
La última vez que Dios se mostró ante la Humanidad, con mayúsculas, lo hizo en Madrid. No tengan miedo al spoiler porque se veía venir que la cosa saldría regular. Y mira que se le suelen preparar escenarios favorables, floreados, barrocos o hasta sacados de superproducciones de Samuel Bronston.
Pues no fue un éxito que se diga —gente revolviéndose en sus asientos—.
Dios es poco dado a aparecerse. Si somos rigurosos, es cierto que suele enviar a estas manifestaciones a la Virgen María o, siéndolo un poco más, a su representante de turno en la Tierra, el papa. A este último, hasta mediados de los años cincuenta no se le solía preparar ningún viaje fuera de Italia. Pero, una vez abierto el concurso de ideas, en España fuimos mucho de pujar; grandes eucaristías y encuentros con jóvenes y mayores dieron paso a escenarios masivos como el revival Puy du Fou organizado para la primera visita oficial de Juan Pablo II, en 1982, en el faldón norte de las murallas medievales de Ávila.
En otras ocasiones hay menos monumentalidad y la cabeza de la Iglesia de Roma se acerca a la gente en sus propios dominios. Pero en esta ocasión decimos que Dios vino a la capital de España. Y la puerta de conexión de lo divino con lo humano no tiene por qué efectuarse obligatoriamente a través de un stargate catedralicio, lleno de frescos y vidrieras, donde tintinean cientos de tonos de turquesa, oro y bermellón.
Como habrán adivinado ya las cabezas más avispadas, no se hace porque Madrid no anda sobrado de eso.
Perfectamente puede ocurrir, como aparece en una novela injustamente relegada, que Dios en persona aterrice en el mismo cerro de los Ángeles, en Getafe. Ese es el momento cumbre de La tournée de Dios, novela ideada, según Enrique Jardiel Poncela, en una tienda de campaña en la Sierra de Guadarrama mientras gobernaba Primo de Rivera, y entregada a imprenta en 1932, en plena Segunda República.
Todo se desencadena una noche en la que él decide aparecérsele al santo padre, en forma corpórea, para anunciar su próxima visita a la Tierra. Y será en Madrid: el «centro del centro de su afecto». ¿Cómo no? ¡Era evidente!, cae su santidad. A raíz del anuncio, toda Roma, el Vaticano, los lectores, los periodistas y aquellos que leen una nota de prensa emitida por L’Osservatore Romano se toman a cachondeo el equilibrio psíquico del papa. El libro se construye con una mezcla entre la indiferencia cómica de todo un elenco teatral —la verdadera especialidad de Jardiel— y la descripción registral de un advenimiento que pilla a la sociedad polarizada entre terrenales y celestiales.
¿Se imaginan algo con una vigencia mayor? No quiero ni pensar si en 2026 alguien anunciase que el mismísimo Supremo Hacedor lo ha escogido para coordinar su visita. La batería de personajes potenciales que a ustedes y a mí nos viene a la cabeza, y sus comportamientos, ojos en blanco, planes y decisiones imprevisibles que derivasen de ello, superarían el punto al que Jardiel exprimió su cabeza.
No hay escenario fácil, piensa cualquier aprendiz de humorista. Qué difíciles son los límites del humor. Son tantas las ocasiones en las que nuestros compatriotas hacen todo lo posible para que no sepamos qué es ficción y qué es realidad.
El Comité de Damas Católicas, severamente vestidas de negro, con grandes crucifijos colgados sobre el seno, llevaban cirios de doce duros. Desfilaron ante el Señor, arrodillándose a sus pies y besando el suelo. En vano, Dios les advirtió que el suelo estaba muy sucio y que, para manifestar adhesión, no era absolutamente necesario que se engullesen varios millones de microbios.
La cita anterior es un pasaje de la novela.
Diversos colectivos cercanos a la fe y la Fiesta, entre ellos la Alianza por la Fe y la Tauromaquia, que como Unión Internacional de Capellanes Taurinos mañana se dará a conocer, proclamarán en la Sala Antoñete la alegría porque Su Santidad visite España.
Esto, en cambio, apareció en una nota de prensa en Madrid hace unas semanas. Seguir cuerdo es tarea de gigantes.
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«¿Estás escribiendo sobre tu libro favorito?», me interpela mi esposa mientras prepara su mochilón de la piscina. Circula por mi casa, imagino que con el permiso no escrito de mi padre, una edición de la tirada de 1976 para el Círculo de Lectores que, del uso, ya tiene las hojas absolutamente desencuadernadas. Lo leí por primera vez cuando era adolescente y me mondé con la colección de situaciones absurdas y de burradas que se mencionaba en algunos pasajes. Era la primera novela de mayores en la que yo veía una continuación natural y salvaje de las aventuras de Mortadelo y Filemón en El caso del bacalao o Kilociclos asesinos. Era un paso intermedio que uno daba antes de acometer las coñas en El Jueves, El País Imaginario o los Spitting Images.
Cómo transformar la llegada del ser celestial por antonomasia en una metáfora de la España eterna es solo una de las muchas razones que me han llevado a leer este libro no menos de media docena de veces.
