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La epopeya del segundo premio

La epopeya del segundo premio
Un antiguo mapa de origen francés con título Le Paraguay, le Chili, la Terre et les Îles Magellaniques que muestra el Cono Sur en 1656. Imagen: British Library (CC).

Mas en aquella noche, postrera de su mal parto, se tornó tan cana e blanca su cabeza, que los cabellos que parecían muy fino oro se tornaron de color de fina plata.

(Gonzalo Fernández de Oviedo, Historia general y natural de las Indias, libro VI, capítulo XXXIV)

Estamos acostumbrados a ver la conquista de América como una gran carrera por el oro. Pero los que colonizaron los territorios al sur de América del Sur tuvieron que conformarse con una promesa de plata. Su historia fue narrada en prosas y versos desde mediados del siglo XVI. Son varias las crónicas de ese periodo que se ocupan del Perú, incluso de su pasado prehispánico, de Bolivia y Chile. Son menos, en cambio, los relatos sobre la llegada de los navegantes europeos a lo que fueron más tarde Argentina, Uruguay y Paraguay. Y en el centro de su trama compleja aparece el empeño por ese segundo premio en la carrera de la conquista. Cuentan la historia de hombres que se desvían de su camino por el repentino afán de encontrar una vasta riqueza argentífera en estas tierras ásperas. Una esperanza surgida de relatos inciertos, pero se arrojan a ella decididos: «corriendo ciegos… seguros de lograrla», como dice escéptico un marinero andaluz en El tesoro del Rey Blanco, la novela de Roberto J. Payró.

Las primeras referencias a la zona rioplatense provienen de los Naufragios, la Relación de Álvar Núñez Cabeza de Vaca (puntualmente, en la edición aumentada de 1555), y de las Historias verdaderas, el apretado informe que Ulrico Schmidl mandó a encuadernar en 1554, publicado décadas más tarde. En cuanto al nombre, Argentina, aparece por primera vez en el poema épico del archidiácono Martín del Barco Centenera: Argentina y Conquista del Río de la Plata: con otros acaecimientos de los reynos del Perú, Tucumán, y estado del Brasil.

Diez años después, el nombre vuelve en los Anales de Ruy Díaz de Guzmán: La Argentina manuscrita. El poema de Barco Centenera fue recobrado en el siglo XIX, en Buenos Aires, y aquí se reeditó varias veces, la última, en 1998. Pesaba sobre él un juicio un poco ingrato: un «romance de calidad dudosa» que «carece de nobleza y elegancia», según Thomas Whigham, de la Universidad de Georgia. Sin embargo, la edición crítica de Javier de Navascués y Eugenia Ortiz Gambetta (Madrid, 2021) permite una lectura más ecuánime de esta obra: la primera y única epopeya renacentista rioplatense.

El río Argento

Si está glorioso el Ebro por Orfeo
y el Arno muy dichoso por Petrarca,
¿qué gloria quien en este barco embarca
dará al famoso Argento y qué trofeo?
Barco, propicio Júpiter os veo,
guía Neptuno al puerto vuestra barca,
tal que a mal grado invidia, de honor parca,
cubrís la frente con laurel febeo.

(Joan de Zumárraga Ybarguren en Loor del autor [del Barco Centenera] y su obra)

Con Argentina, Barco Centenera se refería a la enorme extensión que enmarca al Río de la Plata, porque originalmente era el río el que se consideraba llave de ingreso a una montaña de metal precioso. En una nota, en el canto primero de su poema, el archidiácono alude a la malograda expedición de Juan Díaz de Solís como fuente de esta versión. Aunque incluye algunas inexactitudes (está escribiendo sobre hechos ocurridos más de medio siglo atrás, sobre los cuales no disponía de documentación escrita), cuenta que a Solís, el primero en adentrarse en sus aguas, «subiendo y atravesando un riachuelo, le mataron los indios a traición». También señala que llegó a llamarlo «Río de la Plata, porque al tiempo que le descubrió, halló en él indios con planchas y corona de plata». Ruy Díaz de Guzmán, en su relato, da una información similar, a la que agrega provisión de oro: «Es cosa cierta haber en aquella tierra oro y plata, por lo que han visto algunos portugueses que han estado entre estos indios y por lo que se ha descubierto de minerales en aquel mismo tiempo».

