Epílogos y derivadas

Rafael Vives: Libres


librería

Cada vez que un nuevo comercio veía la luz en el barrio se desataba una enorme expectativa. Un hecho que se acrecentaba en verano, cuando nuestro día a día avanzaba ocioso y ávido de experiencias que cercenaran la reinante monotonía. Y, como suele suceder en el efímero mundo empresarial cuyos entresijos aún nos eran ajenos, una apertura acostumbra a venir precedida de una despedida. Un adiós que todos presenciamos, arremolinados ante los escasos tres metros de fachada que suponían la cara exterior visible de nuestra, hasta entonces, tienda predilecta. Tras la muerte de la Sra. Rosa sus hijos decidieron clausurar el pequeño colmado familiar que durante 25 años había provisto de pan, huevos y leche a más de cincuenta familias. “Las grandes superficies hacen mucho daño”, lamentaba Nicolás esa mañana en la que bajaba de forma definitiva, y ante la decepción popular, aquella chirriante barrera metálica. Lo cierto es que desde que inauguraron dos enormes franquicias de autoservicio en las cercanías, la rolliza y renqueante Sra. Rosa había visto mermado su selecto elenco de clientes. Con una infraestructura familiar, matriarcal más bien, y una visión empresarial arcaica propia de los albores de la edad moderna, Rosa, Rosi, Rosaza no podía permitirse vender carne ni pescado. Debido a ello, cada vez eran más los que optaban por la comodidad de una compra completa en aquellas proliferantes moles frías y desprovistas de carácter cuya falta de modestia y aires de grandeza les llevaba a adoptar en sus epígrafes prefijos excesivos como híper o súper. Los precios, los horarios, la variedad de productos… todo jugaba en contra de Comestibles Rosita en un mundo velozmente capitalizado.

A la semana, todavía desacostumbrados al cerrojazo que nos había privado del ansiado acceso a la bollería industrial y a un reducida pero balsámica selección de helados, volvió el movimiento al número 17 de aquella pequeña arteria de la ciudad a la que llamábamos hogar. Excitados, arrancados de nuestra apatía, observamos a los ruidosos obreros trabajar día y noche, vimos llegar una batería de enormes paneles azules con letras amarillas e intuimos como jerarca a un señor mayor que con notable eficacia lo gestionaba y controlaba todo. Nadie sabía y nadie aportaba detalle alguno acerca de la misteriosa naturaleza de aquel nuevo negocio. En pleno agosto de casas húmedas y acaloradas, teníamos todo el tiempo del mundo para desatar la curiosidad, espiar y seguir cualquier acontecimiento desde la acera ardiente en la que durante horas los niños nos cocinábamos a la piedra. El local, por lo que se apreciaba en las mejoras exteriores y a través del reducido escaparate, quedó precioso, con sus decenas de estanterías de madera, su suelo marrón enmoquetado y su lustrosa verja nueva. Tan solo faltaba el rótulo que disipara la más feroz de nuestras dudas. Entonces, como si fluyera a cámara lenta, deslizándose entre una comitiva de bienvenida cuya expectación y algarabía solo faltó adornar lanzando flores y salvas a su paso, llegó aquel camión. Dos operarios comenzaron a descargar cajas y cajas repletas de libros que aquel hombre mayor apilaba e iba distribuyendo. A la mañana siguiente, cuando apenas habíamos amanecido, el murmullo que se filtraba por las ventanas nos arrancó de los por entonces todavía amables sueños infantiles, nos expulsó de un salto de la cama y de otro nos plantó en mitad del empedrado urbano. Por fin, todo estaba listo. ‘Librería Orantes’ rezaba un hermoso letrero con forma de cuaderno abierto. El guiño de haber elegido el nombre de nuestra minúscula pero insigne calle para bautizar el local ya nos aflojó el corazón. Del resto se encargó Matías, afable y singular regente de aquel paraíso de letras. Gracias a él, la mayoría de los niños en edad aún moldeable, descubrimos la obertura por la que acceder a una especie de nuevo mundo. Sin preverlo pero sin evitarlo, nuestro destino se vio gratamente alterado desde ese instante. Transitamos por aquel verano bajo la bendita sombra de su toldo, libro en mano. Absortos, embebidos en las historias fascinantes que Matías nos prestaba en un intercambio del que él sólo obtenía nuestro respeto y gratitud. Con eso le sobraba, decía. Con vernos felices y entusiastas, sabiéndose artífice de nuestra conversión literaria.

