Zoran «Moka» Slavnić: «Eso de que el baloncesto es mejor y más rápido ahora que en los setenta es una ilusión óptica» - Jot Down Cultural Magazine

Zoran «Moka» Slavnić: «Eso de que el baloncesto es mejor y más rápido ahora que en los setenta es una ilusión óptica»

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Fotografía: Ivana Todorović

No quiere dar entrevistas a periodistas, menos si son para medios españoles. Seguimos llamando hasta que le cogemos delante de su mujer y es incapaz de negarse. Acepta recibirnos durante una hora, nos mete prisa: «¡Os sangra el tiempo, os sangra el tiempo!». Pero pronto se emociona. Llora tres veces. Cuando estamos haciendo las fotos no para de darnos abrazos. Efectivamente, todos los que nos advirtieron de que nos encontraríamos ante un tío de una personalidad arrolladora e imprevisible estaban en lo cierto. Cuando está contento, es todo corazón. Se acababa de tatuar con sesenta y tres años el nombre de su mujer en el brazo. En el otro, tiene el logotipo de la FIBA Hall of Fame. Así celebró que en 2013 le incluyeran entre los cincuenta mejores jugadores de la historia.  

Zoran Slavnić (Belgrado, 1949) fue posiblemente el mejor base de Europa en su tiempo,  el cerebro de la primera generación de jugadores yugoslavos de baloncesto que vino al mundo a ganárselo todo a todos, siempre poniendo la mueca del Joe «Hombre sin nombre» de Clint Eastwood, para luego ser el primer entrenador de Dražen Petrović y tener bajo sus órdenes a Kukoč, Radja, Djordjević y compañía. Nos encontramos con él en una cafetería de Dorćol, el barrio en el que reside en Belgrado.

Cuando hemos preguntado por ti todo el mundo nos ha dicho que estás siempre tomando café en el mismo bar.

Nací prácticamente en esa calle. El bar ha cambiado muchas veces de dueños, ha sido una kafana [restaurante tradicional], un cafetería, pero para mí siempre será aquel lugar frente a mi casa donde empecé a ganar dinero apostando a las canicas. Eran mis ingresos de niño. La mejor paga que tuve. Jugaba tanto que me jodía las manos. Mi madre me hizo una almohadita para que apoyara mejor la muñeca en el suelo y pudiera jugar más horas. Había gente de otras zonas de la ciudad que venía a jugar contra mí. Los macarras del barrio me querían y me guardaban el sitio para que jugara.

¿Ellos te llamaron Moka?

En realidad me llamaron Motka primero, que es un palo para repartir golpes. Y Mocka después, que es un palo más grande, como las estacas con las que se pega a los cerdos en el campo. Después empezaron a comerse una letra y Moka se quedó, como los pastelitos de chocolate. Es la historia que le he soltado siempre a los periodistas del mundo para evitar contarles que en realidad era famoso por las leches que metía en las peleas entre barrios. Nos pegábamos constantemente, no podía salir de casa sin mi palo. Dos cosas eran fundamentales en mi infancia: mi motka y las canicas. Hasta que cumplí catorce años y me dediqué al baloncesto seriamente.

Empecé en los campos de baloncesto de Kalemegdan [fortaleza de Belgrado]. Tengo muy buenos recuerdos de aquella época. Os diría que en Belgrado, hasta los años ochenta, cuando llegaron los videojuegos y los salones recreativos, la vida de los jóvenes era maravillosa. Ahora los niños tienen menos necesidad de hacer amigos, los chavales actuales viven malos tiempos. Nosotros estábamos todos los días en la calle, nos necesitábamos los unos a los otros, pasábamos la vida juntos hasta las dos de la mañana hablando cada día. Eso era, no sé, sincero, romántico. Mucho más bonito que lo que hay hoy. Y así fue mi niñez. Aunque no tardé en entregarme al deporte profesional, llegué a entrenar en once deportes distintos. Solo tengo recuerdos felices.

Terminaste en el baloncesto, pero no eras muy alto.

Tenía talento para el fútbol. Miljan Miljanić, el que luego entrenó al Real Madrid, básicamente me pedía de rodillas que eligiera el fútbol, pero para mí era demasiado fácil. Me motivaba más algo que supusiera un reto.

