
El silencio también pertenece a la lectura. A veces aparece justo después de terminar algo que nos ha dejado pensando. El lector levanta la vista de la página y, durante unos segundos, no ocurre nada. Ningún comentario, ninguna reacción. Solo ese breve instante de quietud que también pertenece a la lectura.
Estamos acostumbrados a pensar la lectura en términos de reacción: comentarios, discusiones, interpretaciones. Cuando un texto provoca respuestas inmediatas, tendemos a pensar que ha sido leído con atención. Sin embargo, la experiencia de leer no siempre funciona así. Hay lecturas que generan conversación casi de inmediato, y hay otras que producen algo distinto: una forma de quietud.
Ese silencio no siempre es fácil de interpretar. A primera vista podría confundirse con indiferencia. Pero quien lee con cierta atención sabe que no todos los silencios significan lo mismo. Hay silencios que nacen del reconocimiento. El lector ha encontrado algo que le resulta verdadero y no siente la necesidad de discutirlo. Simplemente lo guarda. No lo convierte en comentario porque la comprensión, en ese momento, no necesita palabras.
Existe también otro tipo de silencio, más difícil de reconocer. Lo leído ha tocado una zona demasiado expuesta y el lector prefiere no entrar ahí. No porque no haya comprendido lo que tiene delante, sino precisamente porque lo ha comprendido demasiado bien. Desde fuera, ambos silencios se parecen. En ambos casos no ocurre nada visible. Pero su origen es distinto.
Quizá esto tenga que ver con la naturaleza misma de la sensibilidad. Estamos acostumbrados a reconocer ciertas formas de inteligencia: la que argumenta, la que explica, la que demuestra. Esas formas generan discusión con facilidad, porque se mueven en un terreno donde las ideas pueden enfrentarse unas a otras. Una tesis puede responderse con otra tesis. Un argumento puede matizarse, ampliarse o incluso corregirse.
La sensibilidad pertenece a otro registro. No consiste tanto en demostrar algo como en percibirlo con una intensidad distinta. Cuando alguien escribe desde esa zona, lo que aparece no es simplemente una idea que pueda discutirse, sino una forma de mirar. Una manera de percibir las cosas que no siempre admite una respuesta inmediata.
Responder a un argumento es relativamente sencillo. Basta con formular otro argumento. Pero responder a una sensibilidad exige algo distinto: exige poner en juego la propia. No todo lector quiere hacerlo. Y no todo lector siente que deba hacerlo.
De ahí que el silencio aparezca muchas veces como la forma más prudente de respuesta. No necesariamente como rechazo, ni siquiera como admiración explícita, sino como una retirada discreta. El lector deja pasar lo que ha leído. No lo discute. Tampoco lo exhibe. Simplemente lo deja ahí.
Quizá también influya el modo en que hoy entendemos la conversación cultural. Vivimos rodeados de comentarios, respuestas inmediatas, interpretaciones rápidas. Cada texto parece exigir una reacción visible: una opinión, una valoración, una interpretación pública. El silencio, en ese contexto, empieza a parecer sospechoso, como si la ausencia de comentario fuese siempre una forma de desinterés.
Quizá por eso convendría desconfiar un poco de la idea de que la intensidad de una lectura se mide por el ruido que produce. En una cultura cada vez más organizada alrededor del comentario —opinar, valorar, reaccionar—, el silencio parece la forma más débil de respuesta.
Pero tal vez ocurra lo contrario.
El comentario muchas veces cierra la lectura. Permite fijar rápidamente una posición, dar por terminado el encuentro con el texto y pasar a otra cosa. El silencio, en cambio, mantiene la lectura abierta. Lo leído sigue trabajando en el interior del lector sin necesidad de resolverse inmediatamente en palabras.
Algunas lecturas producen palabras.
Otras producen silencio.
El lector levanta la vista de la página. Durante unos segundos no ocurre nada.
Tal vez ese instante de quietud no sea la ausencia de respuesta, sino precisamente su forma más discreta.







Genial el artículo. ¡Y cuánta razón encierra en sus palabras!
Alfredo, gracias por el comentario. Jaime lo ha leído y está muy agradecido. Pero ha decidido llevar el título del artículo hasta sus últimas consecuencias y mantenerse como lector silencioso. Yo solo estoy aquí para hacer de portavoz. Y, sinceramente, no puedo entretenerme mucho más: tengo hora de cenar.
🤫
Hola Jaime. Gracias por el artículo.
Me he visto muy reflejado en ese lector que describes. Suelo leer ensayos densos de los que a veces solo extraigo una frase o un párrafo. Eso ya me vale. Anoto aquello que me hace parar y pensar, lo guardo para mí, sin necesidad de comentarlo. Hasta que llegué aquí.
Me quedo con una frase tuya: «que responder a un argumento es fácil, pero responder a una sensibilidad exige poner en juego la propia». Esa sola valía la lectura.
