Una no puede dar un paso, culturalmente hablando, por Sevilla sin pasar por delante del legado de Silvio Fernández Melgarejo, y de Pive Amador. De Silvio dice Luz Casal que era un «rockero intelectual». Sus conciertos imposibles y sus entrevistas con Jesús Quintero dan buena cuenta de ello. Pive fue, desde que sus caminos se cruzaron, su toma de tierra. El McCartney de Lennon, el Coll de Tip. Componían juntos, pensaban juntos, tocaban juntos… Al menos hasta donde se podía acompañar a un alma libre como la de Silvio.
Pive Amador es, por tanto, compositor, batería, rockero y mánager, pero también divulgador y conocedor de la copla, presentador, guionista y productor televisivo, locutor de radio, escritor y fotógrafo. Y, como dice él, «lo que se tercie». Una mente inquieta que se mantiene joven a fuerza de alimentar su insaciable curiosidad en un cuerpo por el que pasan magníficamente los años. Nos recibe en la sala dedicada al fotógrafo sevillano Atín Aya, que acoge la exposición «Maquinaciones para un decenio», comisariada por Fran G. Matute. Con sus eternas gafas de sol negras y el porte de quien concentra en un solo ser humano desde las más divertidas anécdotas de los inicios de Kiko Veneno o Martirio hasta la idiosincrasia de una ciudad, Sevilla, llena de contradicciones armoniosas y una manera muy particular de entender el mundo.
Hoy le he intentado explicar a alguien de Despeñaperros para arriba quién es Pive Amador y no sabía por dónde empezar. ¿Tú te has visto alguna vez en esa tesitura de tener que explicarte fuera de este contexto maravilloso y endogámico que es Sevilla?
En muchas ocasiones me veo obligado porque me preguntan. Pero la verdad es que siempre me sale mal. Porque además, citando a Silvio, que siempre hablo de él, Silvio decía que no le gustaba hablar de sí mismo porque se ponía bizco. Entonces yo, pues, hablo de mí mismo como lo hacía Silvio, porque me preguntan, y lo hago por educación. Pero no me gusta hablar de mí mismo porque no soy yo del movimiento yoísta. Soy más de, como digo en uno de mis aforismos, «en el amor como en las peleas, es mejor dar que recibir».
Entonces a ti, ¿cómo te hace más ilusión que te presente?
Pues mira, como una persona interesada por las cosas de la estética, que ha ido haciendo a lo largo de la vida lo que se ha ido terciando. Y que por eso he estado habitando distintos mundos, pero sin un plan, sin premeditación ni alevosía, sino simplemente porque se ha ido terciando. Entonces, unos me recuerdan por una cosa y otros me recuerdan por otra. Pero casi nadie me conoce de forma completa. Lo cual no me importa.
Vámonos muy para atrás, porque a mí me da la impresión de que esa curiosidad insaciable, esa inquietud vital le vienen a Pive Amador desde la cuna.
Siempre me ha gustado la observación. Me ha gustado observar y me ha gustado comprender. La cosa artística no sé cómo me fue llegando ni cómo apareció. Mi gusto por la música me viene, como a muchos sevillanos de mi quinta, escuchando las marchas de Semana Santa, porque cuando yo era chico no había tantos conciertos como hay ahora, ni tantas posibilidades de escuchar música en directo. La impresión que me causaban las bandas de música cuando pasaban por mi lado, que me rebotaban en el estómago los bombos, las trompetas y todo eso, yo creo que eso me influyó mucho en enamorarme de la cosa musical.
¿Y cómo se salta de ahí a la psicodelia, al rock, al pop?
Pues mira, de una forma muy natural, una vez que te metes en el mundo de la música. A las personas que les guste solo un estilo musical —como a los que les gusta solo la música clásica, o el rocanrol, o el flamenco—, esas personas para mí son maniáticas, no son melómanas. El que es melómano, aunque tenga sus preferencias estilísticas, tiene que tener la capacidad de disfrutar con distintos tipos de música, y yo a lo largo de mi vida he disfrutado, afortunadamente, con distintos tipos de música. Con tres o cuatro años ya escuchaba y me impresionaba la música de Semana Santa, y luego, pues, empiezo con la imagen, con la fotografía, precisamente también haciendo fotos en Semana Santa. Recuerdo que cuando yo iba a hacer fotos, la gente se retiraba y me dejaban en primera fila; hoy día cuando vas a hacer una foto te encuentras un mar de móviles. Con esto digo lo antiguamente que comencé yo a hacer fotos.
