Física cuántica y un Quijote contemporáneo

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La industria francesa del cómic se pone como ejemplo de lo que sería deseable que existiera en España, tanto en apoyo y respuesta del público como a músculo editorial. En Francia se editan en torno a cinco mil novedades al año y dentro de un número tan grande es posible tocar temas de lo más diverso, incluso rozando lo arriesgado, como estas dos obras recientemente publicadas en España por Norma Editorial.

El misterio del mundo cuántico, de Thibault Damour y Mathieu Burnat

Los conceptos de la mecánica cuántica que han trascendido a la cultura popular, como el principio de incertidumbre de Heisenberg que indica que solo podemos conocer o la posición o la velocidad de una partícula en un momento determinado o la paradoja el gato de Schrödinger, donde se explica que si encerramos en una caja a un gato con cierto mecanismo mortal basado en la descomposición de un átomo radiactivo, si no miramos dentro de la caja el gato estará vivo y muerto a la vez, son cuando menos contraintuitivos. Es entendible, si es que hasta los apellidos de los físicos implicados son complicados de escribir y pronunciar. Por eso, comenzar a hablar sobre física cuántica a un grupo de gente suele causar el mismo efecto que gritar zape a unos cuantos gatos, de Schrödinger o no. Pero se acabó, si es de los que piensan «No entiendo nada, explícamelo con dibujos», aquí lo tiene: El misterio del Mundo Cuántico, una amena e instructiva introducción a la mecánica cuántica. Y hay que reconocer que conseguirlo no es una tarea fácil cuando hasta una vertiente de los principales descubridores del armamento teórico de la física cuántica no cree que los humanos tengamos capacidad para visualizar mentalmente estos fenómenos.

Así como la relatividad especial y general fue prácticamente un descomunal one-man show de Albert Einstein, nuestro conocimiento del mundo cuántico proviene del trabajo de muchos nombres, tanto en equipo como individualmente, apoyándose unos en otros e incluso, trabajando unos contra otros. La vertiente que hemos mencionado anteriormente que pone en duda que seamos capaces de comprender las características del mundo cuántico y que no deberíamos siquiera intentarlo es la denominada Interpretación de Copenhague, que fue capitaneada por pesos pesados como Niels Bohr, Max Born y Werner Heisenberg y se apoyaba en la árida y aséptica formulación matricial descubierta por este último y enunciada junto con el propio Born y Pascual Jordan. Mientras que otra de las corrientes, en la que se encontraban Schrödinger, Plank, De Broglie y Einstein (no se sorprendan; sin contar la relatividad, Einstein sería ya uno de los grandes físicos de todos los tiempos por sus aportes a la mecánica cuántica), defendían que la teoría física basada en la más asequible conceptualmente ecuación de onda del primero encerraba una interpretación entendible. La sorpresa llegó cuando se demostró que la fórmula matricial de Heisenberg y la ecuación de onda de Schrödinger son distintas caras de una misma estructura matemática.

La verdad es que todo esto es bastante desconcertante, pero Damour y Burniat lo explican de forma didáctica y divertida, conduciéndonos a lomos de h, la constante física más fascinante que existe, por un viaje iniciático y onírico en este complejo mundo de la mecánica cuántica con un dibujo amable que facilita la digestión de tantos conceptos físicos, descritos con acierto con una estructura cronológica a través de experimentos, paradojas y las implicaciones metafísicas de las interpretaciones, así como las discusiones imaginarias a modo de Royal Rumble entre las vacas sagradas de la física.

Un tal Cervantes, de Christian Lax

Una vez, estando en el instituto, me mandaron preparar una redacción un tanto especial. Consistía en escribir un nuevo capítulo del Quijote como si su protagonista estuviera en la época actual, valorándose la sintaxis, la ortografía y, supongo, la creatividad. No recuerdo si concretamente se especificaba que el ingenioso hidalgo viajara en el tiempo, pero al final toda la clase presentamos historias en el fondo muy parecidas. No obstante, yo estaba muy orgulloso de la mía, que versaba sobre el disparatado encuentro de Don Quijote con una retroexcavadora en plena faena. Envalentonado, ya me imaginaba saliendo a hombros de clase y llevado en volandas hasta el departamento de Literatura, pero mi profesora no pareció muy impresionada y me despachó con una nota muy inferior a mis formidables expectativas. Haciendo de abogado del diablo, puede que mi obra tuviera más de Mortadelo y Filemón que de la (otra) obra definitiva del castellano. Años más tarde me enteré de que aquel era un ejercicio práctico habitual en bachiller. En definitiva, y aquí es donde quería llegar, hay millares de versiones contemporáneas más o menos fieles a la obra de Cervantes por lo que es muy difícil aportar algo nuevo, pero Un tal Cervantes, de Christian Lax, lo consigue.

Existen numerosos estudios que relacionan la personalidad o las posibilidades de éxito en la vida de un individuo con el nombre que le asignaron sus padres, siendo el ejemplo paradigmático la tenista Martina Hingis, a quien se lo pusieron en honor de la gran campeona Navratilova. En otras ocasiones, como esos niños sobre los que recae la tremenda responsabilidad de ser bautizados Shakira, Daenerys o Hitler, la posibilidad de emular al personaje admirado por sus progenitores es más incierta. En el caso del protagonista del cómic de Lax, llamado Mike Cervantes, su destino parecía estar marcado desde su nacimiento. Combatiente en Afganistán, donde es capturado como rehén y pierde un brazo por las heridas de una bomba, a su vuelta acaba encarcelado por destrozar un cajero automático en represalia por la crisis de las subprime. Y en prisión, cumpliendo condena por ello, es donde se aficiona a Miguel de Cervantes, tanto a su obra como a su vida, con quien comparte experiencia en combate, mutilación y encarcelamientos.

La pérdida de contacto con la realidad que sufrió Alonso Quijano a raíz de su interés enfermizo por los libros de caballería, en Mike Cervantes se va produciendo de manera más gradual al combinar un más que evidente estrés postraumático que le hace creer estar hablando con el escritor español o con John Wayne, con la difícil adaptación a la vida corriente de los veteranos y la situación socioeconómica que le está tocando vivir, repleta de injusticias a sus ojos. Su cordura definitivamente se evapora cuando está reinsertándose trabajando en una biblioteca y le indican que hay que retirar unos libros «que molestan». En un tiempo en el que las quejas de ofendiditos tratan de prohibir algunas obras o autores, que alguien lea muchos libros ya puede ser hasta indicio de locura. Dando la razón indirectamente a quienes insisten en que determinadas lecturas (o canciones) incitan a la violencia, la molicie, la anarquía o cualquier otra forma de atentado contra determinados valores establecidos y en muchos casos antagónicos, nuestro Cervantes secuestra (o más bien libera) las cajas con los títulos defenestrados y se lanza a la carretera a vivir aventuras buscando su Sancho Panza a lomos de un moderno Rocinante, un maravilloso Mustang. El aspecto sucio, desgastado y vagamente metálico de las viñetas potencia la plasticidad de los vehículos que pueblan toda la obra, así como los paisajes evocadores con carreteras infinitas que se pierden en el típico horizonte de los wésterns. Y así, siendo un Quijote moderno con referencias a medio camino entre las películas del oeste y las road movies, acompañamos a Mike para descubrir si comparte el destino trágico de Alonso Quijano o, por el contrario, el suyo alberga algo de esperanza.

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