Arte y Letras Filosofía

De un paño sucio y empapado al silencio: la desaparición del tiempo

Escena de 'Las vidas posibles de Mr. Nobody'. Imagen Toto & Co Films. paño tiempo
Escena de ‘Las vidas posibles de Mr. Nobody’. Imagen: Toto & Co Films.

Hay un paño empapado. ¿Para qué está ahí? Para servir de metáfora de cómo la plasticidad se cuenta entre las propiedades de la faena filosófica. Cual trapo mojado que se prensa con las manos, esa es su capacidad para retorcer y retorcer el lenguaje. Para exprimir de él no agua, sino palabras; un relato que se atisbe adecuado para transmitir la voluntad del interlocutor.

Aplíquese esta cualidad a cualquiera de los conceptos de toda esa retahíla —cada cual más grandilocuente que el anterior— a la que nos tienen acostumbrados los filósofos: belleza, ser, nada, justicia, conocimiento, etcétera. Revolvamos la bolsa y que alguna mano inocente escoja alguno de esos términos clásicos al azar.

¡Ha salido el tiempo!

A todas luces, este no es el tiempo de los físicos, esa magnitud que se hospeda entre ecuaciones y cuya idiosincrasia se aleja bastante, por cierto, de la que maneja el imaginario social. La diferencia que media entre el tiempo físico y todos los posibles tiempos filosóficos es manifiesta. Tanto que, en su dimensión matemática, la distinción entre lo que ha sucedido, lo que sucede y lo que sucederá se presenta como relativa al marco de referencia. Es de cultura popular: la luz de las estrellas que se contempla en el cielo nocturno hace ya tiempo, mucho tiempo, que ha abandonado los astros. Los fotones han surcado incansablemente el cosmos hasta arribar a la pupila. El sol que nos tuesta la piel en la playa ya no está allí. Lo estuvo unos ocho minutos antes de alcanzar la epidermis, de hecho. Mi ahora no es el suyo. Cada uno a su bola.

Así se lo escribió, unas semanas antes de morir en 1955, el mismísimo Albert Einstein a Anna Besso, reciente viuda de su buen amigo Michele Besso: «Ahora Besso se me ha adelantado un poco a la hora de abandonar este mundo extraño. Esto no significa nada. Para nosotros los físicos la distinción entre pasado, presente y futuro solo es una ilusión tercamente persistente».

En el terreno de la física, la concepción del tiempo como magnitud matemática se presta como anillo al dedo para la articulación de colosales teorías sobre el universo y para la confección de tecnologías que nos son bien familiares, como el GPS. Nadie puede dudar de su éxito. Cosa aparte, empero, es la imagen que ofrece el tiempo en su vertiente filosófico-existencial, incluso coloquial. Aquí, el tictac es impenitente, hace oídos sordos a las súplicas humanas, a los errores que ya no se pueden solventar. Ni el aumento de la velocidad, clave para la ralentización del tiempo desde la perspectiva de un observador externo acorde con la física relativista, puede ablandar el corazoncito de las vivencias que, tercamente, no quieren retornar.

Los existencialistas franceses del siglo pasado mostraron especial sensibilidad ante tamaña inclemencia. En consecuencia, como buenos filósofos —malabaristas del lenguaje—, allá que se volcaron a hilar un discurso con que plasmarlo. Sartre incidió así en nuestra condena a la libertad. En cada instante hemos de tomar una senda de entre las innumerables posibilidades que la vida nos brinda. No hay otra: no escoger es escoger. Atreverse a hablarle a la persona amada o no, abandonar el hogar o no, tatuarse un gargantuesco dragón a lo largo y ancho de la espalda o mantenerla impoluta.

Aquí, quieren decir esos existencialistas, no hay vuelta de tuerca. Aplicado esto a nuestros humanos intereses, toda experiencia se tornará, desde el presente permanente, en una imperfecta memoria de lo que pudo haber sido y no fue. Es el tiempo vivencial. El tiempo que no es homogéneo: a veces lento, a veces raudo como el demonio. El que siempre está pasando.

Hay una película para el caso. Hay muchas, en realidad. Pero esta es especialmente pertinente, ya que, podría decirse, su leitmotiv refleja precisamente esta angustia existencial. Se llama Las vidas posibles de Mr. Nobody y se sitúa en un futuro utópico o distópico (escoja usted) en el que la vejez y la muerte han quedado obsoletas. Los avances tecnológicos permiten a la gente vivir en un estado de perpetua juventud. Tristemente, o no (escoja usted), el señor Nobody es el último mortal, ya agonizante, que no se podrá beneficiar de dicha innovación. De su pasado nada se sabe, por muchos y porfiados esfuerzos que hagan los doctores e incluso un periodista que se consigue colar en el hospital. A él, Nobody le relata una biografía llena de incoherencias: se casó con distintas mujeres, se quedó viudo y no, tuvo hijos y no los tuvo, murió de varias formas. Una existencia rebosante de emociones, pero imposible. Para estupor del periodista, así como del espectador, Nobody alega que todas las vidas han sido reales. No le destripo más.

