Desmontes y voladuras Opinión

José Antonio Montano: Ronda de librerías

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A mi ciudad de la costa vino la semana pasada una amiga editora de la capital, junto con su encargada de prensa. Estaban en una ciudad cercana para presentar un libro y aprovecharon para visitar librerías de la región. “Venimos a vigilar el negocio”, dijo la editora con gracia. Todos saben cuál es mi ciudad, y cuál es la capital, y los de aquí averiguarán cuáles son las librerías que recorrimos. Pero me he inclinado por no decir nombres esta vez, no tanto por discreción (no cuento nada indiscreto) como para que se produzca un efecto abstracto. Es una croniquilla flotante en el espacio, pero anclada en el tiempo: el de nuestra crisis y todo lo demás. Al juntar las impresiones de la ronda sale una especie de diagnóstico.

Para mí el paseo tuvo su cosa, porque la relación que mantengo con los libreros es esquiva. Nunca les pregunto nada y me molesta cuando se dirigen a mí. Me gusta entrar en las librerías furtivamente: solo a mirar libros, y a pagar los que me llevo; la transacción de la caja es la única que mantengo con el personal. Todo lo que se salga de ahí me disgusta, como me disgustan los chefs que te interrumpen la comida: esas odiosas comidas con aparato teórico. Yo voy al restaurante a comer, no a hablar; y a la librería solo a hojear y a comprar libros. No tengo, por tanto, relación con ningún librero de mi ciudad. Ir en una comitiva que se proponía abordarlos era para mí novedoso. Tenía curiosidad. Aunque también me preocupaba que se “quedasen con mi cara” y me hablasen en el futuro. Para evitarlo me he autorrecetado estar un tiempo prudencial sin visitar esas librerías: mi cara, por fortuna, es la del hombre de la multitud, y en unas semanas se disolverá en su memoria como un azucarillo.

Me quedarán al menos las librerías de viejo; y las librerías de las franquicias de la ciudad, que son tres. Estas no las visitamos. Fuimos a las otras cuatro, que se encuentran por la zona del centro. El primer dato es que el año pasado eran cinco: la más exclusiva, la que tenía más libros de editoriales pequeñas, cerró. Puede que no se la mereciera la ciudad. Aquí, por ejemplo, abrieron un Vips hace 15 años y en pocos meses tuvieron que cerrar la parte de los libros. El cierre fue ostensible, para complacer sin duda al lugareño: tapiaron la dependencia como para asegurar que no iba a colarse ningún efluvio libresco en el comedor. Aunque el negocio terminó fracasando entero, como si el hecho de que alguna vez contuviera libros fuese una falta imperdonable (hoy, por lo demás, en todos los Vips del país están reduciendo la sección de librería de manera drástica).

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13 comentarios

  1. Muy buen artículo sobre la actual crisis librera, por lo que veo, de carácter nacional. No he estado nunca en su ciudad, yo soy cartagenero, y es triste ver que la librería más ilustre de aquí (seguiré con la idea de no mencionar nombres), fundada en 1888 y por la tercera generación, cerró este abril tras años de tira y afloja. Fui en febrero en un ritual de despido (hice dos compras buenas), prometiéndome volver por el 23 de abril, hasta cuando permanecían abiertos por el Día del Libro.
    Leyendo este artículo he recordado que no lo hice.

    • No soy cartagenero pero, por motivos familiares, llevo varios años pasando muchos días de mis vacaciones (Navidad, Semana Santa y verano) en esa ciudad. Desde antes de la crisis y de la existencia del libro electrónico. La librería en cuestión sería todo lo ilustre que usted quiera, pero era incomodísima (no invitaba a pasar el tiempo hojeando libros al azar), tenía una selección pésima (difícil encontrar alguna sorpresa) y, lo peor de todo, la dueña era una déspota y una antipática de tomo y lomo. No me registraron al salir, pero desde el primer verano me juré no comprar un libro en ese lugar. Promesa que rompí el pasado enero cuando vi los carteles anunciando el cierre. Para mí, lo sorprendente es que no hubieran cerrado mucho antes.

      Pena me dio cuando en el año 2009 cerró otra librería cartagenera situada en la plaza de España. No tan ilustre pero mucho más agradable.

      • La librería siempre me pareció muy agradable, a mí personalmente. No será la mejor del mundo, no lo discuto, ni con la mejor selección, pero algunos de mis mejores recuerdos de la infancia ocurren allí, y la dueña, a la que conozco, siempre me ha tratado muy bien. Pero esta es una opinión personal y subjetiva. Si a usted no le gustó, no le criticaré de ello.
        Y muy de acuerdo con lo que dice sobre la que cerró en 2009 (en cuanto a que era agradable, ya no entro si más ni en qué grado). Un saludo.

  2. Vaya, qué pena. Gracias y un saludo!

  3. ¡Qué aguanten, por favor, Proteo, Rayuela, la de Uncibay (el nombre es olvidable, los escaparates no) y Luces!

  4. muy de acuerdo con su estricto distanciamiento de los libreros y por extensión, taxistas, camareros, peluqueros, tenderas de barrio y acomodadores… quizás una excepción (necesaria) con las empleadas de prostíbulos

  5. El desierto crece. Die Wüste wächst. Ay.

  6. Ricardo Volterra

    Ignoro como es la librería de Cartagena, aunque conozco a la librera, pero cuestión de más trascendencia, ¿porqué las libreras no tienen las tetas grandes?

  7. Me lo he pensado mucho antes de escribir estas líneas. Yo tuve una librería ocho años, por motivos mencionados ya en esta columna, la cerré. Fui una de tantas, tuve un stand en la feria del libro de Málaga, para mi todo un orgullo y un gran recuerdo. Ayer pasee por la feria con mi hija, el librero es librero aunque no tenga libros ya que vender. Espero que cuando sea mayor recuerde que su mami la llevaba a pasear por libros y con tremenda ilusión seleccionaba uno para llevarselo a casa en esa bolsita.
    Yo, su mama, eche de menos ese fondo de libreria y esas nuevas editoriales tan gustosas de ojear por el lector. Porque el librero es el primer lector que hay.

  8. Pingback: El desierto crece « Un Bosque Interior

  9. Estupendo artículo. Para mí, evocador de itinerios conocidos. Solo enmendar una omisión en el paseo libreresco: En Portada Comics, antes luciendo entre los bares de copas de La plaza de Mitjana y ahora, impertérrita, frente a La Casa Invisible, en calle Nosquera. Un alarde de supervivencia al desierto creciente, dedicándose a vender y difundir narrativa gráfica para todo tipo de lector.

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