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Jueces de silla: La sonrisa en las alturas

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Pabellón O2 de Londres, noviembre de 2011. Se disputa la Copa Masters de los 8 magníficos del tenis. A las diez de la noche, Tsonga y Nadal se dan de lo lindo en la impresionante pista inglesa del Greenwich Península. Son 3 juegos a 2 para Tsonga y Rafa sufre para hacer bueno su servicio. En un intercambio furibundo Nadal volea muy cerca de la red, casi a modo de dejada, y el jugador francés corre a toda pastilla para alcanzar la bola. Tsonga llega justísimo, agacha el cuerpo y mete la cabeza de la raqueta para devolver la pelota. La golpea y ésta consigue pasar la red, pero el juez de silla, Mohamed Lahyani, dicta que ha habido doble bote y que la devolución no ha sido válida. Jo-Wilfred protesta de buen grado al árbitro marroquí, mirando hacia las alturas donde se sienta el juez sueco. En vano. Cuando el juego termina por caer en favor de Nadal se produce un descanso y el pabellón observa en la pantalla gigante que el dictamen del juez fue equivocado. En la repetición, la espectacular cámara súper lenta deja claro que no hay doble bote. Tsonga observa de reojo desde su silla y Nadal ni se entera. Pero el realizador pincha con picardía el mejor plano posible: en su asiento, Lahyani sonríe pizpireto y hace gestos de divertido embarazo. Admite con desenfado que se ha equivocado. Es una enmienda tecnológica que no le produce el más mínimo complejo. En la escena está el talante de un deporte y de unos señores, los árbitros del tenis, que desde las alturas rigen con curioso protagonismo el eterno rasgueo de las raquetas.

Sobre todo, el juez de silla es conocido en el mundo del tenis para bien. Si no es bueno, no es conocido. Si no es bueno, no sale en la foto”

En inglés, juez de silla se dice Umpire. Etimologías serias aparte, las reminiscencias a favor de los términos Up (arriba) y Empire (imperio) son irresistibles. Digamos entonces, al menos hasta que acabe este artículo, que el juez de silla es el emperador de las alturas. Así será para nosotros, y acaso es una categorización que les hace justicia.

Enric Molina también quiso ser tenista. Solventado el malentendido, encajada la derrota, permanecer en la arcilla de Barcelona era la máxima prioridad. El tenis era su asunto favorito. Aunque se licenciara en Publicidad, se dedicó vigilar las rayas del Club por si alguna pelota se perdía más allá de sus límites. Le cogió el gusto al arbitraje. Luego dejó las líneas y subió a lo alto de la silla. Obtenidas las cualificaciones nacionales, agotados sus dominios, Enric Molina se dispuso a dar el salto internacional como colegiado de la ITF (Federación Internacional de Tenis). Prosperó. Se encaramó a las alturas de su profesión. Para acceder a las titulaciones internacionales se requiere mayor preparación, conocimiento en profundidad de las reglas, experiencia y dominio del inglés”. Aprendió lenguas e hizo deberes. Gustó a casi todo el mundo. Irresistiblemente, se ganó un puesto entre los mejores. Transcurrieron menos de diez años desde que se resignara con la raqueta hasta que finalmente consiguiera ser la ley en partidos de tenis élite. Completó el tránsito de las famosas ‘chapas’ (badges): primero chapa blanca, el permiso básico para arbitrar partidos de rondas previas y primeras rondas. Luego la chapa bronce para acabar de profesionalizarse. “Ahí tienes que presentar tu candidatura y la ITF te examina”. Después viene la chapa de plata, para la que se necesitan buenas evaluaciones de la ATP y la WTA. Y finalmente está la elitista gold badge o chapa de oro, que sólo la atesoran un puñado de jueces de silla en todo el mundo. Sólo con ella se pueden arbitrar finales de Grand Slam, Copa Davis, Masters, Confederaciones y Juegos Olímpicos. Con ella en su poder, Enric Molina parece uno de esos hombres a los que no se les conocen defectos posibles. Joven, padre de familia, hombre respetadísimo del tenis y con una vida económicamente estable y holgada. Molina se antoja un tipo hecho a sí mismo, apolíneo, vanguardista de aeropuerto y un pequeño pionero en el deslucido mundo del arbitraje en España. Para más gloria, fue nombrado hace algunos meses como Árbitro Jefe de la Federación Internacional de Tenis; chief of the chiefs. En su historial, fértil y exitoso, un partido curioso: aquel famoso Clement-Santoro de Roland Garros 2004, durante años el encuentro más largo de la Era Open (6 horas y 33 minutos; 6-4, 6-3, 6-7, 3-6, 16-14).

