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Los irresponsables del algoritmo

portada los irresponsables sarah wynn williams 202507141242A Mark Zuckerberg lo colocaron, en plena Cumbre de las Américas de 2015, en una cena de Estado con caballos, ruinas arqueológicas, líderes internacionales y un grupo de personas semidesnudas que evocaban más una secta de provincias que un encuentro diplomático. En medio del desfile —literal— de equinos y taparrabos, Sarah Wynn-Williams, entonces directora de políticas públicas de Facebook, se las ingenió para mover su sitio en la mesa y evitar que el CEO más influyente del planeta quedara sentado junto a un primo lejano del presidente de Panamá. El relato parece una parodia. No lo es. O, mejor dicho, lo es, pero fue real. Así empieza Los irresponsables (Planeta, 2025), una crónica desde el corazón blando y absurdo de Silicon Valley.

Wynn-Williams tiene currículo de funcionaria británica: estudios en Ciencias Políticas, diplomacia neozelandesa, paso por Naciones Unidas, máster en Derecho. Aterrizó en Facebook en 2011 con una misión tan vaga como ambiciosa: gestionar las relaciones políticas de una empresa que había crecido demasiado deprisa y que ya entonces daba señales de convertirse en una anomalía con poder mundial. A lo largo de siete años, participó en reuniones con gobiernos, redactó informes, acompañó a Zuckerberg en giras diplomáticas y presenció el paso del entusiasmo tecnocrático al cinismo sin matices.

El libro está narrado con un tono que evita la épica del arrepentimiento y el ajuste de cuentas. No hay aquí revelaciones confidenciales ni traiciones espectaculares. Lo que hay es algo más incómodo: una acumulación de decisiones absurdas, silencios oportunistas, improvisaciones grotescas y una cultura corporativa que convirtió a una empresa de software en una potencia con influencia geopolítica. Nada de eso ocurrió por un plan maestro. Fue, según la autora, el resultado de una mezcla de arrogancia, desidia y falta de responsabilidad. Wynn-Williams no se sitúa como víctima. Ni como heroína. Simplemente estuvo allí. Asistió a los primeros acuerdos con gobiernos autoritarios como China, a las campañas de desinformación en elecciones clave, a las reuniones en las que Facebook decidía si debía o no cooperar con investigaciones internacionales. Y, sobre todo, asistió al desconcierto de una estructura donde nadie parecía tener muy claro qué estaba haciendo, pero todos seguían adelante. Zuckerberg, en este retrato, no aparece como un villano, sino como un hombre encerrado en su propio laberinto, incapaz de ver más allá de sus métricas.

La fuerza del libro está en los detalles. La autora no necesita elevar el tono ni dramatizar. Le basta con describir: un cóctel con políticos europeos donde se decide no entregar cierta información; un comité interno donde se debate si conviene o no asumir responsabilidad por el papel de la empresa en el ascenso de Trump; una reunión con el gobierno indio en la que la prioridad es evitar titulares negativos. La acumulación produce una incomodidad lenta, eficaz.

Facebook, como otras grandes tecnológicas, logró en la década de 2010 una impunidad que ni siquiera soñaron las grandes petroleras o los bancos de inversión. Su poder no reside solo en el dinero, sino en la capacidad de definir el marco del discurso público. Las decisiones sobre moderación de contenido, publicidad política o diseño algorítmico tenían —y tienen— consecuencias más directas que muchas leyes. La diferencia es que nadie vota a los diseñadores de producto ni a los gerentes de políticas públicas. La multinacional californiana no tuvo que imponer su poder: se lo regalaron. Lo aceptamos como si fuera un servicio neutro, casi doméstico, sin revisar qué significaba delegar la arquitectura de la conversación pública a una empresa cuyo objetivo era el crecimiento infinito.

