Epílogos y derivadas

Rafael Vives: Ella


Ella era el consejo siempre acertado. En algunas ocasiones era el impulso final hacia la locura controlada y en otras la prudencia protectora. El amor, en su iniciación, es un matriarcado. Y en él ella reinaba como nadie sabrá hacerlo. Con la justa rectitud que evita el descarrilamiento y con la confianza necesaria para que uno se atreva a volar solo. Era docente y amiga, asesora ante el dilema e incentivo ante el miedo de cualquier nueva aventura. Ella era la poción que te hace creerte capaz, la rama que mitiga el precipicio y el colchón que aparece para endulzar la caída. Todo lo vivimos. Todo. A su lado fue sencillo afrontar el primer paso, la primera palabra, las primeras lágrimas, sonrisas, aciertos y decepciones. Una mano en el hombro que gritaba “bien hecho” o musitaba un dulce “no pasa nada, la próxima vez será”. Siempre estaba ahí. Su generosidad fue el primero de los excesos que conocí. Aún hoy, cuesta entender que exista una persona capaz de anteponer tu felicidad a la suya. A su lado emergía un halo del que todo el entorno se beneficiaba. Una burbuja de alegría, de seguridad, de paz. Una de esas influencias que poseen algunas naturalezas y que hacen que junto a ellas todo sea más sencillo. Por eso nunca estaba sola. Porque apoyaba, ayudaba, enseñaba, protegía… siempre y a todos.

Somos lo que vamos siendo, dotados de circunstancias, mutaciones, avances, retrocesos y, en definitiva, calendarios arrancados. Pero durante el proceso siempre hay una mano que moldea la figura. Y la suya era una mano frágil pero suave, de las que liman con caricias esa erupción de imperfecciones a la que llamamos crecer. Era un inagotable manantial de inspiraciones. Donde yo veía una rama, un tronco, una concha o una piedra lisa anónima entre cientos, ella me enseñó a ver maravillas. Concentrada, manchada de pintura y barro, salpicada de astillas, sonreía mientras convertía cada uno de esos objetos en algo absolutamente precioso. Era genial, como geniales son las personas que saben extraer e incluso mejorar la esencia de lo que las rodea. Adoraba descubrir, probar, entender. Siempre en calma y siempre con la actitud de quien cree que nada es imposible. Incluso al final, cuando ya casi no estaba, aparecía un instante, en un soplo de lucidez, para mencionar aquellos lugares fascinantes a los que íbamos a ir.

Un hueco siempre es proporcional a lo que antes lo ocupaba. Por eso ahora la ausencia es terrible y el hueco descomunal. Porque ella lo ocupaba casi todo. Algunas mañanas, aún entre brumas, cojo el teléfono dispuesto a exponerle mis dudas, miedos y alegrías. Hasta que recuerdo que no está, que se acaba de ir. Y desperezo, de la manera más cruel que haya imaginado. Entonces, sin necesidad de baterías ni coberturas, empiezo a hablar con ella. Le cuento y le pregunto, y sé que responde aunque ahora no la oiga. Porque aunque varíen las formulaciones, las preguntas siempre son las mismas. Y ella ya las respondió todas. Sólo tengo que recordar cuándo y cómo. Y en ese ejercicio mitad dulce mitad autodestructivo, repaso con ella todo lo que tengo y todo lo que necesito. Y camino, despacio, hacia la natural aceptación que nos permite seguir erguidos. Creo que es rotundamente falso eso de que todo se supera. Pero lo que sí es cierto es que ella me enseñó a avanzar. Y por ella, porque así se lo prometí, no pienso dejar de hacerlo.

Rafael Vives: La rueda


La coyuntura actual resulta más que idónea para que hoy tratemos uno de los temas en liza, en boga, en boga de todos, vamos. EL TRABAJO.

Empezaremos con una afirmación aterradora, una de esas que en cuanto la desgranas y digieres te obligan a replantearte tu existencia. Nuestra sociedad se basa en el trabajo, conocido como tarea remunerada o negocio. Pues bien, etimológicamente, el término NEGOCIO implica la “negación del ocio”. Es decir, siendo seres capacitados para el placer, el disfrute, el asueto y, en definitiva, el ocio, hemos creado un sistema que nos lo niega ya en su propio enunciado. Es duro, sí. Muy duro. Pero más duro es el diamante aunque ahora no venga al caso.

