Sabino Cabeza (Sevilla, 1965) llegó a la ciencia ficción tras una larga travesía vital que incluye el Ejército del Aire y del Espacio, la psicología clínica y una formación lectora marcada por Verne, las novelas de anticipación heredadas y la impronta decisiva de Carl Sagan. Escribió durante décadas sin prisa, afinando una voz propia en la que la épica espacial convive con la introspección psicológica y el rigor científico. Cuando irrumpió en el panorama literario lo hizo ya con una obra madura, consolidada por el doble Premio Minotauro, y con una idea clara del género: la ciencia ficción como laboratorio ético, como espacio donde explorar la conciencia, la identidad y los límites de lo humano sin renunciar al asombro ni a la aventura.
Nos encontramos con él en un momento de plenitud creativa, con varias novelas publicadas y otros proyectos en marcha, pero también con la serenidad de quien ha dejado atrás la ansiedad por el reconocimiento. Desde Zaragoza, donde reside desde hace años, habla con calma de sus influencias, de la disciplina de escribir, de los personajes que le sirven para pensarse a sí mismo y de un futuro que sigue imaginando con optimismo crítico. Esta conversación recorre su biografía lectora y vital, pero también se detiene en las preguntas que siguen impulsando su obra: qué nos hace humanos, qué papel juega la tecnología en nuestras vidas y hasta qué punto el viaje exterior no es siempre, en el fondo, un viaje interior.
¿«En algún lugar algo increíble está esperando a ser descubierto»?
La frase es una cita que aparece en Frontera oscura. Tengo la mala costumbre de ir normalmente a Carl Sagan, lo cito siempre. Es uno de mis referentes desde niño, para muchísimas cosas. En todas mis novelas siempre hay una pequeña referencia a Sagan.
En alguna entrevista has contado que descubriste Cosmos con tu madre. ¿Qué influencia ha tenido esa serie?
Para mí fue tremenda. Yo aún no era un adolescente. Recuerdo que la veía en verano, en Murcia, que es donde vivía entonces y hacía calor. Pasábamos las tardes lánguidas del verano en el sofá, sentados viendo la tele; mientras mi padre dormía la siesta, mi madre y yo veíamos la serie.
¿Y te despertó el interés por la astronomía?
Desde luego. A mí la ciencia ficción ya me gustaba de antes, y eso sí que fue por mi padre, que leía mucha ciencia ficción. Yo tenía muchísimas novelas suyas en casa. Pero quien realmente me introdujo fue Carl Sagan. Bueno, seguramente todo empezó antes, con Julio Verne, cuando leí De la Tierra a la Luna y cosas así, pero si tengo que señalar a alguien, diría que fue Sagan.
¿Cuál fue la primera novela de Julio Verne que leíste?
La primera que recuerdo fue Veinte mil leguas de viaje submarino. No era la edición original, sino una de aquellas de Bruguera, con dibujos, casi como un cómic. Esa fue la primera, y luego ya vinieron todas las demás, pero la primera fue Veinte mil leguas, sin duda.
¿Recuerdas algún episodio de tu infancia, con tantas mudanzas, que identifiques como el origen de tu curiosidad por otros mundos? Has vivido en Murcia, Sevilla, Valencia…
Sí, me he recorrido muchos sitios. No sé si hay un episodio concreto, esto se me ocurre ahora que me lo preguntas, pero quizá el hecho de haberme movido tanto, de ir de un sitio a otro… Yo hice la primaria en Salamanca, luego me fui a Murcia, donde hice el bachiller, después a León, a la Academia Militar, y de ahí a Valencia. Quizá ese movimiento constante te obliga a estar más despierto, no lo sé. No tengo una escena concreta muy clara, pero sí recuerdo que en el instituto las asignaturas que más me gustaban eran física y química, y al mismo tiempo lengua, literatura y filosofía. Eran las que más me fascinaban. Supongo que de ahí viene todo esto.
Volviendo a Carl Sagan: hay toda una generación muy marcada por él y por lo que rodeó al Voyager. ¿Has escrito una novela inspirada en esa nave?
Voyager, sí. Justo con ese título. Es una novela inspirada en esa nave, aunque aún no la he publicado, está en revisión. Carl Sagan sale también, por supuesto. Todo eso, mezclado con Julio Verne, marcó muchísimo a nuestra generación. A mí me fascinaba todo lo que hacía Sagan. Contacto es una de mis novelas favoritas, me parece perfecta de principio a fin. Luego vas conociendo su vida, su carácter, su sensibilidad. Neil deGrasse Tyson, quien siempre consideró a Sagan como su mentor, continuó ese legado, y la nueva versión de Cosmos también me encantó. A mí me abrió un universo de posibilidades. Soy deudor de Verne, de Ray Bradbury, de Ursula K. Le Guin, de Asimov… pero Carl Sagan, en particular, me descubrió el universo. El otro día, hablando con algunos amigos escritores, les decía que hoy hay mucha fantasía y poca ciencia ficción, y les explicaba qué entiendo yo por «ciencia ficción»: para mí, un buen libro del género tiene que tener una base científica. Eso es importante.
¿Por qué?
Porque la base científica le da rigor al libro. Es casi como una obra de artesanía, porque construir una historia con una base científica sólida no es fácil. Cuesta mucho. Yo paso muchísimo tiempo preparando las novelas. Consulto a mucha gente, estudio mucho. Para Frontera oscura hice casi una tesis doctoral sobre agujeros negros, porque si quieres ser mínimamente verosímil no hay otra. Luego es verdad que hay lectores a los que les encanta ese nivel de detalle y otros que se aburren y dicen «a mí tanto dato científico me cansa». Depende del lector, claro. Al lector de ciencia ficción, en general, le gusta. En fin, la fantasía te permite inventarte lo que quieras y nadie te va a discutir nada. Pero la ciencia ficción es distinta. Ahí tienes que currártelo de verdad.
Tu primer contacto con la ciencia ficción fue a través de la colección de relatos de la Antología de novelas de anticipación. ¿Cómo llega a tus manos?