Aquellos meses cambiaron nuestras vidas. Supongo que aún hoy debemos agradecerle a ese hombre gran parte de las inquietudes, ilusiones e intereses que hemos ido desarrollando a partir de su influjo. Por lo que sé, ninguno de nosotros ha abandonado nunca el universo en el que Matías nos introdujo. El primer día que hablamos con él, mientras le ayudábamos a terminar de colocar los carteles de las secciones, Pedro le preguntó qué razón le había llevado a abrir un negocio de esa índole. Con una sonrisa, Matías nos dijo que una librería, como su nombre indicaba, era un lugar destinado a hacernos más libres. Cuánta razón tenía.

Rafael Vives: Arrecifes abandonados


arrecife

Recuerdo las austeras mañanas de mayo, el legado de los labios sobre los vasos aún dispersos por la mesa de trencadís, el porche, mitad sombra, mitad primavera, el ilógico contoneo de dos lagartijas. Recuerdo las persianas, semiabiertas para filtrar el humor de los cuerpos, el jadeo de las cajetillas arrugadas de tabaco, el aire corrupto del aislamiento. Arena. Buscando recovecos y colores pálidos de toallas exhaustas, a lomos del viento, seseando al avanzar, como un reptil a ras de suelo. Veo las piedras inútiles e insoladas, celadoras del camino obsoleto por el que ya no hacen surcos las suelas de goma de las bicicletas infantiles. Desde un balancín que ha gemido más de mil generaciones, sedado, dormito y enumero los estatutos del olvido y la entereza. Ladeado, sobre una espalda que late, repaso el libro del frío. Inmóvil, fatigado, la imaginación me desplaza con la absurda tarea de abarcarlo todo. Entonces intuyo la playa, parda, macerada con algas y vida. Y sobre ella, los enormes párpados del sol ardiendo en mi nuca. No lamento ni padezco, y almaceno en sal marina los guiños de una isla íntima y presumida. Contemplo la calima. Vengo del miedo y de la añoranza. Y he renacido, entre gaviotas, medusas y plásticos a la deriva. Aún achico con calma los posos de la cavidad donde confiné la tormenta. Climas en miniatura y nubes de algodón enmohecido. Es cuestión de tiempo. Receloso, olvidé advertir a mis insomnes párpados del sueño con el que azotan los tentáculos de la luna. Por eso reposo al asomar el día, ante una pared de esperanza y mosquitos, ajeno al minutero que consume la vida. Me mezo en los recuerdos casi despoblados. Eras joven y asustadizo, fuiste herido por la brisa inestable de las hadas temporeras. Las mismas que pretendes sin éxito homenajear, entre muecas de tinta y espirales que guillotinan con precisión tu cuaderno vacío. Tu pensamiento es solo nostalgia y gratitud. Hipocondría controlada con píldoras de ilusión de mil tamaños y colores. No hay prisa. Veo redes secándose en el pantalán de mi impaciencia. Restos de coral y escamas, inmutables, de piel muerta y salitre. El puerto reposa en cuarentena de veranos y en el mar deslumbra el reflejo de la galaxia. Otra noche amenaza. Regreso al que fue mi hogar atajando entre espuma que me engalana y oxigena. Doblo los faros para que alumbren el infinito y me reintegro en ese yo latente que va y viene cumpliendo condena entre un suave crepitar de madera. Lo confirmo. Nunca existió mejor celda que el viejo porche, sumido en el rumor nocturno de insectos y mareas. Me acuno. Acepto el desafío de una nueva madrugada. Flaqueo. Cierro los ojos sin grandes expectativas. Y sonrío ante la pureza de los arrecifes abandonados.

