Sociedad

Banderas

Septa Ceuta ca 1572bn

Asalto, invasión, ocupación. Amenaza. Amenaza a la integridad territorial, amenaza a la nación, amenaza a la identidad. Ceuta, frontera, se revela en los cuerpos que la atraviesan. Temblor súbito de una paz aparente: Ceuta es la arquitectura sísmica de un malestar, cuyo epicentro es la juventud marroquí que llega a nado. Pero la onda expansiva va más allá de Ceuta: España es un ordenado ecosistema violado por una horda descontrolada de moros. Por el mar viene la alter-ación. Qué vértigo verlo desde la tierra. Qué vértigo verlo en la piel del que altera, del otro que nubla la visión y constriñe el estómago de los demás. Y qué vértigo verlo con los ojos del que da miedo. Es el vértigo endémico de vivir en la piel del que siempre amenaza. Ante el asalto, la invasión y la ocupación, se impone el amarillo y el rojo, bicolor de la paz institucional, binomio patrio tendido al viento. Cual amuleto consagrado, la bandera rojiamarilla exorciza el terror visceral.

Estos días veo las banderas ondeando con más insistencia que nunca, como si se hubieran multiplicado por doquier. Cuelgan de los balcones, tapian las ventanas, comprimen las muñecas de la gente. Y me pregunto por qué me siento amenazada por esta tela. Tal vez por la espesura simbólica que la sostiene en el mástil: España una, única; España católica, España de sangre limpia. De este mástil cuelga un país que me recuerda constantemente cómo mi piel, mi pelo, mi nombre, mi tradición y mi lengua materna son una falla y una incongruencia. Lo que es una capa de protección y amparo para unos, desciende como una amenaza inminente para otros. Des-integrarme parece ser el único horizonte válido para camuflarme y ser reconocida a través de la lente rojiamarilla. Pero ¿quién puede renunciar a sí misma sin sentir que vive amputada de aquello que la mantiene con vida?

En apenas dos semanas he cruzado este país de sur a norte y de norte a sur. En este tránsito, me interpelan personas cercanas y lejanas, temerosas ante la masa amorfa que se les echa encima: los moros que vienen y que no se van, los moros que quieren quitarnos algo que nos pertenece —Ceuta, Melilla y algo más que se les atraganta—, los moros esos a los que echamos allá por el siglo XVII —expulsión de un pasado que continúa vigente—, los moros que inauguraron el capítulo del desastre —Annual, 1921, barrido de la memoria histórica compartida—, pero también los moros que trajo Franco —atroz guerra, más transnacional que civil—.

Atiendo conversaciones fugitivas. Voces asustadas y desorientadas que me piden explicaciones, como si mi opinión pudiera liberarlos de un odio y un miedo incubados, a veces a sabiendas y a veces sin saberlo. Sus palabras y sus discursos, sus formas y actitudes, son los sedimentos de una España que se encabrita en un cuerpo gestado a través de infinitas capas de historia: los moros, el islam y sus saberes; las medias lunas que, junto a torres y cruces, se erigen en numerosos escudos; las inscripciones árabes horadadas en la geografía monástica, desde Santa María la Real de las Huelgas en Burgos hasta el Monasterio de Leyre en Navarra. Todo ello no solo habla del legado común, sino de lo que, como apunta Eduardo Manzano, constituye «la diversidad que permea toda la historia de España» y que sigue vigente a día de hoy.

Cada vez que cruzo este territorio —de sur a norte, de norte a sur—, me digo a mí misma que estoy haciendo y deshaciendo los caminos que siempre he andado, extendiendo en este espacio mi piel, mi pelo, mi nombre, mi tradición y mi lengua materna; a veces estos tránsitos solo son prolongaciones de un origen. Y quizás, precisamente porque asumo España no como una patria, sino como un territorio en el que mi forma de habitarlo me transforma y lo transforma, las interpelaciones de estos días han convertido este territorio en una suerte de campo de batalla. Batalla silenciosa, pero exigente, también hiriente y sostenida por la necesidad de entenderme en este mundo donde mi valor reside en poder ser un puente humano. Pero, en palabras del dramaturgo marroquí Ahmed Ghazali, los puentes siempre son los primeros en volar por los aires cuando estalla la guerra. Tal vez la proliferación de banderas solo sea el preludio de un territorio herido que se arma para defenderse. Banderas-espada, banderas-escudo.

