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Exclusiva: el hijo secreto de Javier Bardem rompe su silencio y exige que le reconozca

bardem
Imagen promocional de El ser querido, 2026

Hipólito Ledesma, señor de mediana edad y residente en Serradilla, asegura ser fruto de una relación que el actor «no recuerda» y reclama comer caballa con él «antes de que sea tarde»

Muy señor mío:

Le escribo con la solemnidad que exige el asunto y con la falta de pruebas que exige cualquier información en internet, para comunicarle que, tras años de sospechas y una tarde de cine que las ha confirmado, estoy en condiciones de afirmar que soy hijo suyo. No dispongo de análisis genéticos, ni de fotografías comprometedoras, ni de una madre dispuesta a corroborarlo, porque la mía, aunque le tiene en alta estima, no pisó un rodaje en su vida y apenas salió de la provincia de Caceres, pero un hijo sabe estas cosas por la vía del corazón y la vía del corazón, como usted sabe mejor que nadie, no admite recurso. Me llamo Hipólito Ledesma, nací en un año que no viene al caso y he tardado en escribirle lo que se tarda en reunir el valor, que en mi familia —en la que usted todavía no figura— viene a ser toda una vida.

Los indicios, se lo adelanto, son flojos. Tengo la nariz algo torcida, un temperamento que en las comidas familiares provoca silencios, una tendencia a dar consejos a quien no me los pide y una devoción por los bares con camareros que interrumpen, y con eso, más el hecho de haberme emocionado en un cine de provincias un lunes por la tarde, cualquier juzgado de familia me daría la razón si los juzgados de familia funcionaran como funciona el cine, que es donde han pasado las cosas que de verdad me han pasado.

Le cuento cómo ha sido. Fui a ver El ser querido, la película que ha dirigido Rodrigo Sorogoyen con guion suyo y de Isabel Peña, en la que usted interpreta a Esteban, un director de cine que después de trece años sin ver a su hija Emilia —que es Victoria Luengo y es muchísimo— la llama para ofrecerle un papel, como si un papel pudiera arreglar lo que trece años de ausencia han dejado sin arreglar. La película arranca en una comida, y esa comida, que ya es la escena de la que todo el mundo habla, dura veinte minutos en la sala y duró hora y media en el rodaje, en una sola toma, sin cortar, con los camareros del restaurante interrumpiendo cada dos por tres porque ustedes les habían pedido que se comportaran como se comportan los camareros. Esteban recuerda con ternura los días en que llevaba a su hija al cine y ella, con la mirada baja y el tenedor quieto, le dice que esos recuerdos ella no los tiene, y a partir de ahí se abre una grieta que ni el padre sabe cerrar pidiendo perdón ni la hija sabe abrir del todo diciendo lo que piensa, que es lo que nos pasa a todos con nuestros padres, con la diferencia de que a nosotros no nos filma Sorogoyen.

Y ese Esteban, señor Bardem, es un padre lamentable. Lo digo con admiración, porque hay que ser muy grande para componer a alguien tan pequeño sin caricatura, y usted lo hace con la voz baja y esa manera de mirar a su hija a través de la cámara porque directamente no sabe. Esteban no pide perdón porque nadie le enseñó, porque no está acostumbrado y porque pertenece a una generación de hombres que, como usted mismo explicó el lunes en La Ventana a Carles Francino, se definían por la fuerza y por la capacidad de generar inseguridad en los demás, que es de donde emanaba su poder. Le escuché en la radio hablar de su propio padre, ausente, al que usted ha perdonado y al que le mandaba todo su amor «en su camino de luz y paz», un hombre que hizo lo que pudo con las pocas herramientas que tuvo; le escuché confesarse muy terapeutizado y contar que durante el rodaje no entendía por qué Esteban no pedía perdón de una vez, y sostener que no hay recuperación posible sin justicia y que la justicia empieza cuando el que ha causado el dolor reconoce su culpa. Y pensé que el hombre que interpreta al peor padre del cine español de este año es, a poco que uno le escuche, el padre que uno habría querido tener.

Retiro, por tanto, la reclamación y la convierto en deseo, que es algo mucho más difícil de defender ante un juez y mucho más fácil de defender ante un lector. No reclamo su paternidad por lo que usted hizo, sino por lo que Esteban no hace, y lo que me impresiona de usted, más allá de que sea el mejor actor vivo —cosa que doy por descontada y que no pienso discutir ni con la Academia ni con nadie—, es que haya crecido tanto como persona que la distancia entre el hombre y el personaje se haya convertido en la lección de la película. Un actor menor habría hecho a Esteban desde el desprecio. Usted lo hace desde la comprensión de quien conoce el molde y ha decidido no repetirlo, y eso, que se nota en cada plano, no se aprende en una escuela de interpretación sino en una consulta, en una vida y probablemente en una cocina.

Confieso, eso sí, que hubo un momento en la entrevista en que volvió a asomar el padre. Cuando Sorogoyen contó que, terminada aquella única toma de hora y media, usted le pidió otra, «por favor, por favor», y que él la concedió por no negársela a Javier Bardem, y que de esa segunda toma no hay ni un fotograma en la película. Eso, señor mío, es un capricho de padre que quiere repetir la foto, y Sorogoyen se lo dijo con una sonrisa que yo habría dado lo que fuera por recibir alguna vez en casa.

De Sorogoyen habría que hablar más de lo que cabe en una carta. Es, y lo digo sabiendo el peso de la comparación, el Paolo Sorrentino español, con la salvedad de que el nuestro no necesita cardenales ni piscinas para llenar un plano, porque le basta con acercar la cámara a una cara hasta casi tocarla y sostenerla ahí más tiempo del que el espectador considera prudente. Viene de años de thrillers —de la Guardia Civil, de la corrupción, de los vecinos que odian— y ha decidido, según contaron, dejar de llamar a asesores y hablar de lo que sabe, que es ser hijo y hacer películas, y de esa decisión ha salido su obra más íntima y quizá la mejor, una película sobre lo que nos contamos para sobrevivir, sobre cómo el último relato que uno se hace de un recuerdo sustituye al recuerdo mismo.

Y a Isabel Peña, a quien no conozco y a quien tampoco reclamo parentesco alguno por no abusar, le debo el placer de unos diálogos que parecen escuchados en la mesa de al lado. Ella misma se ha definido como «una duda con patas», y es verdad que el guion está lleno de dudas, de frases que se quedan a medias, de personas que no se atreven a preguntar porque no se atreven a la respuesta, y esa es precisamente su fuerza. Está la explicación que dio en la radio de por qué Emilia no puede hablar, porque el padre le ha regalado la oportunidad de su carrera y las reglas del juego ya no están equilibradas; está la escena de la directora de fotografía que se planta ante el director y empieza diciendo «lo siento», que es como se planta la gente de verdad cuando se planta, sin matrícula de honor; y está ese «¿sigues yendo al cine?» con el que arranca el texto escrito después de más de una hora de improvisación, y que a Victoria Luengo, según contó, le encogió el estómago porque sabía lo que venía detrás. Escribir un guion que los actores prefieren no llegar a decir es lo más parecido a escribir la vida que conozco.

Me despido sin pedirle nada, o casi nada. No quiero dinero ni apellido. Quiero que un día me mire como Esteban mira a Emilia cuando por fin la mira, y si eso es mucho pedir, me conformo con que me invite a comer caballa.

Reciba el abrazo de su hijo.

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Un comentario

  1. Qué peliculón. Casi a la altura de esta carta 😂

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