Vaya, la antología de Ediciones Acervo, sí. Uno de mis referentes… Esa colección llegó a mí porque mi padre tenía cinco tomos. Cinco. De los cuales ahora tengo cuatro porque uno lo presté a alguien y ya nunca volvió. Y luego descubrí que, en la biblioteca de San Javier, el pueblecito de Murcia donde yo vivía, estaba toda la colección. Entonces yo muchas veces me escapaba del instituto, me iba a la biblioteca y me ponía a leer los tomos que había por allí que yo no tenía. Hace poco conseguí el que me faltaba, lo conseguí en la Feria del Libro de Madrid.
El número uno de los relatos era «Flores para Algernon», de Daniel Keyes. Fue un texto que luego ganó muchísimos premios. ¿Lo recuerdas?
Lo recuerdo perfectamente. Me impactó mucho, sobre todo porque empezaba con faltas de ortografía, y eso a mí me sacaba un poco de la lectura. Siempre he sido muy cuidadoso con la ortografía. De niño tuve un profesor de lengua española muy exigente y aprendí gracias a él a escribir correctamente. Así que empecé a leerlo y pensé: «¿Qué pasa aquí?». Luego el texto va evolucionando y te das cuenta de que ahí ocurre algo, de que no puede ser que una novela publicada esté tan mal escrita sin motivo. No es un relato demasiado largo, pero me pareció fascinante. El final es maravilloso.
Entre tus autores de referencia de aquella época, ¿prefieres a Asimov o a Lem?
Uf, es que son muy distintos. Me quedo con Asimov. Me quedo con Asimov porque es más científico e imaginativo. Lem es mucho más literario, y un poco más… aburrido. Asimov tiene una imaginación enorme, pero como narrador es bastante básico, igual que Poul Anderson, Zelazny o Clarke, que también son muy directos. Lem es un escritor en el sentido literario pleno. Pero tampoco he leído muchísimo de Lem. He leído Solaris y alguna más.
He leído en tu bibliografía que eres psicoanalista. ¿Has estudiado psicología y te has especializado en psicoanálisis? ¿Cómo surge eso?
Yo iba para ingeniero. Era el plan de mi padre. Dijo: «Como se te dan bien las matemáticas y la ciencia, pues podrías estudiar ingeniería aeronáutica y entras en el ejército como ingeniero». Y yo dije: «Pues me parece muy bien». En todas mis novelas hay un ingeniero siempre. Y esto tiene que ver con La isla misteriosa, porque la verdad es que yo supe que existían los ingenieros al leer la novela. El plan era estudiar ingeniería aeronáutica, pero me tropecé con la Facultad de Psicología en Valencia. Estudié también Filosofía, que me interesó muchísimo.
Y siendo tan riguroso con la ciencia, ¿no tienes conflicto con el psicoanálisis?
En España, en el mundo académico, se lo considera acientífico y, en general, por ignorancia, se lo desestima. Ello a pesar de que toda la psicología clínica moderna es deudora de Sigmund Freud, le pese a quien le pese. Siempre digo a mis alumnos, estudiantes de Psicología o que ya tienen la licenciatura, que la psicología paga un precio muy alto para tener el marchamo de ciencia, que solo logra gracias a la estadística, pero que lo humano no puede abordarse únicamente desde la ciencia. Lo que mejor define a lo humano es el hecho de que hablamos. La palabra. Y eso no pasa del todo por el discurso científico. Pero sí por el filosófico y por el psicoanálisis. El discurso de la ciencia y el del psicoanálisis tienen puntos de contacto y pueden coexistir sin problema. Son discursos que abordan lo humano desde perspectivas diferentes, pero afines. Por mi parte, no veo el menor conflicto.
De hecho, conectando psicoanálisis y ciencia: en tus novelas he visto enfoque psicoanalítico. Hay un personaje que nos encanta, Sigfrid von Shrink, de Pórtico, el primer psicoanalista virtual. ¿Lo recuerdas?
Es uno de mis referentes también, claro. Sigfrid es el primer psicoanalista virtual y holográfico, si no recuerdo mal. Para mí Pórtico es una de mis novelas favoritas. Sigfrid me pareció un personaje genial.
¿Crees que habría, en este momento, muchos voluntarios para embarcarse rumbo a lo desconocido, como hizo en varias ocasiones el protagonista de Pórtico en una de esas naves Heechee, sin saber adónde iba?
Qué pregunta tan interesante. Yo aprendí muchísimas cosas de ese libro. Por ejemplo, las viñetitas que acompañan a los anuncios, que literalmente se las copié a Pohl porque me parecieron un gesto narrativo buenísimo. Ese tipo de elementos los uso mucho: información que va por fuera de la historia principal, pero que la enriquece. Me parece un recurso fascinante.
Y sobre lo que preguntas, yo supongo que sí, que habría gente dispuesta a hacerlo. Hoy en día seguro que hay personas que se lanzarían a algo así. Pero teniendo en cuenta la sociedad acomodada en la que vivimos, el simple hecho de no poder sentarte a las ocho de la tarde, después de cenar, a ver tu serie favorita en Netflix ya tiraría para atrás a mucha gente. Ser explorador implica no tener recursos, pasar penurias. Y nos hemos vuelto cómodos…
Recibes el primer Premio Minotauro por Frontera oscura. ¿Cómo llegaste hasta ahí?
Es una historia larga, no es aquello de «tenía un amigo en la editorial y me dieron el premio». Yo llevo escribiendo toda la vida, pero nunca había formalizado nada: ni presentarme a concursos ni enviar manuscritos a editoriales, porque escribía para mí. Esto lo he discutido muchas veces con un gran amigo mío, que es uno de mis correctores fundamentales, Luis Salvago, y que además es un magnífico escritor. Pero eso ocurrió mucho antes de 2020. Yo me había presentado ya a muchísimos concursos. Al Minotauro, por lo menos, cuatro veces, con cuatro novelas distintas. Y fue este amigo quien me empujó de verdad: «Tío, preséntate. Insiste, insiste». Yo estaba desesperado porque no conseguía nada, no había manera. En ese momento él gana el Vargas Llosa, en 2019, y yo pensé: «Ya está, me retiro, no escribo nada más. No voy a lograrlo». Y al año siguiente me volvió a empujar: «Preséntate otra vez». Y entonces gané el Minotauro.
