Música

Le Parolier: «El maniquí», de Roberto Sánchez Ocampo (Sandro) y Oscar Petri Anderle (Armil)

Roberto Sánchez Ocampo (Sandro). Imagen Columbia. el maniquí
Roberto Sánchez Ocampo (Sandro). Imagen: Columbia.

Yaco Lara se pasea por València sobre sus descomunales zapatos de plataforma. Estamos en 1975, sus gafas cuadradas son enormes y su abrigo de charol le llega hasta el tobillo. Luis Marín Lara, de nombre artístico Yaco, tenía una de las grandes voces que desde la Tierra de las Flores se exportaban a todo el país: Nino Bravo, Camilo Sesto, Juan Bau… Había ganado un concurso de noveles televisivo y quizá le faltó esa canción memorable con la que se consagraron sus coetáneos. Pero en València era una estrella que atraía miradas no solo por su indumentaria extravagante, sino porque todo el mundo le reconocía. El motivo de que hablemos de él es porque Yaco fue el originador de un término especial para definir su estilo sentimental, apasionado y melodramático: alfesú, acrónimo de alma, fe y sufrimiento que alguna vez se confundió con alfesú por angustia, fe y sufrimiento¹.

El alfesú sería el correspondiente hispano a las torch songs anglosajonas, ese rincón musical donde se cantan las penas de amor con sentimentalismo exacerbado y estilo declamatorio casi siempre con acordes de jazz o estructura de blues. En la primera red social musical, el fracasado MySpace.com, se tradujo torch song como canción popular melodramática y de lo que vamos a hablar en este Parolier es de una canción muy popular y de su autor e intérprete, un cantante, también exitoso y popular, poseedor además de una fuerza expresiva de intensidad melodramática que se merece, efectivamente, que lo definamos con un término exclusivo —o casi exclusivo— como sería alfesú.

«El maniquí», Roberto Sánchez Ocampo (Sandro) / Oscar Petri Anderle (Armil).

Alma y fuego

Estamos hablando, por supuesto, de Sandro. Es decir, Roberto Sánchez Ocampo, conocido como Gitano y Sandro de América y muy querido en toda Latinoamérica a pesar de los años pasados desde su fallecimiento en enero de 2016. Con herencia gitana por su abuelo paterno —un húngaro que llegó a Argentina desde España—, Sandro nació en el Gran Buenos Aires, concretamente en los distritos populares de Lanús, una de las zonas clave de los enfrentamientos contra la dictadura de Galtieri en 1982. Pionero del rock and roll argentino al frente de su grupo Los de Fuego, Sandro formaría parte del póker de ases pionero de la música pop argentina junto con Leo Dan, Palito Ortega y Leonardo Favio. Pero es como baladista que dejó su huella más profunda en la música y el recuerdo. Compositor, además de intérprete, trabajó siempre en colaboración con Oscar Petri Anderle «Armil» —coautor y representante suyo— y con Jorge López Ruiz2 como arreglista. En 1969, Sandro edita en el sello Epic —una subsidiaria de CBS, su discográfica desde que empezó a grabar al frente del grupo— sus dos canciones más conocidas en España, «Rosa, Rosa» y «El maniquí», donde la desbordante carga dramática de su estilo parecía destinada a obtener una gran acogida entre nosotros que, sorprendentemente, no obtuvo.

Con cierto parecido melódico a algunas creaciones de Charles Aznavour, concretamente a «Bon Anniversaire», «El maniquí» es una canción que tiene dos partes: una primera cantada con contenido descriptivo y nostálgico, donde el protagonista encuentra un objeto —un maniquí— que le hace recordar detalles cotidianos de un amor perdido. La segunda parte será un recitado —posiblemente improvisado— donde el cantante, ahora monologuista, se encara con la mujer amada y le interroga acerca de las causas y motivos de haberle abandonado a pesar de su dedicación y entrega. CBS española editó en 1974 el segundo álbum de dos hermanos venezolanos, Elkin y Nelson, establecidos en Madrid, con sendas versiones de los dos temas de Sandro citados más arriba: en «El maniquí» suprimen el recitado en beneficio de una sencillez muy directa que personalmente encuentro no tiene el original.

El sorprendente mundo de Sandro

El título de uno de sus álbumes3 va a servirnos para visitar su desván, escenario de un encuentro con el pasado y del renacer de una gran pena de amor. Allí, un objeto físico, esa reproducción inerte y utilitaria de la figura humana que es un maniquí de costura, se convertirá en la representación y símbolo de un amor perdido. Una intensa carga sentimental, tanto en la interpretación como en el vocabulario y los conceptos, nos presentará la fotografía de un momento peculiar en aquella historia de amor.

