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Bach: tocata y fuga

Bach: tocata y fuga

Febrero de 1706. El consejo rectoral de la Neue Kirche de Arnstadt pone las peras a cuarto al joven organista Johann Sebastian Bach. El orden del día trata sobre asuntos disciplinarios.

«He estado aprendiendo asuntos diversos de este arte. Además pedí permiso al superintendente», se justifica el interrogado. «Le concedimos cuatro semanas de excedencia. Ha superado usted cuatro veces el plazo».

Le han convocado un domingo en una sala gélida, luterana hasta la médula. No será la única vez que Bach sea llamado a consultas. El verano anterior le habían reprochado la facilidad que tenía para meterse en peleas. Meses después, el hoy aclamado genio se las volvería a tener tiesas con este consejo, garante de la ética religiosa de sus miembros. Todo porque había admitido a una mujer en el coro que le acompañaba en su puesto de organista. En esta ocasión, un Bach de veintiún años tenía que responder ante lo que, para los eclesiásticos, había sido una injustificada ausencia de su puesto de trabajo. Para el compositor, pirarse a la hanseática Lübeck y volver pasados varios meses había sido la última oportunidad de aprender del legendario organista Dieterich Buxtehude. Para un aficionado a las carreras a pie, este pequeño escándalo es un diamante en bruto.

Poseedor de un talentazo descomunal, este joven Bach trabajaba como organista oficial de la iglesia nueva de Arnstadt, feudo protestante y que se ceñía a su calmado aspecto de ciudadela medieval. Había sido contratado después de que se corriera la voz sobre sus habilidades como teclista durante una estancia en la corte de Weimar. Así que le habían asignado un generoso sueldo y le afinaron un órgano a su capricho. Con él, había empezado a expandir sus fronteras musicales hacia el cielo y también por los condados vecinos. En el proceso le acusaban de que, con su ausencia, Bach se había pasado por el forro dos periodos sacrosantos en la actividad musical de su sede: Adviento y Navidad. Recordemos de nuevo que se trataba de una muy pueblerina Alemania (tan de pueblo que ni siquiera era Alemania) y a la que llegarían con bastante retraso las nuevas ideas del Siglo de las Luces.

Las explicaciones del organista no convencieron mucho al consejo. Prometería enderezar su relación con su entorno, donde no faltaban duelos a espada por discusiones internas entre músicos. Tal carácter gastaba el mozo que, en un año, el compositor de El clave bien temperado, las Variaciones Goldberg o la Pasión según San Mateo se desvinculó de su empleo en esa ciudad.

Pero lo que nos trae aquí es que Johann Sebastian Bach, aparte de un melón fuera de lo común, tenía unas piernas recias como las de un jabalí de Turingia. De esa combinación de ir a su bola, su exuberancia neuronal y un trote lobero de asombrosa eficiencia energética, surgieron tanto una colección eterna de composiciones como una justa fama como caminador de cientos de leguas. En el célebre interrogatorio de Arnstadt se pasó por alto algo que hoy nos causaría admiración. Su hijo Carl Philipp Emanuel, en el Nekrolog —un obituario escrito en 1754—, mencionó cómo llegó su padre hasta la moderna capital marítima del mar Báltico: und zwar zu Fusse, eine Reise nach Lübeck antrat.

El joven músico había recorrido los cuatrocientos kilómetros que hay entre Arnstadt y Lübeck a pinrel. El chiste se hace solo: era su primera gran fuga. Echemos cuentas: en dos semanas había completado andando la vieja ruta comercial que discurría desde el centro de Turingia hasta el puerto hanseático. Había caminado más de veinticinco kilómetros diarios durante semanas por la Alte Salzstraße, una vía de comunicación que cruzaba de sur a norte de las Sajonias, remanente de los tiempos en los que la sal era una moneda de cambio y un medidor del bienestar de las ciudades. Y lo había hecho sin zapatillas de placa de carbono ni mallas de licra.

*

Tampoco hay que volverse locos. Este kilométrico viaje pasó desapercibido para su tiempo. Podría ni haber sido mencionado porque, en 1705, la población se desplazaba a pie recorriendo con normalidad distancias para las que, hoy, necesitamos un reloj de pulsera con su GPS, un preparador físico y pagar un dorsal en un maratón. Hay gente a la que todavía no le entra en la cabeza que llevamos atravesando a pie cientos de kilómetros desde siempre.

Pero así ha sido siempre: el ser humano gasta suelas por una promesa, como en The Unlikely Pilgrimage of Harold Fry, donde un corazón roto lleva a un abuelo andando desde South Devon a Berwick-upon-Tweed. Camina por ahorrarse los abusivos peajes de viajar en carruaje, como sería el caso del joven Bach. O por una peregrinación espiritual, atravesando por reinos hispánicos hasta el fin de la tierra de los romanos. O para guerrear, como las legiones romanas, o incluso por el oficio de contar cómo terminó la batalla, como los hemeródromos griegos. Hasta sin guerra de por medio, por pura necesidad, sencillamente, se caminaba porque había que ir a vender unas vacas al mercado, como hacía con frecuencia mi abuelo.

