
Alternativa por Alemania ha ganado las elecciones en Sajonia-Anhalt y su líder, Alice Weidel, es lesbiana y está emparejada con una inmigrante. Además, parte de la cúpula de la formación pertenece al colectivo LGTBIQ+. Gran parte del electorado progresista se hace las siguientes preguntas: ¿cómo es posible que sea lesbiana y de derechas? ¿Cómo es posible que parte del colectivo LGTBIQ+ vote a partidos de ultraderecha? A lo que cabría responder: ¿y si una identidad emancipatoria no produjera necesariamente una conciencia política emancipadora?
En su libro Reflexiones sobre la cuestión gay, el filósofo Eribon entiende la homosexualidad como una determinada posición social desde la que se experimentan las relaciones con los demás, con las normas y con uno mismo. El caso de Alice Weidel, la líder de Alternativa por Alemania, es un ejemplo. Weidel no es ajena a este conflicto: ella misma tiene una historia social detrás: una época en la que las relaciones homosexuales estaban estigmatizadas, una lucha por su reconocimiento jurídico y una transformación de las costumbres. La cuestión es que tanto ella como sus votantes no han olvidado su identidad. Lo que han hecho es disputar quién tiene derecho a decir qué significa esa identidad. No aceptan que ser homosexual implique necesariamente una determinada posición política, ni que desde fuera pueda establecerse qué ideas son coherentes con esa experiencia. Ser homosexual significa vivir una determinada posición social, pero también enfrentarse a los discursos que tratan de explicar qué significa ocuparla. Y ahí aparece la disputa: ¿quién decide qué debería pensar alguien a partir de ella?
Hemos decidido de antemano cómo debería comportarse un sujeto emancipado y, cuando la realidad no encaja con esa idea, buscamos una explicación que nos permita conservar esa idea.Hay algo de pensamiento Alicia en esta forma de proceder: damos por hecho que una identidad emancipada debería llevar consigo la conciencia política que creemos que le corresponde y, cuando no es así, convertimos esa diferencia en una anomalía que hay que explicar. Si eres lesbiana, deberías comprender que la ultraderecha amenaza con quitarte tus derechos; si eres trabajador, deberías tener conciencia de clase. Pero olvidamos que, después de cuatro décadas de hegemonía neoliberal, buena parte de la sociedad se relaciona con la política de una forma más individual y aspiracional que colectiva. Ser homosexual puede ser una experiencia social, igual que ser trabajador, pero ninguna de esas experiencias lleva consigo una determinada conciencia política. Para que esas experiencias lleguen a convertirse en una posición política compartida necesitan un relato común, un conflicto que las articule y un «nosotros» alrededor del que reconocerse. La pregunta, entonces, es: ¿por qué suponemos que una identidad lleva necesariamente consigo la conciencia política que creemos que debería corresponderle? Eribon permite plantear el problema desde la experiencia: esa experiencia puede marcar la forma en que una persona se relaciona con el mundo, pero no determina por sí sola cómo interpreta políticamente lo que vive.
Las identidades importan precisamente porque son experiencias sociales, pero no llevan incorporado su significado político. Ese significado se construye en la política y en la forma en que esas experiencias se ponen en común. Y hoy la política también contribuye a definir a los individuos a partir de sus identidades. Podemos discutir los intereses de una lesbiana, de una mujer, de un trabajador o de un inmigrante y pensar que determinadas políticas favorecen más sus condiciones de vida que otras. Lo que no deberíamos hacer es deducir de ahí su conciencia política y llamar después «falsa conciencia» a quien piensa de otra manera. La ultraderecha ha sabido aprovechar esta lógica, que la formulación de Wilhoit ayuda a explicar. Cuando una sociedad cambia sus reglas para proteger a quienes antes estaban discriminados, quienes habían vivido dentro de la norma pueden dejar de ver esos cambios como una conquista. Pueden empezar a percibirlos, simplemente, como una alteración de la normalidad que conocían. Más que una explicación de la extrema derecha, Wilhoit permite entender cómo cambia el significado de una conquista cuando cambia también la experiencia de quienes la viven: lo que para una generación fue una conquista puede convertirse para la siguiente en algo que simplemente forma parte de la normalidad.
Uno de los grandes logros del capitalismo ha consistido en diluir la conciencia de clase. Y con ella, el concepto de «lucha de clases», que apenas se plantea.Ignacio Echevarría señalaba cómo la ideología burguesa se apresuró a desactivar ese concepto vinculándolo precisamente al odio: la lucha de clases implicaba el odio entre clases, y ese odio parecía provenir, sobre todo, de la clase trabajadora. El antagonismo necesita una explicación de aquello que nos ocurre y, sobre todo, de quién tiene la culpa de que nos ocurra. Un trabajador puede dejar de interpretar su situación como el resultado de unas relaciones sociales más amplias y empezar a atribuirla a la llegada de inmigrantes o a la corrupción de la clase política. En cualquier caso, cuando la conciencia de clase deja de ser una experiencia política compartida, otras identidades pueden ocupar ese espacio y ofrecer una forma de interpretar lo que nos ocurre. El capitalismo no ha eliminado la necesidad de pertenecer a un grupo ni de encontrar una explicación para aquello que nos ocurre, sino que ha contribuido a desplazar esos conflictos hacia antagonismos que no cuestionan su propio orden.