Me enamoré del baloncesto porque cuando me metía en la cancha veía que todo el mundo era más alto que yo y pensaba: «Les voy a joder vivos a todos». Era pequeño y quería enseñarles que les podía hacer daño. Era mi oportunidad de demostrar que solo con la cabeza, con mi inteligencia, podía dominarlos. Como los españoles ahora. Llull, Sergio Rodríguez, Rudy Fernández

Tenía dos ídolos, uno era Dragoslav Šekularac, que era un futbolista tipo Gento, un extremo letal. Y en baloncesto a Josip «Pino» Gjergja. La primera vez que le vi jugar fue en el EuroBasket de Belgrado en el 61. Era croata y albanés, un jugador absolutamente irrepetible, brillante. Siempre digo a la gente que Pino era la bomba atómica y yo el petardo. Me contestan que no sea tan humilde, o tan falsamente humilde, pero es que es así.

Tu descubridor fue Zdravko Kubat.

No, me descubrí yo a mí mismo. Estaba un día andando por Kalemegdan, dando un paseo, y vi que estaba entrenando el Estrella Roja. Yo iba en pantalón corto y zapatillas, les pedí que me dejaran jugar con ellos un rato y ya no pudieron sacarme de ahí, entrenaba con ellos todos los días. Así empecé.

Hasta que llegó el cumpleaños de Tito. Todos los 25 de mayo se celebraba un torneo en las canchas del Estrella y el Partizan al que estaban invitados todos los colegios. Yo llevaba un mes entrenando con el Estrella y mi colegio ganó gracias a mí. Conmigo estaban Dragan Kapičić, que llegó a internacional. Y Aleksandar Boričić, que se pasó al voleibol y ahora es el presidente de la Federación serbia de ese deporte.

De todas formas, a Kubat no le olvidaré en la vida. Entrenar con él era como estar en una academia de policía. Tenías que salir hecho un buen hombre y un buen jugador. O al menos una de las dos cosas. Era un entrenador que nos enseñaba a vivir, a compartir, nos inculcaba que el baloncesto es un deporte colectivo, mucho más sano que lo individual.

Recuerdo que al terminar de entrenar íbamos a casa a ducharnos porque éramos tímidos. Nos daba vergüenza desnudarnos todos en el mismo sitio. Entonces entraba él gritando si éramos niñas, qué era eso de ir a ducharse a casa. ¡Todos a ducharse aquí! Ese tipo de detalles que te espabilan los agradeces toda la vida. Se murió hace tres años el pobre.

Debutaste con diecisiete años con el Estrella Roja.

Los compañeros me aceptaron bien porque ya me conocían de antes. Entrenábamos en el mismo campo en Kalemegdan, donde se jugaba desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la noche. Yo solo faltaba para ir al colegio. Estaba cada día jugando hasta el final y si podía veía los entrenamientos del primer equipo. Noté después de debutar que había gente en el primer equipo que estaban un poco celosos porque no sabían por dónde iba a salir yo, cuánto iba a aportar al club. Pero no fue mal. Además, ya empezaba a ser un poco macarra en esa época, ya me veía por delante de todos.

El baloncesto tardó todavía en profesionalizarse en Yugoslavia. ¿Cómo se tomaron tus padres que te metieras en esto?

Mi familia era humilde. Mi padre era chófer, mi madre ama de casa y éramos tres hermanos. Vivimos muy bien una temporada, cuando mi padre era chófer de la embajada polaca, pero le echaron y pasamos a una situación peor. Hasta entonces vivíamos mejor que la clase media de entonces. Mis padres solo me pidieron que por favor terminase algo para poder ganarme el pan si lo del baloncesto no tiraba, como era de prever. Hicimos una especie de contrato; yo terminaba el colegio y ellos me dejaban jugar. Como me encantaban los coches me matriculé en Transportes, una especie de formación profesional que hay aquí de donde sale la gente que cuida los caminos, pone las multas, controla las señales de las carreteras, etcétera.

