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Demasiada realidad

Ilustración Pablo Amargo. Demasiada realidad
Ilustración: Pablo Amargo.

El aire cálido de la noche de junio me acaricia el rostro cuando salgo de la mansión y me interno en el bosquecillo que la rodea. El barullo de la fiesta se va difuminando poco a poco y al cabo de unos minutos solo se oye el trino de los ruiseñores. Es un canto entusiasta, apasionado, que reverbera en mis oídos trayendo los ecos de la voz de mi padre leyéndome los versos del viejo Eliot: «Go, go, said the bird. Human kind cannot bear too much reality». 

Los hombres no pueden soportar demasiada realidad. Siento un escalofrío. Quizás es el relente de la madrugada, o el obstinado optimismo del trino, o el recuerdo del rostro de mi padre cuando se inclinaba sobre el mío para darme un beso de buenas noches, su larga cabellera plateada cayéndole sobre los hombros, la barba de color nieve acariciándome la mejilla, su aroma a almizcle y su sonrisa taimada de viejo bucanero que sabe dónde se esconde el cofre del tesoro. 

En el bosque hay pinos y cedros, también eucaliptos, cuyo aroma es tan dulzón y pegajoso como el discurso de Brian durante la cena.

—Capacidad limitada —repetía, golpeándose el cráneo con los nudillos—. ¿De qué sirve que la ciencia moderna sea capaz de reemplazar cualquier órgano y curar cualquier dolencia si alrededor de la sexta década de nuestras vidas nuestro cerebro empieza a degenerar? La medicina del siglo XX acabó con las enfermedades infecciosas, la del XXI, con el cáncer, a principios del XXIII, se descubrió la tecnología que permite renovar los tejidos y se demostró que era posible rejuvenecer a una persona varias décadas siempre que se aplicara a tiempo. ¡Pero la esperanza de vida seguía limitada por el insalvable hecho de que las neuronas no pueden restaurarse!

Brian hizo una pausa y me guiñó un ojo, a la vez que me dedicaba su sonrisa más seductora, un gesto nada disimulado cuyo principal objetivo era presumir ante la audiencia de su nueva conquista. Sentí cómo las miradas de los comensales me escudriñaban, la lascivia en los ojos de los hombres olía a sudor agrio y a loción capilar, el rencor que se desprendía de las mujeres, sobre todo de las más jóvenes, era un tufillo ácido, como de limones podridos. Brian hinchó el pecho, la sonrisa seductora se trocó en un rictus de felicidad infantil, la mueca del niño que presume del juguete más brillante de la fiesta. Era obvio que no daba crédito a su buena fortuna, e igualmente obvio que no se le había pasado por la cabeza, ni por un momento, que el azar que nos había reunido, unas semanas atrás, estuviera cuidadosamente calculado. 

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6 comentarios

  1. Juan José, escribes muy mal. Los de la revista deben de pensar que lo haces muy bien, pero francamente… Tu texto da vergüenza ajena.

    • Tu comentario es tan poco constructivo que dice más de ti que del texto.
      El relato no da vergüenza ajena, el odio que desprendes sin ninguna razón aquí, sí que la da.

  2. «cabezas que se giraban como las de un gorrión a la búsqueda de una miga de pan». Por Dios… Vergüenza ajena.

  3. Pues a mi me ha gustado.
    Andrea, te puede no gustar pero creo que tienes algun problema. No se si Juan Jose te dejo o te debe pasta porque vaya tela.

  4. Joe, cómo está el patio ?, pues a mí me ha gustado, Andrea. Tiene atmósfera. Desanimar a la gente queda feo, las críticas constructivas y las casquetas para quien tenga ganas…

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