“Al oír el nombre Corleone pensarán en una voz”
La popularidad de una pieza musical es un fenómeno perfectamente viral. El rescate sistemático de una ópera, por ejemplo, es un recurso recurrente para anuncios de televisión, bandas sonoras de películas y toda diversidad de productos audiovisuales o piezas artísticas. Tan pronto sirven para el nuevo comercial de Audi como pueden verse en la rutina técnica de un equipo de natación sincronizada. Si sucede, la propagación de una obra es una realidad cultural e industrial imparable. Estará en todas partes antes de que nadie pueda tentarse la ropa. Más aun, el tránsito hacia lo kitsch no conoce de jardines prohibidos: si hay que asimilar a Beethoven con música electrónica, se asimila a Beethoven con música electrónica. Si se trata de expoliar a Delacroix con fines socio-sentimentales, no habrá remilgos por mezclar las cosas del comer ni juntar besos con bayonetas. Y curiosamente, puede que merezca la pena. Sin el escaparate cultural masivo un porcentaje considerable de público jamás conocería La libertad guiando al pueblo o la Tercera Sinfonía, por ejemplo. Es posible que al final lo que más importe es que la sopa llegue a las bocas, aunque sea vendida por mercaderes que nada saben sobre cocina. Pero ese es un debate que ahora mismo no nos interesa del todo.
Con la composición más famosa del compositor Pietro Mascagni, Cavalleria Rusticana (1890), ha pasado algo parecido: aparece hasta en la sopa y su integridad se ha diluido en la maraña. Apocalipsis aparte, conviene entender que en los brillos de Dior o en la imaginería visual de Carolina Herrera Sicilia no está por ninguna parte, ni el honor, ni la vendetta ni nada de nada, por más que usen su música de raíces con gran sofisticación. Aunque sea una batalla perdida no parece tan descabellado rogar por el decoro en la era de la intertextualidad. Sin embargo, esta obra particular cuenta con varias buenas presencias, préstamos de gran valía estética que han sabido convivir aseadamente con el texto-origen. Concretamente, el famoso Intermezzo de Cavalleria Rusticana cuenta con algunas apariciones de lo más felices. Tres novias tiene la pieza, entre otras muchísimas imposibles de contar.
Primero, la ópera
A finales del diecinueve Pietro Mascagni sentó el canon del verismo. La intención de este movimiento era renunciar a las formas aristocráticas y míticas de la ópera tradicional para acercarla al naturalismo de las clases populares y a la violencia más cotidiana. En efecto, el género operístico también tuvo su brote realista, aunque este estuviera siempre bastante influenciado por el romanticismo. La tendencia despuntó con una obra, Cavalleria Rusticana, que se lanzaba con fidelidad al retrato melodramático y costumbrista de la Sicilia de finales del siglo XIX. La ópera cuenta la historia de un trágico triángulo amoroso con dos mujeres enamoradas del mismo hombre y un marido cornudo de por medio. Como telón de fondo está la Italia sureña de la lealtad y las alcaparras, bruta y sencillamente a cuchillo, con claridad alejada de los motivos corteses, clasicistas e idealizados de la ópera durante siglos.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.







Sublime, pole.
Qué bueno, Carlos. Flojera de piernas cada vez que veo la apertura de Scorsese. Tuve la suerte de ver de nuevo la película en sala de cine, en Nueva York, con la Cavalleria atronando. Felicidades y un abrazo.
Voy a decir solo 2 cosas. 1.- Sólo por la larga secuencia final de Cavalleria, El Padrino III merece estar de pleno derecho y formar trilogía. 2.- Odio el Intermezzo, pero es mi ópera favorita. Busquen la producción del Real hace 4 años, minimalista y lorquiana.
Maravillado.
Con todos mis respetos, el montaje de Cavallería de El Padrino III es uno de los peores de la historia de la ópera y roza la vergüenza ajena. Si existiese una justicia musical el tenor que se escucha debería haber sido el muerto de la escena final.
Por lo demás Cavallería es mucho (mucho) más que el famoso Intermezzo que, a pesar de su calidad, se ha convertido en pieza obligada del típico y cargante disco «Opera Highlights».
Pingback: Seis perfiles olímpicos y un mordisco en la oreja | Carlos Zúmer
El tenor de la película no es Pavarotti, pero la escena está bien armada.. Más allá del Intermezzo, aunque tiene grandes momentos, a mí me gusta esta versión de Victoria de los Angeles, Santuzza en el aria cumbre: Voi lo sapete, o mamma (Orchestra Del Teatro Dell’Opera Di Roma):
http://open.spotify.com/track/2Rsd8jGyLYwjXs6F2bSpJC
yo no creo que el montaje final del padrino III sea especialmente brillante, por el mero hecho de que esta todo muy forzado, con calzador, demasiado grandilocuente hasta para coppola que antes todo lo podía, había perdido ya su chispa, pero le quedaba el oficio, enorme oficio, pero ese final… no, ese montaje paralelo se convirtió en montaje para lelos (véis lelos? véis como aún estoy en forma? véis como aún sé montar y crear un clímax?).
a mi no, no me gustó. es mucho mejor la salida de la ópera y toda la primera parte de la peli, de hecho, hasta que llegan a sicilia, donde la peli se empieza a hundir poco a poco y el guión flaquea definitivamente.
y que quede claro que soy padrinófilo y coppolista hasta el tuétano, pero también intento ser justo.
ale.
Falto el gran final de Sueño de una Noche de Verano con comentario final de Stanley Tussi