Su éxito en esta tarea viene siendo espectacular, sin duda. Pero no cabe pretender que la fuerza identitaria del antagonismo se haya diluido. Weidel presenta la homosexualidad como algo ya normalizado en la sociedad alemana, al mismo tiempo que considera que las políticas de género obedecen a una nueva imposición ideológica. Y entonces ocurre algo todavía más interesante: quienes se han beneficiado de ese cambio pueden llegar a percibir las nuevas demandas emancipatorias no como la continuación de la misma lucha, sino como una amenaza contra el orden que ya consideran normal. Lo que para una generación fue una batalla puede convertirse para la siguiente en una condición de partida, y precisamente por eso puede dejar de reconocerse como una batalla. La ultraderecha ha entendido bien algo que a veces parece olvidar la izquierda: que una identidad no lleva incorporada su interpretación política. No necesita convencer a una lesbiana de que deje de ser lesbiana, ni a un trabajador de que deje de ser trabajador; le basta con ofrecerle otra explicación de lo que significa serlo y, sobre todo, de quién amenaza aquello que considera propio. El problema deja entonces de plantearse en términos de emancipación y pasa a plantearse en términos de defensa: defender una forma de vida que ya se considera conquistada frente a quienes supuestamente quieren transformarla. No hay necesariamente una contradicción en ello. La contradicción está en otro lugar: en olvidar que aquello que hoy puede vivirse con normalidad fue, no hace tanto, objeto de una disputa política.
La operación de la ultraderecha consiste precisamente en aprovechar ese olvido. Acepta determinadas conquistas cuando ya forman parte de la normalidad social y combate el conflicto que podría producir nuevas conquistas. De este modo, puede presentarse como defensora de una libertad que en realidad fue ampliada por movimientos políticos a los que ahora acusa de imponer una ideología. No tiene mucho sentido presentar a Weidel como una lesbiana que vota contra sus propios intereses, como si de su posición social pudiera deducirse una conciencia política determinada. Lo interesante es qué ocurre cuando esa posición social se convierte en experiencia y cómo se interpreta esa experiencia. También quién consigue explicar qué está en juego cuando una sociedad cambia. La ultraderecha puede defender determinadas conquistas sin aceptar las luchas que las hicieron posibles. Cuando esas conquistas ya forman parte de la normalidad, resulta más fácil olvidar de dónde vienen. Una libertad que fue el resultado de una disputa política puede terminar pareciendo algo natural, mientras que las nuevas demandas que pretenden ampliarla aparecen como una amenaza contra esa misma normalidad.








La gente, con perdón, no tiene ni pi.
Eres creyente, ergo eres de derechas.
Eres gay, ergo eres de izquierdas.
Eres del PP, ergo eres fascista.
Eres progresista, ergo eres comunista.
Identitarismos a babor y a estribor y todo lo que le cuelga.
En política avanzaremos cuando nos dejemos de idealidades y nos centremos en condiciones estructurales.
La suma de individuos y de minitribus no hacen pueblo.
Falacia del falso dilema.
No exactamente. La afirmación contiene más bien una posible falsa dicotomía, aunque no necesariamente una falacia formal de falso dilema.
> «En política avanzaremos cuando nos dejemos de idealidades y nos centremos en condiciones estructurales».
Aquí se plantea implícitamente una oposición entre idealidades y condiciones estructurales, como si hubiera que escoger entre unas y otras. Podría ser un falso dilema si se pretende que solo las condiciones estructurales son relevantes y que las ideas, valores, identidades o proyectos políticos no tienen ninguna función.
La segunda afirmación:
> «La suma de individuos y de minitribus no hacen pueblo».
No es, por sí misma, un falso dilema. Es una tesis sobre qué condiciones hacen posible la constitución de un sujeto político colectivo. Podría discutirse por otros motivos: por ejemplo, porque presupone una determinada concepción de pueblo o porque incurre en una falacia de composición si el razonamiento fuera «cada individuo/tribu no constituye un pueblo → su suma tampoco puede constituirlo».
De hecho, para un análisis filosófico más fino yo distinguiría:
Falso dilema: presentar dos alternativas como exhaustivas cuando existen otras.
Falacia de composición: atribuir al conjunto las propiedades —o la ausencia de propiedades— de sus partes.
Reduccionismo estructural: explicar la política fundamentalmente por condiciones estructurales, dejando en segundo plano otros factores.
Petición de principio: si se presupone sin demostrar qué es exactamente un «pueblo».
En conjunto, yo diría que el texto contiene una oposición dicotómica discutible en la primera frase y una posible falacia de composición en la segunda, pero no lo calificaría simplemente de «falacia de falso dilema».
Que sí, que la identidad no tiene que ver con la ideología política de cada cual y que todo es más complejo en esta sociedad neoliberal que nos mezcla, cual coctelera, a tirios y troyanos, tirías y troyanas.
