In memoriam: J.J. Cale

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JJ Cale

Hay hombres que definen por sí solos un estilo. Ni siquiera tiene por qué ser lo más original, o lo más diferente. Solamente lo más distintivo.  Y si alguien dijese «he grabado una canción a lo J. J. Cale», cualquiera podría hacerse una idea de cómo suena sin necesidad de haberla escuchado. De hecho, hay bandas que casi han basado todo su estilo y discografía en él, en su sonido, como los Dire Straits. La verdad, J.J. Cale ha sido más importante que famoso. No sé si se preocupaba mucho por ninguna de las dos cosas. Parecía feliz dedicándose a la música sin tener que soportar los agobios del estrellato.

—Tío, tienes una canción en la televisión nacional.
Yo dije:
—¿Qué?
—Sí, Eric Clapton ha cedido After midnight para un anuncio de la cerveza Michelob.

Así de simple lo contaba. Porque las cosas importantes en su carrera sucedieron más o menos así. Bastantes años antes, en 1970, John Weldon Cale era un músico desconocido que no gozaba del más mínimo éxito. Nada. No tenía salida. Su principal intento para prosperar en el gremio había consistido en trasladarse a California para trabajar como ingeniero de sonido en la floreciente industria musical de los 60. Ese intento no había llegado a ninguna parte. Más allá de actuar con su guitarra en clubes de striptease y otros conciertos de similar corte alimenticio, se veía obligado a ganarse la vida en otras cosas, ya fuese como encargado de la freidora de un restaurante o como mecánico de ascensores, profesión a la que se dedicaba cuando su música sonó por primera vez en las ondas. Escribía canciones en sus ratos libres, grababa sus maquetas y era, según él mismo, «pobre como las ratas».

En aquel lejano 1970 había cumplido 32 años, ya con asomo de canas en el cabello. Básicamente había abandonado toda esperanza de triunfar en el mundo de la música, como tantos otros aficionados a lo largo y ancho del globo. Pero la sorpresa llegó un buen día cuando escuchó a Eric Clapton en la radio. La superestrella británica estaba interpretando una canción, pero no cualquier canción: ¡estaba tocando una de sus canciones! Se trataba de After midnight, ese melancólico himno a la nocturnidad que en manos del guitarrista inglés se transformó en un enorme éxito. Fue el primer y gran golpe de suerte de Cale, de los varios que vendrían después, siempre por obra y gracia de Clapton. Aunque Cale resumió el asunto con su habitual sensatez de tipo sencillo con los pies muy en el suelo («ha sido agradable recibir algo de dinero por los derechos de autor»), aquello le permitió iniciar su propia carrera discográfica y dejar de saltar de un empleo sin futuro a otro empleo sin futuro. Ahora podía codearse con algunos grandes nombres como el propio Clapton o Leon Russell, quienes apreciaban su capacidad para componer temas tan sencillos como poderosos. Empezó a hacerse llamar J.J. Cale para evitar la confusión con otro John Cale, el miembro de The Velvet Underground.

Sin embargo nunca mostró intenciones de convertirse en una estrella. Él ya tenía una vida hecha cuando Clapton le posibilitó empezar a ganar dinero con la música, y el dedicarse a grabar discos y hacer giras no parecía implicar la necesidad de adoptar un estilo de vida demasiado distinto al que ya se había fabricado durante su época de completo anonimato. Huidizo y reservado, J.J. Cale nunca ha concedido muchas entrevistas ni se ha dejado ver en los grandes eventos. Aunque esa actitud fue ablandándose (relativamente) con los años, durante un tiempo parecía casi el J.D. Salinger de la música rock. Quizá lo suyo no era tan exagerado, ya que salía de gira y promocionaba sus discos; de manera discreta, pero los promocionaba. Pero su integridad personal y artística parecían contar mucho más en su balanza que la posibilidad de alcanzar el gran estrellato. Desperdició unas de las grandes ocasiones de colar una canción en el Top Ten estadounidense (sin que la hubiese grabado Clapton, queremos decir) cuando se negó a acudir a un programa de TV porque le obligaban a hacer playback, y porque encima no le permitían que lo acompañase su banda habitual. Casi cualquier otro músico hubiese tragado con esas condiciones a cambio de una oportunidad de promoción instantánea ante millones de espectadores en la televisión nacional. A J.J. Cale, simple y llanamente, no le importaban tanto esas cosas.