Se camina y se trota con tozudez milenaria porque, bien mirado, entre un punto y otro no hay nada mejor que hacer en el medio. Desde siempre se ha premiado al mozo más rápido de una aldea; se han celebrado fiestas patronales y se han regalado pollos y pavos en cientos de carreras que datan del medievo. En el diario de Samuel Pepys, escrito en 1663, se cuenta que la comidilla de todo Londres era una gran carrera pedestre que se había celebrado en Banstead Downes, entre un lacayo del duque de Richmond y Tyler, un corredor famoso. Decenas de corredores campesinos iban de pueblo en pueblo por Aragón, en pos de un ave de corral como premio máximo a su resistencia. Y descubrir esa virtud era una posible puerta para salir de pobre.

Alrededor de esos mismos días, se puede vislumbrar el nacimiento de algo mucho más moderno: caminar y correr como educación, afición o deporte. Parece que hay cierto acuerdo en que existen unas primeras trazas educativas en favor del ejercicio durante la Ilustración. En el siglo XVIII, las complejas relaciones entre el trabajo, el ocio, la recreación y el deporte pasaron a ser mediadas por ojos cultos y letrados, y no por teólogos. Y había una importante faena por delante: el culto al cuerpo de griegos y romanos dormía, sepultado siglos atrás, despreciado por un hombre medieval que buscaba sus respuestas rezando al invisible infinito.

Algunos entusiastas, metidos en harina, toman el Camille de Jean-Jacques Rousseau como la primera obra en la que se ilustra cómo educar a la infancia a través de la curiosidad natural, el movimiento integrado y derivado de la naturaleza. La realidad europea es un poco más prosaica: la ciudad del barroco, en ebullición, ya no tiene tanto de naturaleza. No será necesario esperar mucho y, en 1716, aparece el poema Trivia, subtitulado The Art of Walking the Streets of London. Escrito por John Gay en la avanzada urbe de Londres, hace surgir otro movimiento, lo flâneur, empujando a las clases altas urbanas a triscar por calles y explanadas como si fueran ovejas churras. Este salto adelante conceptual, que es casi exclusivamente urbano, se comería con patatas las viejas celebraciones medievales, aquellas añejas carreras que se celebran en cada fiesta mayor.

Frente a las justas a pie y carreras del reino de Aragón, del Véneto o las salvajes Highlands —muchas de las cuales datan del siglo XV—, la ciudad ilustrada pisó a fondo. Caminemos a lo grande y con clase, pensó alguien. El flâneur promovía el descubrimiento desenfadado de la vida comercial de la vieja Europa, el paseo, y la conciencia de detenerse en sitios que pasarían desapercibidos circulando a la velocidad del coche de caballos o huyendo de un comerciante al que le has robado unos melocotones.

Ah, la velocidad. El Siglo de las Luces no tardará mucho en poner a competir al ser humano por su gloria propia. Mientras Bach exprimía sus hemisferios cerebrales para componer una música peleando entre lo matemático y lo divino, locos apostadores y habitantes de las ciudades del Viejo Mundo tomaban conciencia del nuevo escenario de la ciudad. Por sus calles y nuevos jardines se empezaban a ver mentes gimnastas y aventureros pedestres. Y los ricachos se lanzaron a retarse. Entre sí, contra apostadores de fortuna, daba igual; se acababa de romper el molde.

Sin ir más lejos, en el Londres de 1764 —dónde si no— un pasante de nombre Foster Powell apostaba que recorrería ochenta kilómetros en siete horas. Años más adelante caminaría ida y vuelta desde la capital británica hasta York, ni más ni menos que más de seiscientos kilómetros a buen paso. La modernidad que incorporaron las clases medias ya no necesitaba de un órgano o el púlpito de una iglesia. Idioteces y experimentos exagerados brotaban por igual de las animadas charlas que se sostenían en los salones, cafés y casas de los europeos pudientes. De ahí en adelante, solo había que esperar. Mientras uno todavía se sorprende cuando un compañero de oficina nos cuenta que ha corrido la San Silvestre, a finales del siglo XVIII el deporte del colmo del aguante sobre las dos piernas saltaría a llenar pabellones, estadios, velódromos o hipódromos. Horas y horas. Días y días corriendo. Pronto, la sinrazón de echar carreras a lo bruto sería un entretenimiento asentado por toda Europa.