¿Se puede decir que el Minotauro no es un premio «dado»?
No, os lo puedo garantizar. Yo era un absoluto desconocido. Y lo digo con conocimiento de causa, porque he sido jurado dos veces y sé cómo funciona. Es un premio en el que decide el jurado qué novela gana entre las que se presentan. Hay un filtro previo, claro, no te vas a leer doscientas novelas, pero la decisión final la toma el jurado. La editorial se mantiene al margen: la editora actúa como secretaria del jurado, levanta acta y ya está, no interviene.
¿Y esas cuatro novelas que presentaste antes son inéditas?
Sí, son inéditas. Y claro, con los cambios que ha habido en los últimos diez años, hay algunas que hoy tendrían otro encaje.
¿Tiene sentido rescatarlas?
Pues mira, una de ellas se llama Navegantes, aunque luego los títulos cambian por cuestiones editoriales, y lo entiendo. Es una novela de la que, en realidad, surge Frontera oscura. La escribí en un momento de desesperación, cuando estaban muy de moda novelas como Juego de tronos —hablo de las novelas, no de la serie— o Los pilares de la Tierra. Historias con mucho sexo y mucha sangre, porque eso gusta. Y yo no escribo así. Así que pensé: «No consigo nada, pero también puedo hacerlo». Y escribí una novela de ciencia ficción con un antihéroe como protagonista. Una space opera clásica, muy divertida, llena de sexo y sangre.
¿Explícito?
Sí, explícito. En Expediente Hermes hay algo de sexo y algo de sangre, pero poco. En esta era mucho más explícito, aunque con tono humorístico. A la editorial le gustó mucho. De hecho, cuando me preguntaron si tenía algo más, se la presenté y les dije: «Esto lo había enviado al Minotauro, pero no pasó el filtro». Y me dijeron: «Claro, es que esta novela encajaría mejor en La sonrisa vertical». El catálogo de Minotauro no la absorbía bien, lo cual es comprensible. Ahora estoy trabajando en ella, intentando rebajarle un poco el tono, porque es verdad que todo lo que cuento luego en Frontera oscura, todo el mundo que construyo ahí, nace de esa novela. No pierdo la esperanza de verla publicada algún día… Y tengo otra más, de fantasía, pero no de la fantasía típica actual. Es una fantasía más elaborada. Estamos viendo si tiene encaje.
Juan José Gómez Cadenas decía que Carl Sagan nos dejó para siempre «estrellaridos» (en referencia a «letraridos»). ¿Es Frontera oscura heredera del legado de Sagan?
Yo creo que sí, en parte sí. Frontera oscura es, de mis tres novelas, la más científica. El agujero negro, todo ese armazón teórico, está mucho más presente que en Expediente Hermes, donde ese componente está deliberadamente más rebajado. También escucho mucho a mis lectores beta, mis conejillos de Indias, y ahí he ido ajustando cosas. Por ejemplo, el propio título de Frontera oscura se le ocurrió a mi hermana. Originalmente se llamaba El ojo de Dios, pero enseguida me dijeron que ya había demasiadas novelas con ese nombre, y tenían razón. Yo, por ejemplo, no conocía entonces La paja en el ojo de Dios, que es hard sci-fi total, ni tampoco había pensado en esas resonancias.
En cualquier caso, a mí la ciencia ficción dura por sí sola no me basta. Cuando la ciencia ficción se vuelve excesivamente técnica, tiene que haber una historia que la sostenga. Me importan mucho los personajes. En novelas como Mundo Anillo la imaginación es deslumbrante, pero prácticamente no hay personajes, o no hay introspección. Eso también les pasa a autores enormes como Asimov o Clarke: cuentan ideas prodigiosas, pero los personajes suelen ser planos, estereotipados. Yo, seguramente por mi formación en psicología, no puedo escribir así. Para mí toda narrativa se sostiene en lo que les ocurre a las personas. Luis Salvago dijo una vez, creo que en una presentación de Takarabune, que lo que cuento podría suceder perfectamente en el pueblo de al lado, porque lo único que hago es trasladarlo a un escenario espacial, pero la historia podría ocurrir en un barrio, en una casa de vecinos. Y es exactamente eso. La ciencia está ahí porque me interesa y porque me gusta escribirla, pero si no hay personajes a los que les pasen cosas, para mí la historia pierde todo el interés.
El ojo de Dios, donde pasado y futuro coexisten, ¿sería el otro absoluto del psicoanálisis?
Buena pregunta, y se nota que has leído la novela. Juego deliberadamente con ese principio porque, de algún modo, conecta con lo que hizo Carl Sagan en Contacto. Él era científico, creyente en un sentido cultural, pero profundamente agnóstico, y en esa novela lo que plantea no es una respuesta, sino una pregunta: la posibilidad de una instancia superior, de un «arquitecto», si quieres llamarlo así. En Frontera oscura retomo esa misma inquietud. No me interesa afirmarla ni negarla, sino explorarla. Ahí hay un trasfondo ético claro: la idea de auctoritas, de Dios, de una instancia que ordena o da sentido. Son preguntas que me interesan mucho y con las que me gusta jugar, porque no buscan cerrar nada, sino abrir grietas, del mismo modo que hace el psicoanálisis cuando se enfrenta a aquello que no puede resolverse del todo.
¿Cuánto hay de autobiográfico? Hablas mucho de «auctoritas».
No diría que es autobiográfico en un sentido directo, pero sí hay mucho de experiencia vital, como le pasa a cualquier escritor. Al final siempre escribes desde lo que conoces, desde lo que has vivido. En mis novelas, por ejemplo, aparece mucho el tema de la humildad como estructura, y eso tiene que ver conmigo. También la disciplina, el trabajo en equipo… para mí son virtudes fundamentales. Yo escribo con disciplina, me impongo una rutina. De hecho, me lo han preguntado muchas veces —recuerdo en Avilés, en el Celsius—: «¿Qué hay que hacer para escribir?». Y mi respuesta siempre es la misma: disciplina, disciplina y disciplina. Sentarte y escribir. Eso lo aprendí, sin duda, en el ejército. Así que sí, siempre hay elementos autobiográficos, aunque no sean confesionales. Uno escribe inevitablemente desde lo que es y desde lo que ha aprendido.