En cuanto a Mohamed Lahyani, cuya anécdota encabeza este texto, cabe decir de él que es el mejor juez de silla del circuito. Lo dicen los jugadores del Top10 y ese parece el mejor aval y el mejor argumento. Firme, dialogante y diligente. Sus virtudes son celebradas y bien conocidas pero ninguna de ellas es su mayor seña de identidad. Lahyani es, sobre todo, un tipo muy divertido. No soy un dictador sentado en mi silla. Me gusta el diálogo, la comunicación, sonreír, y así logro ganarme la confianza de los jugadores”. Es bien curioso que el mejor árbitro del tenis, el más valorado, sea sobre todo un tipo divertido, encantador. Habría que dejarle una cámara sólo para él y poner sus mejores caras en los highlights de resumen. Siempre exhibe una sonrisa cálida, hacendosa, un rictus amable de mayordomo gentil algo amanerado. Si tuviera que arbitrar un partido de McEnroe, el norteamericano terminaría pidiendo tablas a su rival ante la imposibilidad de pelearse con el juez de silla. Y Lahyani no sólo es el favorito de las raquetas, que son las que tienen que sufrirle para bien y para mal. Lahyani es también la estrella del público, de las cámaras, de los aficionados. Su carisma es patrimonio del mundo tenístico al completo. El tipo es capaz de llevar un partido íntegramente en idioma croata si lo que arbitra es el Torneo de Zagreb, lo que enloquece por completo al público local. Convendría tener a Lahyani como el mejor embajador posible del mundo del tenis, por encima de cualquier tipo de invención mercadotécnica. Felizmente, sus escenas no tienen fin. En el último Masters de Valencia se dirigía de manera inusual a un Gael Monfils que escupía sapos y culebras mirando al juez de reojo después de perder tres juegos seguidos. Cuando el jugador francés se sentaba en su banquillo, Lahyani lo regañaba de una forma de lo más alentadora: “Vamos, ya está, concéntrate. Deja de quejarte. Tú eres demasiado bueno para esto, nunca te he visto así. Vamos, concéntrate. Eres un profesional”. Con jueces así, no te hacen falta entrenadores.

Carlos Bernardes también es un tipo simpático. Brasileño, moreno de piel y surcado por una sonrisa blanca que le ilumina toda la cara cuando enseña los dientes. Bernardes parece un tranquilo y feliz emperador, henchido de temple. Afable, pero conocido en España por un par de enganchones sonados con Rafa Nadal, Bernardes acredita un largo historial de 20 años en la silla del tenis. Preguntado por su profesión, se lanza a la conocida y procelosa comparación con el balompié: “El fútbol es, de lejos, mucho más difícil de arbitrar que el tenis. No tenemos encima a 22 jugadores, a los entrenadores, a los 50.000 espectadores del estadio…es muy diferente”. Del mismo modo, Bernardes no tiene reparo en abrazar la bondad tecnológica del famoso Ojo de Halcón en un deporte, el tenis, poco tecnofóbico:”Fue una cosa buena para el tenis, ayudó bastante. Al principio era más exclusivo, estaba reservado para los tenistas que jugaban en la pista central o jugadores con mejor ranking, pero cada vez está más extendida, es mucho mejor y se utiliza en casi todas las pistas. Ayuda mucho porque demuestra que 7 de cada 10 consultas corrigen algún error del juez de línea”. Si Molina es la juventud y la virtud y Lahyani el encanto, Bernardes es la solidez, la regularidad. Aunque al juez de silla brasileño también se le conoce alguna anécdota curiosa que pone a prueba su gran fiabilidad. En la final de la Copa Masters de 2002, Lleyton Hewitt y Juan Carlos Ferrero llevaban jugando cuatro horas y disputaban el quinto set del partido. En un momento dado, Carlos Bernardes paró el partido y preguntó a los jugadores si alguno de ellos necesitaba ir al baño. Le pregunta no era casual: ellos dijeron que no, pero él abandonó la pista aduciendo que sí tenía que ir urgentemente. Cuando volvió, la grada lo ovacionó con furor y Bernardes no podía parar de sonreírse.

