Sociedad

¿En qué momento se jodieron los Estados Unidos? (y 2)

Toward Los Angeles, California (1937), de Dorothea Lange. (DP) Estados Unidos
Toward Los Angeles, California (1937), de Dorothea Lange. (DP) Estados Unidos

Viene de «¿En qué momento se jodieron los Estados Unidos? (1)»

Hollywood tampoco esperaba a los hippies

Si la literatura estadounidense llevaba décadas haciendo exactamente aquello que hoy algunos atribuyen a la izquierda cultural, esto es, mirar debajo de la alfombra, una de las más gigantescas palancas del soft power estadounidense, Hollywood, estaba haciendo también su parte. Solo hay que pensar en el muy popular género de gánsteres de los años treinta para percatarse de que pocos retratos parecen más alejados de lo que entendemos como una sociedad plácida. Cintas como El enemigo público, Hampa dorada o Scarface construyeron un universo en el que el dinero, la violencia, la corrupción y el ascenso social estaban estrechamente relacionados. Y todavía estaba por llegar el cine negro.

Perdición, Retorno al pasado, La jungla de asfalto, El cartero siempre llama dos veces… La Norteamérica cinematográfica de los cuarenta y cincuenta podía fabricar coches enormes y electrodomésticos maravillosos, pero también sabía que debajo de la respetabilidad anidaba una buena cantidad de mujeres atrapadas, hombres derrotados, policías corruptos, empresarios sin escrúpulos, ciudades hostiles… y cadáveres. Y lo hacía, además, bajo el código Hays, que restringía severamente la representación cinematográfica de la sexualidad, las relaciones interraciales, la homosexualidad y otros comportamientos considerados inmorales.

Que la censura no eliminase las contradicciones sociales, sino que obligase a los cineastas a insinuarlas hacía especialmente interesante aquel cine. Que este no solo existiese, sino que resultase enormemente popular prueba que lo que allí se exponía era un secreto a voces. Pocas películas trataron tan pronto y con tanta crudeza la distancia entre esta imagen autosatisfecha que la triunfante nación proyectaba de sí misma en el momento, aparentemente, de mayor prosperidad y orgullo nacional y lo que permanecía sordamente en el fondo del espejo como Los mejores años de nuestra vida. La cinta, que establece prácticamente el modelo de un género que resultará especialmente prolijo tras la guerra de Vietnam, el del regreso del soldado que no consigue reinsertarse en un lugar al que ya no pertenece y que tampoco sabe muy bien qué hacer con él —pensemos, por ejemplo, en la secuencia de Taxi Driver en la que Travis Bickle busca un trabajo que le deje poco tiempo para pensar— no solo fue una de las primeras en presentar de forma abierta y realista, aunque en 1946 no existiese el término médico actual, el trastorno de estrés postraumático, sino que abordaba de manera revolucionaria para su tiempo el trauma de la reincorporación a la vida civil de quienes, intentando superar sus secuelas físicas y psicológicas, descubren que sus galones y medallas no tienen ningún valor práctico; que ese país que proclama que el individuo merece todo por haber servido a la nación simultáneamente puede tratarlo como una pieza perfectamente sustituible; que la igualación social que la guerra había operado sobre personajes de orígenes tan distintos llega a su fin cuando la paz vuelve a restaurar la sociedad jerárquica.

La inminente creación del Comité de Actividades Antiestadounidenses hará que películas con este tipo de críticas sociales sean vigiladas de cerca por él por considerarse «propaganda izquierdista», lo que no evitaría que esta en particular funcionase casi como una premonición del conflicto que la nación experimentará en las décadas siguientes entre comunidad y competencia, solidaridad y mercado, sacrificio colectivo e individualismo, ni que el cine de posguerra estuviese lleno de personajes que desean escapar de la vida que se supone que deberían desear.

En definitiva, no hacía falta Cowboy de medianoche para descubrir que el sueño americano tenía un sótano ni El graduado para sospechar que la familia, el suburbio y la respetabilidad podían resultar asfixiantes. Todo eso estaba allí.

La familia suburbana perfecta

Durante las décadas de 1950 y 1960, la televisión estadounidense experimentó una «época dorada» de comedias de situación (sitcoms) familiares que proyectaban una versión idílica de los Estados Unidos. Series como Father Knows Best, Leave It to Beaver o The Donna Reed Show, que mostraban la vida de familias perfectas en suburbios perfectos, o producciones como The Andy Griffith Show, que se encargaban de transmitir una visión reconfortante de la vida rural, donde la comunidad permanecía unida, los malos nunca lo eran tanto (o venían de Rusia) y los valores morales prevalecían, estaban llamadas a reforzar la estabilidad económica y la armonía familiar. Incluso los programas con elementos fantásticos, como la internacionalmente conocida Hechizada, adaptaron el modelo a sus tramas, omitiendo los conflictos sociales, raciales y políticos.