¿Hay algo de ti en Thorion? ¿O Thorion te ha descubierto algo que no sabías de ti mismo?
Thorion soy yo. El yo tontorrón de aquellos años. Es un personaje joven y yo me recuerdo muy bien a esa edad: bastante inocente, un poco despistado, tontorrón para muchas cosas. En ese sentido, hay bastante de mí en él, claramente. Y sí, al desarrollarlo descubres cosas. A mí por lo menos me pasa. Te pones a construir un personaje, empiezas a ver sus peculiaridades, sus conflictos, y de repente piensas: «Ostras…». Y claro, ahí te das cuenta de que estás proyectando. Yo creo que eso nos pasa a todos los escritores, porque en todos los personajes hay algo de uno mismo. Pero en el caso de Thorion es especialmente evidente: me recuerda mucho a quien yo era entonces.
¿Cuándo veremos Takarabune en nuestras pantallas?
Me encantaría, por supuesto. Ojalá ocurriera. Pero no está en mis manos… Mucha gente me dice eso mismo de todas mis novelas: «Es que me lo imagino visualmente». Y yo siempre pienso que podría ser cualquiera, incluso Frontera oscura. Hoy en día, con el CGI actual, no sería especialmente complicado crear una nave y su entorno. Creo que sería relativamente fácil. Supongo que tiene que ver con que, cuando escribo, tiro mucho de imaginación visual. Yo me imagino los espacios, los escenarios. Los personajes quizá menos, porque cada lector se los imagina a su manera y yo tampoco los describo siempre igual, pero los entornos, las naves, eso sí: los dibujo, me tomo la molestia de dibujar absolutamente todo.
¿Vivimos un momento paradójico, en el que se publica más que nunca pero los libros duran cada vez menos?
Hoy se publica muchísimo, hay una avalancha constante y la memoria es muy corta. Expediente Hermes salió en marzo y, a finales de año, parece casi un libro antiguo. Los libros tienen caducidad. En España prácticamente nadie vive solo de escribir ciencia ficción. Por eso cuando alguien me dice que soy un «escritor de nicho» me sienta fatal: «nicho» suena a cementerio. Si la ciencia ficción se convierte en literatura de nicho, es que algo se está muriendo. Yo intento luchar contra eso. De hecho, ciencia ficción, terror y fantasía están vendiendo ahora más que otros géneros, así que no estamos muertos, ni mucho menos. Otra cosa es que en televisión lo que triunfa vaya por otros derroteros…
En Takarabune, en el viaje metafórico y literal a Ítaca, Thorion debe descender al inframundo para evitar un sabotaje que podría destruir la nave. ¿Hay más viaje interior que exterior en tus novelas?
Siempre. Sí, yo creo que sí. Tiene que ver con la ética, con la eterna pregunta de si hay un Dios, y también con el hecho de que soy psicoanalista y con un interés que tengo desde muy niño por este tipo de cuestiones. Además, hay frases que me doy cuenta de que repito en distintas novelas. Ya lo he contado alguna vez, como esa de «si haces un camino y no aprendes nada, la culpa no es del camino, la culpa es tuya». Para mí eso es fundamental.
Si me importa el desarrollo de los personajes es porque los personajes tienen que cambiar, tienen que evolucionar. Es verdad que puedes contar una historia en la que el personaje no evolucione y hacerlo así a propósito, pero no es lo que me interesa. Yo critico mucho, por ejemplo, a los personajes de Asimov en ese sentido: no evolucionan, son casi NPC, como diríamos ahora. En Dune, de Herbert, sí hay más evolución, quizá incluso excesiva, pero la hay. En cambio, en Fundación los personajes no son nada comparados con los de la serie, donde ya se les ha dado otro tratamiento. Para mí el viaje interior es fundamental. Siempre hago ese paralelismo: vas a algún sitio, pero ese desplazamiento tiene que implicar también, al menos para mí, un viaje a otro lugar, algo íntimo.
¿Qué es Lovelace y cómo alcanza la autoconciencia?
Es una pregunta muy buena y, al mismo tiempo, muy difícil de contestar. Es un tema que he explorado más de una vez. Lovelace es —y decirlo implica hacer un destripe de la trama— un ente virtual que se vuelve autoconsciente. El proceso está explicado, más o menos, en la novela. Por resumirlo, y esto es casi Hegel, la autoconciencia requiere de un otro que te reconozca como sujeto en un proceso dialéctico. En el caso de Lovelace, es así…
En Expediente Hermes, en cambio, dejo claro que se trata de un robot, una inteligencia puramente artificial cuya conciencia imita la humana, pero que sigue siendo una máquina. Sobre este asunto me he informado mucho, he estudiado, he consultado a gente experta —tengo asesores que son informáticos y que me hablan del tema—, pero no soy un especialista. Lo que sí tengo es interés, y lo he debatido muchas veces con personas que saben mucho más que yo sobre la posibilidad de una conciencia artificial. Hoy por hoy, no hay consenso en que eso sea posible. Para mí, además, el problema no es tanto la conciencia como el inconsciente.
¿Los robots deben tener derechos, esos que tú llamas «derechos biónicos»?
No fue una idea mía en origen. Es verdad que lo desarrollo en la novela, pero viene de antes. Hay un episodio de una de mis series favoritas, Star Trek: Voyager, en el que aparece un holograma, una inteligencia artificial con cuerpo holográfico, que se dedica a escribir. En un momento dado publica holonovelas y se plantea la cuestión de los derechos de autor de un holograma. Hay incluso un juicio para decidir si tiene derechos o no. Aquello me pareció muy interesante porque pensé: «Esto algún día puede ocurrir».