Por su parte, Pascal Maria es diferente. Pascal Maria conduce los partidos de forma monacal. Nada parece perturbar al tranquilo y calvo juez de silla francés, el más conocido árbitro tenístico de su país. Fuera de la pista es tan simpático como los demás, pero dentro de ella su expresividad brilla por su ausencia. Se sienta ahí arriba como un funcionario rellenando tranquilos formularios. En el mundo de la raqueta se le conoce y reconoce, entre otras cosas, por presidir desde su silla las espectaculares 4 horas y 48 minutos de la final de Wimbledon 2008, aquella en la que Nadal y Federer casi agotaron toda la luz de la Londres veraniega. “Aquélla tarde sentías que allí estaba pasando algo realmente grande”. El templado árbitro francés pareció el hombre ideal para dirigir una final tan histérica y emocional, una maratón que agotó y extasió a los propios espectadores que la veían. Pero pese a su reputación de árbitro frío, Pascal Maria pone a la pasión como un fundamento laboral importante: “Si no disfrutas, no puedas hacer un buen trabajo”. Confirma la gran filia tenística que comparten casi todos los jueces, la mayoría jugadores frustrados o platónicos. Adicionalmente, Maria se reconoce tímido y dice no estar demasiado cómodo con la fama y el protagonismo. “Los jugadores hacen el juego. Los árbitros tenemos que estar en la sombra”. Y aunque es un árbitro gold badge y ha arbitrado gran cantidad de finales importantes, algunos mentideros lo tachan de algo errático en sus decisiones, poco fiable en situaciones tensas, e incluso favorecido por su nacionalidad francesa —país supuestamente mejor relacionado con la ITF—. Sin embargo, el carácter tranquilo de Maria no lo ha librado de escenas tensas con jugadores descontentos e incluso enfurecidos. Más bien, todo lo contrario. Al tremendo cabreo de Safin o la mirada asesina de Djokovic se une, sobre todo, aquel famoso “Don’t push me” que le dedicó Juan Mónaco a Pascal cuando éste intentaba separarle de un encontronazo con un rival en un partido de dobles. Al fin, podemos describir a Maria como un tranquilo hombrecillo galo, algo naif, perfil más bajo que sus compañeros que reina en sus partidos con reposada gracia y que en ocasiones yerra por omisión de cierto pulso y cierto nervio.

Hay más jueces de silla, naturalmente. Lars Graff, que no profesa religión alguna, se hizo muy conocido por la famosa foto en la que imploraba al cielo para que no lloviera más. Alison Lang, inglesa, fue la primera mujer gold badge, y es bastante más respetada que otras colegas con menos pedigrí como Mariana Alves o Kerrilyn Cramer. Carlos Ramos, portugués, más joven que la mayoría de sus colegas, también es otro peso pesado de los umpires del tenis. Buscándole la pista, lo primero que se encuentro es ese sonoro pelotazo de Rafa Nadal, un resto muy desviado del manacorí, que casi deja sin cabeza al árbitro luso en el US Open de 2008. Kader Nouni, voz de barítono, es un francés magrebí de pelo frondoso, excéntrico de irresistible atracción hacia todo tipo de polémicas por su profusión a tomar protagonismo en los partidos; Nalbandián o Safarova lo saben bien. Y no conviene olvidarse de Jake Garner, a la sazón también poseedor de la chapa dorada y árbitro norteamericano de modales prusianos con mucha presencia en el Abierto de Estados Unidos.

