Este ha sido mi segundo año asistiendo al Festival de Barbitania y de nuevo me encuentro pensando en un encuentro que para mí dura bastante más que los propios días en los que se celebra. Barbastro, que durante un corto periodo se convierte en el centro de las letras hispánicas se queda instalado en la cabeza mucho después del último verso leído, como una presencia subliminal que como el sistema parasimpático trabaja en nuestro interior sin que lo percibamos. En esta acogedora ciudad del Somontano toda gira en torno a los libros, las voces y el deseo de comprender, mediado por charlas, conferencias y conversaciones que estimulan intelectualmente a los que tenemos el privilegio de estar allí.
Barbitania enriquece el espíritu sin solemnidad: hay alegría, hay vino, hay risas entre poemas y premios, como si toda la ciudad conspirara en una liturgia serena donde la cultura no es algo que se consume, sino algo que nos toca para cambiarnos, aunque sea livianamente. Es también un festival de presencias. Conversar con autores que uno ha leído —o a los que aún no ha llegado— transforma la lectura en experiencia viva. No hay nada más inspirador que escuchar a un escritor hablar de sus pasiones, de sus hallazgos, de sus dudas. Es ahí donde el texto se despliega más allá de la página. Este año regresé a casa con cuatro libros ligeros; todos ellos pensados, hablados, paladeados. Cuatro libros muy distintos que, sin embargo, dialogan entre sí.
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SÍSIFO
Una y otra vez.
acato el absurdo de las ciudades.
Si hoy viviese Sísifo,
su ventana daría a una rotonda.
Todos los días veo una rotonda y pienso, de Álvaro Alcaine Rueda
La primera actividad de Barbitania este año fue una puesta en escena deliciosa para los amantes de la poesía con nervio: la presentación del libro de Álvaro Alcaine Rueda, Todos los días veo una rotonda y pienso (Hiperión, 2024). El encargado de introducirlo fue nada menos que Carlos Marzal, ese maestro de la ironía controlada, del ritmo culto con alma de pícaro. Lo que en principio parecía una conversación amable entre generaciones se convirtió, sin previo aviso, en una suerte de duelo elegante, una esgrima verbal en la que cada estocada llevaba versos de fondo. Alcaine, joven, preciso, técnico, con ese brillo que tienen los que llegan dispuestos a ocupar una silla, no se dejó impresionar por la autoridad del veterano. Marzal, por su parte, desplegó todo su ingenio con esa sonrisa que dice: «yo también empecé queriendo demostrarlo todo».
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