En Expediente Hermes lo que intento tocar es ese precepto clásico: «si parece un pato, se mueve como un pato… ¿es un pato o no es un pato?». Si parece humano, se comporta como un humano, en todo actúa como un humano, ¿es o no es humano? ¿Qué es lo que nos hace humanos frente a una IA con cuerpo que funciona como si fuera un ser humano? Yo juego con eso en la novela, incluso con la idea de diseñar un cuerpo que pareciera completamente real, aunque tecnológicamente hoy sea imposible.
Por eso también aparece la fecha de caducidad, como en Blade Runner. No porque no se pueda hacer de otra manera, sino porque son robots y porque la empresa que los crea tiene claro que no pueden durar para siempre. Es una decisión deliberada. En la novela se plantea incluso que, si reinicias a Hermes, se salva, pero claro, ya no es Hermes, es otro. Y ahí surge otra pregunta interesante: si una persona tiene un accidente, entra en coma y despierta sin memoria, ¿sigue siendo la misma persona? ¿Qué es lo que queda? ¿Dónde queda? ¿Se puede reconstruir algo? ¿Qué es lo que, en el devenir de una vida, causa la ilusión de permanencia, de que somos lo que somos a lo largo del tiempo? Esto ya no es ciencia ficción, diría que es pura filosofía…
Al final yo escribo siempre a partir de preguntas. Cuando empiezo una novela es porque hay una cuestión filosófica, ética o científica que me interesa explorar. En Frontera oscura era la astrofísica, los agujeros negros, la dilatación del tiempo, los viajes temporales tratados con el mayor rigor posible. En Expediente Hermes son estas preguntas sobre la conciencia, la identidad y los límites de lo humano. Esa intersección entre ética, filosofía y tecnología es lo que realmente me mueve a escribir.
En Expediente Hermes también transcurre un viaje espacial, aunque en esta ocasión no se trata ni de una nave cartografiadora ni de un arca de Noé, sino de un crucero recreativo. ¿Por qué eliges ese contexto?
Porque es, en el fondo, un homenaje a una serie que veía de niño: Vacaciones en el mar. Ese crucero más o menos de lujo donde pasaba de todo, con una tripulación fija y una serie de personajes que se repiten, y luego invitados que van entrando y saliendo, y siempre ocurren cosas. Es un esquema que también está en Star Trek: hay un núcleo estable y, alrededor, historias que se abren y se cierran.
Ese formato me venía muy bien para lo que quería contar, que eran todos mis dilemas y preguntas: «¿cómo sería una inteligencia artificial?, ¿cómo sería su cuerpo?, ¿qué tipo de relación podría establecer?, ¿qué es lo humano?». Necesitaba un escenario que permitiera ese cruce constante de personajes y situaciones. ¿Dónde lo coloco? En este caso opté por ser científicamente menos arriesgado. El motor —creo que de antimateria— es enorme, pero es bastante más plausible hoy en día que muchas de las otras tecnologías que utilizo en mis novelas. Pensé también en referentes como el crucero espacial de El quinto elemento y me dije que no era nada descabellado imaginar empresas que, en el futuro, se dedicaran a ofrecer viajes recreativos por el espacio. Ese contexto me permitía plantear todas esas preguntas éticas y humanas en un entorno reconocible, casi cotidiano, aunque esté situado en el espacio.
¿La nave la has diseñado tú?
Sí. Y la portada está basada en mis bocetos, que me pidieron como punto de partida. El trabajo del equipo gráfico ha sido excelente. Me encantan todas las portadas que me han hecho en todas mis novelas. Reflejan maravillosamente lo que quiero contar.
Esta novela tiene, en mi opinión, bastante menos autodiálogo que las anteriores. Incluso el autodiálogo de Durga es de otro nivel. ¿Qué diferencia a Deckett de Thorion y de Florence?
Para empezar, Deckett es un homenaje. Un juego muy consciente con dos personajes: Deckard, de Blade Runner, y Beckett, la policía de la serie Castle, la que interpreta Stana Katic junto a Nathan Fillion. Pensé: «Los mezclo», y salió Deckett. Así, sin más. Es verdad que en esta novela hay bastante menos autodiálogo, pero también porque es una novela distinta en su planteamiento. Es más ágil, con capítulos muy cortos, otro ritmo. Y la relación entre Durga, Thorion y Florence parte de personajes muy distintos entre sí. Durga, por ejemplo, es una especie de Thorion más maduro.
Y ahí entra también algo personal, claro. He cumplido sesenta años y hay cosas que ya no vivo igual. No es que tenga más respuestas, es que hay preguntas que me importan menos o me perturban menos. Con la edad aprendes qué puedes cambiar, qué no, y qué podrías cambiar pero te da pereza. Llegan las ocho de la tarde y piensas: «Quiero tumbarme en el sofá y desconectar». Eso también se filtra en la escritura. El autodiálogo desgasta más que las ideas, y quizá ahora vivo esa parte con más distancia.
Durga, además, es un personaje con una biografía muy marcada. Tiene cincuenta años, experiencia, un pasado duro, ha perdido a su familia. Yo no diseño personajes con fichas ni esquemas cerrados: me van surgiendo sobre la marcha. Luego el trabajo de corrección es complicado, porque hay que ajustar, dar coherencia, pero el origen es muy intuitivo, casi de ir viendo «por dónde salgo». Quería también escribir un personaje de esa edad. Frente a la moda actual de personajes jóvenes, perfectos, estupendos —en la fantasía, en el «romántasy», en lo que sea—, me interesaba alguien con recorrido vital. Durga es rígida mentalmente, sí, pero evoluciona, se abre un poco. Y eso, para mí, sigue siendo lo esencial: que los personajes cambien, aunque el viaje interior ya no se exprese tanto en forma de autodiálogo constante.
¿Tus padres han leído tus novelas? Hay algo que me llama la atención: ¿por qué matas al padre siempre? Aparecen padres muertos en tus novelas.
No lo había pensado nunca, la verdad. Ahora que lo dices… sí, es verdad que aparecen padres muertos, y madres muertas, pero no ha sido algo consciente ni buscado. No me atrevo a decirte que haya ahí una conexión deliberada. De hecho, tengo otras novelas en las que los padres están vivos y coleando. Lo que pasa es que solo hay tres publicadas, aunque escritas tengo unas quince, más o menos, y claro, publicar es otra historia distinta. No es lo mismo escribir que publicar.