En su nota, Barco Centenera no aclara que la noticia sobre minas de plata no provenía del propio Solís, sino de algunos sobrevivientes de su expedición, quienes, tras la muerte violenta del jefe, habían logrado llegar a Santa Catalina, en Brasil. Los pobladores locales les hablaron de una montaña de plata en las lejanas comarcas de un Rey Blanco. Y diez años más tarde, cuando la expedición de Sebastián Caboto se detuvo en Santa Catalina, los europeos que seguían ahí varados transmitieron la leyenda. Lo sabemos por una carta que Luis Ramírez, tripulante de Caboto, escribió a su padre en 1528 desde el Río de la Plata. Menciona al Rey Blanco, a la sierra fabulosa y a los que se aventuraron tras ella, quienes —si bien aún no habían encontrado las famosas minas— «habían tenido plática con unos Yndios comarcanos á la sierra é que traían en las cabezas unas coronas de plata é unas planchas de oro colgadas de los pescuezos é orejas, é ceñidas por cintos».

Caboto, comisionado por Carlos I para llegar a las islas Molucas, prefirió ir tras el tesoro argentino. Él y sus hombres remontaron los dos grandes cauces que desembocan en el Río de la Plata, el Paraná («que se llama el Río de la Traición», explica Barco Centenera, porque a Solís «le mataron los indios a traición en aquel río») y el Uruguay. También varios de sus afluentes. Pero los españoles no encontraron metales preciosos, salvo algunas pocas piedras con las que se adornaban los pobladores locales, y, en cambio, padecieron una hambruna demencial. Ese también fue el fin y el signo de las expediciones que siguieron en los años treinta y cuarenta del siglo XVI.

Hambre de gloria

Es hambre enfermedad la más rabiosa
que puede imaginar ningún cristiano;
la mano está temblando temerosa,
no quisiera de tal ser escribano.

(Martín del Barco Centenera, Argentina…, canto cuarto)

La descripción que hace Barco Centenera del hambre que azotó a los que llegaron a las costas rioplatenses al mando de Pedro de Mendoza, en 1536, es en muchos sentidos notable. El archidiácono empieza diciendo cómo le cuesta escribir, pero pasa de inmediato a contar acerca del padre y el hijo que luchan entre sí por una ración de comida. Relata el «hecho horrendo, lacrimoso» de los hermanos: uno muerto de hambre, el otro saciándose de su carne y encubriendo el cadáver para no convidar. Y se detiene en el caso de la bella dama que se prostituye por una cabeza de pescado, ya en un tono más humorístico, no exento de moraleja aleccionadora.

Todo esto forma parte de su relato del pasado, y sin embargo, cuando Barco Centenera llega al río argentino, en 1573, la hambruna y el temor (fundado) a la reacción violenta de los habitantes del suelo americano siguen siendo el tema principal. Al narrar su propia experiencia, Centenera se pone a cierta distancia de los episodios de antropofagia, pero sí admite que todo animal, por repugnante que pareciera, a «la gran hambre prestaba salmorejo». Refugiada su expedición en la isla Martín García, y luego más al norte, en la confluencia del Río de la Plata con el Uruguay, el archidiácono logra embarcarse hacia Asunción del Paraguay, en 1575. De allí se irá poco después, enemistado con el gobernador Diego de Mendieta. Acompañará a Juan de Garay en casi todas sus campañas e incluso, en 1580, integrará la expedición de la fundación definitiva de Buenos Aires.

Para entonces han pasado más de sesenta años de la primera noticia, y las famosas fuentes argentíferas no han aparecido en la cuenca del Plata. Solo encuentran corrientes embravecidas y orillas en las que se oculta una furia agazapada. La riqueza quedaba demasiado lejos. La leyenda de una montaña plateada que había circulado en Santa Catalina debía aludir, muy probablemente, a Potosí, en Bolivia, y acceder a ella por el sur se había mostrado una y otra vez impracticable. En una entrevista reciente, Silvia Tieffenberg, de la Universidad de Buenos Aires, responsable de la edición de 1998 del poema Argentina, explica que «en el Río de la Plata, a mediados del siglo XVI ya se dan cuenta de que no hay plata ni oro; y sin embargo siguen». Porque América —subraya la investigadora— «se construye también como deseo».