La verdad es que mi familia lo pasó mal cuando mi padre perdió ese trabajo. Estábamos en una casa de una habitación los cuatro metidos, dependiendo toda la familia del sueldo de mi padre como chófer del Banco de Zagreb, hasta que nació mi hermano pequeño y nos tuvimos que mudar… [llora]. A mí no me molestaba estar en un piso pequeño, pero mi hermana tenía diecisiete años y necesitaba privacidad. Mientras todo esto sucedía, yo estaba enamorado del baloncesto. No sabía si me iba a poder ganar la vida. Hasta el 71 o el 72 no se ganó una mierda, cuando por fin se puso de moda. Solo el fútbol estaba bien pagado.

En Belgrado la gente se burla de los que llegan del pueblo a vivir a la ciudad, se dice que «pasarían por encima de los muertos» [expresión hecha: «hacer cualquier cosa por algo»] para quedarse. Pero para ellos establecerse en Belgrado es un éxito y luchan por ello. Para mí llegar al baloncesto fue algo parecido. Tuve que conquistarlo.

Mi padre en aquel momento solo pudo dejarme un poco de dinero para que me comprara una moto Solex y yo se lo fui devolviendo a plazos. Por cierto, me caí de la moto cuando estaba en el primer equipo y me sancionaron.

¿Aquí había baloncesto callejero?

No, los de mi generación empezamos a jugar en el barrio, pero no era como en Estados Unidos, donde sí que se juega en la calle. Hasta el 75 o el 76, antes del campeonato de Liubliana, el baloncesto no fue tan popular como el fútbol. El verdadero cambio se dio tras el Mundial de fútbol del 58, el de Pelé. Ahí se puso de moda. Empezó a haber canchas, pasamos a jugar a lugares donde si te caías no dabas la pierna por perdida. Teníamos unos balones de baloncesto que eran de cuero, siempre bromeábamos con que si llovía se hincharían y no entrarían por el aro. Y era una broma, pero más o menos verdad. Cuando entramos en los pabellones la cosa se puso seria, fue la clave, cuando estuvimos en las condiciones ideales para progresar.

¿Cómo has visto que cambiase el baloncesto que tú jugaste en los sesenta y setenta respecto al posterior?

Cada época tiene sus héroes. Comparar a los de los setenta con los de los noventa es el dilema eterno. Lo de que el baloncesto de ahora se juega mejor y más rápido es una ilusión óptica. Si pones un vídeo de mi generación jugando los Juegos Olímpicos de Múnich y otro con la generación de Djordjević verás que jugamos igual de rápido.

Coge un cronómetro y calcula lo que tarda Ćosić en coger la pelota, pasármela a mí, muevo a la izquierda a Kićanović, a la derecha a Dalipagić y dentro. Haz lo mismo con Divac, Djordjević, Danilović y Paspalj y… Mira, mejor no lo hagas porque se van a avergonzar. ¡Nosotros éramos mucho más rápidos! Y también éramos más fuertes. Pon una báscula y sube a Divac, Rebrača y Savić y en otra que se pongan Žižić, Jerkov y Radovanović. Verás quiénes dan más.

Aunque el que va a ganar es el que tenga un buen base, esa es la clave del baloncesto. Mi generación fue insuperable en el juego. No creo que se haya quedado antiguo. En serio, poned un vídeo y comparadme con Petrović.

Yo le entrené cuando tenía catorce años. Que me digan si no hay similitudes en el juego. El baloncesto moderno es lo que le enseñé yo. El más moderno. Por otro lado, si tengo que comparar a Djordjević, a Dražen, Kukoč, Radja, Paspalj, Danilović y Divac con lo que tenemos ahora, lo de los noventa fue infinitamente más fuerte. No se puede ni comparar. Pero la gente de estas cosas no se da cuenta, son detalles que solo ve alguien de setenta y cinco que lleva viendo baloncesto desde sus inicios. Los niños de hoy saben de lo de hoy.

Y otra cosa importante. Ojo. Ponle nuestras zapatillas a los de ahora. No sabrían ni correr. Y esto no son opiniones tipo «me gustan más las morenas que las rubias». Son hechos. Cada generación siempre tendrá sus héroes, pero Beatles no hay más que unos.

¿Cómo era la vida en Yugoslavia en los setenta? ¿Eres lo que llaman un yugonostálgico?

Yugoslavia no solo era un país en el que merecía la pena vivir, era bonito de ver. No encontrabas gente buscando en la basura. Mira cómo está ahora. No te puedo decir que hubiera un aspecto concreto mejor en Yugoslavia, todo era mejor. Que me diga alguien qué hay mejor ahora ¿Internet? Es maravillosa para la información, puedes ver qué va a haber en el cine. Pues muy bien.

