Sociedad

El paraíso turístico de Dakhla, pesadilla de muchos marroquíes. Crónica de un viaje al Sáhara Occidental (5)

Sebha Dakhla (1)
Foto: Luali Lebser.

Cuando se habla de Dakhla se habla de saharauis y ocupación, de turismo elitista en territorio robado. Es lo obvio, lo que duele al mirar. Pero hay otro Dakhla, el que no aparece en las fotos, que funciona con la misma sofisticación represiva, pero sin cámaras. Es el barrio de Sebha. Alguien en Rabat probablemente no sepa ni que existe.

Sebha es un barrio de pescadores situado en la punta del cabo, en la parte más estrecha de la península. En los mapas es solo un punto. En la realidad es una herida. Las violentas corrientes del mar de Dakhla tienen mala fama desde los tiempos de la mili española. Los soldados españoles que estuvieron aquí lo sabían. Pero, en Sebha, esas corrientes son aún más violentas. Las olas tiran hacia el interior del mar, como si quisieran llevárselo todo hacia donde la luz no alcanza. En la antigua hasanía, mar significa también «respeto». Es irónico: el mar que merece respeto, que merece miedo, que mata regularmente.

«Se ahogan tres o cuatro personas al año», dijo Boujari, el tendero. «Todas de aquí. Todos buenos nadadores, buenos pescadores. Cuántos inmigrantes devora el mar al año solo lo sabe Alá». Boujari conoce el precio del gasóleo, las averías de los barcos, la cantidad de pescado y la clase de cada captura. Fue pescador una vez, hasta que su hermano le envió dinero —dinero procedente de la venta de unos terrenos en Mekhnes, después de que muriera su padre—. Ahora Boujari vive «como un rico» en su pequeño quiosco de aluminio, donde vende tabaco y chicles, situado en un lugar estratégico: junto al cuartel de la policía. Desde su mostrador ve a todos. Los gendarmes ven desde su rincón quién viene y quién va. Me dijeron que Boujari trabaja para la policía. Tiene el lugar perfecto para ello, el puesto perfecto. No lo dudo.

Casi todos los pescadores de Sebha son colonos marroquíes pobres, gente llegada del norte buscando trabajo y que aquí encuentra ocupación. Viven en chozas construidas con escombros, aluminio oxidado en las paredes, maderas y plásticos encontrados flotando en el mar. No hay retretes dentro. Comparten un agujero que apesta. Se lavan con agua del mar. Es una pobreza tan sistemática que tiene sus propios ritmos, sus propias reglas. Es pobreza administrada.

Brahim, de casi sesenta años, no puede trabajar por problemas de espalda. Pero insiste en que antes estaba en forma. Me invitó a tomar té dulce en su casa, una estructura que da miedo si la tocas con fuerza. «Voy todos los días, cuando vienen los barcos, a pedir un poco de pescado», dijo. «Entre los pescadores somos solidarios porque sabemos que, cuando llegas a cierto punto, solo tienes la ayuda de los tuyos. Aquí no llega Rabat, ¿entiendes? Yo cuidé a Souleyman, que vivía cerca, cuando era joven. Murió hace unos años. No sé cuántos tendría, era muy viejo. Ahora saben que no puedo trabajar en el mar. En tierra no encuentro nada. Todo está cogido por los negros». Cuando le pregunté qué quería decir, bajó la voz y puso la mano sobre mi boca: «Mafia». No quería hablar más.

Fuimos Brahim y yo hacia el mar a ver si algún barco nos daba pescado para cenar. Él me había invitado a cenar. Los barcos llegaban desbordados: doradas, durdones, peces cuyo nombre no conozco. El patrón de una pequeña embarcación nos dio una dorada grande apenas desembarcó. Era Mouloud, joven, padre de tres hijos, que vive en el tercer piso de la casa de su padre en Dakhla. «Empecé a trabajar en el mar siendo niño», dijo mientras recogía la red con movimientos automáticos. «Nada más he hecho en mi vida. Pero el mar está cada vez más árido. Los barcos grandes que vienen de fuera llevan demasiadas redes. Nos dejan una pesca cada vez más pobre, peces más pequeños para nosotros». Mientras hablaba de su vida, de repente se quedó callado. La policía había llegado a inspeccionar el lugar. A la vista de una turista, se acercaron más sorprendidos que de costumbre y empezaron a preguntar. Pidieron mi pasaporte. Preguntaron si era mío el coche gris que estaba delante de la tienda de Boujari. Cuando dije que sí, preguntaron qué hacía en «el lugar más feo de Dakhla, sin turistas». Como siempre: «Aquí no hay nada. El kitesurf está a quince kilómetros. Aquí no hay nada para los turistas». Mouloud se alejó. La conversación había terminado.