¿Cómo le llegan a un niño de Sevilla Warhol y el dadaísmo?
Bueno, ya te estoy hablando de un joven de dieciocho o veinte años. Yo no sé, pero me buscaba la vida y me enteraba de la existencia de esas cosas: mi interés por las vanguardias, por Man Ray, por Marcel Duchamp, por los dadaístas, y todo eso pues me fue llevando por el arte pop, por Warhol.
Me interesa mucho porque estamos hablando de la dictadura, estamos hablando de tiempos en los que no circulaba determinado material. ¿Dónde te ibas a buscarlo?
Sí, pero había información. Mira, por ejemplo, aquí mismo tenemos una foto de Joaquín Salvador, que era nuestro gurú. Este hombre tenía un programa de radio en Radio Sevilla que se llamaba Nata y fresas, y era un tío con una capacidad para buscarse la vida consiguiendo discos —que los conseguíamos también en las bases, los traían los militares de Rota y de Morón—. Este hombre además tenía una capacidad increíble para conseguirse libros interesantes: eran los años del mayo francés, y entonces eran libros de Foucault, de Gilles Deleuze, de la gente de Félix Guattari, El Anti-Edipo, que fue un libro que nos influyó mucho. Yo me buscaba la vida y me enteraba de aquello, y no le doy la mayor importancia, me gustaba.
Recuerdo que cuando, en los primeros años de fotógrafo, hacía trabajillos para Juana Aizpuru en su primera galería, un día me llamó diciéndome: «Mira, Pive, que tengo aquí una exposición de John Heartfield, un alemán que hace fotomontajes, y no sé nada de este hombre, y van a venir los periodistas y no encuentro a nadie de Sevilla que sepa quién es». Y digo: «Pues mira, yo soy fan de John Heartfield, y la verdad es que tengo hasta fotomontajes influidos y un homenaje a John Heartfield». Y fui y le comenté al periodista que llegó quién era John Heartfield, y dejé en buen lugar a mi amiga Juana. Pero yo no le doy a eso una importancia; yo no sé ni cómo lo hacía, pero me enteraba.
Porque, de formación, ¿tú en qué te formas?
Bueno, empecé a estudiar filosofía porque quise. Tuve mis veleidades periodísticas, pero como había que irse a Madrid, porque no había escuela de periodismo en Sevilla, y yo no quería irme a Madrid, pues entonces me metí en Filosofía y Letras. Cuando estaba en el tercer año ya empecé con la música y entonces abandoné, ligeramente, la universidad, donde conocí a Kiko Veneno, que también estudiaba Filosofía y Letras, y me convertí en su primer «mánager-amigo», digamos. Ahí fue cuando me empecé a introducir en el mundo de la música y empecé ya a tontear con el género más rockero, que era lo que me llamaba y procedía en aquel momento, como es lógico. Aunque a mí de chico me gustaban las sevillanas y las bailaba en las ferias, lógicamente lo que excitaba a un joven de veintipocos años en aquellos momentos era el rock y las variedades rockeras, que en aquellos años setenta fueron muchas.
Me sorprende que digas que tuviste tan claro que no te querías ir a Madrid, cuando hasta hace muy poco irse a Madrid se suponía que era, para un andaluz, casi sinónimo de cierto éxito o cierto estatus.
Pertenezco a una estirpe muy típica de sevillanos a los que no les gusta viajar; es la verdad. He viajado bastante poco, y los pocos viajes que he hecho han sido para ver a Frank Zappa, a Ray Charles; me ha merecido la pena coger un tren o un coche para ver a buenos artistas, pero no he tenido… Es también, a lo mejor, una forma de tonto ombliguismo, de pensar que estoy muy bien en Sevilla y que no necesito ir a otros lados. No sé si es un error o no, pero así ha sido y ya.
Al margen de conocer a Kiko, no sé si hubo ese momento de «yo quiero subirme a un escenario, quiero hacer música».
No, cuando fui a ver a Zappa ya estaba metido en la música, porque a Zappa fui a Barcelona y sería 1976 o 1977, y yo ya dos años antes había empezado a hacer de mánager —no me gustaba ser mánager, porque no me gusta ni la palabra siquiera, que suena a manejo, pero era lo que se terciaba y lo hacía—. Y por eso fui mánager de Goma, del primer grupo, que fundé junto con Pepe el Saxo; después con Veneno, luego con Pata Negra, luego con Imán. Y ya me enamoré de Silvio, y ya él se enamoró también un poco de mí, creo, y empezó un idilio que es fecundo: tuvimos nuestros hijos musicales, nuestros criollos, como decía Silvio. Y ya esa historia es más conocida.