Esa resistente fotografía, la de la familia blanca en una casa unifamiliar, con jardín, automóvil en la puerta, padre que vuelve del trabajo, madre que espera en casa, niños jugando y una iglesia al fondo, es una imagen real que debe mucho a la televisión. Lo que resultaba falso, sin embargo, es convertir esa imagen —no exenta, como dirá Carol Oates refiriéndose a los protagonistas de Revolutionary Road, de personajes a la deriva en «un mundo triste, gris y mortal»— en la imagen del país. Y no porque la prosperidad suburbana no fuese uno de los grandes productos sociales de la posguerra, sino porque no fue igualmente accesible para todos. Si analizamos las bases de este crecimiento, pronto veremos que las políticas públicas de vivienda, los mecanismos financieros y las prácticas inmobiliarias contribuyeron durante décadas a una segregación residencial que afectó especialmente a la población negra. El Smithsonian conserva, por ejemplo, documentación de restrictive covenants que impedían vender determinadas viviendas a personas que no pertenecieran a la «white Caucasian Race», y mientras en condados sureños como Clarendon County, a comienzos de los años cincuenta, los blancos llegaban a poseer cerca del 85 % de la tierra no llegando al 30 % de la población, en otros muchos puntos del país las leyes de Jim Crow mantienen la segregación racial.

De modo que cuando alguien propone regresar a aquella América rural, convendría preguntarle primero a cuál. Pues ese país que a veces la nostalgia pinta como un mundo de comunidades densas, relaciones familiares y estabilidad era el mismo en el que muchas mujeres no disponían de la autonomía económica que hoy consideramos elemental, en el que la segregación racial era legal y en el que determinadas formas de vida eran sencillamente invisibles porque quienes las practicaban no podían mostrarlas.

Pruitt-Igoe y los sueños de la razón

La prosperidad de posguerra que permitió la expansión de las clases medias y el acceso generalizado a bienes que antes estaban reservados a sectores relativamente privilegiados tuvo una geografía muy específica. Así, el viejo barrio urbano —con sus calles transitables, comercios de proximidad, iglesias, asociaciones, bares, escuelas y espacios públicos— fue perdiendo centralidad en favor de la casa unifamiliar suburbana, el automóvil y el centro comercial.

La paradoja fue que, a medida que la familia disponía de más espacio privado, la sociedad perdía espacios comunes. En apenas una generación la manera de relacionarse con los demás había cambiado, pasando progresivamente el vecino de ser alguien que encontrabas en la acera, en la tienda o en el autobús a convertirse en alguien que vivía al otro lado de una cerca y al que quizá saludabas al sacar el coche del garaje: porque precisamente el automóvil pasaba a convertirse, más que en una tecnología, en una infraestructura de individualización.

La nostálgica imagen del suburbio blanco, propietario, familiar y seguro fue, por lo tanto, el resultado de determinadas políticas. Mientras millones de familias blancas de clase media abandonaban los viejos centros urbanos para instalarse en urbanizaciones como Levittown, con su casa unifamiliar, su jardín, su automóvil y la promesa de una vida nueva, la población que no podía acceder a ese sueño quedaba cada vez más concentrada en las viviendas públicas de los centros urbanos. Pruitt-Igoe, el gigantesco complejo construido en San Luis a mediados de los cincuenta, se convertiría en el símbolo más elocuente de esa contradicción. Concebido inicialmente como una respuesta moderna al hacinamiento y al deterioro urbano, terminó convertido en un espacio de pobreza y segregación, habitado mayoritariamente por población afroamericana, antes de ser demolido apenas dos décadas después de ser erigido.

Aquel no fue simplemente el fracaso de un proyecto arquitectónico, sino, como vio David Harvey, el símbolo del fracaso del Estado del bienestar y la planificación urbana regulada por el gobierno, marcando el fin de la era industrial tradicional y el nacimiento de una nueva época: la del capitalismo neoliberal y la acumulación flexible. Pocas imágenes como aquellas de sus bloques siendo demolidos mostraron mejor las costuras de una sociedad que bajo la superficie triunfal de la América suburbana —a Jameson no le pasaría desapercibida esta dimensión del complejo— estaba segregando sus desigualdades y aplazando conflictos que acabarían estallando en las décadas siguientes.

Estados Unidos, como observará Robert Putnam en su ya clásico Bowling Alone (2000) al analizar el prolongado descenso de la participación en asociaciones y actividades colectivas, se alejaba de la imagen proyectada por Tocqueville en el siglo XIX y en la pugna entre dos de sus tradiciones, el individualismo frente al compromiso comunitario, la primera fue progresivamente desplazando a la segunda. Como mostrará el sociólogo Richard Sennett, una comunidad requiere continuidad temporal. Necesitas compañeros que continúen siendo tus compañeros, vecinos que continúen siendo tus vecinos, una asociación que dure, un sindicato que te acompañe durante décadas, una profesión alrededor de la cual construir una identidad para poder construir un carácter basado en la lealtad y la responsabilidad. En definitiva, todo lo contrario de lo que exige el capitalismo flexible con su enfática defensa de la movilidad, la adaptación y el desarraigo.

