Sociedad

Lugares poco comunes. No me levanto yo

Lugares poco comunes
Apunte de astronomía del que no se conocen detalles, por Ramón de la Mar (1880-1960), abuelo del autor.

A la doctora Prieto, por su conversar

El mundo, antes en penumbra, con tantos logros del progreso, resulta como iluminado. Verificamos teoremas, encontramos concomitancias, descubrimos elementos que crean como de la nada la materia; casi que iluminamos ya todos los resquicios de la existencia. Qué absurdo que san Cucufato velara finalmente por nuestro padrino porque este muriera el día de su onomástica y le hubiera tenido especial devoción.

El periodista, el ensayista, hace gala de difundir esa luz que nos alegra. Su columna va relacionando obras, fechas, lugares, personas, antes aparentemente lejanas o inconexas. No pondré ejemplo por no incordiar.

¿De este modo su texto adquiere luz o solo adorno? ¿Busca estructuras, sistemas? ¿Se busca así reconocer movimientos sociales amplios, definirlos, entender las causas de los hechos o las obras? ¿La crítica de lo establecido, la denuncia de lo injustamente tolerado o ignorado?

Un autor puede tener interés en un tema. Y profundizar.

Hoy puede que crea buscar ese asunto de su interés cuando en realidad se lo está poniendo delante la máquina, como cuando te salen bañadores Jansen (uhm, Jansen) después de ver los goles de tu equipo. ¿Así el foco humano quizá se reduce?

Parece claro que lo hace cuando consumimos la cultura en función de lo que hemos dicho que nos gusta en cada clic, en nuestra huella cibernética.

Todos los años, el 9 de noviembre, un personaje inventado por Cecilia en su famosa canción anticursi recibía un ramo de flores. El 9 de noviembre de 1940, acabada ya la guerra, Julián Zugazagoitia fue fusilado en Madrid tras ser apresado por la Gestapo en París.

Zugazagoitia fue un político bilbaíno, periodista y escritor del PSOE cuya honestidad asombra a nada que uno lea sobre él.

Txema Oleaga se hizo eco del aniversario de tal crimen el 7 de noviembre de 2023 en un precioso texto de El Correo que titulaba «Un ramo de rosas para Zuga» y mencionaba la canción del famoso «Un ramito de violetas». Lo leí con especial emoción.

Cecilia fue descubierta o lanzada o apoyada por Joaquín Díaz, importante folclorista y gran influencia en la cultura española. Incluso se le llegó a declarar con un resultado cucurbitáceo en forma de canción, «Amor de medianoche». Yo tuve el honor de escribir tres artículos que publicó Joaquín Díaz en Revista de Folklore, la publicación que dirige desde 1980. He escrito poco y empecé escribiendo crónicas de discos de músicos de los que sabía muy poco. Tardé en publicar otros tres artículos en el fanzine Mondo Brutto, pero si no hubiera conocido este fanzine dudo si hubiera escrito estos textos ni ningún otro.

El 9 de noviembre de 2023 Una vida anónima entró en imprenta, lo reseña solemne la editora. Sí, en la reedición de una novela de Zuga, el editor del libro me dio la oportunidad de escribir sobre el autor de la novela. En ese articulito de ciencia ficción explico que Zuga dedicó gran esfuerzo desde su responsabilidad en el gobierno de la República a sacar gente de la cárcel, como su paisano Sánchez Mazas, famoso autor del régimen de Franco y no por ello exento de mérito, de todo lo cual Javier Cercas sabe más que yo. Si no hubiera sido así, no hubiera nacido Chicho Sánchez Ferlosio, autor de canciones que conocí por Juan Manuel Costa, y su figura por una entrevista de Mondo Brutto. Hermano de Rafael Sánchez Ferlosio, cuya novela El Jarama marca un hito en la literatura española pero que, en mi opinión, es un hitito si lo comparamos con canciones como «Hoy no me levanto yo» o «El ser», a la que acudí interesado por Heidegger.

Las casualidades iluminan el mundo. Podía no haberlas. ¿Pero hoy no es una luz como la de las noches de las ciudades? Lechosa hasta competir con la Vía Láctea. Zuga fue un héroe, un santo. Pero mi escrito lo tramé relacionado con mi abuelo por otra casualidad. Me propusieron que escribiera sobre el escritor socialista, sí. Resulta que fue él quien publicó un artículo antibelicista firmado por Ramón de la Mar Urrutia en el periódico El Socialista que dirigía. 1932. Mi abuelo colaboró en El Liberal de Prieto, pero hay un momento en que manifiesta con el ministro de Interior de la República una severa y pública discrepancia, hasta casi la enemistad. No era momento de cafecitos en El Lion D’Or de la Gran Vía.

La presentación solemne del libro tenía como protagonista principal al presidente de la fundación creada en torno a Indalecio Prieto. Las posibilidades de que el tema de la discrepancia mencionada ensombreciera la fiesta del libro eran grandes. Ahí acabó mi aportación a la edición de Una vida anónima.

Hoy vamos de evento en evento, de aniversario en aniversario. Todo cuadra. Nos recreamos en la serendipia que vale para hacer santo a alguien si se le quema el pajar el día de san Isidro.

No es lo nuestro de hoy aquella gracia especial de los católicos. La serendipia (incorporada al DRAE en 2014) es un encuentro casual y la casualidad, lo queramos o no, brilla por su ausencia en nuestros hallazgos intelectuales, sociales, me temo.

Hoy investigamos para confirmar nuestras posturas y todo adorno es poco. Hay una especie de sentimiento de prodigio. ¡Peligro! Buscar el lugar poco común que dé valor a nuestras palabras. No nos deslumbre, por favor, esta luz lechosa de la serendipia que a veces es mero tecleo, si no una pura ecuación de enésimo grado al servicio del mercado. Es como una estética del prodigio, de las coincidencias, que nos dejan boquiabiertos, suspendido el juicio, tan supersticiosos como cuando pedíamos que llevaran a los altares al padrino adorador de san Cucufato.

Yo no hubiera sabido fácilmente que Zuga salvó a Sánchez Mazas hace veinte años. Busqué en 2023 porque ya podía. Y ni buscar casi. Ni que el artículo de mi abuelo lo publicó él. Tampoco hubiera tenido tan presente la fecha de su muerte casualmente glosada por Cecilia. Se supone que casualmente. Qué lejos quedan Pla, Cunqueiro, Unamuno, que leían cosas imposibles en épocas de escasa cultura, que acudían a su librería de confianza a devorar las palabras de otros autores para encender su imaginación y la nuestra. Y nos dejaban de paso noticias de su barrio, de su ciudad, de su familia.

Cuando hice una reseña de un disco de Smokey Robinson no tenía apenas más datos que los créditos (hoy menguantes) del CD. Había oído que jugó a basket; lo puse y nadie me lo desmintió.

Ahora es otra cosa. Mucho adorno y pocas nueces. Siempre acabamos así. Diciendo «ahora es otra cosa». Y luego que si no leen, que si la abuela fuma.

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