Humor snob

Breve diccionario para sobrevivir a una ronda de financiación

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La primera vez que fui a una dar una charla sobre emprendimiento a una «incubadora de empresas» un chaval de los que asistían me dijo que estaba «iterando el producto»; pensé que estaba hablando de un tratamiento dermatológico para aliviar alguna dolencia crónica. Tenía la misma cara compungida que pone mi primo hermano cuando habla de su próstata, por lo que me pareció de mala educación preguntarle a qué se refería. Luego supe que iterar consiste en cambiar cosas hasta que alguien las compre, actividad que los tenderos de mi barrio realizan desde que se pagaba en maravedíes.  Sospeché que este chico y los que le rodeaban tenían una religión propia cuyo único mandamiento es no admitir jamás que algo ha salido mal.

Porque, ya saben ustedes, en el mundo de las startups nada sale mal, las cosas «pivotan». Una empresa que vendía zumos de apio a domicilio y ahora desarrolla software para gestionar flotas de patinetes no ha fracasado, ha pivotado, verbo que suena a Michael Jordan y, con ello, disimula que se fundieron doscientos mil euros de un fondo en apio. Si el pivote tampoco funciona, la empresa entra en «modo supervivencia», que se traduce en que al fundador lo han despachado de Lanzadera y vuelve a casa de sus padres. Si, además, ni siquiera eso la salva, publica en LinkedIn un texto que empieza por «Hoy cierro una etapa» y termina con doscientos comentarios de gente que agradece «el aprendizaje compartido». El aprendizaje es lo único que no cotiza a la baja en este sector. Mas de uno lleva acumulados tres cierres y un divorcio y sigue presentándose como un proactivo «emprendedor en serie».

El vocabulario de las startups, que tiene su gramática, parece abocado a conformarse en inglés cuando la palabra en castellano suena a lo que es. Nadie despide a treinta personas por Zoom, se hace un «downsizing» o se «optimiza la estructura». Nadie cobra tarde, se «alarga el runway», expresión bellísima que compara la empresa con un avión y omite que el avión no tiene motores. Nadie pide dinero, se hace «fundraising» levantando una ronda como si el capital fuera una persiana. Y nadie se lo lleva crudo porque, cuando el fundador vende su parte antes de que el asunto se venga abajo, lo que se hace es «cash out» que suena a casino online: casas con cash out según Relevo por ejemplo.

Luego está la jerarquía del episcopado neoliberal con el «business angel» como figura central. Suele ser un señor con dinero que quiere volver a tener treinta años y pasear con un descapotable bajito y pequeño. Lo intenta a través de otros, cosa que antes se llamaba mecenazgo o padre, según el caso. El «venture capital» es lo mismo con corbata y con un fondo de pensiones de Ontario detrás. El «advisor» es un tipo que va a las reuniones, dice «interesante» varias veces y cobra en acciones. Y luego tenemos al «CTO», que suena a ingeniero de la NASA pero la mayoría de las veces es un amigo que sabe hacer una web en WordPress y al que se le ha prometido el cuatro por ciento de la nada existencial.

Cuando el vocabulario se agota, entran las metáforas animales. Una startup que vale mil millones es un «unicornio», nombre que a nadie le ha parecido sospechoso pese a que el unicornio es, por definición, un bicho que no existe. Si vale diez mil millones es un «decacornio», palabra que pronunciada en voz alta parece un diagnóstico dental. Las que no valen nada son «zombis», y en medio de ese zoológico pastamos los «early adopters», que somos los que pagamos la suscripción cuando la aplicación falla más que la web de Renfe.

Yo, que soy desconfiado de natural, he desarrollado una regla que me sirve para casi todo, y es que cuanto más larga es la palabra, más corto es el runway. Un negocio que va bien se explica en una frase —vendemos esto a estos y ganamos tanto— y un negocio que va mal necesita un «deck» de cuarenta diapositivas donde en la número tres aparece la palabra «ecosistema» y en la número doce alguien ha escrito «disruptor» pensando en el botón que hay que pulsar para encender la campana extractora. Cuando el fundador anuncie que su «producto mínimo viable» ya está en el mercado, pregúntenle qué parte es la mínima y qué parte es la viable, porque no suelen ser la misma.

Todo esto sería inofensivo si el idioma no acabara filtrándose a la vida. Se de un hombre que le pidió a su mujer «alinear expectativas» sobre las vacaciones y que hoy pasa los agostos alargando el runway en casa de sus padres. Conozco a otro que describió el nacimiento de su hijo como «la salida a producción», y a una tercera persona, de cuyo nombre no quiero acordarme, que dejó de fumar y lo contó en LinkedIn como un pivote hacia un modelo de vida más escalable.

Así que cuando alguien les hable de «tracción» o de «hacer growth», sonrían, asientan con la cabeza y pregúntenles cuánto facturan. Si contestan con una cifra, es un negocio. Si contestan con una palabra en inglés, es una startup. Y si contestan que están «en fase de validación», paguen ustedes el café, que ellos todavía no han levantado la ronda.

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