El discurso reaccionario suele decir que la izquierda destruyó la comunidad, pero lo que realmente hay que preguntarse es qué ocurrió cuando cerró la fábrica, cuando el empleo que había pasado de padres a hijos fue trasladado a otro país, cuando el centro comercial sustituyó a la calle comercial, cuando la globalización convirtió en variable internacional el salario del trabajador de Ohio, Michigan o Pennsylvania.

El pasado que se reivindica nunca vuelve entero

Si hubiera que buscar una fecha simbólica para la crisis de aquella edad dorada, esto es, para que todos los síntomas que a duras penas habían conseguido ser contenidos fuesen desatados, 1973 resultaría especialmente convincente. No es casual que películas como Malas tierras, El exorcista, Serpico o Un largo adiós se estrenasen coincidiendo con el descubrimiento por parte de la generación que había heredado el triunfo de 1945 de que el país que se creía invulnerable puede perder una guerra (Vietnam), sufrir una crisis económica (la crisis del petróleo) y descubrir que su propio Gobierno (Watergate) le ha mentido a la cara.

Pero ni los títulos mencionados ni la labor de demolición cultural que operarán en las postrimerías de siglo los Franzen, Foster Wallace, Palahniuk o Easton Ellis al terminar de narrar el agotamiento de las promesas de la América de posguerra desde la experiencia de quienes crecieron en su prolongación consumista, esto es, desde la perspectiva de quienes no vivieron la Gran Depresión ni la Segunda Guerra Mundial como experiencias adultas, sino de quienes heredaron una sociedad que había convertido el bienestar en una promesa de normalidad destripando las contradicciones que emergen cuando esas promesas ya no bastan para organizar una vida con sentido, consiguieron agotar los clavos con que cerrar el ataúd.

Tal vez simplemente la pregunta de Santiago Zavala esté mal planteada, pero tan cierto como que el país no dejó de ser grande porque unos jóvenes descubrieran el sexo, unos negros exigieran igualdad, unas mujeres reclamaran autonomía o unos homosexuales pudieran dejar de esconderse es que el espejismo que había imantado a millones de personas a lo largo y ancho de todo el globo todavía alcanzaría el tercer milenio, algo a lo que ha contribuido también una «izquierda» que, por un erróneo sentido del patriotismo o por no dar carnaza a sus adversarios, no ha tenido empacho alguno en cebar esa visión nostálgica. Basta con pensar en el arranque de la primera temporada de The Newsroom, la serie de Aaron Sorkin protagonizada por un veterano presentador de noticias, para ver cómo esa sensación de pérdida puede llegar a trascender barreras ideológicas. ¿O qué otra cosa, sino repetir el viejo catecismo laico del pueblo elegido, de la tierra de los libres, está haciendo en su monólogo inicial el personaje interpretado por Jeff Daniels, cuando tras escandalizar al público universitario que asiste a la mesa redonda en la que participa afirmando que «Estados Unidos no es el mejor país del mundo», termina añadiendo, tras una pausa dramática, mirando al vacío, música épica, «Pero lo fuimos»?

También aquí, como desde el ámbito MAGA, aunque sin su obscena brutalidad, se está operando una cuidadosa selección de un pasado que rara vez se reivindica completo. Ni siquiera en American Crusade de Pete Hegseth se propone renunciar a la medicina moderna, retirar el voto femenino o regresar a la segregación legal: todo lo más se invita a diferenciar entre inmigrantes buenos, los que agachan la cabeza y se ponen un punto en la boca, y aquellos ingratos que todavía cuestionan al país que los acoge (¡y que las ha hecho congresistas!). En definitiva, lo que se reivindica es un álbum. Y aunque resulte comprensible añorar algunas de esas cosas que hacían de la vida algo más predecible, lo que resulta bastante más dudoso es creer que puedan recuperarse restaurando la jerarquía cultural, que es lo que subyace bajo todo proyecto —¿no es el conflicto de la noventera Pleasantville?— que pretenda regresar a una época en la que las mujeres estaban en casa, los hombres tenían autoridad, los negros conocían su lugar, los homosexuales se ocultaban y Dios era omnipresente.

Si aquella época sigue siendo tan disputada es porque recordar el pasado es también decidir quién tiene derecho a aparecer en la fotografía. Y en la fotografía que algunos quieren recuperar todavía faltan demasiadas personas, incluyendo todas aquellas que, víctimas del «pecado original» o de todos los pecados por enterrar a los pies de la colina —porque así es el ángel de la historia—, terminarán convirtiendo la vía revolucionaria en un callejón sin salida. Por eso quizá la cuestión más importante no sea cuándo se jodieron los Estados Unidos, sino para quién funcionaban tan bien cuando supuestamente eran felices. Porque una jerarquía puede producir orden, incluso una buena dosis de nostalgia, pero llamarla armonía es otra cosa. Y en este sentido, lo que hicieron los sesenta, más que destruir un paraíso, fue hacer mucho más difícil seguir llamándolo paraíso.

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