Brahim y yo preparamos la dorada a la puerta de su casa, bajo un pedazo de madera que podría llamarse portal si la generosidad del lenguaje lo permite. Otros pescadores aparecieron gradualmente, curiosos, desconfiados. Algunos estaban indignados. Otros, entre ellos Brahim, intentaban calmar la situación. Los indignados decían que podía ser una espía. Otros susurraban que era periodista. Entendí que era hora de irme antes de que la cosa empeorara. Brahim caminó conmigo hasta el coche —algunos pescadores comenzaron a tirar piedras—. Una golpeó el coche. Gritaban con violencia. La policía estaba allí, cerca, mirando. No hizo nada. Las mafias ayudan a las mafias. Es el sistema.

Mahfoud Ali Brahim Ahmed vive cerca del aeropuerto. Dejó muy claro que pertenece a la misma tribu que Brahim Gali, presidente de la RASD. «Siempre hemos sido proclives a la política, a las negociaciones», dijo. Trabajó en una fábrica de arrai hasta jubilarse. Le faltaban dos dedos de una mano. «Una máquina vieja de meter sardinas en latas me los cogió. Una semana después estaba trabajando de nuevo. Nunca tuve contrato. Me jubilaron a los setenta y un años, cuando una empresa gallega empezó a explotar el lugar». Recibe una pequeña pensión. La mayor parte del dinero le viene de su hijo, que trabaja en un barco pesquero en Canarias. «Lo ve desde el mar cuando se acerca a la costa. Estuvo preso. Al salir, tomó una patera y llegó a El Hierro. Meses después, la policía vino a casa porque alguien dijo que tenía una bandera del Polisario. Casi lo vuelven a meter en la cárcel. No podrá volver. No sé si lo veré más. Yo no puedo sacarlo».

Mahfoud ha trabajado con muchos pescadores, locales y marroquíes. Conoce el sector en profundidad. Y fue claro, como quien ya no tiene nada que perder:

«La mafia española alimenta a la mafia marroquí del Sáhara, y viceversa. Pescan pulpos ilegalmente, sin control alguno, con trampas. Los congelan en cajas y los etiquetan como pulpo gallego. Pero lo peor, lo verdaderamente oscuro, es lo que hacen con las personas subsaharianas». Se inclinó hacia delante, como queriendo asegurarse de que yo entendía cada palabra. «Muchos trabajan como esclavos. Engañados. Los cogen en Mauritania, en Nouadhibou. Una noche entera dando vueltas en coche por el desierto, dejándolos en medio de la nada. Hay alguien al otro lado, esperando, y siguen la luz. Ese alguien trabaja para las piscifactorías. Los meten en la fábrica bajo el pretexto de que han aumentado la deuda. Para pagarla, tienen que trabajar. La deuda no tiene fin, ¿entiendes? Es infinita por construcción».

Sebha Dakhla (1)
Foto: Luali Lebser.

«Al finalizar, los trasladan a La Güera», continuó. «Un antiguo pueblo español, ahora abandonado, a seis kilómetros de Nouadhibou. Controlado por militares mauritanos. Apenas a un kilómetro de ese lugar, los pobres han estado esperando y esperando. Engañados, han tenido que hacer trabajos para enriquecer a otro. Y, si los pilla la policía marroquí, los multan. Eso duplica la deuda. Solo por la noche puedes verlos yendo al mercado en busca de algo que comer, huyendo de la policía. Si lo hubieran sabido, habrían salido a pie de Mauritania». Se quedó mirando el suelo, exhausto. «En el Sáhara todas las mafias trabajan unas con otras. Pesca. Inmigración ilegal. Prostitución. Drogas. Todo. Tienen una simbiosis perfecta. Es hermoso en el sentido más horrible posible. Es un sistema que funciona».

La Unión Europea reconoció en su informe de 2023 algo que todo el mundo prefería no mencionar: el 83 por ciento de la pesca total del acuerdo pesquero entre Marruecos y la UE se realiza en el Sáhara ocupado. Invirtiendo un euro, los barcos pesqueros europeos obtienen tres coma tres euros. El 95 por ciento del dinero procedente de la UE se queda en territorio ocupado, en fábricas extranjeras o sometidas al régimen. Europa tiene una enorme dependencia de estas piscifactorías. Los grandes barcos pescan y procesan las capturas en los puertos más importantes. Los más pequeños pescan en Dakhla, donde el pescado sale siete veces más barato que en los puertos españoles. Son números públicos, están ahí. Pero nadie quiere verlos. Los números que no aparecen, los que no se quieren publicar, esos son los que importan.

Salí de la casa de Mahfoud a medianoche. Cogí el coche y me dirigí hacia la orilla del mar. En la oscuridad vi sombras zigzagueando, desapareciendo en la playa con bolsas blancas de comida, entrando en chozas de aluminio. Eran los «nadie» que nunca aparecerán en las estadísticas. Sus historias están escondidas en las macrocifras de este lugar donde no pasa «nada».

Eso es Sebha. No es un destino turístico. No es un titular de prensa. Es el sistema funcionando perfectamente. Es la explotación internacional en su forma más sofisticada: ni siquiera necesita violencia visible. Solo dinero, complicidad silenciosa, mafias que se alimentan unas a otras y oscuridad. Mucha oscuridad.

Los números dicen que todo funciona bien. Las sombras saben la verdad.

Sebha Dakhla (1)
Foto: Luali Lebser.

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