
In my beginning is my end. In my end is my beginning.
Hay libros que te pueden cambiar la vida, libros cuya lectura resulta de una intensidad tal que tu manera de ver y de experimentar las cosas, el entorno, el mundo, deja de ser la misma que antes; libros, en definitiva, que te tocan en lo más hondo del alma y logran, silenciosamente, cambiar tu percepción en cuanto a todo lo que te rodea. Uno termina de leerlos y queda sumido entre la plenitud y la felicidad más placenteras, con el único deseo de poder cobijarse y reposar de nuevo entre sus líneas, de vivir de sus palabras y beber de su lenguaje una vez más, y cuando se vuelven a leer —esta es la prueba de fuego definitiva— es como si nunca se hubiesen leído: ante el lector se extiende un horizonte completamente nuevo, augurando un redescubrimiento que sugiere y promete aún más que el anterior.
Cuatro cuartetos, de T. S. Eliot, es uno de esos libros. No tendría yo más de diecisiete años cuando un profesor del colegio, que ya antes me había prestado un ejemplar de 1942 de La tierra baldía en versión original y con las páginas amarillentas, me lo recomendó encarecidamente como si de una valiosísima joya se tratase. Claro que, por entonces, la poesía suponía para mí —al igual que, desgraciadamente, para la mayoría de los mortales— un mundo absolutamente extraño y desconocido; mi empeño por comprenderla solía ser en vano por muy buenas que fueran mis intenciones. Poco recuerdo de esa torpe e inexperta primera lectura, aunque la sensación generalizada fue de una gran impresión, como si me encontrase ante un monumento, imponente y lleno de significado, al que me esforzaba por entender. Pero, si bien era imposible no sentirse perdido, como un ciego buscando el interruptor a tientas, en ocasiones se me antojaba que no hacía falta entenderlo todo ni mucho menos; con simplemente leer las palabras impresas en la página, al margen de elucubraciones e interpretaciones, era suficiente para darme cuenta de su envergadura poética y humana. Provisto, esta vez sí, de cierta madurez —tanto vital como literaria— volví al libro por segunda vez hace no mucho, como quien se reencuentra con un viejo amigo al que nota cambiado; y, sobre todo, con ojos distintos. Dicha relectura, claro está, supuso una experiencia nueva, tan rompedora como reveladora.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.







Quizá sonará raro, no sé, pero el que hizo cambiar muchas cosas para mí fue la primera autobiografía de de Beauvoir.
Pingback: 13/05/14 – In my beginning is my end : T. S. Eliot, un poeta en busca de la eternidad | La revista digital de las Bibliotecas de Vila-real
Gracias por el artículo, es una alegría encontrar una reflexión sobre Eliot y la eternidad. Con todo, discrepo de la separación que se hace aquí entre su cristianismo y su afirmación de la eternidad: Eliot la afirma a través de su creencia religiosa y su convicción en el clasicismo en literatura. Que nosotros, como lectores, podamos no tomar las raíces de su afirmación, y quedarnos con lo que solapa con nuestra posición (el misterio, la intuición de otra vida, la victoria sobre el tiempo, el triunfo del corazón y sus razones…) es otra cuestión. Totalmente legítima. Pero Eliot fue muy claro en la reivindicación de la tradición (la que sea) en la conformación de una identidad. All time is unredeemable, si estamos dentro del esquema cíclico pagano; pero la eternidad entra en el tiempo a través de la encarnación del Verbo. Esa es la tradición a la que pertenece Eliot. For us there is only the trying no es una declaración pesimista, de una intentona que nunca consigue lo que pretende, porque the rest is not our business refiere a la llegada de la gracia divina, garante de que el tiempo puede ser vencido, y la eternidad, a las puertas.
Pingback: Demasiada realidad - Jot Down Cultural Magazine