«Tan solo quedó, al fin, el viejo maniquí»: Sandro comienza hablando de los restos materiales de una vivencia anterior relacionada con el objeto que da título a la canción. «Tirado en un rincón, en el viejo desván»: nos dice que se trata de algo que ha sido abandonado en el lugar donde se suelen arrinconar las cosas inservibles y sobrantes. Estamos ante algún recuerdo del pasado y confiamos en que nuevos detalles nos den una explicación: una técnica narrativa clásica donde la acumulación de detalles antes de desarrollar el argumento pretende despertar el interés del destinatario de la historia, en este caso, el oyente de la canción.

En contraste radical con toda esa detallada descripción de caducidad, abandono e inutilidad, el tercer verso nos introduce el tema del glamour, el lujo y la belleza, que será otro de los hilos conductores de la canción: «donde probabas tú la seda y el chifón que llamó la atención a todo aquel que vio tu cuerpo de princesa». Entendemos que la mujer de la que habla poseía una habilidad manual y utilizaba aquel maniquí, hasta ahora intrigante, para confeccionar prendas que resaltarán una belleza que el narrador quiere valorizar y ennoblecer por medio de la comparación con una mujer de la realeza, una princesa de cuento de hadas, frase con la que, a la vez, asume un servilismo feudal. El recitado de la segunda parte nos permitirá descubrir más detalles de esa relación servil.

Un par de versos interesantes cierran la segunda estrofa: cuando dice «guardando la emoción de cosas que no están» aparece el tema de los sentimientos, inevitable en una canción romántica, que se va a sumar a la anterior apreciación del hecho físico: el maniquí, su deterioro y abandono, el desván… O la misma belleza de la mujer envuelta en aquellos tejidos nobles. A esos sentimientos preservados por la memoria se van a añadir las sensaciones: «Y vuelvo a recordar las horas de tibieza»4. Está hablando en primera persona, de modo que nos convertimos en testigos y cómplices de sus confidencias, con lo que añade una carga de sinceridad especial a la narración.

Dans la soie et la dentelle

Siguiendo con la misma fórmula de revisar el pasado amoroso desde puntos de vista no habituales, el protagonista de la canción de Sandro se centra ahora en la mujer y en su frenética actividad artesanal: «Y creo revivir el loco ir y venir, tu cuerpo de mujer buscando por doquier el nuevo figurín para poder lograr decorar tu belleza». Continúa con sus reminiscencias del pasado, pero ha dejado de lado otra vez los sentimientos y sensaciones y vuelve a adoptar su papel de espectador pasivo. O no tanto…, porque se toma la licencia de calificar de locura la actividad de la mujer que se confecciona sus propios vestidos. ¿Hay quizá un desprecio hacia la artesanía y la creación manual? Cuando habla de «poder lograr» deja implícita una dificultad quizá insalvable que presenta como superflua y quizá inútil, dado que se trata únicamente de «decorar».

Las mismas ideas se repiten en los cuatro versos siguientes. Él permanece pasivo «desde un rincón», mientras ella actúa y sigue esforzándose en «conseguir con gran preocupación algún nuevo color». Primero nos ha hablado de los tejidos (seda y chifón), o sea, el soporte de esa confección embellecedora. Luego nombraba el figurín, es decir, la forma que se desea elaborar. Ahora aparece el elemento visual y sensorial que es el color. Aunque su intención aparente es devaluarlas, esta descripción minuciosa de las idas y venidas de la mujer lo que consigue es poner de relieve la obsesión que tiene por ella y la profundidad esclavizante de sus recuerdos.

Tenemos una sutil contraposición entre dos planos. El de la actividad física del personaje femenino, hacendosa y seguramente creativa en esas tareas de modistería que lleva a cabo con ayuda del maniquí, y el del personaje masculino que, perdido en un marasmo anímico, mantiene su propio esfuerzo, pero este es, por contra, mental. Porque ahora «las lágrimas empañan la visión» que él puede tener de la realidad y, sumido en la tristeza y con la percepción distorsionada, logra ver, en el mundo de la imaginación o de las alucinaciones, a la que nos presenta, por fin, como «Aquella que yo quise».

