La kora es una peregrinación sagrada que realizan los tibetanos y que consiste en girar alrededor de un templo budista para purificar el karma. En ocasiones se realizan tres giros que dibujan otros tantos círculos concéntricos. El primero es en el interior del templo. Siempre en el sentido de las agujas del reloj, los tibetanos dan una vuelta orando en cada imagen, ofreciendo dinero y quemando mantequilla de yak. El segundo transcurre alrededor del templo. En este círculo, los peregrinos hacen constantes altos en el camino para rezar, en una suerte de exigente gimnasia: se agachan, se tumban, se incorporan; se agachan, se tumban, se incorporan; y vuelven a repetir el proceso decenas de veces. Después prosiguen la kora realizando las sagradas genuflexiones cada tres pasos. Para evitar dañarse las rodillas y las manos utilizan protecciones artesanales, como petos, tablas o rodilleras. Un tercer círculo de la peregrinación discurre alrededor de los límites del pueblo o aldea, un camino más largo que ayuda a limpiar el espíritu. Estos límites —antaño marca inequívoca del final de las poblaciones tibetanas— se diluyen hoy en enormes avenidas de nuevos barrios construidos por el gobierno chino, que controla la región del Tíbet desde 1950. Lo que antes eran lindes rurales hoy es asfalto y tráfico. Los peregrinos tibetanos, empero, mantienen la ruta. Con la cara ajada por la altura y el sol, y girando sus molinillos de oración, completan la kora abriéndose paso entre comercios de música disco, coches de lunas tintadas, tiendas de souvenirs y pandillas de adolescentes con iPads; un cuadro que dibuja el imparable progreso chino. Rezos frente a smartphones, mantras frente a todoterrenos.
Ninguna otra imagen podría definir mejor lo que es el Tíbet hoy.
“No somos chinos. No tenemos nada que ver con los chinos. Míranos, somos distintos, hablamos distinto, tenemos culturas distintas. No somos chinos, solo estamos ocupados por ellos”. Se queja con amargura pidiendo que su nombre no se haga público. No quiere ni que se sepa a qué se dedica. Basta decir que es tibetano, de Lhasa, y que no alcanza los 25 años. “Tíbet es y siempre ha sido una parte inseparable de China, que fue liberada de una teocracia”. Es la postura del gobierno chino. No parece que haya acuerdo. Ni que lo vaya a haber.
La historia de esta ocupación —o de esta liberación— tuvo lugar en 1950. Ese año el ejército maoísta decidió entrar en la región y desde entonces el Tíbet forma parte de China. Pese al desacuerdo de casi la totalidad de los tibetanos.
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Genial artículo, muchas gracias por trasladarnos allí.
Enhorabuena por el artículo. Nunca había leído sobre el Tibet, y después de leer esto espero poder visitarlo algún día.
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Es gran artículo. Para los que hemos tenido la oportunidad de estar allí es un viaje de vuelta para recordarlo.
Grande Nacho! Gran artículo…escrito con algo muy dificil de alcanzar en este tema, una rigurosa objetividad tan denostada por ciertas visiones «idealistas» del Tíbet y su budismo . Una alegría saber que sigue habiendo gente que apuesta por este tipo de periodismo en un momento de vacas flacas para todo aquéllos que apuesten por el compromiso vocacional hacia vuestra profesión. Un abrazo.
Me encanta saber de estos sitios a los que nunca iré. Y que lo cuenten así de bien.
Buenísimo el artículo. Situación contrastada y poca subjetividad.
Bravo.
sigo sin encontrar la respuesta a la pregunta que me hice el año pasado cundo estuve en el Tibet : ¿ por qué los chinos están gastando esa cantidad de pasta salvaje en el Tibet ?
Buena cuestión! Parece que los chinos siguen ahí por orgullo. Triste el ser humano.
«En una de sus cabeceras está el templo con el mismo nombre, uno de los más sagrados del Tíbet».
Hay adjetivos que no admiten superlativo, y sagrado debería ser uno de ellos, al igual que principal, histórico, mítico… Sería conveniente que desde esta revista se hiciera un esfuerzo por evitar estos deslices que recuerdan al lenguaje de la TV que tanto mal nos hace.
Me entristece saber la situación actual en la que está el Tibet, en manos de una China con un superlativo pensamiento colonizador, aventajando claramente las atrocidades y los métodos de EE.UU. en cuanto a ocupación. Lo que el PC ha hecho y sigue haciendo en el Tibet es un crímen contra la Humanidad. Pero Occidente calla, calla ante estas atrocidades del ateo Partido Comunista que no es más que la reinvención linguistica del antiguo Imperio que quiere gobernar «Todo bajo el cielo». Con los nuevos bríos que le ha dado la Historia quiere tomar por asalto el mundo entero. Ojalá el Tibet pueda encontrar una salvación y una independencia en este entramado geopolítico. Gracias por este artículo bellamente escrito. Saludos desde Colombia.