
Una cree que está escuchando una canción antigua, pero en realidad está abriendo una trampilla. Pasa con una sintonía de televisión, con el ruido de una consola al encenderse, con el olor de una revista vieja que ha sobrevivido en un trastero entre electrodomésticos obsoletos, libros de texto y algún juguete al que ya le falta una pierna, como a los veteranos de una guerra doméstica. La escena parece inocente. Suena una canción que tampoco era para tanto, aparece en una plataforma una película que vimos de niños, alguien rescata una cabecera de dibujos animados y de pronto sentimos una punzada de trascendencia privada, como si el universo acabara de comunicarnos algo profundo a través de una melodía compuesta seguramente en media tarde por un señor con teclado.
La nostalgia tiene esa mala educación. Llega con materiales de segunda y se comporta como si trajera una epifanía. Convierte un cromo mal impreso en reliquia, una serie normalucha en epopeya fundacional, un anuncio de natillas en magdalena proustiana de supermercado. Lo divertido, y también lo humillante, es que no se trata solo de sentimentalismo barato. Detrás hay ciencia, hay memoria autobiográfica, hay emoción, hay identidad, hay un cerebro haciendo chapuzas con una convicción de restaurador renacentista. Por eso conviene desconfiar un poco de quien presume de acordarse perfectamente de cómo eran las cosas. Nadie se acuerda perfectamente de casi nada. Recordamos con voluntad de guionista, con cortes, música añadida, planos de recurso y una selección de miserias bastante interesada. La memoria humana no funciona como un almacén donde dejamos cajas etiquetadas y volvemos años después a buscarlas con una linterna. Funciona más bien como un montaje que se reconstruye cada vez que lo invocamos. Al recordar, el cerebro reactiva piezas dispersas, fragmentos visuales, sensaciones corporales, datos verbales, climas emocionales, y con todo eso fabrica una versión utilizable del pasado. El hipocampo ayuda a ordenar la escena, la amígdala colorea la emoción, la corteza prefrontal intenta dar coherencia al relato y otras redes cerebrales, relacionadas con la imaginación y la proyección de uno mismo en el tiempo, colaboran en el apaño con alegría. Cada recuerdo, además, puede modificarse al ser recuperado, porque vuelve al estante un poco sobado, corregido y contaminado por lo que somos ahora.
Ahí empieza el chollo de la nostalgia. Cuando miramos hacia atrás no buscamos únicamente un hecho, buscamos una versión aceptable de nosotros mismos. El niño que veía Los Goonies, la adolescente que grababa canciones de la radio, el universitario que creía que una chaqueta de cuero solucionaba los problemas de identidad, la persona que compró un CD con dinero que probablemente necesitaba para otra cosa, todos esos yoes forman una comunidad bastante mal avenida, pero útil. La nostalgia los sienta en la misma mesa y finge que existe continuidad. Gracias a ella podemos decir «yo era así» con cierta tranquilidad, aunque aquel yo tuviera una comprensión del mundo equiparable a la de un fumeta con póster de Bob Marley en su habitación.
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A veces entro en el bucle del «todo tiempo pasado fue mejor», y esa sensación de angustia mezclada con añoranza (si acaso eso es la nostalgia) me atrapa por un largo rato. ¡Qué hermoso artículo! Me sirve para repensar muchas cosas.
Muchas gracias.
María, tus artículos no defraudan. Muy bueno, muy bien escrito y muy cierto.
El «barniz ideológico progresista» que destila el artículo compite con el «envoltorio de chuchería» de la nostalgia.
«Nosotras», por cierto, no es inclusivo; lo adecuado sería «nosotrEs»…
El mismo asco que le produce a la autora la «mili» o «la mano dura», nos producirá en un futuro el juego pueril con el lenguaje de «géneros fluidos» y la cultura de la cancelación woke (eso, para la autora, no será «mano dura»)…
También se revisará la cultura del aborto masivo (quitarse un feto como si fuera una verruga, 100.000/año, van 2 Millones desde 2006), los juzgados exclusivos para hombres (LVG), o las mutilaciones genitales para cambios de género…
No sé si había mano dura en el pasado, pero, suicidios había bastante menos; lacra social que se lleva por delante más de 4.000 vidas al año en este país, el 75% varones…
La «mano dura» que acaba apretando el gatillo, haciendo el nudo de la cuerda o abriendo el bote de barbitúricos…
Mi cerebro no es nostálgico, gracias a dios. De alguna forma tiene asimilado que en el pasado había mierdas, en el presente la hay y en el futuro las habrá. Pero una cosa que tiene bien aprendida es que son las mismas mierdas de siempre ejercidas y bendecidas por la ideología mierdosa de turno… Ora esta, ora la otra, ora la siguiente… O sea, que mismo perro, diferente collar, pero misma naturaleza y mismo mordisco.
Ya en los 80’s solía repetir cuando alguien se ponía nostálgico (casi siempre estando fumados) aquela genial frase: «cualquier tiempo pasado fue anterior» ;-P