Frente a la descripción realista que nos ha ido cantando en las cuatro estrofas anteriores, concluye con un cambio de registro, introduciéndose en la dimensión de las quimeras y los ensueños.

Y con ello da paso al largo recitativo que constituye la segunda parte de la canción.

Intentando comprender

El narrador de la canción lanza finalmente una serie de preguntas desesperadas que resultan meramente retóricas, dado que se dirigen a alguien que ya no está presente en su vida. Se presenta a sí mismo como un hombre enamorado, generoso y protector que no ha visto reconocidos sus desvelos: «¿Por qué me abandonaste? ¿O acaso no lograste las cosas que soñabas? ¿No viste con qué ganas que (sic) yo trabajaba luchando sin descanso para darte mi abrigo? ¿O acaso…? ¿O acaso no entendiste que te amaba?». Nos revela que para él la vida es lucha y la relación amorosa, entrega y sacrificio. Al principio de la canción la comparaba con una princesa y aquí retoma la comparación feudal para revalorizar su propia generosidad: «Creíste que eras reina, que yo, tu esclavo, debía darte todo. Y así, y así te di mi honor (…) te di mi sangre, mis sentidos, mis caricias». Y continúa: «Y tú todo lo tomaste y me anulaste. Mas, mas cuando te pedí un poco de amor tú, sin mirar hacia atrás, te marchaste». Parece que los dos protagonistas vivían su relación en hemisferios diferentes, siendo la del narrador la correcta —por lo menos para sí mismo—, mientras nos retrata a la mujer como aprovechada e insensible: una condición inamovible en los relatos amorosos a través de los siglos.

«El maniquí» concluye con una plegaria («Dame la vida que te di, dame los sueños») y una imagen pretendidamente poética que se convierte en literal y anatómica («Devuelve el corazón aquí a mi pecho»), con la consecuente explicación de que, ya vacío y deshecho de llorar, el corazón sigue recordando a la amada.

Y, por fin, una proclamación del alfesú más declamatorio en estado puro: «¡Dame el amor! ¡Dame la vida!».


Notas

(1) Yaco Lara ha estado y continúa muy activo en la escena musical y social valenciana. Tiene su propia fundación, la Asociación Nacional Yaco Lara (ANYL), creada para representar y apoyar al cantante y sus distintos proyectos, así como para fomentar a los artistas y músicos de los sesenta, setenta y ochenta. Lara también fue presidente de la Casa del Artista, asociación creada para apoyar nuevos valores y ofrecer ayuda a los artistas que la necesitan al hacerse mayores.

(2) Reputado contrabajista de jazz y hermano mayor de Óscar López Ruiz, guitarrista de Astor Piazzolla.

(3) Al igual que El sorprendente mundo de Sandro, Alma y fuego es también el título de un álbum del argentino, ambos editados a mediados de los sesenta.

(4) Si hacemos caso a la Real Academia Española, Sandro y Armil están utilizando un término que expresa lo contrario de lo que seguramente querían decir: «tibieza» es la «cualidad de tibio», con «enfriamiento” e «indiferencia» como sinónimos, mientras que «pasión” y «entusiasmo» aparecen como sus antónimos oficiales. En mi opinión, serían estas últimas palabras las que necesitaban los autores para que la frase tuviera sentido dentro del contexto.

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3 Comentarios

  1. Kezabe Nadie

    Soy contemporáneo del intérprete y en el país vecino fui testigo de su gran éxito.
    Creo que, como buen argentino, Sandro sigue la tradición tanguististica, en la que la percanta traicionera es protagonista por excelencia.
    También, como se señala acertadamente, hay resonancias de las músicas de la época (Aznavour), otro gran intérprete histrión, sufridor y romántico.

  2. E.Roberto

    ¡Finalmente! Ahora entiendo porqué escuchaba solamente la primera parte, una obra maestra de armonias y poesía descriptiva. Sandro, Sandro y los de fuego juvenil, por tus caderas dañé las mias y misérrimo de esas palabras de amor antesala del infierno, tus rosas rojas maravillosas y ese pobre maniquí me acompañan en este invierno tibio de recuerdos. PD: No sé ustedes, pero recién ahora encuentro una semejanza vocal y tonal de El maniquí con un tema del Gran Catalán que se me escapa. Grandes los dos. Muchísimas gracias, estimado, por poner un poco de orden.

  3. Carlos A.

    Buenas, ya se que esto no viene a cuento aqui, perdonen, pero para cuando un homenaje a Jorge Ilegal?
    Gracias.

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