Editorial

La bola, o el arte de mirar sin ver

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Ángel L. Fernández, conocido como «un sevillano» en un ático en Santa Pola, 2006.

La conocí con los ojos vendados hace ahora veinte años. Después de meses de conversar por teléfono, cuando por fin di con ella, no quiso verme, y la razón la dijo sin rodeos ni pudor: no era la mujer de las fotos. Podríamos habernos quedado ahí, en el reproche o en la decepción, que es donde se suele quedar casi todo el mundo. En lugar de eso le propuse un trato. Subir a su ático, sentarme de espaldas en el quicio de la puerta, dejar que me anudara un pañuelo sobre los ojos y pasar el día así, a ciegas, con ella. Aceptó. Y pasamos una tarde entera de la que conservo una sola fotografía, movida, doméstica y francamente fea, en la que aparezco sentado en el borde de su cama con unos cuadros de tela tapándome la mirada. Aquel día no la vi, pero estar con ella así, en una oscuridad acordada, dio comienzo a una de las relaciones más fascinantes que he tenido en mi vida.

No encontrarás ninguna escena parecida en La bola, y no es por casualidad. El libro de Daniel Verdú está escrito desde el lugar exactamente contrario al que ocupé yo aquella tarde. Yo me senté de espaldas y acepté no verla para poder conocerla. El libro se sienta de frente, exige el rostro, y al no obtenerlo resuelve que el rostro era un enigma. Llevo una semana intensa con el dichoso libro; es el cierre de cuatro años de llamadas de muchos conocidos y del propio Daniel Verdú sobre un hipotético ensayo biográfico que finalmente aparece se presenta como «narrativa basada en hechos reales». El relato de cómo la conocí solo lo puedo escribir desde el cariño y la admiración, que son dos cosas que no aparecen por ningún lado en la novela de Verdú. En su lugar el libro transpira resentimiento y la culpa no es del autor. Me explico.

Daniel Verdú no es el problema, y quiero decirlo con todas las letras. Ha escrito el libro que se podía escribir con el material que tenía a mano, y tuvo ese material por una razón sencilla y poco heroica. Las personas que de verdad conocieron a Mar, las que se postularon para contarla, respetaron que la familia no quisiera todavía. Esa renuncia dejó la historia disponible para el mercenarismo. Enric González, promotor intelectual del libro y posiblemente coautor del mismo en una primera etapa, como él mismo reconocíó a la familia, dejó que fuera Verdú quien lo desarrollara y finalizara, no sé muy bien si por vergüenza o por pereza. Verdú, por tanto, es un beneficiario por defecto, no un culpable, y no se debe confundir la suerte con el mérito ni el mérito con la culpa. El reparo no va contra su pluma, que funciona. Va contra el lugar del que sale lo que la pluma transcribe.

Lo que tenemos es un retrato de una ausencia levantado casi por completo con las voces de quienes tenían cuentas pendientes con su recuerdo. Esa es la avería de origen, y es una avería de método, no de carácter, lo que la hace más difícil de rebatir. Un relato construido sobre quien arrastra el agravio del ERE, sobre quienes mantuvieron con ella relaciones de amor y odio a partes iguales, y sobre quien solo entrega la anécdota inofensiva para no mojarse, produce una distorsión previsible. Por encima de todos esos yacimientos asoma uno que el libro nunca nombra como lo que es: aquella redacción madrileña por la que Mar pasó como una apisonadora y que no olvida. La bola es, en una de sus capas, la memoria larga de una institución arrollada. Una mujer sin credenciales entró sin invitación en un mundo endogámico y mayoritariamente masculino, lo sedujo, lo usó y lo dejó atrás, y ese mundo ha tenido por fin la ocasión de devolver el golpe bajo el paraguas respetable de una «biografía». El resentimiento que transpira el texto no es la voz del autor. Es la composición de la muestra. Y en una obra que presume de buscar la verdad, esa diferencia lo es todo.

Esa etiqueta paradójica con la que editorial categoriza la novela, la narrativa basada en hechos reales, tampoco es un guiño literario inocente. Es un cajón desastre que funciona como seguro a todo riesgo. Cuando un libro se reserva por escrito el derecho a novelar, las infidelidades factuales dejan de ser errores y pasan a ser estilo, y quien señala una costura queda convertido en el lector sin matiz que confunde la prosa con el acta notarial. El género no describe esta obra. La blinda. Y por eso quienes conocemos los hechos de primera mano somos justo los lectores ante los que ese blindaje no sirve, porque sabemos dónde se rinde el ensayo y empieza la invención.

