
Brevísima estancia en un asentamiento aché, pueblo aborigen de los montes del Paraguay oriental, durante la cual el cronista aprovechó para evocar su abandono de la selva a punta de fusil, tomar nota de su difícil integración al mundo de los blancos y conocer su lucha por sobrevivir entre latifundios de soja y usurpaciones impulsadas por campesinos sin tierra.
—¿Te vas con los indios? Llevate un tarro de repelente, te van a comer los mosquitos.
Es el consejo unánime de la mesa. La charla se interrumpe en ese punto porque el camarero trae las pizzas y cada uno se apura a coger sus porciones de mozzarella con rúcula.
—Y ropa adecuada, en el monte hace muchísimo calor —retoma María Adela, la psicoanalista kleiniana—. Los brazos y las piernas siempre cubiertos para protegerlos de las espinas.
—Y botas de campo, que tendrás que atravesar arroyos, espinillos, pantanos…—agrega Ana, la vieja amiga que me invitó a venir a Paraguay.
La Pizzería Sicilia se encuentra en el centro de Asunción. Hemos venido aquí a celebrar el módico éxito de mi conferencia. No puedo quejarme: me tocó un público atento y receptivo, que dedicó más tiempo a escucharme que a mandar mensajitos con sus móviles.
—Acordate de que tenés que comer lo que te ofrezcan o se ofenden —me advierte Rosita, la fotógrafa. Sabe de lo que habla, pues se pasó una temporada con los ayoreo, los últimos aborígenes atrincherados en la selva paraguaya—. Los acompañé a una cacería. Ellos comen donde cazan. Si capturan un tapir, ahí mismo lo asan. No es un plato muy refinado para nuestro paladar.
—Y no les digas indios, que no les gusta —me previene Ana.
—¿Cómo los llamo entonces?
—Aché, sencillamente.
—Lo tendré en cuenta, lo prometo. Por cierto, a los indígenas argentinos tampoco les gusta que les llamen indios, quieren que les digan «pueblos originarios».
—Con la corrección política hemos topado —comenta Rosita.
Así, entre advertencias y consejos un poco en broma, un poco en serio, discurre la cena. Se está bien aquí, con el aire acondicionado que nos salva del bochorno exterior, la pantalla de plasma en la que River Plate y Atlético Nacional se juegan la Copa Sudamericana, el rico aroma de la masa horneada, la buena onda de mis acompañantes. Solo echo en falta la presencia de Miguel H. López, el intrépido reportero de Ultima Hora que tuvo a bien presentarme a la audiencia asunceña.
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Sobre las andanzas (que no tienen desperdicio) y los puntos oscuros del controvertido Napoleon Chagnon:
http://despuesnohaynada.blogspot.com.es/2014/10/beckham-en-brasil-y-napoleon-en.html
Aterricé en esta bella crónica sobre los aché, después de ver la película «Damiana Kryygi» de Alejandro Fernández Mouján. Al leer el texto de Pablo, me entero que en lengua aché, el sufijo «gi» significa alma o espíritu; de modo que Kryygi es «espíritu de mulita». Cambiando de tema: tuve el honor de conocer a Pablo Francescutti en la Facultad de Humanidades y Artes de Rosario. No sé si él se acordará de mí, pero igual le mando un gran saludo y mis felicitaciones por este gran artículo. PD: Es muy graciosa la anécdota del «Fauno», no la conocía.
Omar, acabo de leer tu cariñoso comentario… escribirme a mi email