Rafael Vives: Esta es mi boca


He llegado a tu esfera, esta es mi boca. Como fruta en medio del desierto metálico. Miel y piel de enredaderas solapadas por el viento árido de tiempos peores. Amor y sombra. Ayer enloquecía al contacto con la luz. Así llego, y entro, trasegando por caminos aun sin mutar. Despierto en el roce del agua fría de enero redibujando mi cara. Tu espejo colorea mis espacios bitonales, lo que fui, sujeto a un ábaco de dudas oxidadas, inmóviles, incapaces de deslizarse hacia donde el tiempo suma. Han dormido alfombras, y lienzos vacíos, y cartas quemadas allí donde establecí mi punto de partida. Han anidado pájaros de otras galaxias y todas las aceras rubias y cálidas de un agosto enloquecido. Una mano equivocada, un beso a destiempo que ha implantado sin criterio un extenso mundo de sapos. Mírame. Dame tiempo. Solo al tocarse descubren los niños que la piel es un canal de conexión con el alma. He cargado estaciones en relojes parados. Una, y otra, y otra más, hasta romper sus contornos. He sobrevivido flotando en tus brazos. Y un firmamento de balizas en cada ángulo que esquina tu figura. Eras lluvia y ternura, suerte y contratiempo, nieve y caramelo.

He trepado hasta tu lógica. Y hemos visto, desde el tejado de nubes, cómo los ángeles mercadean con la agonía. Respiro lo que exhala tu hemisferio. Eres la delicia de las palabras ausentes. Como el fluir de las cadenas rotas. Como la paz de la sábana impoluta tras una muerte dulce. He previsto las horas marchitas y las he apilado junto a los rastrojos en los que se acomodó la tristeza. He prendido fuego a todo. Así, embudo de humo de la tierra al infinito, han sabido las miserias, todas las miserias, que no habría más treguas, ni más inmunidad, ni más invitaciones. He fluido bajo las puertas donde se pudren los tesoros que nadie cree merecer. Me he fragmentado, en mil pétalos volátiles, para encontrarte en el aire de las ciudades oscuras. He rastreado la estela y el perfume de animales que te rozaron. He impregnado la luna de mí y la he invitado a tu comparsa de bienvenida. He interrogado a las flores, a los cirios y a las cometas. He involucrado a las farolas, a los gatos, a las piedras y a las estrellas. Y te he encontrado.

Así que aquí estoy, y esta es mi boca. Ahora ya forma parte de ti.