El asiento más cálido del relato, sus primeras y últimas páginas, lo ocupa Enric González, y tampoco eso es inocente, como ya he señalado anteriormente. El libro entroniza precisamente al testigo que convirtió su cercanía con Mar en personaje propio, al hombre que paseó por cenas y reservados una intimidad que, quienes estábamos dentro, sabemos que fue más interpretada que real. Alardeó de conocerla como nadie mientras, en su cabeza, la confundía con otra. Que el narrador conceda la centralidad a esa voz, y no a quienes sostuvieron el invento día tras día, dice más sobre la arquitectura del texto que cualquiera de sus capítulos. Una biografía que coloca en el centro a quien más presumió de conocerla durante el tiempo que no la conoció es un desbarajuste narrativo total. Que además pase de puntillas en una relación que fue lo más bonito que les pasó a Mar y a Enric en mucho tiempo, disfrazándolo de otra cosa, me da una pena atroz.

Y aparece entonces el agujero estructural, el que ningún testimonio podía tapar porque está en la elección del eje. El libro se ordena alrededor de las dos únicas cosas que Mar fabricó hacia fuera: el famoso y el enigma. Esa decisión deja el relato ciego para ver el motor. El areópago, el trabajo editorial cotidiano, la maquinaria que de verdad movía una revista no caben en una narración cuyo centro es el glamur y el misterio. La ironía es demasiado redonda para dejarla pasar. Una obra anunciada como la radiografía de la verdad en manos de una mentira acaba reproduciendo, plano a plano, el escaparate que montó la propia mentira. Confunde el marketing con la revista. Cuenta la Jot Down que Mar vendía, la de la foto con el famoso de turno, no la que sosteníamos los demás. La mitad del tráfico de aquella revista no lo daban los rostros que posaban abrazados a la Smart, sino firmas que el gran público no conocía: Álvaro Corazón Rural, Emilio J. Rodríguez, Diego Cuevas, Bárbara Ayuso y unos cuantos más, autores que escribían lo que de verdad se leía mientras el escaparate brillaba en otra parte. De ellos no hay biografía posible aquí, porque no encajan en una historia montada sobre el misterio. No eran misteriosos. Solo eran, son, buenos, muy buenos.

El final termina de partirle el espinazo a la propuesta. La forma trágica que el libro elige reclama una cumbre y una caída. Sitúa la cumbre en el suplemento de El País, el supuesto momento de esplendor, y trata lo posterior como desenlace, como duelo, como migración de los patos hacia el invierno. El problema es que ese desenlace no ocurrió. La revista que el libro entierra tiene hoy más lectores que entonces, sostenida por muchas de esas firmas que no salían en la foto y otras nuevas. El crecimiento posterior contradice la curva, de modo que desaparece, no por mala fe sino porque un final feliz le arruina la elegía al narrador. La caída no es un hallazgo del reportaje. Es un requisito del género que el autor eligió. Y cuando el género impone los hechos en lugar de respetarlos, ya no hablamos de un ensayo, de una biografía al uso, sino de narrativa basada en hechos reales que que confunde la falta de fuentes primarias con licencia literaria y deja fuera, por pura ceguera documental, aquello que no cabe en su marco elegíaco.

Queda al fondo la pregunta que el libro asciende a metafísica y que es mucho más prosaica de lo que aparenta. La bola eleva el hueco de su retrato a enigma esencial, al nomen nescio, al misterio irresoluble de una mujer sin rostro. Buena parte de ese hueco no es un misterio. Es un silencio que algunas personas eligieron sostener por respeto a una familia y a una muerte reciente. Hacer literatura con lo que otros decidieron callar no es resolver un enigma. Es ocupar un sitio que estaba vacío porque alguien tuvo la decencia de no llenarlo todavía. Yo me vendé los ojos una tarde para poder conocerla. Daniel Verdú mantuvo los suyos bien abiertos y, al final, no vio nada.

Actualización 08/06/26: Se ha cambiado el término «ficción basada en hecho reales» por «narrativa basada en hecho reales» que es la leyenda que aparece en la cubierta. Cuando un libro que rehúye las fuentes primarias se envuelve en la etiqueta de «narrativa basada en hechos reales», no solo está admitiendo que ficcionaliza, sino que confunde ese déficit de trabajo documental con un gesto de estilo.