La vigencia de La tournée en pleno siglo XXI viene definida por su gamberrismo. Un libro escrito por un tipo incómodo y que hoy parecería un imbécil que se ríe disparando pullas desde columnas de periódicos digitales y redes sociales. Es una novela que, entre tanto teatro de éxito, apenas boquea en la lista de obras escritas por Jardiel. Pero que, sin querer o escondiendo su genialidad, pinta a la gente de Madrid tan bien como lo hacen Pío Baroja o los de Pantomima Full. Es en la ciudad escogida en la que pone a Dios pidiendo al nuncio hacer pública la noticia de que, a las once de la mañana, disertará en la plaza de toros de Las Ventas. «Y, resuelto aquel asunto, Dios mandó que le apostaran ocho duros al número 6, que era el galgo llamado Lohengrin». Dios, a pesar de los sinsabores de su viaje, logra estar a gusto siendo un anónimo en Madrid.
Lo hace de la mano de un halcón del humorismo.
También La tournée es un libro incómodo, y fue escrito por un tipo inconveniente. Vivir la calle y los cafés y las peleas en los años treinta del siglo pasado le debieron advertir sobre determinados peligros. Así que en el prólogo pone la tirita antes de la herida. «Este no es un libro antirreligioso», escribe. Regando todo de un humor ácido, su sentido de la religiosidad convence poco tanto a creyentes como ateos. «Disculpar la estupidez ajena; soportar el contacto de personas insoportables; alzarse de hombros ante lo indignante» es, para el autor, una variable manera de religiosidad. «Querer a los niños y los perros por el solo hecho de ser perros y niños es religiosidad». Y así con casi todo.
Los tópicos jardielianos que tantas veces se han usado en su contra se manifiestan tanto en la trama como en la selección de los personajes. Es un cuñao con un púlpito y con poder de oratoria. En el libro, la principal protagonista femenina, la actriz Natalia Lorzain, es una caprichosa, superficial y voluble damisela. Al periodista Pedro Cadafalch, Perico Espasa lo caracteriza con «un detalle íntimo: si hubiera tenido que elegir entre una mujer y un ingeniero agrónomo, hubiese elegido el ingeniero agrónomo». Al que venía de Barcelona, por venir de Barcelona. La sociedad en masa es una bestia ciega. Las juventudes han sustituido el romanticismo por el deporte. Y asegura que, ante la presencia del matrimonio, hay que recular como cuando un caballo ve una culebra.
Toda su rabia es tremendamente actual. Estas son sus perlas tuiteras, humoradas y, al mismo tiempo, insultos directos, de un escritor que hoy sería tildado de gilipollas de Schrödinger, frente a lo que él se defendería desde la sorna de sus escritos y el ardor de sus fans y espectadores. No vale la excusa de que eran otros tiempos. Visto el retorno de lo rancio en lo que se lee y oye hoy, pone en primer plano la vigencia de un libro que ya cumple un siglo de vida —como los argumentos de algunos—.
Jardiel Poncela perteneció a una selecta juventud madrileña que estudiaba en las instituciones más liberales del Madrid de los años diez. Fue alumno de la Institución Libre de Enseñanza y de lo que luego sería el Liceo Francés. Periodista y dramaturgo desde casi un adolescente, frecuentó tertulias con firmas como Ramón Gómez de la Serna y José López Rubio y desarrolló en diversas publicaciones la faceta cómica absurda de la otra generación del 27.
Contrapunto de la sensibilidad de Lorca, Cernuda, la Zambrano o Salinas, Jardiel se alistó al bando de la prosa satírica y el teatro del absurdo, en un grupo que componían Miguel Mihura, Edgar Neville o Tono, fundadores de la revista La Codorniz. Le fue bien en la vida y se pudo permitir participar en la primera hornada de plumas que encontraron trabajo en la incipiente industria del cine en Hollywood.
El teatro ligero y cómico y la columna periodística le permitían acelerar la agilidad de su verbo viperino. La novela no le generó tantos réditos, sin embargo. Y es en su adorado Madrid donde obtuvo un crédito que hoy día se sostiene en clásicos insuperables aún representados como Eloísa está debajo de un almendro, Los ladrones somos gente honrada o Los habitantes de la casa deshabitada. Superando el hecho de haber nacido cien años antes de la invención de las redes sociales, cuanto más reactivo fuera el formato, más retorcía la frase hasta dar un salto sorprendente, más comprimía la mala baba. Lo que sucedía es que era un insoportable misántropo. Su concepto del resto del mundo era tirando a despectivo. De hecho, son conocidas sus pausas explicativas en mitad de una obra teatral. Las insertaba con el objeto de hacer un breve resumen al público sobre por dónde iban los tiros.
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Volvamos a Madrid y a Dios, que no tiene la culpa de cómo era Jardiel.
