, por rabia, por insatisfacción al no poder tener a Camilla ni la brillante carrera de actriz en Hollywood que había planeado, Betty / Diane acaba contratando un asesino a sueldo. La dulzura e inocencia de Betty terminan por ser la impulsividad y la maldad de Diane tras un camino pedregoso, arduo e infructífero que David Lynch omite al espectador mediante una elipsis. Betty / Diane es una suerte de doctor Jekyll y Mr. Hyde, solo que aquí no hay una pócima que la vuelva malvada, sino que es la vida la que la empuja a actuar sin escrúpulos. 

Todos estos personajes están privados de algo, amor, cariño, comprensión, realización personal y profesional, y han hecho el mismo viaje solo de ida: de la bondad a la maldad. Todos estos personajes son el monstruo de Frankenstein. 

Dios mío, ¿por qué me has abandonado? 

¿Por qué me has abandonado? Es la pregunta que la bestia demoníaca creada por Shelley se hace en su descenso a los infiernos. El momento culmen del libro surge cuando el creador se encuentra con su criatura y esta le cuenta su vida hasta el momento, implorando piedad. 

«Yo debería ser vuestro Adán… pero, bien al contrario, soy un ángel caído, a quien privasteis de la alegría sin ninguna culpa; por todas partes veo una maravillosa felicidad de la cual solo yo estoy irremediablemente excluido. Yo era afectuoso y bueno: la desdicha me convirtió en un malvado. ¡Hacedme feliz, y volveré a ser bueno…!», le espeta a Victor. 

Este científico, que ha venido a representar a todos los científicos locos en muchos discursos, no estaba realmente loco, simplemente no se planteó el alcance de sus acciones, le cegó el ego, los méritos, el éxito de alcanzar un descubrimiento que jamás se habría imaginado. Más que un relato sobre la vida y la muerte, Frankenstein es una obra que habla de la relación del hombre con Dios. De este modo, Victor Frankenstein sería Dios y el monstruo la humanidad. 

El salmo 22 de la Biblia comienza diciendo: «Dios mío, Dios mío, / ¿por qué me has abandonado? / ¿Por qué estás lejos / de mi clamor y mis gemidos? / Te invoco de día, y no respondes, / de noche, y no encuentro descanso». Y más adelante: «Pero yo soy un gusano, no un hombre; / la gente me escarnece / y el pueblo me desprecia; / los que me ven, se burlan de mí». 

Así, una de las interpretaciones puede ser que Dios nos ha abandonado. Al igual que Victor hace con su abominable ser, nuestro creador también nos ha dado la espalda, dejándonos atados al libre albedrío, dando vueltas sobre nosotros mismos como gallinitas ciegas y preguntándonos aleatoriamente cuándo, dónde, cómo y, sobre todo, por qué. 

En este punto cabe formularse una pregunta, ¿somos malos naturalmente o las circunstancias nos vuelven malos? El eterno enfrentamiento entre Hobbes y Rousseau está servido. El caso de Frankenstein está más alineado con Rousseau. Para Mary Shelley son los demás y las circunstancias que nos rodean los que hacen que viremos hacia la zona más oscura de nosotros mismos. 

El monstruo de Frankenstein estaba sobreviviendo cuando cometía sus crímenes. Ante los abusos, insultos, amenazas y desplantes de los humanos no encontró otra forma de hacerse fuerte y superar el dolor que esto le provocaba, llevado por un fuerte sentimiento de venganza, humillación y soledad. Del mismo modo en que Lila se muestra irónica y despiadada con Lenù para no sentirse inferior por no estudiar como ella, la bestia de esta novela gótica se sobrepone a sus circunstancias haciendo el mal. En otra posible interpretación del libro parece que la reacción de la criatura sea un juicio poético contra Victor Frankenstein, que jugó a ser Dios y tuvo su merecido de la mano de la cosa que más esfuerzo le había costado conseguir. Quizá sea una advertencia de la inglesa sobre las consecuencias que pueden existir para una persona al querer suplantar el curso natural de las cosas, creerse invencible y tener una soberbia desmesurada. 

¿Justifica esto el asesinato? En el contexto de la obra de Shelley sí, en una sociedad civilizada claramente no. Pero lo que venimos a decir es que la vida y sus golpes nos moldean y cambian no solo la percepción de nuestra realidad, sino nuestro carácter y en última instancia nuestra personalidad. Los malos modos de un jefe van haciendo mella como la gota de agua en la roca, (plof, plof, plof), las circunstancias desfavorables nos consumen de cuando en cuando, la miseria está presente mires donde mires, como bien apuntaba Lila, y poco a poco sin que nos demos cuenta ya no somos como éramos. Ahora nuestro carácter es más agrio, más cínico, más irónico. En mayor o menor medida, todos somos el monstruo de Frankenstein. Como ya dijo Arturo Bandini: «¡Ay, vida! ¡Tragedia agridulce, puta deslumbrante que me has llevado a la destrucción!». 

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2 Comentarios

  1. Un texto magnífico, que me hace pensar sobre el cine, la literatura, y también sobre mí y mis circunstancias, como todo aquel que se vea reflejado en estas líneas, ya sea como el monstruo o como la sociedad que lo rehuye.

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