Sí, pero yo veo ahí una cabeza que no para, una persona que desde muy pequeñito tiene esa habilidad de resolver, de buscar.
Sí, pero no sé yo por qué esa inquietud. Te cuento algo. Yo ya en los sesenta o setenta me interesé por la copla. La verdad es que yo estaba en el colegio, mi madre me sacaba a las seis de la tarde y me llevaba con ella a los espectáculos de copla en los teatros —de hecho, al Álvarez Quintero, que es donde estamos precisamente, porque esto era un teatro antes que un centro cultural— y, claro, la copla la traía porque la había visto desde pequeño. Y mis amigos decían que sabía mucho de copla. No sé, sería porque se me quedaban las cosas, porque nunca he sido un estudioso que pretendiera saber de nada en concreto. Lo que pasa es que uno termina sabiendo porque se le van quedando las cosas, y creo que es la mejor manera de saber. Pero no he tenido una vocación concreta. Y admiro a la gente que, por ejemplo, se quiere dedicar al baile y dedica toda su vida al baile de una manera casi religiosa y consigue unos grandes resultados, pero yo no; me parece que para mí no es vida esa de hacer todos los días lo mismo o muy parecido. Yo he buscado la variedad porque me ha resultado más entretenido.
¿Para qué restringirse si se puede picotear?
Sí. Lo que sí he visto es que no se me han dado mal distintas actividades. Ahora, por ejemplo, la última, que en realidad fue la primera, la fotográfica. Pero luego he hecho otras cosas: por ejemplo, me he dedicado a componer, y resulta que no he compuesto mucho, pero bastantes canciones de las que he compuesto han gustado, y me alegro. He trabajado mucho en la radio, en la televisión también, que mucha gente no sabe: he sido guionista, director, he hecho muchas labores en distintos programas de televisión, antes de que existiera Canal Sur y después cuando ya existió.
¿Se te ha resistido algo que tú te hayas propuesto hacer?
No me he propuesto nada realmente. Lo que se dice en serio proponerse, no me lo he propuesto, sino, como repito mucho, he hecho lo que se ha terciado. O sea, que si me he puesto a componer es porque íbamos a sacar un disco y hacían falta canciones; si he sido mánager es porque no había ninguno que lo hiciera; si he hecho televisión es porque era una manera de ganar dinero, y entonces si había que hacer guiones, pues bueno, yo escribía guiones. Siempre me ha gustado leer y escribir, y es lo que llevo toda la vida intentando aprender a hacer: leer y escribir.
¿Tú crees que has aprendido?
Estoy en ello.
Hablando de conocer a Kiko: sucedió una cosa muy curiosa a finales de 1975.
Kiko había alquilado una casa cerca de donde yo vivía, todavía con mis padres, en Triana. Entonces estaba yo en mi casa con un amigo mío, que era ratero, y me dice que tiene una bala en la pierna porque, huyendo de la policía, lo han herido. Entonces me lo llevo a casa de Kiko y allí lo metemos; empezamos a buscar a un amigo médico que le quitara la bala. Y todo esto ocurría en los días en los que Franco estaba agonizando. Es curioso que Kiko compone entonces una canción, poco tiempo después, inspirado por esa aventura, por lo que nos estaba pasando, y esa canción se llama «Los delincuentes» —la famosa canción que incluso, muchos años después, dio nombre en homenaje a Veneno a Los Delinqüentes de Jerez—. Estamos hablando de que sería el 76, cuando sucede toda esta historia que da lugar a la canción.
Que tú lo cuentas como un día más en la oficina, pero yo me imagino esa escena absolutamente de Tarantino.
