A Mark Zuckerberg lo colocaron, en plena Cumbre de las Américas de 2015, en una cena de Estado con caballos, ruinas arqueológicas, líderes internacionales y un grupo de personas semidesnudas que evocaban más una secta de provincias que un encuentro diplomático. En medio del desfile —literal— de equinos y taparrabos, Sarah Wynn-Williams, entonces directora de políticas públicas de Facebook, se las ingenió para mover su sitio en la mesa y evitar que el CEO más influyente del planeta quedara sentado junto a un primo lejano del presidente de Panamá. El relato parece una parodia. No lo es. O, mejor dicho, lo es, pero fue real. Así empieza Los irresponsables (Planeta, 2025), una crónica desde el corazón blando y absurdo de Silicon Valley.
Wynn-Williams tiene currículo de funcionaria británica: estudios en Ciencias Políticas, diplomacia neozelandesa, paso por Naciones Unidas, máster en Derecho. Aterrizó en Facebook en 2011 con una misión tan vaga como ambiciosa: gestionar las relaciones políticas de una empresa que había crecido demasiado deprisa y que ya entonces daba señales de convertirse en una anomalía con poder mundial. A lo largo de siete años, participó en reuniones con gobiernos, redactó informes, acompañó a Zuckerberg en giras diplomáticas y presenció el paso del entusiasmo tecnocrático al cinismo sin matices.
El libro está narrado con un tono que evita la épica del arrepentimiento y el ajuste de cuentas. No hay aquí revelaciones confidenciales ni traiciones espectaculares. Lo que hay es algo más incómodo: una acumulación de decisiones absurdas, silencios oportunistas, improvisaciones grotescas y una cultura corporativa que convirtió a una empresa de software en una potencia con influencia geopolítica. Nada de eso ocurrió por un plan maestro. Fue, según la autora, el resultado de una mezcla de arrogancia, desidia y falta de responsabilidad. Wynn-Williams no se sitúa como víctima. Ni como heroína. Simplemente estuvo allí. Asistió a los primeros acuerdos con gobiernos autoritarios como China, a las campañas de desinformación en elecciones clave, a las reuniones en las que Facebook decidía si debía o no cooperar con investigaciones internacionales. Y, sobre todo, asistió al desconcierto de una estructura donde nadie parecía tener muy claro qué estaba haciendo, pero todos seguían adelante. Zuckerberg, en este retrato, no aparece como un villano, sino como un hombre encerrado en su propio laberinto, incapaz de ver más allá de sus métricas.
La fuerza del libro está en los detalles. La autora no necesita elevar el tono ni dramatizar. Le basta con describir: un cóctel con políticos europeos donde se decide no entregar cierta información; un comité interno donde se debate si conviene o no asumir responsabilidad por el papel de la empresa en el ascenso de Trump; una reunión con el gobierno indio en la que la prioridad es evitar titulares negativos. La acumulación produce una incomodidad lenta, eficaz.
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Interesantísimo artículo, leeré el libro porque tiene que contener información que debe dejar patidifuso.
Muchas gracias por darlo a conocer.
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