Arte y Letras Literatura

Las fábulas, instrucciones de uso para el presente

Caperucita Roja ilustrada por Gustave Doré (DP). fábulas
Caperucita Roja ilustrada por Gustave Doré (DP).

A veces las grandes verdades no llegan de la mano de un filósofo, sino en forma de un cerdito con casco de obra. Los adultos lo llamamos ficción infantil para poder despreciarla con superioridad académica mientras seguimos recurriendo a ella cada vez que la realidad supera el nivel de dificultad de un lunes por la mañana. Y sin embargo, en esos cuentos que fingimos haber olvidado —los de animales que hablan, niñas desobedientes y muñecos con complejo de especie— hay más sabiduría política, económica y psicológica de la que muchas carreras universitarias consiguen condensar en cuatro años y setenta créditos ECTS.

De pequeños nos decían que Los tres cerditos enseñan la importancia del esfuerzo. De mayores entendemos que también explican, con sorprendente precisión, el sistema de pensiones, la planificación fiscal y la arquitectura emocional. Uno juega, otro improvisa y el tercero se obsesiona con los cimientos. Luego llega el lobo, que no entiende de derechos laborales ni de ciclos económicos, y todo lo que parecía una fábula sobre ladrillos se convierte en un editorial encubierto sobre la meritocracia. El lobo sopla, la casa tiembla y nosotras, desde el sofá y con el sueldo sin actualizar desde 2019, seguimos sin saber si lo que queremos ser de mayores es el cerdito sensato, el que se divierte o el lobo que no pide permiso. Algunos a los que hemos consultado —como Lucas, tres años— lo tienen claro: el lobo. Porque en el fondo todos hemos sospechado alguna vez que el cuento estaba mal enfocado. O que no nos lo contaron entero.

Lo mismo pasa con Pedro, ese muchacho precozmente intoxicado de atención, que grita «¡lobo!» como quien publica un tuit sin leer el artículo, convencido de que el eco cuenta más que el contenido. Su historia no es solo una advertencia contra las mentiras, sino un retrato prematuro —y bastante certero— del ciclo mediático actual. Lo que antes llamaban pánico moral ahora se llama tendencia, y se alimenta en tiempo real. Y si uno lo repite lo suficiente, si desgasta las palabras a base de usarlas sin freno, puede que el día que llegue el verdadero lobo —el de carne y colmillo, no el de clics— nadie escuche. Nadie pueda. Irene, de tres años, a quien también he consultado, definió la historia como «caca de perro». Una categoría estética sin duda confusa, sí, pero probablemente más útil que muchos géneros periodísticos que siguen sin saber cómo llamar a lo que ya tienen delante.

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6 comentarios

  1. Brillante

  2. Muy chulo.

  3. Excelente
    Remarcable, en el sentido real del término

  4. María ,considero impecable tu interpretación,como lectora me queda claro la perspectiva del mundo que habitamos ,sus reglas, sus vanidades,sus convencionalismos , prejuicios, finalmente llevo a puerto la educación siendo tristemente parte este engranaje.Gracias ,me encargaré que lo lean muchos maestros!

  5. Muy bueno

  6. Pingback: As fábulas – sinalAberto

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