
«¿Quién es la última?». La frase activa una institución entera. Una mujer levanta la mano, alguien la señala para confirmar el dato y tú quedas inscrita en una comunidad que vigilará tus movimientos con mayor atención que tu familia, Hacienda y aquella pareja celosa que te revisaba el móvil mientras sostenía que la confianza resultaba fundamental. Desde ese momento puedes ir a buscar un formulario, acercarte a preguntar cuánto falta o abandonar unos minutos el lugar para mear, aunque hay que dejar constancia pública de la maniobra. Quien desaparece sin designar heredera corre el riesgo de volver convertida en extranjera.
Las colas descansan sobre la memoria oral. Nadie entrega un título de propiedad ni marca el suelo, pero todos recuerdan que el señor de la carpeta llegó después de la muchacha del carrito, y que la señora con gafas estaba antes de aquel matrimonio que sostiene una discusión muda desde hace media hora. Las personas mayores dominan esta ciencia. Pueden fingir que observan una pared mientras registran entradas, ausencias y tentativas de infiltración con la precisión de un satélite militar. Una buena jubilada reconstruiría el orden de llegada después de un incendio, un desalojo y la irrupción de tres autocares de pensionistas procedentes de Cuenca.
Poner a centenares de adultos en fila exige poco más que dos postes unidos por una cinta, un artilugio incapaz de contener a un gato gordo que consigue, sin embargo, conducirnos por vestíbulos enteros en una serpentina cuya utilidad nadie cuestiona. Avanzamos hasta el fondo, giramos, recorremos el mismo espacio en dirección contraria y volvemos a cruzarnos con las personas que teníamos delante, ahora separadas por veinte centímetros de tela azul. A veces nos miramos. Podríamos saludarnos, pues llevamos ya una vida juntos, aunque el decoro aeroportuario aconseja mantener la expresión de quien atraviesa una prueba destinada a medir su valía moral. El niño que golpea tus tobillos con una maleta de La Patrulla Canina forma parte del examen.
Sospecho que nuestros antepasados se irguieron para comprobar cuánto faltaba. Otras teorías hablan de depredadores y sabanas, asuntos solemnes que cuentan en los documentales unos señores con barba y chaleco de bolsillos, pero basta contemplar una oficina de expedición del DNI para comprender la verdadera fuerza evolutiva. Alguien se estira, mira por encima de las cabezas y regresa anunciando que aquello se mueve. La información es falsa, aunque produce un estremecimiento colectivo. Cada cuerpo adelanta un palmo, recoge la bolsa y vuelve a depositarla en el suelo. Seguimos igual, un poco más incómodos y orgullosos de haber colaborado.
El orden se mantiene hasta que aparece la persona que pretende colarse. Puede acercarse leyendo un papel, buscar a un conocido imaginario o avanzar pegada a una familia numerosa, arte de camuflaje que requiere nervios y una ausencia total de vergüenza. La multitud detecta la maniobra. Nadie habla. Se suceden miradas cargadas de una violencia que acabaría con una dinastía de mediar espadas, pero cuatro puestos no justifican una batalla y la intrusa prospera gracias a nuestra cobardía. Luego contamos el episodio en casa con verdadero dolor. «Se ha metido por la cara». Los presentes abandonan el teléfono, indignados. Quieren conocer su edad, su ropa, las palabras exactas que pronunció. Los problemas laborales y amorosos reciben menos atención porque carecen de un culpable al que imaginar muerto bajo una lluvia de formularios.
Guardar sitio introduce una zona gris capaz de destruir cualquier sistema legal. Aceptamos que alguien vaya al baño. Puede incluso comprar agua. Media hora después regresa acompañada por dos adultos, varios niños y una mujer de edad indeterminada que avanza sobre una silla plegable, mientras la persona que custodiaba el puesto sonríe con la alegría de quien ha conseguido sacar a su familia de Berlín Este. Protestar obliga a enfrentarse al grupo completo. Una familia unida resulta imbatible, sobre todo cuando incluye a un niño que chupa una galleta, te mira y deposita la mano mojada en tu abrigo.
