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La tentación filosófica: ¿por qué seguimos pensando en problemas que no se pueden resolver?

El filósofo en meditación, de Rembrandt (1632). filosófica
El filósofo en meditación, de Rembrandt (1632).

Tres filósofos griegos —Critolao, Diógenes de Babilonia y Carnéades— fueron a Roma para solicitar el indulto o la reducción de una multa impuesta a Atenas. La terna argumentó con tanta elocuencia, despertó tal fascinación en sus interlocutores, que se les pidió que se quedaran. Así lo hicieron y, durante los siguientes días, se dedicaron a mostrar sus habilidades filosóficas al gran público. En un momento dado, Carnéades, el escéptico, argumentó con suma convicción a favor de la justicia. Al poco, mantuvo el mismo nivel de persuasión, pero a favor de la injusticia. Alarmado por los peligros de su palabrería, Catón el Censor mandó expulsarlos a los tres. La tentación de sus discursos se consideró una amenaza para el buen funcionamiento de la sociedad.

Hay distintas versiones de la historia, pero todas confluyen en un mismo punto: las palabras no son inocentes. Determinan la vida de las personas; inicialmente, en relación con lo que piensan; luego, por cómo actúan. En el uso del lenguaje, cuando intervienen ciertos conceptos universales como belleza, bien, mal, correcto, justicia, identidad personal, ser, nada, dios, alma o verdad, entonces hablamos de filosofía. Por supuesto, esta es una simplificación pedagógica, pues esa actividad lingüística no se ciñe al uso de ciertas palabras, sino que incluye también cierta actitud del hablante.

El filósofo profesional es el malabarista de la retórica. Aquel que es capaz de argumentar con la mayor solvencia posible para convencer de algo sirviéndose, en última instancia, de sus propias palabras. En ocasiones recurre a los datos brindados por una u otra teoría científica, y hasta por la experiencia y las intuiciones cotidianas. Sin embargo, a no ser que abandone el terreno de su cosecha para hacer, por ejemplo, ciencia, jamás podrá aportar a favor de sus preferencias filosóficas nada más que argumentos conceptuales. Estos son su condición de posibilidad y su límite, el yunque y el martillo de su empresa.

Como bien sabían Carnéades y compañía, la consecuencia de este hecho salta a la vista: cualquier convicción filosófica puede ser defendida con la suficiente pericia argumentativa. Siempre hay espacio para la tesis y para la antítesis.

No así con el juego lingüístico de las distintas ciencias (algunas de las cuales, antaño, no fueron más que enredos filosóficos), que han establecido la prueba experimental y la coherencia matemática como piedra de toque de su tarea. La elección no responde al azar, a la vista de que, en efecto, no hay nada más persuasivo para los humanos que aquello que perciben por sí mismos. ¿Qué mayor prueba para comprobar si tengo un reloj en el bolsillo que meter la mano en él? A favor de la teoría de la relatividad, ¿qué más se puede pedir que el exitoso sistema GPS que empleamos a diario?

El discurso científico también está asentado sobre la arena lingüística, claro está, pero la formulación de sus normas se esfuerza por impedir la discrepancia al remitir a un campo de percepción compartido. Esto es, la experiencia. En cambio, la filosofía se define por su apertura lingüística sin limitaciones, de tal manera que, por ejemplo, el extravagante mundo descrito por la física cuántica puede ser interpretado filosóficamente de mil maneras. Otro ejemplo es el experimento de Libet, que unos toman como prueba de la inexistencia del libre albedrío y otros no (el mismo Benjamin Libet se adhirió al bando filosófico que cree, a pesar de su propio experimento, en la libertad humana).

La gresca filosófica responde a la plasticidad del lenguaje y a su necesaria ambigüedad. Textos como los de Hegel o la misma Biblia se prestan a ser interpretados de las formas más variopintas de acuerdo con la creatividad del lector. Cada lectura particular se mueve al son de los grandes conceptos filosóficos como una veleta azotada por vientos provenientes de distintas direcciones.

Tal vez las cuestiones filosóficas puedan pegar un giro de ciento ochenta grados. Desbrozando la maleza se llegaría a un lugar de diálogo limpio o, fantaseemos, incluso a un consenso amplio. ¿Cómo? Extirpando de la práctica lingüística el uso de conceptos como belleza, justo, bueno o dios como si estuvieran amparados por una fuerza oculta que el otro interlocutor es incapaz de otear. En su lugar, se podría plantear el debate como un contraste entre distintas voluntades. «¿Qué es lo correcto?» o «¿Qué es lo justo?» mudarían en algo más honesto, en lo verdaderamente importante: «¿Cómo te gustaría que fueran las cosas?».

La superación de la tentación filosófica pasa por ignorar problemas que nunca se resolverán, simple y llanamente, porque —como ya ha denunciado una pila de pensadores— no hay nada que resolver. No hay ninguna percepción interpersonal lo suficientemente persuasiva que nos convenza mayoritariamente de que dios existe o no, de que lo bueno es esto y lo malo aquello.

La paradoja señalada por Kant o Wittgenstein, no obstante, se presenta enseguida: la pretensión de superar los problemas filosóficos es ella misma filosófica. Es un bucle: no se puede hablar de filosofía sin hacerla, igual que uno no puede ser bañado por el Atlántico sin mojarse. Todos los humanos somos filósofos. Estamos condenados a serlo en la medida en que poseemos, querámoslo o no, sea explícito o no, un código de conducta, unas convicciones políticas, una apreciación de la belleza, una postura sobre la existencia del mundo, de nosotros mismos, de dios o de los dioses.

Los humanos somos, en tanto humanos, seres tentados por los cantos de sirena de la filosofía. Esta es nuestra condena a la discrepancia y, de forma subsidiaria, a la ignorancia. Sabemos que el discurso tecnocientífico funciona, pero no podemos asegurar que ello nos aporte ningún conocimiento del mundo, ninguna verdad en mayúscula. Ello exigiría salirse del marco científico para hacer, precisamente, filosofía. Ni sabemos que no sabemos nada. Ni siquiera que yo existo ni que no existo. Que sea libre o no. Inmortal o no. En fin, pues, ¿qué es todo esto? No otra cosa que una locura.

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