Deportes

Una final que vale una vida

wimbledon 2008 final
La noche fue la señal que avivó una voz en su interior. Un canto absorbente que ascendió trepando por sus entrañas alertando a los sentidos del creciente problema. En un momento volvió a ser plenamente consciente de la situación. Pareció abandonar un trance eterno. Las últimas gotas de luz se estaban marchando por el suroeste de Londres sin hacer ruido. El centenario recinto enclavado en el suburbio más atractivo de la capital de Inglaterra lucía imponente en la penumbra que arrastraba el ocaso del día. Tras la mañana, la noche. Después del sol, la luna. El lógico modelo de un día cotidiano encerrado en un domingo extraordinario. Ese 6 de julio de 2008 se disputaba la final del Grand Slam que Spencer Gore ganó por primera vez en 1877. Una final que terminaría siendo la más larga en los 131 años de historia del torneo.

La luz natural era exigua en aquel momento. Casi imperceptible cuando acabó todo. No se había dado cuenta, pero lo comprendió cuando la voz del juez de silla le despertó. “Si no hay un ganador en los próximos juegos habrá que suspender el partido hasta mañana”. La pista estaba abarrotada y nadie escuchó las palabras que cayeron como una piedra en su cabeza. Contempló como el amarillento fulgor del marcador concedía una atípica claridad fosforescente al fondo de la pista. El mismo marcador que proclamaba como un espejo el reflejo de la realidad: con la oscuridad llamando a la puerta del aplazamiento, la final de Wimbledon estaba 6-4, 6-4, 6-7, 6-7, 7-7.

Aplazar el partido suponía perderlo. No tenía ninguna duda de ello. Había resistido dos interrupciones por la aparición de la lluvia. Dos viajes al vestuario que habían restado más que sumado en el interior de su caparazón de hierro. Pero no sería capaz de sobreponerse a una noche de pensamientos vivientes que ya empezaban a atormentarle. No podría soportar una reanudación de la final el lunes. Los temores fueron subiendo por sus dedos hasta anularle las piernas y la espalda. Otra vez volvía a suceder. No supo distinguir si eran calambres por el tiempo que llevaba corriendo o si realmente era la angustia que le provocaba el acelerado reloj de aquel domingo de julio.

Por eso mismo, el aviso del árbitro no era una buena noticia. El tren que estaba en marcha acaba de acelerar y sus pulmones no podían seguir el ritmo de la máquina. Estaba en la catedral de la hierba. En el sagrado templo del tenis. En uno de los emplazamientos más importantes del planeta. En el presente. En el momento actual. No sabía qué ocurriría mañana. Quizá una lesión le privase de seguir jugando más. Quizá jamás podría volver a pisar la hierba de la central el último día de competición. Quizá era la última ocasión para ganar. El tiempo era tan fugaz como los sueños. Bien lo sabía él. Bien sabía que tenía que aprovechar cada ocasión alcanzada como si fuese el último día de su vida. Bien sabía que el tiempo en la élite era tan efímero como las preciosas estrellas que navegan por el cielo encendiendo con luminiscencia la oscuridad del firmamento.

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12 comentarios

  1. Si ponéis la crónica de la final que ganó Rafa no entiendo como ponéis la foto principal de la final que ganó Roger, que se le ve con el título en la mano. Error.

  2. Pingback: Una final que vale una vida

  3. @Edu

    El de la primera foto es Rafael Nadal.

  4. Gran partido. Como consumidor habitual de deporte televisado fue un evento sólo comparable a la final del Mundial de España con Holanda.

  5. Gran artículo. Y una final épica, la rivalidad Federer- Nadal no es comparable a la actual entre Nadal. Djokovic. Muchas diferencias.

  6. Bastante basado en su biografía, ¿no?

  7. Gran artículo. La épica de una final inolvidable contada en unos vibrantes párrafos. Enorme trabajo.

  8. El artículo me ha dejado pasmado. La primera crónica que leo de un partido de cualquier deporte basada en los pensamientos, los sentimientos y las evocaciones que tenía uno de los jugadores durante el partido. Ni un relato de ficción podría ser más preciso. Evidentemente el artículo es una disparate monumental, una cosa es intentar meter al lector en el pellejo de Nadal y otra muy distinta es escribir tantas pavadas con pretensión literaria.

  9. Dos pequeñas correcciones. Nadal gana Roland Garros con 19 años, y cuando gana Wimbledon por primera vez, tiene 22, no 21 (es de Junio del 86)

  10. Borja Pardo

    Grandioso trabajo Rafa,
    Mi enhorabuena

  11. Uno de los mejores momentos que he vivido como aficionado al deporte. Gracias por hacérmelo recordar.

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