En el supermercado la espera adquiere una dimensión especulativa. Estudias los carros, calculas velocidades y eliges caja siguiendo un instinto que lleva años arruinándote. El hombre que solo carga una botella de agua parece una inversión segura hasta que su esposa emerge de un pasillo con comida para pasar seis meses bajo tierra. Cambias de fila. La anterior acelera de inmediato, como esas amantes que rehacen su vida en cuanto te marchas, y la nueva queda detenida porque una promoción de berberechos figura de forma distinta en el folleto y en la caja. La cajera llama a alguien. Ese alguien llama a otro alguien. Tus helados pierden la forma, los puerros sobresalen del carro con una tristeza vegetal y el matrimonio que inició el conflicto permanece firme, dispuesto a entregar su juventud por doce céntimos.
La abundancia ha conservado la forma de las colas del hambre y ha sustituido el contenido por zapatillas, teléfonos y hamburguesas servidas en locales donde las paredes tienen ladrillo visto aunque el edificio se construyera anteayer. Una fila larga concede prestigio a cualquier mercancía. Si veinte personas pasan frío frente a una puerta, detrás debe de aguardarnos una experiencia digna de ser fotografiada antes de comerla. La comida puede saber a cartón húmedo. Para entonces hemos esperado cuarenta minutos y pagado diecisiete euros, de manera que la consideraremos interesante, con matices ahumados, por respeto a nuestras propias decisiones.
Disney convirtió la espera en argumento. Durante dos horas atravesamos cuevas, laboratorios o poblados piratas mientras unas voces nos preparan para un viaje que dura minuto y medio. Los carteles anuncian treinta minutos restantes delante de una sala que conduce a otra sala, y esta a un patio donde descubrimos un nuevo edificio. Retirarse equivaldría a confesar que hemos entregado la tarde a un esqueleto de plástico que mueve la mandíbula. Seguimos. El barco terminará zarandeándonos, alguien gritará para justificar el precio y saldremos por una tienda donde comprar una taza.
La cola virtual prometió librarnos del cuerpo ajeno y nos dejó a solas con un monigote que camina sobre una barra. Cuarenta mil usuarios van delante. La página aconseja no actualizar, no cerrar y conservar la paciencia, tres órdenes dirigidas a una persona que lleva una hora observando cómo el monigote mueve las piernas sin recorrer distancia alguna. Cuando llega el turno quedan entradas con visión parcial y un paquete prémium que permite entrar cinco minutos antes para hacer otra cola dentro. Mientras introducimos la tarjeta, el banco manda una clave al teléfono que está cargando bajo el culo del gato.
Ryanair perfeccionó el sistema vendiendo prioridad. Pagas por esperar antes y te reúnes en una escalera con otras ciento cincuenta personas que compraron el mismo privilegio. El poder siempre ha consistido en entrar por otra puerta. Los ricos, los famosos y quienes llevan un pinganillo cruzan el cordón sin mirar. Nosotras avanzamos con una mochila aplastada contra el pecho, preguntándonos si la compañía considerará el bolso una segunda pieza de equipaje y cuánto puede costar conservar la dignidad en la bodega.
Cuando alcanzas el mostrador ya conoces la vida de quienes te rodean. La mujer de atrás fue operada de la vesícula, el hombre de delante tiene un primo que trabaja dentro y hoy, según él, todo marcha deprisa. Has vigilado bolsos, compartido rumores y odiado con desconocidos una puerta cerrada. La empleada toma tu impreso, lo examina y pregunta por el formulario azul.
Llevas el verde.
Al salir, una fila nueva dobla la esquina. Alguien pregunta quién es la última y varias mujeres levantan la mano. La de la gabardina también, aunque juraría que se había ido a desayunar.