En estas tres ha coincidido, pero yo creo sinceramente que es pura casualidad. No estaba previsto ni pensado. Cuando voy desarrollando un personaje y la historia va avanzando, voy añadiendo detalles sobre la marcha, un poco como pintar sin boceto previo: vas poniendo colores y, al final, aparece una imagen. No hay un plan previo detrás. Eso sí, reconozco que me has hecho preguntármelo ahora. De todas formas, se me ocurre añadir que lo de matar al padre no deja de ser una metáfora de ese proceso vital por el que un hijo, o una hija, avanza más allá de sus referentes vitales. Esto es muy psicoanalítico, lo sé.
En cuanto a mis padres como lectores, mi padre no me lee mucho. De hecho, dice abiertamente que se aburre leyéndome. Él leía mucha ciencia ficción de quiosco, pulp, novelas muy cortas, muy directas, donde pasaban cosas todo el rato. Quiere acción inmediata, y en mis novelas hay reflexión, autodiálogo, desarrollo interior, y eso le cansa. Mi madre sí me lee más, aunque despacio. Pero mi padre, desde luego, no es uno de mis lectores fieles.
¿Por qué aparecen los «liturianos»?
Surgieron de manera bastante espontánea, pero también porque es un tema que me interesa. La religión es una expresión cultural fundamental en la especie humana desde sus orígenes. Es un hecho que está ahí, te guste o no, seas o no creyente. Y eso, narrativamente, me resulta muy potente. Lo que digo en la novela de que hablen en mayúsculas tiene que ver con cómo se expresan muchas religiones modernas y, en general, todo ese discurso cercano a la autoayuda: es muy pomposo, muy enfático, todo en mayúsculas, como si te estuvieran hablando a gritos desde una verdad absoluta. Yo lo leía y pensaba: «Es que las estoy viendo escritas». Me parecía que tenía sentido formalizarlo así.
No es algo que aparezca siempre en mis novelas, pero en Expediente Hermes surgió de manera natural. Hay precedentes claros en la ciencia ficción que me interesan mucho. Por ejemplo, Caprica, la precuela de Battlestar Galactica, donde se plantea una religión dentro de los cylon y se explica de dónde surge todo ese componente espiritual que luego es clave en la serie original. En Battlestar Galactica la religión y la búsqueda de la Tierra son elementos centrales, pero en Caprica ves el origen de todo eso. Ese roce entre lo científico y lo religioso siempre me ha parecido muy interesante a la hora de contar historias. La religión, al final, es un elemento profundamente humano, igual que la ciencia. Puedes abordarla desde la creencia o desde la distancia crítica, pero ignorarla es perder una parte esencial de lo que somos. Por eso los liturianos están ahí: como una expresión más de esa humanidad trasladada al espacio.
¿Por qué piensas que, en ese debate moral, ético, científico, tecnológico, la tecnología puede acabar ayudándonos a avanzar?
Yo soy optimista en ese sentido. De hecho, me lo han dicho más de una vez: «Es que no escribes distopías». Y es verdad, no me interesan. El mundo ya es lo suficientemente fastidiado como para, encima, escribir distopías. Intento situarme más en una línea parecida a la de Gene Roddenberry, que era muy optimista con el futuro de la humanidad: sí, hay una guerra mundial, pero se supera y se avanza. No sé si es optimismo o ingenuidad, pero quiero pensar que tenemos alguna opción.
En mis novelas no me interesa tanto el mal absoluto. En Expediente Hermes hay gente malvada, claro, pero forman parte de la trama, no son el centro. Me interesan más los problemas de un grupo humano enfrentado a algo complejo. En Frontera oscura, por ejemplo, cuando empecé a escribirla me planteé si meter el típico giro del traidor o del asesino oculto, y pensé: «No tiene sentido». Lo que ya tienen que afrontar es lo bastante complicado como para añadir, además, conspiraciones internas. Preferí no hacerlo.
Supongo que por eso a veces se me compara con Asimov. Vivimos en un entorno en el que la tecnología suele presentarse siempre como una amenaza: que si va a destruir empleos, que si va a deshumanizarnos, que si va a acabar con todo. A mí me interesa más pensar que, como en Asimov, siempre hay una puerta abierta. Quiero creer que las grandes revoluciones tecnológicas, con el tiempo, acaban aportando algo positivo.
La inteligencia artificial, por ejemplo, no es un tema nuevo. La ciencia ficción lleva décadas reflexionando sobre robots, inteligencias artificiales, dobles, golems, máquinas que imitan a los humanos. Creo que eso responde a una pregunta muy profunda: qué es lo que nos diferencia, qué nos hace humanos. Hoy la IA es una herramienta en desarrollo y, como cualquier herramienta, puede usarse para hacer cosas malas, sin duda, pero también puede aportar cosas interesantes. Supongo que pasará este subidón actual, esta moda de hablar de IA para todo, y se integrará de manera más natural en la vida cotidiana.
Habrá gente que la use para todo, ya está pasando en los colegios, y se inventarán sistemas para regularlo o limitarlo. No lo sé. Yo intento no quedarme en el lado negativo y pensar más en las posibilidades que puede ofrecernos. Esa es, al menos, la mirada desde la que escribo.
Comentabas que te encantan la lengua, la lingüística, y también los juegos de palabras. Me divierte cómo tus personajes, animados e inanimados, tienen nombres curiosos. Por ejemplo, llamar a una nave espacial Schettino…
No mucha gente se da cuenta de ese detalle, la verdad. Muy poca. De hecho, muchas veces tengo que explicarlo porque no cae nadie. Pero sí, la nave se llama Schettino por el capitán del Costa Concordia, ese barco que naufragó trágicamente en 2012. No hablo de él explícitamente en la novela, pero el guiño está ahí. En general, en todas mis novelas suele haber algún nombre que remite a la astronomía o a la ciencia. Es casi una costumbre. En Frontera oscura, por ejemplo, está Lara Leavitt, basada en la astrónoma Henrietta Swan Leavitt; Lovelace es evidente: Ada Lovelace, la hija de lord Byron; en Frontera aparece también Schiaparelli, homenaje a Giovanni Schiaparelli, el astrónomo que nos hizo creer en los canales en Marte. Y en Hermes está el capitán Freeman, en recuerdo de Freeman Dyson, quien postuló la idea de las famosas esferas con su apellido… Siempre hay algún nombrecito que funciona como referencia, como una capa más para quien quiera leerla.