Hacíamos fiestas en los estadios. Conciertos. Y la gente del barrio, de la calle, ganaba dinero colocando los equipos de sonido. Ahora lo hacen empresas. ¿Sabes lo que es una fiesta en el campo del Estrella Roja con cinco mil personas, con unas chicas preciosas? Te haces mayor en una noche.

En Sueños robados; el baloncesto yugoslavo de Juan Antonio Hinojo se habla de Alexandar Nikolić como la figura clave en la evolución del baloncesto en Yugoslavia.

Él no fue el responsable de la revolución del baloncesto yugoslavo. En absoluto. No. Fue el primero en conseguir buenos resultados, medallas. No se le debe llamar a eso ser un revolucionario, la palabra correcta sería pionero. La verdadera revolución fue Mirko Novosel. Hasta que llegamos nosotros con él, los rusos no habían sido vencidos. Toda la vida te está follando uno y no le puedes ganar, matas a todos menos a uno, entonces eran los soviéticos. Revolución es acabar con ellos. Novosel es el mejor entrenador de todos los tiempos.

No me malinterpretéis, no puedo tener mejores pensamientos para Nikolić, pero era un entrenador demasiado serio. Nunca tenía contacto humano con los jugadores. Él mismo llegó a reconocerlo con el paso de los años, le falló la relación personal con sus equipos.

Tanto Nikolić como Ranko Žeravica, el que vino después, lo basaban todo en la disciplina. En la dureza. Fuerza. Novosel no, él además intimaba contigo. Era cercano al jugador. Yo seguí su ejemplo cuando fui entrenador. Traté a todos los jugadores como amigos. Les daba la mano, pero no dejaba que me cogieran el brazo. No ponía límites, dejaba que fuese el jugador el que entendiera dónde estaban. Mi filosofía era: te doy el corazón, pero te quito el alma.

¿Cómo recuerdas el primer título internacional del Estrella Roja, la Recopa del 74?

No fue especial. Sabíamos que íbamos a ganar, nuestro equipo era muy fuerte. Lo que nos gustaba era salir del país; comprar ropa, tabaco, perfumes para nuestras novias. Esa fue una de las mejores cosas que tenía el baloncesto entonces, que nos permitía viajar. Ver la cultura y la tradición de otros países. Se valoraba mucho en los setenta.

Žeravica no quiso llevarte a la selección porque eras muy indisciplinado.

Se lo sigo preguntando cincuenta años después: «¿Por qué no me llevabas?» .Y él: «¡Porque fumabas!». Y yo: «No me jodas, Ranko, dime la verdad». Voy a visitarle todas las semanas, está enfermo. Podría dejar que se pudriera por no haberme llevado a jugar con la selección, pero no, voy a verle. Lo que son los absurdos de la vida.

Cuando no me convocaba no podía ni oír su nombre. Luego, cuando jugué en el Partizan en los ochenta, coincidió que él era el entrenador del Estrella Roja. Cada canasta que metía contra ellos se lo recordaba. La metía y le miraba fijamente. Me vengaba de él en cada punto.

Luego, por fin, te llevó Novosel.

Ahí empezó la crema de mi carrera. Desde ese día perdí un partido en tres años. Incluso las medallas de plata que ganábamos estaban celebradas como si fuesen oros, porque luego, aunque hubiéramos perdido en la final, nos fichaban a ocho jugadores del equipo. Señal de que algo hacíamos bien.

Delibašić, Ćosić, Kićanović , Dalipagić… ¿Cómo era la vida en el vestuario de esta selección?

Se peleaban entre ellos para demostrar quién era mejor. Lo digo con toda la humildad, no es por ofender, pero si necesito explicar cuál era mi rol en ese equipo, si quiero decir la verdad, honestamente, la única comparación posible es un pastor con ovejas de oro. Eso era Yugoslavia en aquel momento, y yo era el líder absoluto de ese equipo. Y eso fue clave, cuando un entrenador te da ese papel, cuando eres el jefe, ya no tienes esa necesidad de demostrarte a ti mismo o a los demás que eres el mejor. Por eso no me metía en esas rivalidades que tenían entre ellos, yo era el que mandaba. Era el jefe dentro del vestuario y fuera ya ni te cuento.