La moderación de contenido no es un asunto técnico, sino profundamente político. Decidir qué se ve y qué se oculta, qué se amplifica y qué se entierra, es ejercer soberanía simbólica. Y lo inquietante no es que esto lo haga un Estado con sus mecanismos de control, sino una compañía que responde a intereses comerciales, métricas de interacción y pulsiones de mercado. El algoritmo, esa palabra que usamos como sinónimo de misterio, opera como una constitución invisible: dicta jerarquías, refuerza sesgos, define visibilidades. Pero no ha sido votado, ni debatido, ni comprendido del todo. Y cuando hay conflicto —porque lo hay, porque lo hubo— la lógica interna de la empresa actúa con la opacidad de una teocracia: no rinde cuentas, no explica, no se disculpa. Simplemente ajusta el código y sigue adelante.

Los irresponsables es también un libro sobre el fracaso de las élites ilustradas. Wynn-Williams pertenece a ese grupo que creyó, durante un tiempo, que podía humanizar el capitalismo digital desde dentro. Que podía evitar sus excesos con informes, buenas prácticas, argumentarios éticos. No funcionó. Lo cuenta sin nostalgia, pero con cierto desencanto. Una parte de la historia reciente de internet está hecha de esos intentos de corregir el rumbo desde dentro, todos fallidos.

No hay en el libro tesis ni teorías. Ni falta que hace. Lo que queda, al final, es una sensación: la de estar asistiendo a un experimento global en manos de gente que no entiende del todo su alcance. Que toma decisiones con la ligereza del que no se sabe observado. Que delega la responsabilidad en el proceso, en el producto, en el contexto. La autora no se presenta como la única lúcida entre ciegos. Se presenta, más bien, como alguien que fue viendo, poco a poco, cómo todo eso no era una excepción, sino el modo normal de operar.

El título es exacto. No habla de maldad. Habla de irresponsabilidad. Es decir: de la ausencia de mecanismos internos para frenar lo que ocurre cuando el poder no tiene contraparte, ni freno, ni conciencia. Cuando todo está supeditado al crecimiento. Cuando nadie se atreve a decir que no. Javi Oliván —el actual director de operaciones de Meta, español de Huesca, ingeniero, y cerebro de la expansión internacional de Facebook— aparece en el libro como una figura clave pero discreta. Si Wynn-Williams simboliza la conciencia incómoda, Oliván encarna el perfil del ejecutivo que sobrevive sin levantar la voz, eficaz y silencioso, adaptado a un sistema que premia más la fidelidad que la disidencia. Él sigue ahí. Ella no.

El libro no ofrece redención. Tampoco pide comprensión. Simplemente cuenta lo que pasó. Y en un momento en que los relatos sobre tecnología tienden a inflarse con épica o a disolverse en tecnicismos, se agradece esta forma de narrar: seca, precisa, humana. No es una obra mayor. Ni quiere serlo. Es un testimonio honesto desde un lugar privilegiado y, a la vez, incómodo. Una nota al pie de una década en la que creímos que la conectividad bastaba para mejorar el mundo. Ahora sabemos que no. Y, gracias a libros como este, también sabemos por qué. Wynn-Williams lo resume así, en las últimas líneas del libro:

Sigue siendo gente descuidada. Le han cambiado el nombre a la empresa, de Facebook a Meta. Pero los leopardos no cambian de manchas. El ADN de la empresa sigue siendo el mismo. Y cuanto más poder tienen, más irresponsables se vuelven. Estuve presente en los primeros encuentros de tanteo entre Mark y los mandatarios mundiales. Y fui testigo de la exploración y del acopio de un poder que ha seguido expandiéndose. En la actualidad, Meta es una de las empresas más poderosas del mundo. Y avanzamos por la dirección que ha señalado. Vivimos en un mundo al que han dado forma estas personas y su indiferencia letal. Por no hablar del futuro. Si no abordamos lo que ya se ha encubierto, repetiremos los errores de Facebook. Y esta vez las apuestas son demasiado altas.

 

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2 comentarios

  1. Interesantísimo artículo, leeré el libro porque tiene que contener información que debe dejar patidifuso.

    Muchas gracias por darlo a conocer.

  2. Pingback: El poder de los algoritmos y la irresponsabilidad de las grandes tecnológicas - Hemeroteca KillBait

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