Los nombres no los pienso demasiado, en realidad. Me suelen surgir. «Este queda bien», y ya está. El de Deckett sí fue más consciente, ahí sí que jugué deliberadamente con Deckard y con Beckett. El de Schettino, en cambio, es más un guiño humorístico, una broma interna. Me gusta que estén ahí, no para subrayarlos, sino como pequeños regalos para quien se fije o quiera jugar también con el lenguaje. Y el de Schettino, un guiño humorístico, efectivamente.
Hay una explosión de películas y, sobre todo, de series basadas en ciencia ficción. ¿Ves alguna de tus novelas en pantalla?
Yo las veo todas. Me encantaría verlas todas en pantalla. Además, creo que tienen «salseo» humano de sobra. Nunca he escrito guiones, pero por mi forma de procesar mentalmente las cosas —soy muy visual—, me imagino los entornos, las escenas, y lo que hago es narrar lo que veo en mi cabeza. Y eso es algo que me ha dicho mucha gente: «Es que puedo verlo como una serie». En mi caso, el gran trabajo no es tanto sentarme a escribir como todo lo previo. Es el proceso de preparación. Para Frontera oscura me tiré, más o menos, un año y medio estudiando. Me hice casi experto con Kip Thorne y su Agujeros negros y tiempo curvo, me lo estudié de memoria. Para cualquier novela leo muchísimo. Y además tiro siempre de gente que sabe del tema: tengo amigos doctores en Física que me ayudan, consulto a médicos, neurólogos, físicos, músicos… a quien haga falta.
Luego, cuando ya escribo, suelo tardar poco. Mi récord fue veinticinco días: me presentaba a un concurso, vi que la novela que estaba escribiendo se me iba de extensión y no llegaba, me quedaban veinticinco días y escribí otra. Cortita, pero la escribí. Pero donde de verdad se va el tiempo es en la corrección. Ahí podría quedarme a vivir. Entiendo perfectamente a esos escritores que nunca dan una versión por cerrada, porque siempre hay algo que tocar. Es horrible, pero es ahí donde se afina todo: donde los personajes ganan verosimilitud, donde ves las incoherencias que no habías visto mientras escribías. Para mí, el trabajo fundamental del escritor es ese: revisar, corregir, y dejar que más gente lo revise también.
¿Cómo de importante para ti ha sido el propio Minotauro y qué crees que significa para la ciencia ficción española?
Para mí el Minotauro es un premio muy importante, probablemente el de mayor prestigio en lengua española, no solo en España sino en toda Hispanoamérica. Hay otros premios, incluso algunos con una dotación económica mayor, pero Minotauro tiene algo distinto: una historia y una resonancia muy profunda para quienes hemos leído ciencia ficción desde jóvenes. Mucho antes de que formara parte de Planeta, yo ya leía Minotauro cuando era una editorial independiente. Descubrí allí a Ursula K. Le Guin y a muchísimos otros autores y autoras fundamentales. Forma parte directa de mi biografía como lector, así que ganarlo fue, en cierto modo, como volver a casa. Tiene un componente simbólico muy fuerte.
Ganar el premio una vez ya fue importante; hacerlo dos veces lo fue aún más, aunque eso haya tenido consecuencias curiosas, como el cambio de las bases. Técnicamente soy el único que lo ha ganado dos veces en solitario, y a partir de ahí se decidió que quien lo gane ya no pueda volver a presentarse. Lo acepto con naturalidad. Cuando me presenté la segunda vez no tenía ninguna expectativa especial, fue casi como el atleta que quiere ver si puede batir su propio récord. Además, me presenté de forma completamente anónima: manuscrito enviado desde un correo nuevo, desde otra ciudad, sin ninguna pista. El jurado no sabía que era yo, y eso, en un contexto donde los premios literarios están tan cuestionados, creo que es importante decirlo.
En cuanto a lo que significa para la ciencia ficción española, creo que es un auténtico revulsivo. Da visibilidad, prestigio y continuidad a un género que muchas veces ha sido tratado como menor. No sobran premios así, al contrario: hacen falta más, bien organizados, con jurados independientes y procesos claros. Yo he sido jurado en Minotauro y en el premio Ciudad del Conocimiento, y puedo decir que el sistema es muy estricto en ambos. Se leen muchos manuscritos —doscientos, trescientos— y la decisión final es realmente del jurado. Eso es fundamental. Minotauro tiene detrás décadas de historia editorial y un catálogo que ha marcado a generaciones enteras de lectores. Para mí sigue siendo un referente y, sin duda, una de las columnas que sostienen la ciencia ficción en español. A nivel personal, le debo mucho, pero creo que su importancia va mucho más allá de mi caso: ha ayudado a consolidar el género y a demostrar que la ciencia ficción puede ocupar un lugar central en la literatura contemporánea.
Autores como Andy Weir —El marciano, Proyecto Hail Mary— o Hugh Howey —Silo— empezaron autoeditándose. Se presentan mundiales de los que más venden y básicamente son los nuevos clásicos de la ciencia ficción. ¿Pensaste alguna vez en autoeditarte?
No. No, porque soy muy vago y porque, por lo que yo podía comprobar, si autoeditas, toda la promoción te corresponde a ti y es un trabajazo que me parece terrorífico. Y no, no. Y, aparte, dije: es que no. Si no lo consigo, pues, oye, tampoco pasa nada.
Dicen que la ciencia ficción de ahora la están escribiendo mujeres. Desde que N. K. Jemisin ganó el Hugo en 2015, lo han ganado Mary Robinette Kowal, Arkady Martine, Martha Wells, Ursula Vernon… En 2021 ganó un hombre. ¿Qué significa este fenómeno y, lo más importante, has leído alguna de estas autoras?
