El instinto es un sentido psicosomático casi atrofiado. Participa de la vista, el oído, el gusto, el tacto y el olfato. Marca la vida de los animales, pero en la raza humana está en vías de extinción. Una pérdida fundamental: muchos de los grandes hallazgos de la humanidad han sido propiciados por el instinto; y muchos grandes fracasos, por la falta de instinto. Incluso todos nosotros somos frutos de un instinto, a veces desafortunado.
Se nos ha definido a los hombres y mujeres como seres racionales. Los demás animales, al parecer, son irracionales. La racionalización inmoderada nos está volviendo máquinas más o menos sofisticadas, pero sin algo precioso que nos es común con toda la fauna. La educación y la razón difuminan e incluso borran el instinto, aunque todavía siga muy presente en el lenguaje. Pero la razón, patrimonio inmaterial de las personas, es también base de la locura y la infelicidad si se ve privada de lo instintivo.
Hay diversas interpretaciones del Capricho El sueño de la razón produce monstruos, número 43 de la serie de 80 láminas de Francisco de Goya. En el autógrafo del Museo del Prado se dice: “La fantasía abandonada de la razón produce monstruos imposibles; unida con ella es madre de las artes y origen de las maravillas”. La portada del manuscrito de la Biblioteca Nacional reza: “Cuando los hombres no oyen el grito de la razón, todo se vuelve visiones”. Es más completa la leyenda de El Prado. ¿Qué pasa cuando los hombres no oyen el grito del instinto? Pues, sencillamente, que todo se vuelve inhumano, extraño a la persona; se esfuma “la madre de las artes y el origen de las maravillas”.
Ese hombre que parece dormido, cansado o abatido en el aguafuerte, no está rodeado de monstruos. Son animales los que revolotean a su alrededor: gatos, murciélagos, búhos. En la mesa hay papeles y dos lapiceros o plumas. Quizá estemos ante un escritor, un pintor, un artista, una persona que ha perdido el hilo de su obra al enfrascarse en razonamientos superfluos. Se le ha escapado el instinto. Esos bichos están ahí para despertarle y recordar que, si se deja llevar únicamente por la razón, solo le van a salir sombras, noche, monstruos. La lámina de Goya es un alegato contra la educación excesivamente racionalista que padecemos desde hace siglos y que nos hace desdeñar progresivamente la parte animal de la personalidad.
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Uno de los dos vivimos en un universo paralelo. En mi opinión, en nuestra sociedad prevalecen indiscutiblemente el instinto a la razón. Sólo hay que mirar alrededor. Estoy de acuerdo con «el instinto y la razón, unidos, jamás serán vencidos», pero discrepamos absolutamente en el diagnóstico.
Suscribo. Y añado que los ángeles son indiscutíblemente machos, puesto que sino sería las ángeles.