Sí, ten en cuenta que nosotros… Yo no tengo recuerdos de terror, la verdad. Ahí se hacía ya la vista gorda: aquello tenía un desenlace, ese hombre [Franco] se iba a terminar muriendo ya, y por lo tanto pensábamos todos que íbamos a estar mejor. Corríamos nuestros peligros, las manifestaciones y eso, pero la verdad es que no vivíamos un terror. De hecho, reconozco que las dos, tres o cuatro veces que me detuvieron, digamos que cuando salía de la comisaría nos recibían las novias como héroes, y también teníamos un pretexto para vacilar. De hecho, una vez me detuvieron con Silvio y fue graciosísimo, porque nos llevaron a la comisaría de la Gavidia, nos metieron a cada uno a interrogar; a mí me dejan fuera, y de pronto sale el que está interrogando a Silvio y le dice al otro: «Mira, tío, este hombre me va a volver a mí loco». A Silvio le encantaba que lo detuvieran, le gustaba ir a tomar café a la Gavidia; entonces era frecuente que nos detuviesen porque había redadas: de pronto estabas tomando una cerveza y llegaba la policía, en el franquismo, en los últimos tiempos, y aquello sucedía ya casi de cotidiano: el correr delante de los grises, o que te detuvieran, era algo que sucedía con cierta frecuencia. Y claro, Silvio, como tenía un valor especial, todas esas cosas las tomaba con un humor extraordinario, y que te detuvieran yendo tú con Silvio, pues era una gran anécdota.
Yo creo que hay un poco de idiosincrasia sevillana en esto de conectar a la gente, de ser como nodos, estos influencers que ahora se ven en redes sociales, pero en el mundo de carne y hueso, que es como más bonito.
Sí, es verdad. Además, una cosa de la que me he dado cuenta con los años es que yo estaba, sin pretenderlo, el día del nacimiento de muchos artistas. Por ejemplo, Martirio como tal nace un 8 de marzo, el Día de la Mujer. Había un concierto en la placita de San Andrés, y Maribel —que era enfermera y tenía intereses musicales— había sido invitada a actuar ese día. Estábamos Kiko y yo con ella, y de pronto hacía calor, hacía sol, se puso las gafas negras, y Kiko y yo nos miramos y dijimos: «Hostia, qué imagen», y le dijimos: «Oye, niña, déjate las gafas puestas…». Y ese día nació Martirio. Entonces, igual que con ella, yo he estado en los primeros días de otros artistas, y algunas veces incluso he propiciado los primeros pasos de fotógrafos, de músicos sobre todo, porque estaba por allí. Tampoco porque me quiera apuntar ningún tanto, porque tampoco lo he rentabilizado nunca. Como no me he puesto rico con ninguna de esas cosas, pues lo puedo decir con tranquilidad. Como dice Julio Muñoz: no me llevo nada.
Son bonitas conexiones. Porque sabes que si el teléfono suena y es Julio Muñoz, y es Fran G. Matute o eres tú, me puedo dejar llevar, porque no va por mal camino, la cosa va a favor, va a remar a favor.
Te tengo que preguntar por esa faceta de fotógrafo que no te conocía. Por muy modesto que tú seas, aquí hay una fotografía muy moderna.
Es que la modernidad es un estado de ánimo. Picasso fue moderno hasta que se murió. Lo que está de moda es lo que se pasa de moda. Entonces, el moderno verdaderamente nunca está de moda; lo que está siempre es al día, de algún modo. Y quizás mi trabajo fotográfico tenga esa virtud; si es así, pues yo encantado.
Tú ya en aquellos años, antes incluso de Silvio, ya estabas con la cámara en ristre, «porque se terciaba».
Sí, claro, muchos años. Yo empecé haciendo fotos a los pasos de Semana Santa, porque siempre desde pequeño he sido muy aficionado, estéticamente hablando sobre todo, y sentimentalmente hablando. De hecho, este año he dado un pregón, un minipregón de El Llamador en Canal Sur, y un pregón en el Cartuja Center. Y empecé con eso, y ya luego me fui metiendo, por cuestiones de interés, en la vanguardia. Por los artistas, por el estudio del arte del siglo XX, por la modernidad… y ahí me influyeron las lecturas. Por ejemplo, Walter Benjamin tiene un libro que a mí me influyó mucho, cuyo título es, más o menos, La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. Digamos que mi obra tiene mucho que ver con eso. El comisario de esta exposición, Fran G. Matute, encontró en mis fotografías algo que le interesaba porque es un incesante buscador de la contracultura sevillana, que está estudiando extraordinariamente, paso a paso, sigilosa y trabajosamente.
Así que cuéntame, vamos a retratarnos ya, porque si no, no nos vamos de aquí hoy. ¿Cómo es el momento en el que por primera vez tú sabes de la existencia de una persona que se llama Silvio?
