
A veces las grandes verdades no llegan de la mano de un filósofo, sino en forma de un cerdito con casco de obra. Los adultos lo llamamos ficción infantil para poder despreciarla con superioridad académica mientras seguimos recurriendo a ella cada vez que la realidad supera el nivel de dificultad de un lunes por la mañana. Y sin embargo, en esos cuentos que fingimos haber olvidado —los de animales que hablan, niñas desobedientes y muñecos con complejo de especie— hay más sabiduría política, económica y psicológica de la que muchas carreras universitarias consiguen condensar en cuatro años y setenta créditos ECTS.
De pequeños nos decían que Los tres cerditos enseñan la importancia del esfuerzo. De mayores entendemos que también explican, con sorprendente precisión, el sistema de pensiones, la planificación fiscal y la arquitectura emocional. Uno juega, otro improvisa y el tercero se obsesiona con los cimientos. Luego llega el lobo, que no entiende de derechos laborales ni de ciclos económicos, y todo lo que parecía una fábula sobre ladrillos se convierte en un editorial encubierto sobre la meritocracia. El lobo sopla, la casa tiembla y nosotras, desde el sofá y con el sueldo sin actualizar desde 2019, seguimos sin saber si lo que queremos ser de mayores es el cerdito sensato, el que se divierte o el lobo que no pide permiso. Algunos a los que hemos consultado —como Lucas, tres años— lo tienen claro: el lobo. Porque en el fondo todos hemos sospechado alguna vez que el cuento estaba mal enfocado. O que no nos lo contaron entero.
Lo mismo pasa con Pedro, ese muchacho precozmente intoxicado de atención, que grita «¡lobo!» como quien publica un tuit sin leer el artículo, convencido de que el eco cuenta más que el contenido. Su historia no es solo una advertencia contra las mentiras, sino un retrato prematuro —y bastante certero— del ciclo mediático actual. Lo que antes llamaban pánico moral ahora se llama tendencia, y se alimenta en tiempo real. Y si uno lo repite lo suficiente, si desgasta las palabras a base de usarlas sin freno, puede que el día que llegue el verdadero lobo —el de carne y colmillo, no el de clics— nadie escuche. Nadie pueda. Irene, de tres años, a quien también he consultado, definió la historia como «caca de perro». Una categoría estética sin duda confusa, sí, pero probablemente más útil que muchos géneros periodísticos que siguen sin saber cómo llamar a lo que ya tienen delante.
Y sin embargo, no es el lobo el problema, sino la reacción que provoca. La misma que hace que Caperucita, sabiendo perfectamente que hay lobos en el bosque, insista en atravesarlo con la determinación casi suicida de quien se mete por una calle peatonal porque lo ha visto en Google Maps y ha decidido que el navegador sabe más que el instinto. La moraleja aquí no necesita mucha sofisticación: no hables con desconocidos, sobre todo si tienen voz de barítono, dientes sobredimensionados y un extraño interés por tu abuela. Y aun así, algo nos obliga a seguir cruzando ese bosque: curiosidad, necesidad o simple inercia. A veces es por rutina, otras por testarudez o por esa confianza tan humana de creer que esta vez será distinto. La abuela espera, la cesta se enfría, y la fábula, como siempre, llega tarde. Demasiado tarde para la merienda, y a veces también para la niña.
Claro que no todas las enseñanzas llegan con disfraz de fiera. Algunas prefieren esconderse en el cinismo resignado de una zorra. Una que, tras intentar alcanzar unas uvas imposibles, decide que no valen tanto. No es rencor: es racionalización. Y si el cuento ha sobrevivido tanto tiempo no es porque nos enseñe a ser mejores, sino porque nos explica por qué no lo somos. A fin de cuentas, ¿quién no ha descartado un trabajo, una relación, una vocación tardía o un cambio de ciudad argumentando que, en realidad, no le interesaba? No es falta de ambición, es altura moral. O eso nos contamos. Porque admitir que lo deseábamos y no lo conseguimos sería demasiado triste, demasiado humano, demasiado real. Y para eso están los cuentos: para que la decepción suene a dignidad.
Pero si hay un cuento que merecería figurar en todos los manuales de pensamiento crítico —entre 1984 y El contrato social— es El traje nuevo del emperador. Pocas narraciones han descrito con tanta precisión el pánico social a quedarse fuera del grupo, a discrepar, a decir lo evidente cuando lo evidente ha sido revestido de invisible. Un emperador pasea desnudo mientras todos aplauden su sentido de la moda, su audacia estética, su fibra simbólica, y solo un niño —sin cargo ni filtro, sin necesidad de likes ni aplausos— se atreve a soltar la obviedad. Y entonces todo se viene abajo. Porque así funcionan las burbujas: no estallan cuando alguien las pincha, sino cuando todos se dan cuenta de que estaban respirando aire prestado. La moraleja está clara, aunque los adultos no parezcan dispuestos a recordarla. Repetimos lo que toca, lo que suena bien, lo que se espera de nosotros. Y si alguien nos ofrece un cromo especial pero invisible, asentimos con entusiasmo. No porque lo veamos, sino porque preferimos no quedarnos solos señalando lo que todos los demás han decidido que no debe verse.
A veces, incluso lo obvio trabaja horas extra. Como la hormiga de Esopo, que pasa el verano acumulando provisiones mientras la cigarra canta, baila y, con algo de suerte, cobra entrada. La escena podría pertenecer a cualquier debate presupuestario en el Congreso, a una reunión de vecinos o a la sobremesa de un domingo con suegros. ¿Premiamos la disciplina o entendemos la alegría como una forma legítima de inteligencia emocional? ¿Planificamos o improvisamos? Hay quien ve en la fábula un elogio del ahorro y la responsabilidad; otros, un canto neoliberal que premia la productividad por encima de la empatía, como si cantar en verano fuese una traición a la especie. Se puede zanjar con contundencia a raíz de la moraleja que la cigarra es gilipollas. Pero una sospecha que la hormiga también lo es por no atreverse a vivir un poco más antes de que llegara el invierno. Si es que llega, claro.
