Una mañana despiertas, coges el metro, te bajas en la glorieta de Bilbao y llegas al madrileño cine Palafox para ver una película alemana. ¿Quién me lo iba a decir? Un hombre está montando un barril helado de Krombacher en el hall para la recepción posterior y llego con el tiempo justo para deslizarme en la sala 1 y hundirme en la butaca a ver la primera película del 14º Festival de Cine Alemán, celebrado en Madrid del 5 al 9 de junio.
La sala es grande y cómoda, sólo poblada por periodistas, y la obra es La invisible (Die Unsichtbare) de Christian Schwochow, un relato romántico, conseguido y altamente dramático del mundo del teatro profesional y de una joven actriz germano-danesa que consigue el papel protagonista en una turbulenta obra a estrenar en Berlín. Josephine, la dulce y virginal hija de un matrimonio roto y voluntariosa compañera de una hermana con parálisis cerebral, es elegida por el afamado director berlinés Kaspar para interpretar a Camille, una mujer fatalmente condenada a los hombres. Entre la aridez cotidiana que consume a Josephine y el territorio adulto y de seducción que le ofrece el papel, la joven ensayará con Camille en la vida real y con ella misma sobre el escenario. En el centro de este desastre doble flotan algunos personajes un tanto estereotipados: el trabajador fornido y honrado que además es vecino —ventana con ventana, ¿les suena?—, el dipsómano y autoritario director Kaspar o la madre medio ausente y dura. En la rueda de prensa posterior, el director fue preguntado por la similitud de su película con Cisne negro de Darren Aronofsky. Debate aburrido. Se rodaron casi al mismo tiempo y La invisible me parece más sincera y de una dureza menos gratuita. A la pregunta de este enviado de por qué había incluido en el guión una línea tan cruda acerca del pasado alemán [Vagón de metro. Ante el ataque de ansiedad de la hermana minusválida, un pasajero adolescente proclama: «El abuelo Adolf se olvidó de esa»], el director Schwochow dio la extraña respuesta de que lo hizo para denunciar que «los minusválidos en Alemania son invisibles en la sociedad».
Un festival es, afortunadamente, un espacio para la sorpresa y también hay alemanes que deciden inclinarse, en la esquizofrenia tragicómica de la vida, por lo segundo. Es el caso de Christian Zübert y su comedia Tres cuartos de luna (Dreiviertelmond), ganadora del Premio del Público, la historia de un malhumorado taxista con una vida privada en descomposición (su mujer va a dejarle) que se ve obligado a cuidar de una niña turca recién emigrada que no habla palabra de alemán, abandonada en el taxi por su madre. Las parejas de cine niño/adulto siempre me han parecido una apuesta de lo más arriesgada, pero los actores Elmar Wepper y la simpática niña Mercan Türkoglu se encargan de desactivar todas las minas. Una pequeña joya en un panorama creativo general que tiende a cargar de profundidad o de arte a la primera tragedia dispuesta a lacerar al espectador. Me refiero a películas como Merced (Gnade) de Matthias Glasner, técnicamente preciosa, pausada y poética, en la que una familia alemana asediada por toda clase de culpas y tristezas se marcha a vivir a los confines del continente, un pueblito del norte de Noruega. Podría decirse que trama y paisaje se funden o, mejor dicho, que Glasner quiere darnos una doble cucharada de desolación. Triple, si contamos la actuación soberbia y desarmante de la actriz Birgit Minichmayr.
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