Los latinos hace tiempo que enarbolaban el dogma “Ora et labora” que viene a significar “trabaja para poder pagar los tickets de aparcamiento” o, como más tarde interpretó a su gusto la Curia vaticana, “reza y trabaja”. Así que según ellos nuestra existencia debe resumirse en trabajar, rezar y aparcar. Aberrante. Aterrador. Inaudito. No, señores, no. Por ahí no. Nos han educado insuflándonos la teoría de que sólo trabajando toda la vida se consigue que esta sea digna y plena. Sólo a través del deslome, de los madrugones y de renunciar a nuestras inquietudes en pro de horarios, responsabilidades y pecunia. ¡Dinero! Ese es el cenit social. Acumular dinero, amasarlo, retozar en él, tener tanto que podamos usarlo para limpiarnos el culo o hacer origamis. Y, claro, una vez convencidos de que sólo interesa el dinero nos ofrecen la fórmula mágica para obtenerlo. Trabajar. Trabajar mucho, siempre, en cosas que ni nos gustan ni nos satisfacen. Da igual. Lo importante es trabajar. Salir de casa a las 8 y llegar de noche tan cansados que sólo nos apetezca dormir para poder volver a trabajar al día siguiente.

Expuesto así suena triste. Y lo es. Nos han convertido en maquinaria, en robots desprovistos de más ilusión que la de poder librar unos días al año para concentrar en ellos todo aquello que de verdad nos complace. Es un timo, un abuso y un absurdo. Y no digo que no haya que trabajar pues hay mucho por hacer y alguien debe hacerlo. Digo que hay que vivir y la vida es algo más que trabajar. Digo que nos han estafado y nos han organizado un sistema que beneficia a varios millares de listos vividores mientras a la gran masa se nos niega el ocio por decreto. Hoy en día al que logra subsistir sin estar siempre trabajando, al que administra lo poco que tiene y recorta por ello sus necesidades, se le tacha de vago, de tirado, de crápula y de mangante. Que vergüenza. Y que envidia insana la de esta sociedad aborregada que critica al que ha aprendido a ser feliz con menos.

Nos han metido en una rueda. Nos han obligado a girar en perpetua rutina dedicando los días a algo que en absoluto nos llena. Nos privan de otros paisajes, de otras experiencias y de otras oportunidades en un intento por convertirnos en seres grises, sumisos y faltos de expectativas más allá de esas falsas a las que se nos permite acceder. Su “gran propuesta” consiste en que trabajemos durante 50 años para después, cuando nos liberen del yugo, impedidos por el esfuerzo, nos sentemos en una mecedora a esperar el final mientras nos planteamos qué hemos hecho con nuestra vida. Este es el sistema actual. Que cada uno saque sus propias conclusiones.

Rafael Vives: El fracaso


No se dejen intimidar por el título descorazonador y apocalíptico escogido para este artículo. La cosa no está mal sino peor y lo que leerán a continuación es tan solo un modesto intento por reenfocar la naturaleza de una sociedad abocada al caos y la extinción. Siempre desde el optimismo, eso sí.

Vivimos en un mundo falsamente ornamentado de éxito. El éxito se ha convertido en el único concepto a valorar, a perseguir y a anteponer a todo lo demás. Triunfar es el paradigma de nuestra existencia. Triunfar en toda vertiente conocida de nuestras vidas: trabajo, amor, amistad, dinero, familia, deporte, etc. Nos han convertido en máquinas programadas para el triunfo, para la superación y para destacar sobre los demás en cada común comparativa. Vivimos en un mundo que nos muestra el éxito como única alternativa. De ello podríamos concluir que se trata de un mundo formado por triunfadores, ¿verdad? Pues nada más lejos de la realidad. Día a día fracasamos, perdemos, caemos en el estrépito de las metas no alcanzadas. Y, obviamente, lo sufrimos. Depresión, tristeza, ansiedad, locura… derivan ya no de nuestro puntual fracasar sino de nuestro eterno no acabar de triunfar del todo. No estamos preparados para ello. No estamos adiestrados en la gestión de lo normal, de la mediocridad bien asumida y mucho menos del fracaso. Se nos exige el éxito, ser mejores, ser titanes en un entorno en el que los titanes escasean. Y ¿qué se consigue con ello? Nada más y nada menos que una sociedad decepcionada, acomplejada y destinada a no alcanzar unas metas que, de elevadas, resultan paradójicas.