Pero, oye, siendo un poco simplón: ¿es cierto que los homosexuales en la época nazi tenían que llevar un triángulo rosa y que muchos acabaron en campos de concentración, como ocurrió con otras minorías?
¿La castración química en Gran Bretaña, en plenos años cincuenta, como la que sufrió Alan Turing y que podía utilizarse como alternativa a la prisión para hombres condenados por homosexualidad, no justifica al menos una determinada toma de posición política?
¿Y en España qué pasaba con la Ley de Vagos y Maleantes?
Es tentador llevar una teoría razonable hasta el extremo, pero sin que acabe dándose de bruces con la historia, que malbarata la supuesta teoría con sus múltiples ejemplos y contradicciones.
¿Y además, desde cuándo es necesario blanquear a los neofascistas, siempre tan blancos?
Desde este punto de vista, cometes el error de tratar la política como un mero ejercicio de relato o interpretación teórica, pasando por alto que las leyes y los discursos tienen efectos materiales directos sobre la vida y la seguridad de las personas.
Bajo esta lógica, que una persona LGTBIQ+ apoye a la extrema derecha no es una «interpretación alternativa de su identidad», sino un acto directo contra sus propios derechos y los de su comunidad, independientemente de que la persona sea consciente de ello o prefiera priorizar otros factores (como la clase social, la renta o el rechazo a la inmigración).
Exacto. La gente puede creer que ese relato es posible mientras tiene condiciones materiales que sustenten ésa visión. En cuanto ésas condiciones se socavan y desaparecen es cuando aparecen los problemas. Cómo cuando los youtubers andorranos que exigen aeropuertos en Andorra o los europeos defensores del american way of life en USA contraen un cáncer y se quieren volver. Han naturalizado los derechos cuando no lo son. Y también hay que explicar que igual que el nacional socialismo usaba la palabra «socialismo» para atraer trabajadores en una época en la que había millones de afiliados, la extrema derecha actual hace lo propio buscando individuos inmigrantes u homosexuales bastantes despistados para venderles, en su individualismo, ante un electorado que los asimila más fácilmente. Puro marketing.
El problema del individualismo a ultranza es que nunca lo somos, es una ilusión.
Creo que la “homosexualidad” no encaja o es debida a una determinada posición social y sus derivados. Es una cuestión de percepción del cuerpo que sospecho evolutiva, derivada de la construcción de nuestro cuerpo en sus dos partes importantes, aquel de la construcción lisa y llana de los cromosomas (que también se “equivocan” como en el sindrome Down), y la definitiva, la hormonal, que llega a una cierta edad y desde un lugar que, como sabemos pocos sobre ellos, los llamamos “zonas cerebrales”, zonas cerebrales que generan, y zonas cerebrales que reciben. El resto del cuerpo tiene órganos bien precisos e identificables: corazón, riñones, pulmones, etc. etc. Solo el cerebro continúa a ser un misterio con sus zonas. Cromosomas y mensajeros químicos hormonales pueden dar lugar a una metáfora existencial: una casa esta hecha de ladrillos, los cromosomas, y es identificable más que nada por sus puertas y ventanas, así como identificamos el género mediante penes y vaginas. El problema de la construcción está resuelto de antemanos se podría decir sin mayores dificultades. El problema más grave es quién la habitará. Pueden ser tantos y distintos. Espero que adherir a una u otra manifestación política no sea también un problema evolutivo, pero si así fuese como en la imposición del género percibido, se diría que la evolución es “sensata” si se elige la izquierda. Excelente lectura, Estimado. Muchas gracias.
Habláis del homosexual como una masa informe. Esto va de arriba y abajo. La señora de la afd , por muy lesbiana que sea, algo que no ha elegido aunque si a su pareja, no se siente identificada con lo que el autor llama mundo homosexual. De la misma manera que su mujer no se ve a si misma como inmigrante, no al menos como ve ella al resto de inmigrantes. Igual que los inmigrantes que votaron a trump no se ven como el resto. Se llama comportamiento humano y el humano es así. Coco lo explicaba muy bien.
Pues si hay mujeres que quieren que el derecho al voto pertenezca solamente al hombre casado.
Y cubanos con la abuela ilegal que votaron por Trump y ahora lloran porque la han deportado.
Si ganan, siempre nos quedará el consuelo de la justicia poética.
Si me apresan por rojo o woke o como nos llamen en la futura dictadura fascista, si comparto celda con un homosexual que votó por los nazis que ahora nos torturan, al menos pensaré que siempre fui coherente y no aupé a mis verdugos como el tonto a mi lado.
Qué buenas pajas os echáis los que os aburrís.
Bravo, Gringo. Coherente en todos los sentidos. De acuerdo en todo.
Esos comentarios bordean la homofobia. Homosexual que vota nazis… … tonto…
Hombre, si eres rojo, no eres woke. Como mucho serás un progre.
¿Pero la homo sexualidad no era una perversión burguesa?
El corazón de una lesbiana fascista es un océano lleno de secretos.