Cabe decir que todo juez de silla necesita un cuello ejemplar; izquierda, derecha, izquierda, derecha. Arbitrar un partido requiere toda la disciplina cervical de la que carece el espectador que sigue el partido desde el tiro de cámara. Pero más allá de lo inmediato, el virrey del tenis debe ser un mirón con vocación reguladora. Fiscalizador, pero no invasivo en ningún caso. Observador, pero firme interventor cuando proceda. Los jueces de silla no dominan más de 5 idiomas pero sí conocen la terminología tenística en más de 20 lenguas, incluidos el cómo dirigirse al público y jugadores y las palabras malsonantes locales, por si estos escupieran alguna. Miran e imparten justicia. Son populares y se ganan la vida arbitrando un deporte de solitarios estibadores. Si no fueran fuertes, carismáticos, no podrían embridar un partido, gobernar un encuentro de élite. Si no tuvieran credibilidad habría cuatro energúmenos esperándolos en el parking del estadio al final del partido con ganas de charlar un rato. Pero en general son bastante respetados, y por eso salen en la foto. En el protagonismo de los jueces de silla está el nudo trágico de estos singulares caballeros. En su gestión de sus intervenciones, en sus enmiendas al normal discurrir del encuentro y sus sucesos (lo que se denominada en el argot overrule), en su capacidad de tomar partido y en la frecuencia y acierto de estas intervenciones está la altura real del juez de silla. Los mejores resuelven cuando es necesario y discurren ordinariamente el resto del tiempo, levantando sin más el acta del partido. No se exponen en exceso en un escenario que no es el suyo, el partido de tenis, propiedad exclusiva de los jugadores. Ganan su reputación siendo virtualmente invisibles, pero al mismo tiempo necesitan hacer sentir su ley, proyectar su sombra de liderazgo. La contradicción del juez de silla es la de ser el guardián de un juego en el que no tiene ningún protagonismo directo. Por eso sonríen.


7 comentarios

  • Muy bien documentado el artículo. Mohamed Lahyani es SUECO. Claro, quién lo iba a pensar llamándose Mohamed. Tienes suerte que esto no lo va a leer ni dios.

    • Tú crees que con todos los detalles que tiene el articulo no se sabe que el tal Mohamed es sueco?Aunque el texto no sea ninguna maravilla es profesional y esta bien contado(aunque más que nada para los aficionados al tenis). robson,hay que ser mas respetuoso con el trabajo de los demás

    • En la entradilla dice en la misma frase “árbitro marroquí” y “juez sueco”. Evidentemente es una errata, que Lahyani es de Suecia está a dos clicks de distancia para cualquiera que lo busque. Disculpas.

  • Conozco muy bien el mundo del tenis, el mundo federativo y te puedo decir que el poder de Francia no es un rumor, es una evidencia sostenible en los hechos. También es normal, sólo hay que ver el séquito que llevan en Davis y en Fed Cup para darse cuenta de que son especiales ¿por qué? Pues porque tienen Roland Garros y eso significa mucho dinero, financiación y, en última instancia, poder.

  • Curioso y bien contando.

  • Pues mira que no soy ni un entendido ni me gusta en exceso el tenis, pero el artículo me ha encantado. Ameno y hablando de algo de lo que no se suele hablar. Diferente. Enhorabuena.

  • Gracias por amenizarme el bizcocho de nuez y manzana que presidía mi desayuno.
    Interesante lectura. Y entretenida.

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