
Hay un experimento que se lleva realizando desde hace más de una década. Se realiza sin consentimiento, sin grupo de control y sin ética: entregamos un teléfono inteligente a cada adolescente y lo dejamos en manos de empresas cuyo negocio se basa en que se pasen todo su tiempo mirándolo. Le llaman progreso, conectividad e incluso libertad. Sin embargo, a este experimento de condicionamiento pavloviano a escala planetaria habría que llamarlo idiotización; una adicción diseñada desde el conocimiento neurocientífico para que confundamos el placer con la dependencia y la conexión con la sumisión.
Hace unos meses, un grupo de investigadores propuso una escala para medir la adicción a YouTube. La llamaron YouTube Addiction Scale y la validaron con más de mil estudiantes iraníes. Los resultados fueron inequívocos demostrando que la conducta de uso problemático responde a los mismos seis componentes que cualquier otra adicción —saliencia, modificación del ánimo, tolerancia, abstinencia, conflicto y recaída—. La dopamina digital no distingue entre nicotina o notificación. El vídeo corto, el refuerzo inmediato, el estímulo constante forman la arquitectura del deseo diseñada para que nunca dejemos de mirar la pantalla.
YouTube que nació como carrusel doméstico de ocurrencias se ha convertido en una autopista de dopamina que educa, entretiene y desinforma a partes iguales. Su mayor innovación ha sido descubrir que el tiempo de visionado se multiplica cuando se elimina la decisión. El autoplay —esa función que reproduce un vídeo tras otro sin pedir permiso— es el equivalente digital del vaso del alcohólico que el camarero diligente llena una y otra vez en la barra del bar sin que el parroquiano se lo pida. Lo que era una herramienta pedagógica y/o de ocio se ha convertido en un flujo ininterrumpido de contenido que sustituye la elección por la inercia y transforma a toda una generación en clones de Ignatius J, Really.
Esa misma lógica la han replicado TikTok, Instagram y todas las demás. El scroll infinito es la «droga» más barata y eficaz jamás inventada. El algoritmo no busca la verdad ni la belleza, busca que el usuario se enganche y quede atrapado mientras se le deseca el cerebro como a una mosca en el ámbar digital de su propia atención. Las tecnológicas no han tardado en crear un concepto para medir cuanto tiempo nos quitan, se trata del share of mind y equivale al tiempo de atención que una plataforma logra monopolizar. Cuanto más tiempo pasamos en YouTube, TikTok o Instagram —y más pensamos en volver a ellas cuando no estamos conectados—, mayor es su share of mind. En otras palabras: no compiten ya por nuestros clics, sino por nuestra conciencia.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.







Más que oportuno y necesario artículo, a primera vista diría que incide en los contenidos, la basura que consumimos. La clave de lo que ocurre creo que está en cambio más en el acopio de datos, el tráfico de nuestra intimidad, que sepan (para decirlo finanente) qué tipo de imágenes, canciones…nos hacen reir o llorar, la clave es que todo ese mercadeo sirve sobre todo para que se queden con la llave de nuestra casa, donde se supone que éramos el rey. Y además legitima tal cesión del derecho a la intimidad para otros campos (las plataformas captan ingente información de nuestras vidas).
Qué artículo, estimados. Pura y simple observación de lo cotidiano; la subyugación por el entorno universal concentrado en pocos y rutilantes centímetros cuadrados que prometen eternidad, filtrados y con sugerencias por supuesto. Un acierto que se agradece infinitamente es la metáfora del monolito de 2001. De esa genial película lo único que no entendía en el desarrollo de la narración era la inclusion de ese objeto misterioso que termina con el conflicto a bordo. Ahora está claro. Kubrick tenía algo de visionario. Muchísimas gracias, estimados. Bien JD
Bravo por el artículo. Necesario. Ojalá pueda leerlo mucha gente lo que induciría a pensar que los móviles y demás artefactos estarían descansando el sueño de los justos o de los injustos.
Este artículo es excelente y, como dicen los comentarios que me preceden, necesario. Hay que difundirlo y que llegue a los lugares y personas adecuadas para que lo secunden.
Tú ya lo compartiste?
Yo no dejo que el algoritmo guíe mi navegación. En Bluesky, por ejemplo, tengo una lista de gente cuyo punto de vista, información, creatividad, etc. me interesa y regularmente l@s visito, un@ por un@, para ver sus novedades o su posición sobre tal o cual asunto. El resultado es que no hay tentaciones de engancharte indefinidamente porque se utiliza internet como otra fuente cualquiera en una investigación. La pregunta es: ¿se ha investigado seriamente qué porcentaje de gente navega como yo y qué porcentaje se entrega en brazos de los algoritmos?
No habemos tantos únicos y diferentes cómo tú. Yo digo que deben ser como un 8%
Disculpen mi vehemencia. La comunicación «guiada» a diferencia de la que usted practica, parece que se impone por goleada, estimado Juan, es mi opinión no contrastada, uno puede andarse con mucho cuidado en plataformas pero el aluvión de información mostrenca se abre camino y finalmente hace diana, si no es de una forma es de otra. Por ejemplo, creando opiniónes, (defendibles salvo su carácter «monopolístico’), acusaciones, por ejemplo(1) que acaban llegando a los medios de siempre y condicionando la vida pública, a los poderes públicos, atentos al último escándalo.
Originadas tales opiniones una y otra vez en ese tablón de anuncios trepidante y sin responsabilidad ni autor conocido que se manifiesta cada segundo. Excelsas plataformas, pero utilizadas en realidad por sus dueños para sus propios fines.
O desviando la atención de los verdaderos problemas.(2)
No sé de algoritmo pero si de educar. 40 años de ejercicio profesional en las aulas, hace que coincida con los planteamientos de este artículo. Es suficiente con pasear un día por calles concurridas, montarte en cualquier transporte público para ver a nuestros conciudadanos, sean de la edad que sea, entregados a los móviles y absolutamente alejados de quienes están a su lado. Soy profesora de lengua y el déficit comunicativo es muy alarmante por lo que supone de déficit intelectual. Si no hablas no piensas. Gracias por el artículo.
No estaría de más que JotDown Sports dejara de publicar publireportajes de casas de juego.
O sea, que el soma de «Un mundo feliz» no es una sustancia sino un artilugio, o un algoritmo si se prefiere. ¿Y qué otra cosa podíamos esperar?
Qué buen artículo. A mí, por ejemplo, me aterra ver cómo mis sobrinos se sumergen cada vez más en ese fango de la digitalización de las redes sociales. Luego recuerdo que yo crecí con Facebook (ya podrán suponer cuánto (no) he vivido) y miro cómo estoy hoy: unos días sintiéndome un gran crítico de la sociedad digital y horas después consumido en el algoritmo de YouTube.