Un destino sudamericano

De los primeros años de Barco Centenera en suelo americano no se conocen grandes empresas; se cree que, al principio, con modesto manejo de lenguas nativas, catequizó a los lugareños. Hay quienes expresaron desconfianza sobre las habilidades lingüísticas del archidiácono. Sin embargo, Navascués y Ortiz Gambetta, en su introducción al poema, sostienen que debió llegar a tener bastante más que un repertorio lexical, adquirido con ayuda de «los conocimientos de algún clérigo más baqueano en el terreno cultural». En el canto decimocuarto de su epopeya, él se jacta de comprender lo que vocifera un grupo de charrúas que sale al encuentro de Juan de Garay y sus hombres: «Más cosas les oí por mis oídos, que un poco de su lengua ya entendía». El enemigo «bárbaro», que «de seso no está falto», provoca así al grupo de españoles y criollos:

¡Estamos de esperaros ya cansados,
que ha días que tenemos entendido
que sois hombres valientes y esforzados!
¡Agora será el caso conocido!
¡Salid los más valientes y esforzados,
riñendo uno con otro este partido!
¡Salid, que tardar tanto es cobardía,
veremos vuestro esfuerzo y osadía!

Con solo matar veinte de vosotros,
pues sois de tanta fama y nombradía,
la vida por bien dada de nosotros
ternemos todos juntos este día.
¿Podéis ser más valientes que los otros,
cuyo valor poco ha fenecía?
¡Salid a los vengar, acobardados,
cornudos, mujeriles y apocados!

Lo picante de los epítetos debía provenir más bien del acervo ficcional del poeta extremeño que de su sensibilidad para las lenguas locales. Pero, en todo caso, su relato revela que el mestizaje cultural era por entonces más que una aspiración perentoria. De hecho, a poco de presenciar aquel enfrentamiento, Barco Centenera fue nombrado secretario del importantísimo Tercer Concilio Limense, que propuso publicar los catecismos en quechua, aymara y guaraní, y estableció niveles en la didáctica, empezando por un catecismo Breve para rudos y ocupados. También, la obligación de que no mediaran intérpretes en la confesión de los indígenas. En su edición crítica de las actas, El tercer Concilio Límense y la aculturación de los indígenas sudamericanos (Salamanca, 1990), Francisco Lisi sugiere que el dominio de los idiomas nativos era «un dispositivo de evangelización», pero de esto también se puede inferir que era ya una realidad entre los clérigos.

La buena racha de Barco Centenera con el arzobispado de Lima no duró demasiado: lo echaron a raíz de una disputa interna. Nombrado comisario del Santo Oficio, se dirigió a Cochabamba. Su salida de allí fue más escandalosa. Según documenta José Toribio Medina en su Historia del Tribunal de la Inquisición de Lima 1569-1820 (Santiago de Chile, 1956), «se le probó haber sustentado bandos en la villa de Oropesa y valle de Cochabamba, a cuyos vecinos trataba de judíos y moros, vengándose de los que se hallaban mal con él». También figura que se emborrachaba en los banquetes «abrazándose con las botas de vino». Se lo acusa además «de ser delincuente en palabra y hechos, refiriendo públicamente las aventuras amorosas que había tenido; que había sido público mercader, y por último, que vivía en malas relaciones con una mujer casada, etcétera».

Multado e inhabilitado para ejercer cargos en el Santo Oficio, regresó a Asunción. En los años noventa del siglo XVI bregó por la designación de Buenos Aires como segunda capital, dada la extensión incómoda —para la labor diocesana, y también política— de la gobernación del Paraguay. Fue nombrado procurador del cabildo de la ciudad rioplatense, pero regresó a España. Whigham, en sus notas críticas a la Argentina, habla de Barco Centenera como «un hombre ambicioso», pero la suya parece haber sido una ambición literaria. Su destino sudamericano no se aferraba al caos administrativo y militar de este rincón de la colonia, sino al orden silábico de su historia rimada. En Lisboa, bajo la protección de Cristóbal de Mora, virrey de Portugal, terminó de dar forma a su poema, en el que había estado trabajando durante al menos quince años, y que publicó poco antes de morir. Con él daba nombre a un país y a sus habitantes.

A contramano del género

Tal vez más fortuita que premeditadamente,
el arcediano introduce en su epopeya la ironía, lo grotesco y satírico (…).
Esta particularidad ha sido apenas mencionada por algunos críticos,
aunque dentro del sistema argentino ha sido señalado como inaugurador
del discurso humorístico de la literatura regional.