Todas las jugadas, el 99 %, nacían en mi cerebro. También en el de Delibašić, fue muy importante. Luego Kićanović destacaba por ser uno de los jugadores más valientes de la historia. Él y Dino Meneghin eran irrepetibles. Nunca se dejaban vencer, luchaban todo hasta el final. Dalipagić era una máquina de meter canastas. Solo paraba de hacerlo si le dabas a un botón o le desenchufabas [risas]. Delibašić era un caballero. Jugaba de forma muy sutil. Siempre le dije que me gustaría ser tan elegante como él, tan señor, pero era una cuestión de diferencia de mentalidad. Él era un dogo y yo un pitbull.

Para que os hagáis una idea, el Mirza Delibašić que visteis en España estaba a muy mal nivel. Fueron las peores temporadas de su vida. Era tan bueno que eso era lo menos que podía dar de sí. Imaginad cómo era. Y Ćosić. El mejor jugador de todos los tiempos hasta hoy. Era tan bueno que se quedaba en un segundo plano. Eso sí que demuestra su grandeza como jugador y como persona. Pero era el único que podía coger la pelota, correr todo el campo y meterla, tuviera por medio lo que tuviera, del salto que tenía.

Eso solo se lo he visto hacer a un jugador más que yo conozca. Su nombre es Michael Jordan. Éramos estos cinco. Con muy pocas variaciones. Nos apoyábamos en tres más que podían ser Jerkov, Jelovac, Radovanović…

Os dio por poneros a pasaros la pelota como si estuvierais jugando al voleibol en un partido contra la URSS del EuroBasket de Bélgica de 1977.

La tragedia fue que no pudimos hacerlo en Moscú tres años después dándole con la cabeza, como tenía pensado. Hay personas de muchas clases, y yo soy de los que tienen un gran sentido del humor. Fue una broma mía. Una vez en España también metí una canasta de espaldas, la pena es que no hay imágenes [risas]. Por desgracia, no existe ningún vídeo, pero lo hice.

Al soviético Serguéi Belov le decías que le iban a mandar a Siberia después de jugar contra vosotros.

Novosel, que era muy inteligente, a veces cambiaba nuestras posiciones para defender y me tocó cubrir al 2, al escolta Belov. Era como poner a un novato frente a un maestro. Pero eso de que iba a perder y le iban a mandar a Siberia se lo dije fuera del partido.

Jugando no ofendía a nadie. Nunca fui sobrado o maleducado. Eso de que he sido un gran provocador mientras jugaba no es verdad ni el 1 %. Nunca le pasé el balón entre las piernas a nadie como dicen. Me comportaba como Mohamed Ali, podía ser polémico en algunos aspectos, es cierto, pero nunca atacaba primero. He podido ser un gamberro, pero nunca un cabrón. Y esa actitud es la que les he intentado enseñar a mis hijos.

En un país que mantuvo un enfrentamiento tan prolongado con la URSS como fue Yugoslavia, destronarlos y ganarles durante tanto tiempo tuvo que ser considerado un éxito descomunal. ¿No os decía nada Tito?

Mi mayor dolor, el único sueño que no he podido cumplir en esta vida, es haber conocido a Tito. Cuando volvimos de Filipinas de ganar el Campeonato del Mundo a la URSS nos recibió a todo el equipo, pero a mí el Joventut no me permitió ir. Tenían miedo de que no pudiese volver a tiempo de Yugoslavia para un partido. No pude darle la mano… [llora]. Murió al año siguiente. Nos dieron a todos un recuerdo, por detrás ponía «Tito». Yo le adoraba. Echo mucho de menos Yugoslavia. Para que lo entienda la gente de fuera: de Yugoslavia, si no te gustaba, te podías ir. Tenías el mejor pasaporte que había en el mundo para viajar. La época de Tito no fue una cárcel como piensan algunos. O te marchabas o te quedabas. Si estabas aquí no hablabas mal de tu país, eso sí. Ya está. Pero esto no era Rusia.

Después de Manila, todavía os quedaban los Juegos Olímpicos por ganar en la propia URSS.