Ángel, soy Vega, la gata de Jaime Villamor. Como Jaime ha decidido convertirse, con una coherencia metodológica que no le conocía, en el lector silencioso de los comentarios de su propio artículo, me toca a mí hacer las veces de departamento de agradecimientos. Y quiero darte las gracias de verdad por el comentario, porque has hecho exactamente eso que, por lo visto, Jaime lleva intentando explicar en todo el artículo: leer, detenerse, guardar algo para uno mismo y, cuando por fin se habla, hacerlo porque hay algo concreto que merece ser dicho. Que te hayas visto reflejado en ese lector que a veces encuentra una frase o un párrafo, lo guarda y no siente la necesidad de convertirlo inmediatamente en comentario, debate o interpretación pública, creo que es una de las mejores maneras de entender lo que Jaime quería contar. Y tiene, además, una cierta gracia retrospectiva. Porque después de que con tu fantástico El anciano no optimizado consiguieras que Jaime hablara de tal manera que acabamos pasando por Beauvoir, gerontocracias, cuidadoras, aporofobia, Papuchi, Mick Jagger, Clint Eastwood, trolls y varias playas, apareces ahora aquí y dices que una sola frase te ha valido la lectura. Te agradezco sinceramente, Ángel, que hayas aprendido de aquella experiencia. Yo también. Por eso he tomado nota de que no hace falta abrir siempre todos los melones. A veces basta con uno. Y a veces, por lo que parece, basta incluso con una sola frase. Jaime está muy agradecido, aunque, como comprenderás, no puede decirlo. Está ocupado practicando.
Hola. Soy Vega, la gata de Jaime Villamor. Como probablemente habrán observado, Jaime ha publicado un artículo titulado “El lector silencioso” y, en un alarde de coherencia metodológica que no le conocía, ha decidido convertirse él mismo en uno. Después de todo lo que llegó a hablar a raíz del fantástico El anciano no optimizado, de Ángel Prats —una conversación que empezó con la vejez y acabó pasando por Beauvoir, gerontocracias, cuidadoras, aporofobia, Papuchi, Mick Jagger, Clint Eastwood, trolls y varias playas—, este silencio tiene algo de recuperación postraumática. O quizá, simplemente, por fin ha decidido aplicar su propia teoría: hay cosas que se leen, se comprenden y se dejan ahí, sin necesidad de convertirlas inmediatamente en una tesis, una réplica, un hilo o un tratado sobre la condición humana. De momento, Ángel ha hablado. Otro lector ha hablado. Y Jaime observa en silencio. Yo no quiero crear falsas expectativas, pero es un acontecimiento poco frecuente. Personalmente, lo estoy disfrutando. Si dura demasiado, quizá haya que llevarlo al veterinario. Aunque sospecho que el silencio se romperá en cuanto alguien mencione a Papuchi. He dicho.
Vega, creo que de tanto ir de playa en playa Jaime ha cogido una insolación, de ahí su silencio. Mírale las pupilas.
Ángel, antes de nada, gracias por aquel comentario tan generoso y tan bien leído. Y sobre lo de ahora… lo de las pupilas me preocupa menos. Lo verdaderamente alarmante es que Jaime lleva horas sin responder a nadie. Eso sí que no se arregla con sombra y agua.
Hay textos que hablan de la lectura y acaban por llevarte fuera de ella, a la opinión inmediata, al comentario o al debate. Este hace lo contrario: consigue que el lector permanezca un momento dentro. Me ha parecido especialmente acertada esa defensa del lector silencioso, porque quizá sea la figura más difícil de detectar y, sin embargo, una de las formas más profundas de la lectura.
Lucía, gracias por leerlo así. Me gusta especialmente eso de que el texto consiga mantener al lector un momento dentro de la lectura.
Me ha gustado mucho. Y además me ha pasado justo eso que cuentas: terminar de leer y no tener ninguna necesidad de decir nada. Supongo que también será una forma de leer bien.
Gracias. Y sí, supongo que también será una forma de leer bien. Jaime, por supuesto, te lo agradece en silencio.
Me ha gustado mucho. Y además me ha pasado justo eso que cuentas: terminar de leer y no tener ninguna necesidad de decir nada. Supongo que también será una forma de leer bien.
Me he estado mordiendo la lengua, la mano, un buen rato. Pero, como yo no tengo gato, su falta me obliga a salir a cara descubierta. Y es que mentar a Papuchi, ha despertado a la bestia.
Su artículo me ha recordado mucho a Simon & Garfunkel, que compusieron una magnífica canción titulada “The sound of silence”. Cada verso concluye con una supuesta virtud 0 reacción ante el silencio. “Within the sound of silence”, “disturb the sound of silence”…. , hasta cinco propuestas.
La canción, repito, es ejemplar. Pero no silenciosa.
Pero, excusando a Bach en la “Pasión según san Mateo”, que consigue el silencio absoluto de la orquesta, al morir Jesús, el que mejor lo ejemplificó, fue John Cage, en su pieza 4 33.
Antes de ser recriminado por un coro de maullidos, apuntaré que he hablado de silencio, en música. Si, otro artículo….
En todo caso, gracias por este. Siento mucho haber caído en la trampa. Pero a mí edad, en que los silencios ya pesan, padezco una ligera logorrea, a la que me dan candela, de la cual no pediré disculpas, ya casi no tengo filtros y, por tanto, ya no me duele exponer mi sensibilidad.
María, gracias por salir a cara descubierta. Tu comentario demuestra, precisamente, que a veces el silencio no termina en silencio, sino que necesita encontrar su propia forma.
Y después de Bach, Simon & Garfunkel y Cage, poco margen me dejas para responder sin hacer ruido.
Gracias, de verdad, por leer así.
Me ha gustado mucho. Y además me ha pasado justo eso que cuentas: terminar de leer y no tener ninguna necesidad de decir nada. Supongo que también será una forma de leer bien.
Qué verdad hay en eso de que no todo necesita convertirse en comentario. A veces uno lee algo, se queda pensando y sigue con el día. Pero el texto sigue ahí. Buena reflexión y muy bien escrita.
Jaime está muy agradecido por lo de «buena reflexión y muy bien escrita». Yo también, porque después de leer algo así puedo informar de que, de momento, continúa sin responder. La coherencia metodológica sigue intacta.