Bueno, yo recuerdo la primera vez que lo vi, pero ya sabía de él de nombre, de fama. La primera vez que me lo señalan, estoy sentado en la grada de la plaza de toros de la Maestranza, en la cual, hacia los años sesenta, se daban conciertos rockeros. Estoy allí con un amigo, o con dos o tres, y de pronto veo pasar a un tío y me dicen, señalándole: «Ese es Silvio». Claro, en ese momento era un batería famoso, era uno de los dos baterías más famosos de la ciudad, sus solos eran esperados.
O sea, tú le conocías como batería.
Yo sabía que Silvio era un buen batería, me lo habían dicho un par de veces, pero nada de su personalidad; no había tenido relación ninguna con él.
Poco tiempo después de esa primera visión que tengo de Silvio, él conoce, en la Costa del Sol, a una inglesa adinerada —que no sabía que era adinerada— y ahí empieza la historia famosa de Silvio, que se hace millonario sin pensarlo, tiene un hijo y vive algún tiempo en la Costa del Sol, hasta que le abandona la mujer, con todas las razones del mundo. Aunque siguió cobrando una pensión que le pagaba ella. El único trabajo de Silvio consistía en ir una vez al mes a cobrar trescientas mil pesetas —en el año 60, con trescientas mil pesetas te podías comprar un piso—: ese era su trabajo. Y lo que hacía él era que, cuando salía del banco, cogía cualquier avión, porque le daba igual dónde fuera, y se iba a tomar café a cualquier aeropuerto, porque después no entraba en la ciudad. Ahí inició Silvio su drama: intentó volver a Inglaterra a ver al hijo que ya no pudo recuperar. Pero no pudo.
Total, pasan tres o cuatro años, y cuando estoy empezando a entrar en la música, en el año 1973 o 74, Silvio vuelve a la ciudad arruinado, y empieza a frecuentar los ensayos, entre ellos el que yo hacía con mi grupo, y en esos ensayos empezamos a ser amigos. Como yo me estaba metiendo en la música y era malo, pues Silvio se pone de batería a finales de los setenta, y me proponen ser mánager, pero acepto con una condición: que Silvio se pasase al cante y buscase un buen batería. Así empezó nuestra amistad musical.
Un año después grabamos el primer disco de Silvio, como Silvio y Luzbel, en el que yo compongo algo. Dos años después se rompe un brazo el batería del grupo, a tres días de salir de gira, y Silvio me dice: «¿Tú te acuerdas de que yo no era cantante y tú me hiciste cantante? Pues yo ahora te hago batería». Además, era zurdo, así que tuve que cambiar toda la batería para practicar. En cuatro días me preparé como pude, y cuatro días después estaba tocando en Madrid, con Silvio cantando, el ritmo que había podido aprender.
El problema que teníamos con otros baterías es que llegaba el momento en que Silvio se paraba, y el grupo corría el riesgo de no poder seguirle en el escenario; a mí no me paraba ni aunque me lo mandaran, y seguíamos con la canción, tirando adelante, y él, si salía, cuando volvía, volvía. Digamos que como batería yo dirigía la actuación, y así era posible que las actuaciones no fueran un desastre.
Porque Silvio, lo que era para mí, es un pedazo de filósofo fantástico; si algo me queda muy pendiente, puede ser hacer un tratado sobre él. Silvio, más que nada, es un gran pensador, y por ahí circulan muchas frases que son verdaderas sentencias. Y yo tengo el honor y el gusto de que hay gente a la que le caigo muy mal, y me pone muy bien, porque muchas de esas frases son mías, no son de Silvio: se las atribuyen a él, y a mí me encanta. Igual que mucha gente cree que las canciones son todas de Silvio y él compuso mucho, porque era fantástico, y, para mí, todo lo que compuso era pura poesía. Pero la verdad es que todas las canciones conocidas de Silvio me las atribuyó a mí también, y a mí me encanta que mucha gente crea que las compuso Silvio. A mí lo que me gusta es que las canciones gusten, y nada más.
Entonces ha habido una fusión entre nosotros muy bonita: a mí muchas veces me hablan y me dicen Silvio, y no me molesta, me encanta que me confundan. Nuestra relación de amigos fue maravillosa, y eso es lo mejor: las muchas horas que hemos pasado charlando, tomando el vino de diario, la cerveza, y charlando de lo divino y de lo humano. Eso es lo mejor.
Estoy pensando en esa anécdota que me has contado de Silvio cogiendo aviones sin saber dónde iba. Creo que era un tipo tan brillante que su cabeza debía ser como un Ferrari, que va tan rápido que se puede estampar si nadie lo remedia.