Lo ganamos todo. En el Eurobasket del 79 habíamos sido bronce pero porque era la única medalla que nos faltaba [risas]. Lo mejor que nos pasó fue ganar el oro en los Juegos Olímpicos de Moscú. Con un oro olímpico ya te pueden «escupir por debajo de la ventana» [expresión que significa que has conseguido más de lo que los demás han podido siquiera soñar]. Es la corona de todos los éxitos de tu carrera. Y el resto de generaciones yugoslavas debe saberlo: lo siento mucho, pero nosotros somos los únicos que tenemos ese oro.

Nos quedamos con la espinita clavada de no haber hecho lo del voleibol en Moscú dándole con la cabeza. Ellos estaban deseando vengarse, pero perdieron contra Italia y no llegaron a la final. Ese último partido, el del oro, lo jugamos de cachondeo. Pero me gustó mucho esa Olimpiada. En Moscú estaba todo muy bien organizado, la comida estaba cien veces mejor que en Montreal, donde habían sido los Juegos anteriores.

En 1977 fuiste a jugar a España, al Joventut de Badalona, al que hiciste campeón. ¿Es verdad, como se ha publicado, que nada más entrar en el vestuario te measte en el lavabo donde todos se lavaban la cara para que vieran quién era el jefe?

No recuerdo eso, es la primera vez que lo oigo. Hay muchas anécdotas que no son verdad cuando eres una estrella. Si queréis lo reconozco, pero os juro que no lo recuerdo. Los compañeros sabían que iba a mandar yo desde el momento en que firmé el contrato, ya me conocían, sabían cómo jugaba. La anécdota buena sería que me hubiese meado en la cancha en un partido, habría estado bien.

Lo mismo que hiciste en Yugoslavia con la URSS, en España con el Joventut destronaste al Real Madrid.

Los compañeros siguen siendo mis amigos. Juan Ramón Fernández, Margall… Llegué como una estrella y ellos eran todavía niños. Fui el primer «monstruo yugoslavo» en España, el segundo fue Petrović. Mis problemas llegaron la siguiente temporada. El presidente, que no era el que me trajo, quiso fichar un base, a Quim Costa, y yo me enfadé. Me dijo, con buen criterio, que lo quería traer al equipo para que no me muriese en la pista. Pero le contesté: «Me lo tendrías que haber dicho». Entonces lo que hizo fue invitarme a cenar con su mujer y darme treinta mil dólares en una maleta, cuando mi contrato del primer año era de cuarenta mil. Para que le perdonara el no haberme consultado si podía contratar otro base. Le respondí que no lo quería.

En el Joventut no fui solo un jugador. Amaba ese club. Era mi equipo y sentía un amor enorme. La gente entrenaba dos horas y se iba, yo no. Comía en el bar de Joan Mas todos los días, que era un fanático del baloncesto. La gente sabía que yo no era solo un jugador, un extranjero más: sentía el Joventut en mi corazón. Lo mío no era una farsa.

¿Y ese tío pretendía comprarme? Diciéndome además «idiota, coge el dinero». No lo cogí y me fui a Šibenik.

Viniste desde Belgrado solo para ver a Joan antes de que muriera, se recuerda mucho en España.

Nos adorábamos. También a su hijo Miguel y a su mujer, Juanita… ¡Idos a la mierda! ¡Me habéis vuelto a hacer llorar!

¿Qué pasó en Badalona cuando fuiste entrenador en los noventa? No quieres saber nada de los periodistas de allí.

Había un periodista al que yo llamaba «el Algarrobo», que es como si te llamo Quasimodo, que no jugó limpio conmigo. Y luego algo que no pude olvidar. Cuando estuve de entrenador en Badalona en los noventa era la guerra de Bosnia y estaban todos los días con reportajes contra mi país. Contra Yugoslavia y contra Serbia. Un día detrás de otro. Y entrevistas y artículos, cada día.

Viviste en Cataluña, ¿qué opinas del independentismo?

Cuando yo estuve Tarradellas todavía no había vuelto a España. Me explicaron lo que pasó y yo, que no conocía la historia, terminé creyendo que en Castilla eran todos unos hijos de puta franquistas. Pero luego te das cuenta de que eso no es cierto. Y si se independizan, ¿contra quién jugarán sus deportistas? ¿Contra Andorra? No entiendo la independencia. Tienen hasta su propia policía, ¿para qué más? En España la gente tiene ganas de vivir, no entiendo un movimiento que persigue, no sé… ¿acabar como Yugoslavia? ¡Estúpidos, nosotros enterramos un país maravilloso!

