Filosofía Arte y Letras

La humanidad contra sus enemigos posthumanos

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Imagen promocional de Metrópolis, 1927

La encíclica de León XIV («Magnifica Humanitas») aparece de repente como una advertencia, una declaración y un llamamiento a los ciudadanos conscientes de la hendidura abierta en este alarmante momento de la historia. Las sentencias de la encíclica apelan a la más ilustre e ilustrada tradición humanista, a la visión trascendental de la existencia y a la responsabilidad de los gobernantes y académicos encargados de proteger el legado humano. La meditación de León XIV propone desde el Vaticano una resistencia inteligente contra el anunciado dominio de las máquinas.

Los medios de comunicación de todo el mundo han reseñado el libro del nuevo Papa y difundido algunas de las ideas que cuestionan la impunidad con que la tecnocracia quiere imponer su mandato. Su reflexión contribuye a despertar la conciencia pública del resbaladizo acantilado al que estamos asomados. Pero ante el sagaz y valeroso tratado papal vale la pena recordar que los productos de la industria del entretenimiento llevan décadas seduciendo a una población ingenua, crédula y consumista. Dócilmente dispuesta a creer que el progreso es la anticipación de lo que a la fuerza sucederá. El estado de opinión social construido por las ficciones cinematográficas (por ejemplo: Minority Report, A.I. Artificial Intelligence, Ready Player One, las tres de Steven Spielberg) se ha resignado a obedecer la dictada «innovación» tecnológica. Negándose a entender la quiebra producida en la historia de la técnica. Durante miles de años el hombre ha fabricado herramientas y utensilios. Los ha tenido en sus manos para productivas e ingeniosas tareas. Sin embargo, ahora, ha descubierto con estupor que el propio hombre será el instrumento de la máquina que ha tenido la desdicha de inventar. Un artificio que promete a los poderosos jerarcas y arcontes de este mundo la más eficaz y despótica gobernanza de la humanidad. Conduciendo sus deseos, dirigiendo sus frustraciones, injertando en su imaginario los brotes de una fantasía psicótica y entrenándola como la réplica orgánica de un robot programado por su dueño.

Los partidarios de la amistad entre Barack Obama y Bill Gates consideran deplorable la alianza entre Donald Trump y Elon Musk. Y viceversa. Este juego hipnótico que entretiene a los adversarios del bando denostado ha permitido que todos ellos vayan comprando las infernales bagatelas tecnológicas. Un mecanismo que ha penetrado en las estructuras administrativas del Estado y en la cabeza de unos usuarios condenados a padecer los temibles síntomas de una atrofia cognitiva, la pérdida de la memoria y una adictiva dependencia emocional. Como bien sabe hacer la implacable dictadura china que nuestro presidente coloca en «el lado correcto de la historia».

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5 comentarios

  1. Aunque es un texto polémico y combativo que plantea una crítica legítima a ciertos excesos del tecnoutopismo, creo que corre el riesgo de convertir una discusión filosófica compleja en una batalla moral entre «humanistas» y «enemigos de la humanidad». Resulta más convincente cuando denuncia la concentración de poder tecnológico que cuando atribuye a autores como Braidotti intenciones casi conspirativas. La cuestión de fondo no es si la tecnología sustituirá al ser humano, sino quién decide cómo se integra en nuestras vidas y con qué límites.

  2. El artículo formula una advertencia necesaria sobre el poder tecnológico, pero incurre en una paradoja frecuente que cada vez me encuentro en más textos, la de criticar el determinismo tecnológico mediante otro determinismo, esta vez apocalíptico. La historia muestra que las tecnologías no tienen una dirección moral propia; han servido tanto para ampliar la libertad humana como para restringirla. La cuestión no es elegir entre humanismo o posthumanismo, sino desarrollar instituciones capaces de orientar la innovación hacia fines humanos. Renunciar a la tecnología por miedo sería tan ingenuo como entregarse a ella por fascinación. La verdadera responsabilidad consiste en gobernarla, no en demonizarla

  3. Basta de fanatismos de un lado y del otro. Este artículo ya declaró que un lado son enemigos de la humanidad, y llamo a todo «delirio» post-humanista.
    La «magnífica humanidad» es el delirio más grande de todos.

  4. El autor de este artículo y Rosi Braidotti incurren en el mismo error: creen demasiado en la propaganda de los vendedores de Nuevas Tecnologías. Yo recomendaría a ambos las relectura del «Eclesiastés».

  5. He leído con interés tanto el artículo de Basilio Baltasar como los comentarios que lo acompañan. Todos parecen partir de una premisa que para mí resulta llamativa: que debería preocuparme profundamente el destino de la humanidad dentro de treinta o cincuenta años.

    No me preocupa.

    No lo digo con cinismo ni con provocación. Lo digo por simple realismo biográfico. Tengo una edad avanzada, un horizonte temporal limitado y una parte significativa de mi patrimonio invertida, directa o indirectamente, en empresas que lideran el desarrollo de la inteligencia artificial, la computación avanzada y la infraestructura digital. Mi relación con este debate no es filosófica. Es patrimonial.

    Cuando leo advertencias sobre la amenaza posthumana, la erosión de la democracia o los riesgos antropológicos de la fusión hombre-máquina, comprendo la inquietud. Pero también observo que quienes escriben estos textos suelen situarse en una perspectiva histórica de largo alcance que yo ya no comparto. Ellos hablan del mundo que existirá en 2060. Yo gestiono mis intereses en el mundo que probablemente exista durante los próximos diez o quince años.

    Se dirá que esta posición es egoísta. Probablemente lo sea. Pero sospecho que es más sincera que muchas otras. La historia económica no se ha construido sobre generaciones preocupadas prioritariamente por el bienestar de desconocidos que vivirán dentro de medio siglo. Se ha construido sobre individuos que intentaban mejorar su situación material en el tiempo que les tocó vivir.

    Además, hay algo que rara vez se menciona en estos debates. Los mismos críticos que denuncian el poder de las grandes tecnológicas utilizan sus plataformas, consumen sus servicios, almacenan sus datos en sus servidores y dependen de infraestructuras creadas por ellas. La indignación suele convivir bastante bien con la dependencia.

    No ignoro los riesgos. La concentración de poder económico es real. Los problemas regulatorios son evidentes. Las capacidades de vigilancia aumentan. Todo eso merece atención. Pero entre reconocer esos riesgos y concluir que debo desear el fracaso económico de las empresas que sostienen buena parte de mi patrimonio hay una distancia considerable.

    Algunos autores presentan el conflicto como una batalla entre humanistas y posthumanistas. A mí me parece una simplificación teatral. El verdadero conflicto es mucho más prosaico: entre quienes obtienen beneficios del cambio tecnológico y quienes perciben principalmente sus costes.

    Por una vez, al menos, convendría reconocer que los incentivos materiales existen.

    Mientras otros discuten sobre la esencia de lo humano, yo observo las cuentas de resultados, las cuotas de mercado, la capacidad de generación de caja y la ventaja competitiva de determinadas compañías. Puede que no sea una postura noble. Tampoco pretende serlo.

    Simplemente es la posición de alguien que ya no confunde sus intereses con el destino de la civilización.

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