Mediados ya los años 70, Clapton tuvo un nuevo detalle al grabar otra de sus canciones, Cocaine, que se transformó de inmediato en otro enorme éxito —de hecho, uno de los grandes éxitos en la carrera de Clapton— y ayudó a engrosar la cuenta bancaria de Cale para hacerle la vida más cómoda. Pero una vez más, la atención desmesurada parecía incomodarlo. Tuvo que aclarar que no le gustaba la cocaína y que el tema era en realidad una canción antidroga, algo que Clapton también hizo notar en sus entrevistas. Cale nunca dio que hablar con escándalos, ni con desvaríos de rockero pasado de vueltas. Él seguía siendo el mismo tipo normal de siempre y lo que quiera que hizo, se lo quedó para él. Sea como fuere, aquellas dos versiones le garantizaban un ingreso regular y J.J. Cale parecía conformarse con eso. Su influencia sobre otros muchos músicos pasó más desapercibida, pero no por ello fue menos determinante.

En los 80, un anuncio de cerveza volvió a poner After midnight (la de Clapton) en el candelero. Cale volvió a enterarse por casualidad, y como de costumbre se alegró de saber que llegarían nuevos cheques a su banco. Y su actitud siguió sin cambiar lo más mínimo. Nada de farándula, de lavados de imagen ni de frivolidad: cuando uno veía a J.J. Cale en alguna de sus escasas y breves entrevistas, era como estar viendo al mecánico del barrio o al dependiente de la gasolinera de al lado. Un tipo normal, con aspecto normal, sin pretender parecer más joven, ni más glamouroso, ni más guapo, ni más interesante. Era sencillamente él. Sin creerse nada especial por ser un artista universalmente respetado; sin frases grandilocuentes ni sesudos mensajes para la humanidad. Era John, el mismo tipo de la guitarra que antes arreglaba ascensores y que ahora, por casualidades de la vida, grababa discos. Dejaba que la música hablase por sí sola. Teniendo aquellas canciones, ¿para qué necesitaba una imagen?

Ahora J.J. Cale ha muerto y probablemente la gente descubrirá que había bastantes más canciones memorables en su repertorio aparte de las dos joyas que Clapton, con admirable criterio, adaptó con brillantez a su estilo. Y también descubrirán que no pocos artistas han recibido su influencia directa. Poco nos importa, como tampoco le importaba a él, que nunca haya adquirido la condición de «estrella». Así vivió más tranquilo, que es lo que siempre pretendió conseguir. Y su música tranquila es lo que nos quedará para recordarnos que no se necesita la fama para pensar que uno ha triunfado en la vida. A él le bastó el aprecio, respeto y admiración de otros muchos artistas y de un público reducido pero entregado. Y sobre todo le bastó saber que había abandonado para siempre los trabajos de mierda de su juventud. ¿Qué más puede necesitar un hombre? Seguramente se siente satisfecho con su vida, ahora que definitivamente está contemplándola —como siempre, sin mover un solo músculo de su rostro— desde algún lugar más allá de la medianoche.

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15 comentarios

  1. viruela

    por supuesto, la gente podrá descubrir mas canciones de J.J. Cale ahora que ha pasado a mejor vida, pero no será precisamente por su académico y previsible “panegírico al muerto”, en el que usted es incapaz de mencionar ninguna composición del músico fallecido, más allá de (oh, casualidad) del par de éxitos que transfundió Eric Clapton… posiblemente, cuando usted debió ocuparse de conocer la austera discografía de JotaJota (no se si usted estaba en edad de hacerlo), estaba acopiando compulsivamente discos de Pink Floyd, enfin…

  2. José Angel

    Sus discos son una delicia. Siempre lo preferí a Clapton: es más sutil.. y desde luego era el que tenía las ideas.

  3. Rdosdedos

    Descansa en paz, Cale. Eras y eres el puto amo.

  4. Y ha muerto en Friday,ya sabes como te digo…
    Sosiego en estado puro,banda sonora de mis amores,te quise para calmar a mis amigos y excitar a mis amantes.
    Friday ,friday… Rosebund…
    Sit tibi terra levis Yiyi

  5. Magnolia, you sweet thing
    You’re driving me mad
    Got to get back to you, babe
    You’re the best I ever had
    You’re the best I ever had

  6. devilinside

    You keep blowin’ down the road, J.J.

  7. Me acabo de enterar de su muerte. Nos hacemos mayores… El goteo de fallecimientos de músicos que han llenado nuestra vida irá siendo cada vez mayor. La música moderna empezó en los años 60 por parte de veinteañeros que actualmente están en los 70… Por cierto, hace años que intento recordar una canción de J.J. Cale que me gustaba mucho cuando era joven, que incluía un solo de trompeta. ¿Alguien la recuerda?

  8. Sus 5 primeros álbumes son indispensables en cualquier discoteca que se precie de completa. Descansa en paz J.J.

  9. Caowentoh

    Joer, ni me había enterado. Un grande.

  10. Jose Trapiello

    Tambien un anuncio de un autommovil de hace poco, creo que un citroen usaba una de sus canciones en su propia version llamada; Call me the brise.

  11. Pingback: “Fue un músico fantástico y era mi héroe.” – Sé y Haz.

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