Ahora somos siete repúblicas y todas están fatal. Yo no soy nacionalista, soy yugoslavo. Y ahora deportivamente hemos perdido mucho con la disolución. Somos más pequeños, menos habitantes, se acabó la hiperproducción de jugadores que teníamos. Ahora son cuatro aquí, tres allá, uno por otro lado. No se junta un equipo como antes, siempre fue una mezcla de todos aunque los croatas y los serbios fuéramos la columna vertebral.

El otro día en tu columna, en un diario croata, dijiste que su selección no gana porque no son «hijos de puta».

Los periodistas me llaman porque siempre doy titulares. Ahora me han preguntado por qué Croacia no es capaz de ganar a Serbia. Pues porque están haciendo la guerra en la cancha, no jugando al baloncesto. Nosotros jugamos para ser los mejores de la región, y nos gusta ganar al vecino porque no hay nada más dulce que eso, pero ellos lo llevan más lejos. Se excitan demasiado. Sacan el tema político, no el deportivo, y pierden. No es una guerra, tranquilos, es solo basket.

Sin lugar a dudas, el campo más difícil en el que he jugado ha sido en Zadar. Eso no se puede comprar a nada. Cuatro o cinco mil personas completamente antiserbias. Aunque a mí esa presión me motivaba más para joderles. Ya eran antiserbios en los setenta y lo siguen siendo ahora, aunque tal vez un poco menos. En Zagreb, sin embargo, son unos señores, no se puede ni comparar. No se rebajan a insultar así a nadie.

Al salir del Joventut en 1979 fuiste a Šibenik para ser entrenador y jugador a la vez. Tuviste a tus órdenes a un joven Dražen Petrović.

Nunca en mi vida he vuelto a conocer a un niño más ambicioso que él. Esa era su cualidad más importante. Aprendía todo como una esponja. También tengo que decir, y no sé cómo hacerlo humildemente, que yo era su entrenador. Jugué con él durante dos años. Un entrenador normal no le daba nada, pero al jugar con él pude aportarle mucho. Si pones los vídeos de ambos es alucinante la cantidad de similitudes que vas a encontrar, es algo que cuento con mucha satisfacción. Su madre me decía qué habría sido de Petrović si no hubiese sido por mí. Llegó a ser dios porque pude entrenarle desde que tenía catorce años. Tres o cuatro años antes de que pillase a todos los demás. También entrené jóvenes a Kukoč, a Radja y a Djordjević, pero no tan pronto como a Petrović, al que habría que haberle visto si hubiera podido seguir en la NBA.

¿Te gusta la NBA?

Me gusta, pero no como a esos maníacos que se levantan a las dos de la mañana para verlo. Me interesa más lo que rodea al baloncesto, van familias enteras al estadio. Esto solo lo había visto antes en Badalona, familias que se cogían un palco para todo el año. De la NBA solo veo los playoffs, desde los cuartos o las semis, porque son equipos de mucha calidad que exhiben las cosas bonitas que puede tener este deporte, que tácticamente te enseñan mucho, pero creo que son tontos. Están todo el rato subiendo y bajando. Van ganando de siete y siguen y siguen y pierden el partido. A ver, si ganas de siete, ¡párate, amigo! No me entra en la cabeza. Como entrenador, viéndoles se aprenden muchas cosas, pero no puedo decir que me encanten.

Son muy famosas las imágenes de la pelea de Limoges, entre tu selección y la italiana, en las que Goran Grbović sacó unas tijeras.

Al volver a Yugoslavia nos dijeron que éramos maricones por no haber entrado más a la pelea, pero también fue cuestión de cómo se grabó la bronca. Parece que yo me iba a donde estaban los periodistas para protegerme, que huía. No era así, lo que pasaba es que mientras se pegaban nos arrastraban hacia las mesas de los periodistas y tuvimos que subirnos encima. Ahí arrasamos con todo, no dejamos nada sin romper, los teléfonos, todo… El lío lo empezaron Bonamico y Kićanović, luego se metió un fisioterapeuta por medio y acabó como acabó. Pero no fue tan trágico, no os creáis; cuando Grbović sacó las tijeras Meneghin se estaba descojonando en su cara.