Es decir, se nos educa para fines casi descabellados a conciencia de que no los lograremos. Y así, se nos convierte en esclavos de dichos fines. Cada cota alcanzada resulta absurda al alzar la vista para contemplar la cota final, esa con la debemos soñar aún sabiéndola prácticamente inalcanzable. Todo mérito es nimio en la agravante equiparación. Y toda felicidad efímera pues, hagamos lo que hagamos, será sólo un peldaño insignificante en la escalera de la obligada gloria.

La solución no es tan compleja como aparenta. La gestión del fracaso debería convertirse en una materia troncal dentro de nuestra formación como individuos. Una vez instruidos, sabiendo cómo afrontarlo, cómo actuar, nos evitaríamos innumerables quebraderos de cabeza. Así sabríamos que las cosas van despacio y que el error es previsible, común e inherente a nuestra naturaleza. Caminaríamos con la cabeza bien alta, conscientes de nuestras aptitudes y limitaciones. Haríamos un modesto estandarte de todo mérito y un razonamiento lógico y sensato de todo fracaso. Seríamos más libres, más felices y menos severos a la hora de establecer nuestros retos.

En definitiva, tan solo necesitamos asumir la verdad y regalarles a nuestras facetas vulgares algo de dignidad y elegancia. Poner por medio un poco de perspectiva y decelerar la montaña rusa emocional en la que vivimos inmersos. Así tal vez lo consigamos. Así tal vez sepamos valorar cada logro obtenido y, lo que es aún más importante, minimizar cada revés.

Hagámoslo de una vez por todas. Aprendamos a fracasar.

Rafael Vives: El amor


El amor. Oh, el amor. Oh, el amor. ¡Oh! (Acabo de descubrir las bondades del emoticono “Oh” como evocador de la típica situación en la que uno tiene un ojo muy abierto y una silla de perfil incrustada en el otro). En fin, hoy hablaremos de un tema intrínseco, laberíntico, enigmático… ¿Las amebas? No. EL AMOR.

En un primer posicionamiento y, por si tienen cosas más interesantes que hacer que leer esto, avanzaré que el amor carece de sentido. Desde un punto de vista meramente pragmático, el amor resulta inútil, vacuo e innecesario. De sobra es conocido que la concepción, la subsistencia de una raza y, por extensión, el milagro de la vida, corresponden al sexo, no al amor. Y como sexo entendamos toda forma coital o esporádica (interprétese “por esporas”) de reproducción. Las algas, los percebes, las bacterias anaeróbicas, los ñus, el maíz e incluso los orcos se expanden y reproducen sin intermediación del amor.

Llegados a este punto y citando a un erudito del fútbol moderno, nos preguntamos ¿Por qué? ¿Por qué el amor? ¿Qué sibilino fin persigue esa insensatez, esa atadura moral, esa blasfemia química convertida en tótem de todos los sentimientos? No resulta de comprensión sencilla. Karls Frutz, Vincent O’Hally y otros antropólogos que podría seguir inventándome, afirman que el amor es un inhibidor destinado a hacernos previsibles y maleables. Exponen que el amor nos debilita evitando que actuemos con independencia al anteponer influencias externas a los comportamientos propios de todo individuo. Porque, no nos engañemos, el amor es una conducta eminentemente humana que, por interés, hemos adjudicado a otras especies. La osa que lame y alimenta al osezno no lo ama sino que lo cría y protege asegurándose así una descendencia de calidad, una pervivencia genética y, por tanto, una no extinción. Pues así lo dicta una naturaleza que, de su puño y letra, jamás mencionó al amor. De ello extraemos que el amor es una forma antinatural y sintética de comportamiento. La necesidad, el instinto, el deseo… sí son inherentes a todo ser vivo. Pero el amor, la gran pantomima, nos lo hemos sacado de la manga como herramienta destinada a justificar nuestra inadaptación a la soledad.