De todos los lugares donde se podía haber situado la novela, el autor no pudo acertar más. España, la de los años treinta o la de hoy mismo, era «el centro del centro de su afecto», aquel pueblo que más trabajó por Dios y sufrió por su expansión. El sumo pontífice del libro podría perfectamente enfrentarse a estas mismas dudas que León XIV. Lo que no sabemos es si Robert Francis Prevost tendría los nervios más templados. Probablemente a la España del libro, convertida en sí misma en un personaje, le habría tenido sin cuidado. Porque los códigos generales de una visita de Estado, con el paso de las páginas, se van separando de la normalidad mundial y van adquiriendo el aspecto de un guion de Valor y al toro.
«Si con todos aquellos sucesos la humanidad pareció volverse loca, España se había vuelto seis veces más loca que las cinco partes del mundo unidas». Y el giro al que la novela se encamina, es decir, la normalización y el aburrimiento que termina por ignorar que Dios está pasando unos días por Madrid, es una radiografía tan genial y vigente como lo de opinar sobre el falso pivote o pelearnos por cómo se hace una tortilla de patata canónica.
En el discurrir de esta ficción se llega a ese momento espejo en el que España se ve reflejada, estúpida, lenta, superficial. Jardiel parodia al Heraldo de Madrid, diario que empezó sobre 1890 siendo liberal para terminar como republicano de izquierdas, lanzando una tribuna abierta en la que se hacía eco de un hartazgo popular: que las recepciones y los homenajes se hubieran apropiado del viaje del Altísimo. Que fiestas, excursiones a lugares históricos y desfiles fueran todo a lo que se había reducido su visita. Y que todos los medios de España reprodujeron esa tribuna anónima para lograr algo que solamente se da aquí: el milagro de que derechas e izquierdas se hallasen de acuerdo. Y el efecto que producía en los lectores era tanto o más típico: «Ya estaba definido aquella especie de despecho que las gentes mostraban hacia Dios. Ya todo el mundo sabía a qué atenerse».
Injustamente, se ha mantenido oculta al gran público la escena en la que el nuncio no tiene más remedio que decirle que esto no puede seguir así. Dios, que está apostando a los galgos, afición que le parece muy entretenida, está de acuerdo: «Tienes razón; llevamos perdidas veintiocho pesetas». El mismo Groucho Marx firmaría ese «No aludo a los galgos, Señor».
Madrid y su contorno salen dibujados con una sencillez entre castiza y brutal. Estamos hablando de una ciudad a punto de romper, con una periferia rural y caminos de tierra como máximo sistema circulatorio.
Y Jardiel hace pivotar el simbolismo del famoso cerro de los Ángeles como un asidero de la vuelta a la idea inicial del viaje de Dios. Al centro del centro. Y al que podemos agarrarnos en las piruetas que ofrece este viaje supersónico de cien años. De todos los sitios posibles, el mismísimo Dios fue a llegar a un pinar polvoriento que era igual que otras decenas de solares y bosques aislados de mi barrio, donde se toleraban y peleaban al mismo tiempo yonquis y puteros. Karol Wojtyła también se reunió con parroquianos en el barrio de Orcasitas en su primer viaje a España. De hecho, podrías coger el autobús 447 y conectar por la carretera A-4 el cerro y Orcasitas en media hora y convalidar los créditos de un máster que estudiase los últimos setenta años de Madrid.
Si lo piensan bien, la perra del autor con el cerrillo no es un recurso gratuito del novelista. El rey Alfonso XIII había inaugurado en 1919 el monumento al Sagrado Corazón, en la localidad madrileña de Getafe, siguiendo la consagración de todo quisque al Sagrado Corazón de Jesús por el papa León XIII en 1900. Aprovecha el monarca para consolidar la idea de que el centro geográfico de la península está precisamente ahí. Han surgido diferentes actores y actrices, y las cosas del madrileñocentrismo no han cambiado tanto. El cerro escupió de sus fauces simbólicas la idea más repetida del espectro religioso, para que nadie en este bendito país entendiese qué les era entregado.
Con la gracia de los clientes de los bares de Cascorro, las vidas de cada uno de los personajes que rodean a Dios en la novela se vuelcan, introspectivas, en sus pequeñeces y sus tareas titánicas; el insigne visitante es ignorado gradualmente. Mientras remato las notas de esta miniatura, leo las notas que ofrece la prensa de 2026, en pleno viaje papal, y miro a mi alrededor buscando la cámara oculta. Madrid se gusta y se explica a sí misma con una enfermiza solidez. Tras un último discurso en Las Ventas, Dios entiende que nadie le ha comprendido. Se queda solo, vaga por Madrid unas horas más, pero se aburre. Dios desaparecerá por el mismo cerro por el que llegó.
En el tranvía de Getafe de las 8.45. «¿Qué, ya de vuelta?», hace decir Jardiel Poncela a un revisor, como homenaje de última página. Y brinda en alto con esa maestría que posee en el diálogo teatral, campechano, que siempre le dio fama y que ha aligerado la novela entera. Rindiéndose, quizá, a forzar un desempate entre ambos formatos literarios.
Y, durante el resto de la novela, el papa ¿qué hace? Su Santidad finge estar pocho y se larga a Roma. Pero eran celos.







