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Cuando las civilizaciones del futuro escarben entre las ruinas que deje la nuestra, cosa que ocurrirá, y examinen con delicadeza las pocas imágenes del presente que sobrevivan a los milenios, seguramente dirán que rendíamos culto a los gatos.
Sabemos que ocurrirá porque ya ha ocurrido, que es una propiedad de lo que ocurrirá. En 1888, entre las ruinas de la antigua ciudad egipcia de Bubastis, un campesino descubrió cerca de ochenta mil gatos momificados. Estaban en una gran fosa habilitada al efecto en el templo de Bastet, la diosa gata del panteón egipcio, y las más antiguas tenían cerca de cuatro mil años. El hombre repartió varios cientos y se dedicó a moler el resto para venderlo como fertilizante agrícola, aunque muchas pudieron salvarse y recuperarse para el Museo Británico, donde todavía se exponen. Antes de afearle el gesto, pregúntese qué haría usted si fuese un campesino del delta del Nilo a finales del XIX y tuviese que darle un uso práctico a diecinueve toneladas de gatos muertos.
En algún momento del futuro, cuando ya solo seamos una veta de latas y bolsas de plástico entre los estratos del subsuelo, alguien descubrirá nuestra fosa común de gatos, y hasta quizá disponga de una piedra de Rosetta con la que descifrar su nombre: «internet». Y no le importará, como ocurrió en el antiguo Egipto, que nuestra aparente devoción por los felinos domésticos fuera también un interregno de pocos siglos entre las dos dinastías verdaderamente universales, la del perro y el caballo. No. Dirá que debieron mediar razones poderosas para que fotografiásemos tanto a los gatos y documentásemos con tanto ahínco sus tres inclinaciones principales, que son la indiferencia, fingir trascendencia y hacer el espantajo. Y como la indulgencia es obligada en el oficio de los arqueólogos, ellos que ven cosas tan raras, y al razonar obedecen el principio de la navaja de Ockham, estos del futuro no dirán aquello a lo que apuntan todas las pruebas, que simplemente queríamos mucho a nuestros gatos, les besábamos como a niños y les hacíamos pedorretas en la barriga. No. Concluirán lo que resulta mucho más sencillo de creer: que les rendíamos culto como si fueran una divinidad.
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A esta falsedad, como a todas, contribuyen principalmente los escritores. Ellos inventaron el retrato con gato, y lo hicieron un siglo y medio antes de que existiera internet.
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