*

La esencia de la razón fue de lo último que aprendería Bach, ya de adulto. Su hogar familiar era un reducto de religiosidad. Y, posiblemente, las coquetas ciudades luteranas en las que creció, un corsé que este crío condenado acabaría rompiendo a lo grande. Nada apuntaba a que fuera cosa fácil tener entretenido el cerebro de Johann Sebastian. Aquella cabeza de pequeño demonio superdotado era como un edificio infinito de mantenimiento enrevesado y complejo.

Se crió educándose en el deísmo luterano y sus esquemas rocosos y añejos. Su biografía le achaca un carácter entre firme e indómito, pero tengamos en cuenta que hablamos de un adolescente criado en un entorno fuertemente religioso, en casa de Johann Ambrosius Bach, músico de capilla, y un clan de familiares donde había que dar el tono entre auténticos profesionales de la música barroca. Había una tolerancia cero ante la novedad. Para más desgracia, quedó huérfano a la edad de diez años y enfocó sus altas capacidades musicales en saltarse los cursos de dos en dos, mientras estudiaba en el lyceum.

¿Y a qué itinerario académico se sometía en 1700 a los críos en su Turingia natal? Lo cierto es que, Luces, pocas. A la verdad se llegaba a través de la iluminación del alma. Y esta solo se recibía del Espíritu Santo o se conseguía por la Fe. No había ningún rastro de interés por la ciencia ni la Razón. Lo que hoy es Alemania era entonces un territorio desintegrado por la Guerra de los Treinta Años (1618-48), que no solo rechazaba las nuevas ideas sino que abogaba por retornar a la Edad Media. Tampoco tuvo Bach la fortuna de acceder a estudios universitarios más adelante, que abrían los ojos a los discípulos del momento. Y no es que las universidades de la zona fueran centros de apertura intelectual, pero se centró en la música por encima de todas las cosas.

Con quince años, su hermano mayor, organista en la provinciana Ohrdruf, y a cuyo cuidado estaba Johann Sebastian, le consiguió una beca para seguir su formación musical en la ciudad de Lüneburg. Sería una boca menos que alimentar con el modesto sueldo que recibía Johann Christoph como músico residente. Adivinen cómo hizo esos trescientos kilómetros de aquel viaje de Erasmus. A zapatazo limpio. Tampoco es que hubiera dinero para más y el muchacho impetuoso guardaba gigavatios en sus piernas.

En Lüneburg, uno de los viejos centros de producción de sal de la Baja Sajonia, Bach estudiaría con su amigo de la infancia Georg Erdmann. Durante dos años conoció los grandes servicios religiosos y cantó rodeado de los majestuosos órganos de las iglesias del Norte. Y cuentan que también tuvo tiempo de escaparse a pata hasta Hamburgo para escuchar a las figuras musicales del momento. Ahora se entiende mejor lo de su huida a Lübeck y la poca pereza que le dieron los cuatrocientos kilómetros dichosos y otros tantos de vuelta.

En la biografía que escribió Malcolm Boyd se abre una posibilidad ante los lectores, cuando de ese carácter montuno y aventurero extrae una conclusión: ¿y si Johann Sebastian volvió a Arnstadt porque su plan inicial no le salió bien? A Bach no se le ponía nada por delante y quizá se fugó cuatrocientos kilómetros para aprender de un compositor mítico, de sesenta y ocho años, y a cuyo puesto de organista mayor de Marienkirche quería opositar. Su carrera en Turingia era un mero proyecto y, siendo honestos, tenía poco que perder. Ir hasta el extremo norte simplemente para aprender de Buxtehude, como declaró, tenía poco sentido cuando tenía Núremberg al lado de casa, donde ejercían admirados músicos como Johann Pachelbel. Al final de la Alte Salzstraße, en el puerto de la Hansa, Marienkirche y la ciudad entera ofrecían una promoción musical y dinero por carretillas contra los que el sur rural nada podría hacer.

Las planicies de los reposados canales que vierten al Báltico, la cordillera del Harz, puentes y murallas, quedan como envoltorio geográfico de la hazaña atlética. En las minutas del proceso de la iglesia de Arnstadt contra Bach no iban a dejar constancia de que se tragarían su luterano orgullo. Arrugarían el morro y dejarían correr el asunto hasta el próximo incidente. En el relato de los Bach, comenzando por su propia declaración ante el consejo, también se ocultó su fracaso al optar a una oposición a la que habían añadido una cláusula: debería casarse con la hija mayor de Buxtehude. A su llegada a Lübeck, hecho un harapo tras semanas atravesando a pie el país en invierno, se encontró con que el reconocido músico Johann Christian Schieferdecker le había levantado el favor de la joven. Este, delfín de una saga de organistas hamburgueses, había llegado a la ciudad en un lujoso carruaje. Se veía venir.

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