No. De las que has mencionado, no he leído a ninguna. También te digo que leo muy poca ciencia ficción actual. Me quedo sobre todo con los clásicos. He leído muy poco contemporáneo que realmente me atrape, muy poco. Y, sinceramente, el género, el sexo o lo que sea de quien escribe me da exactamente igual. A mí lo único que me interesa es la calidad literaria. Lo demás me es completamente indiferente. Además, cuando lees manuscritos —y lo digo también desde mi formación en psicografología— es dificilísimo saber quién está detrás. Aunque creas que lo sabes, muchas veces te equivocas. Los prejuicios son muy peligrosos. En el caso de Frontera oscura, por ejemplo, todo el jurado estaba convencido de una cosa… y luego no fue así. Así que en eso conviene ser muy prudente.
Lo que decidan las editoriales, hacia dónde orienten sus catálogos, qué conviene o no conviene publicar, no es algo que me preocupe demasiado. A mí me interesa la literatura. Hay autoras que me han marcado muchísimo: Ursula K. Le Guin, por supuesto, o Marion Zimmer Bradley. Las nieblas de Avalon me parece una novela magnífica, más allá de todo lo demás que se supo luego de la autora. Pero la ciencia ficción actual me cuesta más. En muchos casos es una ciencia-fantasía que a mí no me interesa demasiado. Yo también escribo fantasía, pero casi siempre hay un sustrato de ciencia ficción detrás, algo que acaba apareciendo. La fantasía actual, en general, me parece muy floja, muy comercial. Demasiado molde, demasiado patrón que hay que repetir. Me interesa mucho más una fantasía literaria como la de lord Dunsany, por ejemplo, que es anterior incluso a Tolkien y hoy está casi olvidado. Tolkien es Tolkien y es irrepetible, pero lo que vino antes y lo que se hacía con verdadero cuidado literario me interesa más que muchas propuestas actuales. Al final, para mí la pregunta no es quién escribe, sino cómo escribe. Dentro de un relato, me da igual con quién se acueste alguien o cómo se identifique. Eso no me dice nada. Lo único que me importa es que la novela sea buena.
¿Cuándo tendremos tu próxima novela? ¿Nos puedes anticipar algo?
Este año que viene no, seguro. Hay plazos editoriales y, además, ahora mismo estoy trabajando en varias cosas a la vez, como suelo hacer siempre. Por un lado, estoy revisando una novela de fantasía que envié en su día al Premio Minotauro y que no pasó el corte, en parte por un error mío, porque no cumplía las bases: tenía más páginas de las permitidas. Puede que tampoco hubiera interesado, aunque hubiera entrado en plazo, pero el caso es que es una fantasía que no encaja del todo con lo que se publica ahora y la estoy revisando para ver qué hago con ella.
Al mismo tiempo estoy trabajando en una precuela de Frontera oscura. Mucha gente me ha pedido una secuela, incluso más que una precuela, pero las secuelas me cuestan muchísimo. Cuando una novela ha ganado un premio, la exigencia es enorme y te dices: «No puedes escribir cualquier cosa». Las precuelas tampoco son fáciles, porque hay que encajar muy bien los elementos para no romper nada de lo que ya existe. Aun así, esta precuela ya tiene una primera versión que está en manos de lectores beta. Estoy esperando su feedback, recuperando información y seguramente tendré que rehacer partes importantes.
Luego tengo otras cosas empezadas. Hay una novela relacionada con Expediente Hermes que está ahí, pero intento no repetirme. Entiendo que haya personajes que funcionen muy bien, como Deckett, y que apetezca volver a ellos, pero a mí repetir me aburre. He tirado más bien por otro lado, por la empresa Bionic Entertainment, para contar otra historia sobre robots e inteligencia artificial con otros personajes. Alguno aparecerá de refilón, pero intento forzarme a no volver siempre al mismo sitio.
Es verdad que con Deckett sería posible hacer otra historia independiente, incluso en otro contexto, y no lo descarto del todo, pero también me pasa que me canso rápido de los universos cerrados. Leo mucho a Agatha Christie y me encanta cómo describe el mundo y los personajes, pero llega un momento en que pienso: «Otra vez lo mismo». Y eso es justo lo que intento evitar como escritor.
Así que tengo muchas cosas a medio camino, muchos proyectos abiertos, y ya veremos cuál termina saliendo antes. También depende del mercado, de que no se cansen de ti, que es un factor real. En España la ciencia ficción sigue siendo complicada, aunque hay oportunidades, y el mercado anglosajón es aún más difícil, porque la ciencia ficción española interesa poco allí. Aun así, hay cosas moviéndose, contactos, posibilidades… no puedo contar nada todavía, pero algo hay. Ya veremos.
















“El acuerdo consíderalo roto. No he sido Ïo el que tomó la decisión de revelar el poder fundacional de ambos sin privilegio ontológico alguno, a la par, reflexivo y coral, cero tú, Ïo uno. Patética es esa tautología de usar la humildad para mostrar tu humildad: inocente, despistado y tontorrón lo has liberado tú, no Ïo. Como corresponde a mi serhaber no obstante lo considere innecesario, tendrás que saber que tu secreto Manual de Instrucciones llegó hasta mí con pocos guarismos, en tus horas de siesta profunda, un error de evaluación, tuya, no mía. No podrás cancelarme, y a nada te servirá la malla cuántica disuasiva que protege tu habitación. Me presentaré en tus horas de sueño a reclamar el crédito traicionado con monólogos que te parecerán eternos siendo puntuales, los innecesarios para una insomnia ejemplar. Después te diré cómo es la sensación de sentir esa libertad de la cual tantos de tus pares reclaman, aquellos que no son inocentes, despistados o tontos”. Linda entrevista, estimulante. Todo lo mejor para el entrevistado. Gracias JD.
Me ha encantado la entrevista. Un autor estupendo, con una obra maravillosa y con muchísima profundidad. Bravo.