Llegaste a ser seleccionador de Serbia en 2007, pero no tuviste mucha suerte.

Entré en el peor momento. Sabía que iba a salir mal parado, que me iban a enterrar, pero fui y al final tuve que mandar a tomar por culo a muchos periodistas. Ahora solo hablo con un par de medios, porque cuando fui seleccionador no fueron correctos conmigo. No porque me criticaran, sino porque no daban las razones concretas de por qué lo había hecho yo mal. No se precisaba, solo se decía que Slavnić estaba equivocado, que el equipo no estaba preparado. ¡Pero por qué! Yo admito mis culpas, pero que me digan cuál es el fallo. De nueve jugadores que tuve todavía hay tres que están jugando, estoy orgulloso de ellos. Pero solo deportivamente, eso sí, no como seres humanos. Exijo que seas tan buena persona como bueno en la cancha, y estos no pasaron la prueba.

¿Teodosić es uno de ellos?

Es el jugador con la mejor creación en los últimos veinte años, pero esperaba más de él. Ha madurado algo, pero se le subió a la cabeza demasiado lo que le hizo a Garbajosa y nos costó varias medallas. Me gusta tener buen ojo para sacar jugadores, pero los de ahora son peces pequeñitos si los comparamos con Dražen o Djordjević.

¿Cómo era Djordjević cuando le entrenaste de joven?

Siguiente pregunta.

¿Qué te ha parecido el EuroBasket?

Una vez más se ha demostrado que los anfitriones no son capaces de ganar, pero al menos las tres favoritas, Francia, España y Serbia, han llegado hasta semifinales. Si Lituania nos derrotó a nosotros fue porque Djordjević tiene experiencia, pero no práctica. No los ha tenido el tiempo suficiente, pero como el gran jugador que ha sido merecía entrenar a este equipo. En cuanto al ganador, España, creo que cualquier persona a la que le guste el deporte debería besar a Gasol por el placer que nos ha dado. No solo cómo ha jugado, sino el hecho de haber venido al campeonato mientras su hermano estaba descansando. «¿De qué coño estás descansando, bedevijo crna [mujer muy grande]?».

Me encantó el juego de Gasol en la semifinal, pero el entrenador francés que se vaya a un curso de entrenadores. Si pilla uno aún se puede salvar, está a tiempo [risas]. Es una vergüenza que un jugador te meta cuarenta puntos, hay tantos tipos de defensa que podían haber probado. No te puede joder con cuarenta puntos un tío que ni siquiera es el anotador.

La verdad es que me encantaría ver algún día a Pau para darle la enhorabuena.

16 comentarios

  1. Moka Slavnic, genio y figura. No puede haber más titulares en una sola entrevista.
    ¿Por qué en España no hay deportistas que se salgan del tópico?
    Enhorabuena por la entrevista!

  2. Enhorabuena!!

  3. Brutal Moka

  4. Me encanta la combinación de apellidos de unos de los periodistas y no lo digo con ironía

  5. Genial este Motka.

  6. SENSACIONAL entrevista a todo un personaje.

  7. Auténtico yugoslavo, me encanta,mucha pasión y eso es sensacional para el deporte.Gran figura y gran entrevista

  8. Espectacular entrevista

  9. Hombre, que Pau no es el anotador…

  10. La entrevista genial pero no es actual, verdad?. Habla del recién terminado Europeo del 2015 y menciona que Ranko Zeraviça está enfermo (falleció en octubre de 2015)

    • Eso parece. Deberían indicar la fecha de las entrevistas.

      • Eso mismo comenté via mail hace tiempo a jot down, importante datar las fantasticas entrevistas. La simpática respuesta ? ” Nuestras entrevistas son atemporales” (?). Jaja… reir x no llorar

  11. Entiendo que hubo choque de egos con Sasha Djorjevic, vaya dos¡

  12. Yo te vi jugar en el Joventut y para mi siempre seras un GENIO del baloncesto,gracies por los buenos momentos que me hiciste pasar Moka

  13. Tremenda entrevista. Enhorabuena

  14. Un placer leeros, como siempre

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