Sí, por ejemplo, esas cosas de Silvio… Hasta que murió, era prácticamente un hombre que tenía un gran drama interior, con el asunto de su hijo, al que nunca llegó a volver a ver.
Pero ¿tú crees que tenía algo destructivo?
No, pero destructivo de superviviente. Él estaba muerto realmente. Él estaba muerto desde que se suicidó su hermana —cosa que no sabe mucha gente— y desde que perdió a su hijo, por mal comportamiento suyo, y él asumía eso. Entonces él estaba muerto, pero no se suicidó y decidió que tampoco quería amargarle la vida a nadie contando sus penas. Jamás contó sus penas. Y entonces dedicó toda su vida a alegrar a la gente, a sacar los ratos adelante de la mejor manera posible, sin obrar de mala manera, sin hacerle daño a nadie. Y en el fondo, fuera o no filósofo de formación, lo era.
¿Y ese dolor lo tuvo durante toda su vida?
Le hacía daño, porque se lo tenía que hacer, y él asumía ese daño; no se iba a reponer, nunca se repuso, ni quería hacerlo, de las pérdidas que había tenido. Y por lo tanto, el alcohol… era aficionado desde joven, como todo el mundo en aquella época. Entonces el beber siguió, se convirtió ya también en una dependencia. Porque no existía entonces el concepto de Alcohólicos Anónimos tal y como lo entendemos ahora: el alcohólico severo necesitaba alcohol porque era la enfermedad a la que había recurrido para sobrellevar de la mejor manera posible su dolor.
Y tú, cuando le conociste, ¿fue poco después de todo eso?
Poco, en el momento peor de su vida: poco después de que perdiera a su hermana, y de que perdiera el contacto para siempre con su hijo. Me enamoré de Silvio. Nos admirábamos: yo lo admiraba a él por lo que yo consideraba que debía admirarle, y él me admiraba a mí por lo que consideraba que me debía admirar. Nos teníamos la misma ley intensa. Y además, nos beneficiaba esa relación, porque yo no podía estar con nadie mejor que con él, y él sentía que mi amistad y mi influencia en lo musical era algo que le beneficiaba, que le permitía no preocuparse de muchas cosas.
Quiero acabar con más o menos cómo empezamos. Porque dicen que una persona es hogar cuando nada de lo de esa persona te es ajeno, cuando puedes entender su esquema mental. Y yo creo que vosotros teníais ese tipo de sensación de hogar el uno con el otro.
Claro, es que un hogar necesita por lo menos dos personas. Hogar es el lar: los dioses romanos tenían ciudades, y el hogar era la luz. Es como el hogar y el odio como el fluido; esa es la idea que yo entendía en ese nivel.
Y desde ese conocimiento mutuo, te hago la misma pregunta que te hice al principio pero sobre él: ¿cómo le explicarías a alguien que no conozca a Silvio quién era Silvio Melgarejo?
Pues que intente escuchar sus canciones. Que trate de escuchar los restos que han quedado en este mundo, de su vida, las cosas que se han escrito. Yo le pondría las entrevistas. Cuando le preguntan, en la última que hizo, «¿tú te consideras ganador?», Silvio hace un silencio significativo —él se cuidaba muy bien, era muy listo— y dice: «Lo dice el ganador y el perdedor siempre: el ganador tiene sueño y el perdedor tiene ansiedad».
Él no tenía miedo de nada. Un día estábamos en un ensayo, en un polígono, y de pronto aparecen dos hermanos en la puerta que nos iban a pegar. Nos asustamos, nos metimos dentro, y entonces Silvio llega, sale, se va para los dos hermanos, y ya no le veíamos las manos. Y cuando Silvio se les acerca, los dos hermanos… no sé quiénes eran, entonces, no tenía miedo. Al final no pasó nada.
Así empieza Arma letal. El personaje, uno de los dos, es un policía al que han matado a su esposa, y le da igual todo; entonces se acerca a un perro rabioso y le acaricia. Y calma al animal.
Pues exactamente, eso es lo que le pasa a Silvio. De hecho, era eso: recuperar las ganas de vivir a base de intentar morirse. Esa es la teoría del superviviente. Cuando alguien ha superado situaciones de peligro mortal y no ha muerto, llega un momento en que le pierde el respeto a la muerte. Y me está esperando aquí mi amigo para ir a tomar una cerveza, os venís Begoña y tú y seguimos hablando.









