La página par Opinión

Cuando fuimos putos

Nos hicimos putos por aburrimiento, como otros acaban haciéndose maestros de escuela. Fue hace tres semanas al acabar de comer, mientras hablábamos de esto y de lo otro en la calle Figueroa, casi por sorpresa, como esas bromas que parece que se están gastando pero no y al final resulta que sí. Un amigo abrió el periódico como si fuese un mapa, hizo un par de llamadas y cuando volví del baño ya éramos putos a todos los efectos. Gigolós, según el anuncio por palabras, pero mi amigo me desengañó rápido: “No va a ser fácil”. Había dado nuestros datos a una señora que los recogió amablemente, y al cabo de un rato nos llamó un travesti que dijo trabajar para la agencia. Se le enviaron fotos y aficiones, y ella entonces preguntó si teníamos conversación y le dijimos que sí, mucha. “Eso es imprescindible. No vale ser atractivo o bueno en la cama, hay que dar pie a la charla, tener estudios”. Nos preguntó cuántos estudios teníamos y le dijimos que todos. Y que yo, concretamente, había leído el Ars Amandi.

Fuimos putos hasta hace unos días, cuando se nos fue tanto de las manos que tuve que zanjar la historia con un reportaje. A veces pasa que el periodismo se convierte en una pista de aterrizaje de emergencia. Nuestro contacto nos dio una primera cita a la que mi amigo iba a acudir “por curiosidad”. Era la joven mujer de un empresario que se hospedaría en un hotel de Santiago. Precisamente nuestra clientela estaría formada por espositas de gallegos pudientes que les sacaban veinte años, dijo la agencia, y ahí surgió el primer problema, pues mi amigo me hizo ver que a ésas prácticamente ya nos las habíamos tirado a todas gratis. Además nos estaban empezando a vender un rollo muy del tipo señora Madeleine Stowe en Revenge, con la ventaja de que la nuestra lo haría por dinero y no por amor. Pero era sórdido ser puto, y nos gustaba cuando en el móvil aparecía el número de nuestra chula venezolana. Todo lo que hacíamos (pedir copas, saludar a conocidos, interesarnos por los hijos de los amigos, encontrarnos con viejos profesores del instituto, asistir a un concierto de jazz) lo hacíamos en calidad de putos oficiales. Yo llegué a ir a casa de un artista muy famoso a entrevistarlo como periodista, pero sabiéndome puto en la intimidad, y tampoco era una cosa que me volviese loco de vergüenza.

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