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22 comentarios

  1. Un texto muy bonito que transpira tristeza. Ánimo.

  2. Uno de la redacción

    Si tus fuentes son solo los tíos que se dejaron engañar con fotos de una peluquera pese a ser gurús del periodismo patrio, normal que la info que te den sea bastante inexacta y tergiversada.

  3. Es evidente que el libro no trabaja con fuentes primarias. Estuve en la presentación del libro en Laie y fue tremendo. Se nota que ha oído campanas pero no sabe dónde, y acaba rellenando los muchos huecos tirando de imaginación.

  4. Siento mucho tanta tristeza.
    La bola era muy atractiva incluso para quienes solo la conocimos por sus tuits (¿Roma está bien?).
    Por lo que contáis todos, parece una mujer con unas luces y sombras muy, muy similares a las de Carmen Balcells. Los de Carmen lo vieron venir cuando murió y por eso escribieron «desde dentro» el libro de Carme Riera, para que no se les adelantara nadie, y contarlo todo desde su mirada. Pero lo primero es el respeto a los suyos, claro.

  5. Viviendo en el extranjero (aunque leyendo la prensa digital española), no he entendido nada del artículo.

  6. Antonio Yelo

    Leo en «La bola» la relación de Mar de Marchis con Antonio Caño (ex director de EL PAÍS). Hay páginas en que parece que habla de cómo Rasputin aconsejó y llegó a anular la voluntad del último zar de Rusia y de su mujer.
    Estoy a medio libro. Verdú ya ha culpado a Cebrian de la gran crisis del grupo PRISA. Me temo que ahora, en sus exageraciones, solo falta a Verdú culpar a Mar de Marchis de la caída de ventas y de publicidad del periódico EL PAÍS y de cómo ha bajado a mínimos la calidad de sus reportajes y de los artículos de opinión.
    Ya esta bien de buscar culpables fuera de la redacción, señor Verdú!
    No leeré las últimas 100 páginas, ¿para qué?

  7. Necesito a Balas

    Sí, es enrevesadillo.

  8. Bravo, Ángel.
    Un abrazo.

  9. Típico artículo que se queja de que las cosas no son como se cuentan pero no dice cómo eran en realidad. Yo sé lo que tú desconoces pero no te lo cuento.
    Un arabesco largo y enrevesado para decir que lo importante era el talento de las firmas.

    • Arabesco largo y enrevesado.
      No se puede explicar mejor la sensación que produce la lectura de este artículo en el que no se entiende nada.

  10. Te quiero, Ángel

  11. Abraçada, Ángel.

  12. Para los que van perdidos, este artículo puede aclarar un poco de dónde viene la historia:
    https://archive.is/EXd1f
    Por más que me pueda la curiosidad, también comprendo que hacer una biografía de alguien que quería mantenerse oculto hasta el punto de no mostrar ni su cara en una reunión, tiene un poco de traición, así que creo que entiendo el motivo de esta «réplica» y por qué no da más detalles. Si además esta obra se reviste de ficción para poder rellenar huecos a voluntad, peor me parece.
    Por otra parte, el autobombo de este artículo me gusta menos, no era el momento ni el lugar para echarse flores uno mismo.
    No tenía previsto leer el libro, y ahora menos. Cuando quiero leer ficción , lo hago, y cuando leo historia, busco rigor. Las mezclas no me llaman.

  13. Bouchenoire

    Ay, la gran Shizuka! ¿Entrevistaron a alguien del antiguo Areópago? Si fue a Pozí o Amazonia me imagino el resultado. Paso de leer ese libro, me quedo con la Mar del mito.

  14. Tobi Chanfreut

    Muy buen artículo Ángel, me ha encantado lo del pañuelo de tweed y ese final que contradice al refrán no dándole a los tuertos la categoría de rey.

  15. César Fernández

    https://archive.ph/dFpJ7

    Soy muy de Ignacio Vidal-Folch. Aquí no me decepciona.
    Sobre todo me agrada lo de que esta casa no es de esta bandería o de aquella, es para todos.

  16. Hoy le han dedicado la hemeroteca del Buitre a este asunto. Con citación de los artículos, lo de hablar mal de los muertos está feo si no has tenido valor de hacerlo cuando estaban vivos.

  17. Sólo diré que como Carlos Boyero ha elogiado el libro (https://elpais.com/television/2026-06-13/que-buenos-son-mis-amigos.html), ya sé que el libro no vale la pena.

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