Luego están las historias que nos advierten contra el futuro, no porque no exista, sino porque insistimos en escribirlo antes de tiempo, como quien completa un crucigrama con lápiz pero sin margen de error. La lechera, por ejemplo, no se cae por torpe, sino por visionaria. Lleva un cántaro en la cabeza y, dentro del cántaro, una cadena de hipótesis que culminan en riqueza, prestigio, autosuficiencia y —con un poco de suerte— cierta superioridad moral frente a las demás lecheras del pueblo. Pero no todo entra en la previsión. Nassim Taleb, que escribió El cisne negro, lo habría entendido sin pestañear: una simple sacudida, un paso en falso, una piedra mal colocada, y todo el sistema se derrumba. En este caso, literalmente. El cuento no critica los planes, ni la ambición, ni siquiera los sueños: lo que pone en duda es la ilusión de control absoluto sobre un mundo que, como la leche, tiende a derramarse en el peor momento. Lo improbable también ocurre. Y suele tener puntería.
Aunque para improbables, algunas transformaciones. Como la del patito feo, que empieza siendo objeto de burla, crece entre el desprecio ajeno y la duda propia, y termina convertido en cisne. Un final que suena a justicia poética si uno es Andersen, terapeuta o editor de vídeos inspiradores. Pero que, en la vida real, rara vez incluye plumas nobles ni aplausos finales. La mayoría de los patitos no se transforman, se adaptan. Aprenden a caminar raro, a hablar bajo, a hacerse pequeños en espacios grandes. A ocupar poco sitio, a anticipar la burla antes de que llegue. No todos acaban cisnes, algunos, con suerte, gallinas dignas. Y eso, en estos tiempos, ya es bastante. Quizá más que bastante. Porque a veces, sobrevivir sin renunciar del todo a la ternura es lo más parecido a ganar.
Porque la dignidad, como la verdad, no siempre viene de serie. Pinocho lo sabe. Si mientes, crece la nariz. Pero si dices la verdad, a menudo no pasa nada. Nada cambia, nada mejora, nadie te felicita por tu honradez. Quizá por eso la mayoría opta por una tercera vía: no decir nada. Callar, asentir, flotar por el sistema sin levantar demasiado polvo. La historia de ese muñeco que quiere ser niño es también la de un sistema educativo por entregas, con lecciones espaciadas de obediencia, dolor físico y castigo ejemplar. La versión original de Pinocho haría palidecer a cualquier comité de derechos del menor: cuchilladas, horca, agonía lenta… todo por no hacer caso. A Geppetto, al grillo, al hada, al narrador. A quien toque. Pero el cuento no es cruel: es eficaz. Como esos avisos de los paquetes de tabaco, pero con más suspense y menos morbo gráfico. Al final, Pinocho sobrevive, como sobreviven los niños que aprenden a comportarse. Lo inquietante no es que lo logre, sino que la transformación solo se consuma cuando deja de ser de madera. Es decir, cuando se convierte por fin en lo que los adultos esperaban de él desde el principio. Sin aristas, sin astillas, sin voluntad.
En algún momento, sin que nadie lo decretara, las películas de Pixar, las series de televisión y la ficción infantil contemporánea pasaron a ocupar el lugar que antes tenían las fábulas con animales parlantes. No hay lobos ni cabritillos, ni apenas rastro de hadas o lecheras, pero las lecciones siguen ahí. Los cuentos ahora se estrenan en salas de cine, se emiten por plataformas y vienen acompañados de banda sonora y licencia comercial, pero el público es el mismo y las preguntas también. Así que a veces la lección más difícil de todas es que cuidar también puede ser una forma de control. Buscando a Nemo no habla de peces: habla de padres. De cómo el miedo, cuando se disfraza de protección, termina encerrando con la mejor de las intenciones. Nemo tiene una aleta atrofiada, un padre que no confía y un océano entero entre lo que es y lo que le permiten ser. La aventura no es una excursión, es una huida. Pero también una reclamación: no necesito que me salves, necesito que me dejes intentarlo. No me escondas del peligro: acompáñame mientras aprendo a no ahogarme. Porque no se trata solo de llegar, sino de fallar por cuenta propia, de trazar el camino aun a costa de equivocarse. Lo contrario de amar es no dejar crecer.
Ese es el truco de las historias: sembrar cosas que uno no entiende del todo pero que crecen igual. A veces con palabras torpes, otras con imágenes que no se van. Los cuentos infantiles no nos dicen cómo es el mundo, sino cómo lo hemos sentido siempre: incierto, absurdo, lleno de peligros y también de ternuras raras, de esas que solo un robot con mirada de lámpara o una zorra despechada pueden provocar. Y aunque muchos niños no sepan explicar del todo qué han aprendido, algo queda. Una intuición, una brújula. A veces eso basta para atravesar el bosque.








Brillante
Muy chulo.
Excelente
Remarcable, en el sentido real del término
María ,considero impecable tu interpretación,como lectora me queda claro la perspectiva del mundo que habitamos ,sus reglas, sus vanidades,sus convencionalismos , prejuicios, finalmente llevo a puerto la educación siendo tristemente parte este engranaje.Gracias ,me encargaré que lo lean muchos maestros!
Muy bueno
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