(J. de Navascués y E. Ortiz Gambetta, «Ensayo preliminar» al poema Argentina, Madrid, 2021)

Desde el punto de vista de su clasificación genérica, la Argentina es un poema épico, con fuerte conciencia cronística, falto de figura heroica central y, de a ratos, errático en su plan. La Real Academia de la Historia ha reivindicado su valor documental, aun en tramos que se creían productos de la fantasía. En los estudios tradicionales sobre la literatura del siglo XVI hubo una tendencia a menospreciar la epopeya de Barco Centenera, en gran medida por comparación con su vecina La Araucana (publicada entre 1569 y 1589). Sin embargo, aunque sigue a Alonso de Ercilla en varios aspectos formales, la apuesta de la Argentina es diferente y en parte original. Esto resulta del análisis de los autores de la más reciente edición crítica del poema. Ellos observan que el archidiácono elige la épica no solo por ser «el discurso cultural más sofisticado de la primera modernidad», sino también porque es el género que garantiza mayor circulación y menor censura.

Sostienen, contrariamente a lo que otros han sugerido, que en el poema del autor extremeño se retoma la huella de los clásicos. De Virgilio —que trae el tema literario de la fundación de una ciudad por orden divina—, Lucano, modelo de una épica del fracaso, y Juan de Mena, de quien Barco Centenera toma rimas y citas. También, dicen, se nutre de las epopeyas cultas de Luigi Pulci, Mateo Boyardo, Ludovico Ariosto y Torcuato Tasso, cuya Jerusalén liberada «daba a la conquista un modelo de gesta cristiana». Por otra parte, en cuanto al uso de anécdotas, los editores incluyen a la Argentina en la tradición de las facecias. Chistes que circulan desde la antigüedad junto con las fábulas, y que florecieron entre grandes humanistas del Cinquecento: Lorenzo Valla, Giovanni Pontano y Poggio Bracciolini, que había sido traducido al castellano ya en 1489.

Porque la originalidad de la Argentina no está en su épica del infortunio, ni en la cuidada elaboración testimonial, ni en su profusa inclusión de historias maravillosas, como la de los perros que se suicidan en el pantano de Tomahavi (Tomave, Potosí), sino en su empleo estratégico del recurso humorístico. En esto, el poema subraya su distancia respecto de la épica clásica. En efecto, señalan Navascués y Ortiz Gambetta, la de Barco Centenera es una antiépica, paródica, deformadora. Lo es en parte por «propensión del género a su propia inversión»: como una imposibilidad o fractura que deriva de la «complejidad poética de la épica americana».

Pero, a la par de esta imposibilidad algo abstracta, la Argentina se vuelve antiépica en la medida en que su humor se alza contra la función encomiástica típica del género. La suya es una epopeya en la que, mezclando elementos serios y burlescos, se critica a los adelantados y altos funcionarios coloniales con «el mismo nivel de dureza» con los que se habla del «bárbaro» y de la «canalla argentina» (así se denomina a los criollos que protagonizaron la célebre sublevación de los Siete Jefes, en Santa Fe). La sátira y la ironía al servicio de una «representación desenmascarada de la empresa conquistadora».

En la dedicatoria al marqués de Mora, Barco Centenera explica que su libro lleva el nombre de Argentina por «el subjecto principal que es el Río de la Plata». Y en los primeros versos retoma una fórmula típica, ya presente en Homero, en la que el poeta declara su propósito de que no se pierda la memoria de grandes obras del pasado. El archidiácono lo hace, pero no dirigiéndose al lector, sino a su obra:

No temas, Argentina, ya de vella
subjecta al infeliz y crudo olvido,
mas antes reluciendo como estrella.

Aunque el título es claro —«El autor a su obra»—, la segunda persona de estos versos es sigilosamente doble: la que no debe temer el olvido es la epopeya, pero lo es también la tierra rioplatense. Por más que Barco Centenera prometió una segunda parte sobre «el argentino reino» —que no llegó a escribir—, con «hazañosas batallas» y «noticias espantosas», es claro que, en este último sentido, su propósito se puede considerar más que cumplido. Buen momento, entonces, para subrayar el otro sentido y volver a poner en balanza los méritos del poema fabuloso: la epopeya de los que vinieron por el segundo premio.

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