Hasta mí llegan los ecos de unos rumores bélicos: ¿por qué quieren invadirnos? ¿Es esto una Marcha Verde contemporánea? Se agitan las reflexiones de quienes se disculpan de antemano para justificar un control exhaustivo sobre qué tipo de personas entran. De fondo, la idea de una España capaz de establecer un horizonte moral. Su frontera, de hecho, es la línea que separa el bien de aquello siempre sujeto a la sospecha. De repente, las conversaciones toman matices de amor a la nación, un amor que conlleva la protección, aunque sea en sus formas violentas. Pero, sobre todo, lo más llamativo de mis encuentros, es la urgencia y la insistencia en entender algo de manera inmediata. No dejo de pensar, ante tanta premura, que españoles y marroquíes hemos tejido una historia en común, lo suficientemente larga y tendida como para poner a nuestra disposición el vasto tiempo y el extenso espacio compartidos para entender algo de lo que somos.

Pero creo que esta prisa con la que a veces me interpelan es solo el síntoma de una falsa curiosidad. Y dado que no llevo velo, ni visto al estilo hiyabi, ni rezo cinco veces al día, ni hago el ramadán y, además, consumo cerdo y tomo alcohol, sospecho que acuden a mí para corroborar la maldad y la peligrosidad de aquellos de los que debo protegerme y, desde luego, de quienes debo esperar un rechazo visceral por no ser una musulmana visible y practicante. El extremismo viene a llamar a mi puerta, a movilizar mi extremismo, viene con su miedo a hurgar en mi miedo para que colabore con él, para engrandecerlo y afianzarlo. Quién mejor que yo para avivar el fuego racista e islamófobo que prende en el interior de tantas personas. Soy en cierto modo la aliada perfecta porque desde mi desacralización del islam, entenderé su desesperación y su recelo, su odio y su retórica; yo que parezco tan española y tan poco marroquí, si soy capaz de articular una reflexión y un análisis es más por el matiz español que por el marroquí. A pesar de tantos matices, nunca me he vivido dividida, nunca he sido un ser despedazado por las identidades y mucho menos he buscado abrigo en las banderas cuando me veía asolada por la soledad de vivir en la intemperie de la aidentidad.

La pugna dentro de mí no se resuelve tomando asiento en un discurso o dejándome arrullar por una tendencia. Todas las charlas que he mantenido estos días me han conmovido de una forma fulminante. Me he detenido por un momento a habitarme en su mirada exacerbada donde aparecíamos, nosotros, los moros, como seres carentes de individualidad, ausentes de un contorno que nos igualara siquiera con el perfil de sus sombras. A veces, el dibujo entornado de sus ojos y el gesto de disgusto en las bocas me sacudían y me colocaban en el epicentro de sus náuseas. Y por encima de todo, la conmoción de ser vistos, ya no solo como seres analfabetos o ignorantes, sino con una incapacidad emocional, vacíos de sentimientos por lanzarnos al mar, por no temer el naufragio del aliento, por amar más a la muerte que a la vida. Son relatos donde la existencia nos hace hueco por una extraña concesión: los moros aparecemos como excepciones a lo humano. Yo, que soy letrada, parezco semiabsuelta de este ostracismo sobrenatural.

En poco tiempo, mi territorio umbilical, España-Marruecos, está minado de hostilidades. De nuevo, como en ese lejano 11-S, 11-M o más reciente 17-A, siento bajo mis pies la maquinaria que vuelve a fabricar al enemigo público: se percibe en las miradas, se escucha en las palabras precisas, en los interrogantes que aspiran a confirmar los prejuicios más letales y en la exhibición del amparo simbólico que transforma la bandera de España en un arma que, como cuchillo afilado, pende sobre mí. En medio de toda esta violencia, me digo a mí misma que la fuerza inquebrantable del viento es capaz de erosionar las banderas que impiden al sol brillar en ambas orillas.

 

 

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Un comentario

  1. Agradablemente sorprendido por la belleza y profundidad de sus reflexiones. Coincido con Ud. en la forma que concibe España, «no como patria…».
    Solo espero que la jauría de fascistas que asoman sus feos hocicos en este digital no irrumpan con su xenofobia y violencia verbal.
    «Si la democracia es una conversación entre gente civilizada, la tolerancia termina cuando se topa con el intolerable». (Hervé Le Tellier, «El nombre en el muro»).

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