
Se cuenta que hace unos dos mil trescientos años Aristóteles reprobaba a las nuevas generaciones. Una diligente ojeada a su Retórica permite comprobar, en efecto, que para el macedonio los jóvenes son apasionados, dados a los extremos o confiados. Pero no hay rastro de que esta caracterización de la juventud estuviera ceñida a alguna hornada en particular. Más bien, el maestro habló genéricamente de esa etapa vital.
Referencias similares se han adjudicado a otros tantos sabios de la Antigüedad, desde Sócrates hasta Hipócrates. Es posible que muchas, o todas ellas, sean apócrifas. Pese a ello, el asunto de fondo es patente: hasta donde llegan los registros, el adulto siempre ha menospreciado al joven. Esta tendencia a interpretar con cierta suspicacia —y hasta hostilidad— al recién llegado a la clase, al novato de la empresa o, en general, a la nueva generación continúa hoy.
«En nuestra quinta, ya se sabe, la música era otra cosa». «Antes sí que sabíamos pasarlo bien». «El cine, madre mía, menuda decadencia». Frases tan comunes como estas no tienen que ser pronunciadas necesariamente por alguien entrado en años. Un servidor confiesa haberlas escuchado de la boca de gente de diecisiete o dieciocho años para hablar, con un deje no velado de desdén, de otra gente de doce o trece años. Da igual el tema. El caso es que las niñas visten ahora «como si fueran putas» (juro haber escuchado esto de una adolescente de dieciséis primaveras) o, vaya por caso, ya no saben hablar. La edad es indiferente: el viejo deporte de criticar a los nuevos —tal vez con cierta envidia, esta sí velada— traspasa el tiempo.
A este tenor, ¿qué decir de la propuesta de prohibir el acceso a las redes sociales a los menores de dieciséis años? Aun cuando sea a vista de pájaro, no cabe duda de que existe un problema real aquí. Varios estudios dan cuenta de los nocivos efectos que acarrea su uso abusivo. ¿Y cómo no va a ser mayoritariamente abusivo su uso cuando las redes sociales están programadas para volverse tan adictivas como cualquier droga? Lo cierto es que las principales plataformas han entrado en una espiral de litigios judiciales a causa de sus diseños destinados a crear dependencia. Sin ir más lejos, la Comisión Europea determinó preliminarmente que TikTok incumple la Ley de Servicios Digitales por, entre otras cosas, la adicción generada por sus algoritmos.
La cosa no es baladí. Uno de los organismos más prestigiosos en la materia, la Asociación Estadounidense de Psicología (APA), ha difundido varios estudios en los que se constata la relación entre las horas invertidas en redes sociales por parte de los adolescentes (en concreto, cuando son más de tres diarias) y ciertos problemas de salud mental como la ansiedad, la depresión o la baja autoestima. La cosa va tan en serio que quizá no sea preciso apelar a ningún estudio ni asociación científica. Es presumible que cualquiera mínimamente familiarizado con el término «reel» sea consciente del proceso de merma cognitiva —de podredumbre cerebral (brain rot)— provocado por su uso constante.
Sí, todo esto es cierto. Hay un problema y puede que limitar el uso de las redes camine en la dirección correcta, como ocurrió con la prohibición de la venta de tabaco a menores. Es cierto, sí, pero hablemos ahora de la televisión. Se antoja pertinente hacerlo a la luz de que más de una generación lleva años y años enganchada como una lapa a esa caja tonta.
En la sección de ajustes de cualquier smartphone se encuentra un apartado de «Bienestar digital» o semejante. En él se puede consultar el número de horas que el usuario ha dedicado a estar con el móvil cada día. Durante una entrevista de La revuelta, David Broncano se interesó por el dato de la cantante argentina María Becerra. El resultado impresiona: doce horas y veinte minutos en la jornada anterior a la conversación.
¿Qué pasaría si esa misma información estuviera a disposición del consumidor de televisión? ¿De ese que se indigna, pegado a la pantalla, por la adicción de María Becerra? ¿De ese que se entristece al tener noticia en el telediario (pegado a la pantalla) del uso indiscriminado que hacen los niños de las redes sociales? Piénsese en los padres y abuelos que echan horas y horas diarias en la tele, en muchos casos su única forma de ocio. Las doce horas de María Becerra espantan, pero no cabe la menor duda de que una holgada cantidad de personas en la horquilla que va, digamos, de los cincuenta a los ochenta años supera con creces las cinco horas diarias de tele.
En lo que atañe a la podredumbre cerebral, y aun salvando cierta distancia, resulta cuestionable que el contenido emitido en los canales generalistas esté destinado a nutrir el intelecto. Es posible que no se encuentre al nivel de los reels, pero ciertos realities o tertulias que se reparten a los mismos todólogos cada semana no le van precisamente a la zaga. Dan lo que vende, ni más ni menos.
Hay un problema en el uso que hacen de las redes sociales muchos jóvenes, es impepinable. Ello, empero, no ha de ser la excusa encubierta para acometer eso en lo que, por otra parte, se ha convertido en ocasiones el debate: la crítica gratuita a otras generaciones. Es mejor no escupir hacia arriba. Cuando uno se pone a criticar haciendo gala de cierta superioridad moral, conviene empezar mirándose en el espejo y entonando aquello que se dice: quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.
Mal que les pese a las ópticas, apuesto a que los beneficios derivados de la reducción del número de horas con la vista clavada en los píxeles serían variopintos. Por supuesto, esto no se restringe a los jóvenes ni a los móviles, así que no escurramos el bulto. Afecta igualmente a los mayores, tanto por su propio uso de las redes como por la ingente cantidad de minutos tirados a la cloaca televisiva.
Como dicen los teutones, estamos ante distintas Weltanschauungen, diferentes perspectivas en liza. Igual que les confesé haber escuchado la crítica de una alumna de dieciséis años a las chicas de trece años por su forma de vestir, reconozco haber sido testigo de cómo un profesor (más de uno) retiraba el móvil de un adolescente por usarlo en el recreo para que luego —digamos en unos diez minutos— ese mismo chaval pudiera observar a través de la verja al mismo docente fumando y matando el tiempo en el móvil a escasos metros del recinto escolar.
A pesar de ser insuficiente y todo lo que se quiera, ¿es una buena noticia la propuesta de prohibir el acceso a las redes sociales a los menores de dieciséis años? Sí, lo es. Pero adviértase el doble rasero. El reto es social, no generacional. A fin de cuentas, los niños y jóvenes impúberes son máquinas de imitar, esponjas que admiran al futbolista de turno simple y llanamente porque el resto de personas, al margen de la edad o generación, así lo hace. En fin, no sé si lo dijo Aristóteles, pero mi abuela sí: no hay mejor consejo que predicar con el ejemplo.