Algunos parapsicólogos defienden que el virus amor nos fue inoculado por avanzadas sociedades alienígenas para así pillarnos alelados cuando inicien su colonización. Y es que, en nuestra enajenación, hemos pasado de amar a otras personas a amarlo prácticamente todo. Amamos a los animales, a las plantas, a los coches, a las paellas, al gotelé, a la natación sincronizada, a los trajes regionales… Todo nos subyuga y convierte en marionetas sentimentales fáciles de desmembrar. Una perpetua hipnosis que nos obliga a realizar todo tipo de actos, vistos con objetividad y desde la lejanía, grotescos e incomprensibles. Vivimos voluntariamente maniatados, apoyados en un ficticio bastón que, aunque nos ayude a caminar, nos resta maniobrabilidad.

Para concluir, afirmar que no pretende esta letanía una abolición del amor que, aunque recomendable, sin duda supondría un engorroso proceso legal. Entiéndase tan solo como una llamada a la coherencia y a la sensatez. El amor es muy bonito, sí, pero también lo es el color fucsia. Y ambos son prescindibles.

Rafael Vives: Saludos


Cuentan que no fue hasta el Siglo II post merídiem que el hombre inventó el saludo.

Lázarus Ignífugus, reconocido forjador de espadas, caminaba por la adoquinada vía de los herreros cuando percibió un irresistible escozor en su insalubre axila. Lázarus levantó de inmediato el brazo dispuesto a mitigar aquel picor cuando la providencia quiso que su primo Primus se encontrara al otro lado de la calle. Primus, que ya se había percatado de la presencia del sucio familiar, quedó absorto ante ese gesto. ¿Qué significaba? ¿Cómo interpretarlo? Aturdido, decidió reproducirlo y levantó un brazo, mano abierta, en dirección a su congénere. Ambos se miraron siendo en ese momento conscientes de que acababan de establecer un nuevo vínculo, una aproximación no carnal, un silencioso guiño entre personas. Así nació el primer saludo. La moda se extendió y millones de brazos comenzaron a enarbolarse de forma enajenada sin comprender muy bien por qué. Paralelamente se desarrollaron los primeros desodorantes. Desde aquel momento la Humanidad utilizó el saludo para fines diversos tales como advertir a un igual, marcar territorio, parar un taxi, solicitar la cuenta, cambiar una bombilla o encumbrar a un caudillo.

Al igual que todo en este mundo inconformista, el saludo ha generado polémica y debate. Algunos historiadores afirman que aquel gesto no era sino el impulso genético de imitar a nuestros ancestrales fundadores. Según ellos, el saludo sería el reflejo de un homínido levantando algún instrumento pétreo hacia otro de forma amenazante. Así, se trataría de una intimidación que, en su versión desarmada, podría malinterpretarse como un acercamiento amistoso. No resulta necesario ni agradable evocar cómo terminaron sus días dichos historiadores desde entonces denominados eunucos.

En la Edad Moderna, como suele suceder, el saludo se pervirtió y surgieron innumerables variantes. Unos optaron por incluir el roce y éste derivó en un beso, dos besos, tres besos, fricción nasal, la lambada, la palmadita, el choque “Top Gun”, la colleja e incluso el aberrante “cow kiss” o beso de res. Otros mantuvieron la distancia pero incluyeron guiños como extender el dedo corazón, alzar las cejas, dibujar la V de viñedo o representar dos cuernos en honor a la horca utilizada para recolectar el trigo y a los dioses del Metal. Unos pocos decidieron alejarse de lo convencional y desarrollaron inimaginables representaciones de saludo tales como hacer la croqueta, la cucaracha, el calvo, la presión genital o las convulsiones pélvicas.

Sea como fuere, el saludo, en sus diversas formas y exhibiciones, se ha convertido en una herramienta cultural imprescindible en nuestras relaciones. Hoy en día todos nos saludamos, a discreción, sin mesura, con o sin motivo, con o sin sentimiento. Saludos falsos, imprudentes, incluso traicioneros, proliferan en nuestras calles y en las mejillas de nuestros hijos. Siempre existe un motivo, loable o interesado, para saludarnos, como marionetas representando una obra globalizada de interacción social.

En ocasiones imagino qué hubiera sido de nosotros sin la azarosa intervención de aquel sobaco roñoso. Pienso que el bueno de Lázarus Ignífugus, de saber en qué derivaría su gesto, quizá se hubiera sacrificado, soportado su ictiosis, y probablemente hoy seguiríamos ignorándonos.

A todo esto, un saludo.