Sea como fuere, en una era jalonada por el relato materialista, por la ausencia de trascendencia, por la muerte de Dios anticipada por Nietzsche, la lectura existencialista del tiempo ha cristalizado en la forma del aceleracionismo. La vida es un somero lapso que conviene aprovechar empachándola de experiencias. Es un trance que no para de escurrirse y que nos fustiga con la necesidad de producir y consumir, único modo aparente de adquirir vivencias. Ya saben: sin dinero no hay alternativa. El ansia es constante; funciona como si estuviera sometida a la gota china, ese método de tortura consistente en dejar caer una gota fría sobre la frente de algún desdichado cada pocos segundos.

Mientras, el tiempo que se va. La idealizada niñez que se evaporó, la adolescencia añorada, la crisis de los treinta, de los cuarenta y de los cincuenta. El relato existencialista en simbiosis con la filosofía del rendimiento capitalista: el tiempo es oro. La exposición permanente a vidas no vividas en los medios de comunicación globales, en las redes sociales, en las revistas del corazón. El FOMO por estar siendo excluidos de una fiesta que no se repetirá. La cruda envidia. Todo esto es el tiempo.

Que desprenda un aroma angustioso o no depende del gusto del consumidor. Esta concepción del tiempo, me refiero. Su interpretación es ella misma filosófica y, recuérdese el paño, su agua puede extraerse como se quiera: algunos lo agarran con cada mano en sendos extremos y lo retuercen, otros lo aprisionan en una bola. Mójese de filosofía y adopte la perspectiva que más grata le resulte. Defiéndala ante el resto.

Al margen de ese tiempo en el que hurgan físicos y matemáticos, diga, por ejemplo, que no hay tiempo. Que es solo un espejismo, pues, a fin de cuentas, ¿qué otra cosa podría ser? El espejo desvela las canas, las arrugas; la mente, los recuerdos nebulosos, los achaques. Parece claro que hay cambio, que no todo permanece igual, pero tiempo y cambio no son lo mismo. ¿O sí? Como buen empirista, usted podría aducir que no se experimenta, que no tiene tacto ni huele y que, por tanto, no hay tiempo. El filósofo escocés David Hume aplaudiría con las orejas. Adoptando el rol del listillo de la clase, Immanuel Kant le corregiría recalcando que la casa del tiempo no está ahí afuera, en el colorido mundo que se puede percibir. Muy al contrario, el tiempo es la condición de posibilidad de la percepción. Hay cambio, un antes, un después y otro después, precisamente porque esa es la manera que tenemos los sujetos de ordenar la información que nos llega. Es usted, aduce, quien le impone al mundo las rejas temporales.

Demasiados apellidos. Demasiadas posibilidades. Muchas torsiones para que el maldito harapo, después de todo, siga ahí, intacto, empapado como al principio. ¿No lo ve? ¿El modo en que chorrea? Nótese que no ha mudado nada más que la geometría con la que se dicen las cosas. Pero las cosas, nada de nada. ¿Y el tiempo? Pues ni ha comenzado a existir ni ha desaparecido. Tampoco se ha introducido en nuestra cabeza, à la Kant, ni continúa correteando por el universo. Que el pasado no retorne, que lo hecho no se pueda remedar ni revivir, no es bueno ni malo. Con la lectura de estas palabras se han movido sus ojos, tal vez usted, pero no el tiempo.

El paño sigue ahí, burlón. No es de recibo enfadarse con un ser inerte —quizá tampoco lo sea hacerlo con uno vivo—, pero si no lo puede evitar, si ya se ha irritado por él, déjese de palabras. Abandónese al silencio sobre el que, paradójicamente, han hablado algunos monjes budistas, como el grandísimo Nāgārjuna. Por un momento, al menos, renuncie a la plasticidad del filósofo. Renuncie al tiempo, al dios, a la moral, a la justicia o a la belleza. Cállese, que buena falta hace que todos, sin excepción, nos callemos un rato. El mundo es una gran aula de párvulos copada por el barullo. Cerremos el pico, autor incluido. Acto seguido, agarre el dichoso trapo, sienta su olor a humedad, su peso insospechado, su frescor, y apriételo. Bébase su sucia agua amarronada, sin miedo. O no: láncelo lo más lejos que pueda. Rómpalo. Escoja trastear con él; tanto mejor será esta alternativa cuanto más avanzada sea su edad. ¿Por qué ha dejado de jugar? ¿Por qué ya no es un niño? ¿Por qué se ha vuelto tan aburrido? ¿Por qué se ha puesto a hablar tanto? También puede elevar sus brazos, situarlo por encima y dejar que sus aguas calmantes lo empapen de arriba abajo.

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