Rafael Vives: La palabra


Para encontrar, más allá de tus manos, el surrealismo ideal, debo dar el doble o triple tirabuzón al sentido de cada cosa. Hacer de tu rostro la llanta de la rueda que me invite a girar. Y de tu piel la alfombra que mitigue mi caminar sobre este suelo de clavos. Necesito el desorden perfectamente ordenado. La coalición de sedales en los que atrapar tu mirada. Es sencillo, al fin y al cabo. Pues al fin y al cabo del día, allá cuando bosteza, repaso las frases menos necesarias. Y me quedo con lo absurdo de cada sintonía. Es pues la voz el reclamo de los que acuden a indagar. A más sirenas, más voces. Y más marineros perdidos tras cada voz. Así busco en ti la palabra que deponga mi voz. Callado, como los almendros en otoño. Igual de despoblado. Absurdo y ausente, porque te has desdibujado de este paisaje. Es por eso. Porque te has recortado de mi postal y ya no hay quien la franquee. Si rebusco y te canso. O si me repito o me atasco, llega el temblor a cada ojo que te buscó y a cada mano que te encontró. Presas del diccionario, se quedan cortas las cuadrillas de letras que pululan por ahí, tan manoseadas que ya no recuerdan lo que significan. Que si se pierde una se sienten mejor. Y las vendas son vedas. Y las cartas, catas. Para catar hasta dónde nos echamos de menos. O si la cambian por otra. Y los muertos son huertos, las putas son puras y las tumbas son timbas sin ases bajo la manga. No recuerdo bien pero antes las juntaba e inventaba nuevas. Y septihambre eran las ansias de libertad que me asaltaban tras el verano. Y neciositar era la posterior forma obscena y dolorosa con la que te añoraba. Te neciosito; te necesito como solo un necio sabría hacerlo. Así cae, por su propio peso, todo significado. Entonces hay más puertas y son más grandes. Y río más, aunque llegue el domingo y sepa que mañana volveré a ser el otro. Descorchamos una semana, y los perros miran mis zapatos rojos desde detrás del contenedor. Porque los ven al revés, y les hacen gracia, y los siguen con la cola. Así te encuentro, sentadita descalza entre tanta poesía. Llorando por necesidad, que no por pena. Porque hay que humedecer los ojos para que no se resequen. Como el cristal del coche por el que ya no veo nada. Y sonríes de repente en forma de lava. Y se disipa la tormenta. Así te tengo presente. Del café de cada lunes a la almohada de cada domingo. Mitad real y mitad inventiva. Sin saber cuál me resulta más inaccesible. Sueño mucho. Porque no conozco más normas que las que dictan los bordes de mi cama. Contigo en primer plano, cada montaña es más pequeña y cada puesta de sol, detrás, se difumina. Sé que llega la noche porque en lugar de verte te intuyo. Y sé que llega el día porque descubro legañas en tus linternas azules. Solo por eso. Hace tiempo que borré el reloj de esta muñeca. Me guío por luces y penumbras, por polvo de estrellas y cortinas que filtran las gotas de sol. Con eso me basta. La luna es una bola de papel arrugado que ya nadie leerá, allá arriba, en el fondo de la papelera de este infinito. Y, de repente, ya no te neciosito si no que te tengo, y te hablazo, que es abrazarte usando la voz. Y encuentro así la palabra con la que poblarte de frases que tú sabrás acomodar. Ya está. Ya no busco más. Ya tengo destino y destinataria. Voy a contárselo al café, a mis zapatos, a los perros y al otoño. Qué alegría. Qué suerte he tenido.

Rafael Vives: El azar


Situémonos en el ocaso británico de un siglo XVI parco en descubrimientos, tosco, vacuo y tan insustancial que, de no ser por Shakespeare, se hubiera conocido como “sigilo XVI”. Fue durante esa época oscura en la que el joven matemático William Ebony Milf constató su “Teoría de las cuerdas autoimpuestas en la no fortuita vigilia que deriva en la eclosión del azar”, común y erróneamente llamada “Teoría del azar”. En ella, Ebony desgranaba los componentes de aquello que llamamos “suerte” e intentaba de una forma cuando menos encomiable demostrar que podía malearlos a voluntad y por tanto hacerse con las riendas de la cuádriga del azar. Dominar la suerte, vamos. Su locuaz discurso inicial se sostenía sobre cuatro grandes pilares, los A.A.P.P, que no eran otros que Alegría, Alboroto, Perrito y Piloto. Con el tiempo y la adquisición de cierta madurez, Milf fue alejándose de estos primigenios preceptos para centrarse en intrínsecas ecuaciones de probabilidad como la de extraer una cantidad N de bolas chinas rojas y negras anotando concienzudamente en su antebrazo la frecuencia con la que extraía esferas del mismo color. Ciertas señoras pertenecientes a la alta burguesía londinense se mostraron muy interesadas en el proyecto y se ofrecieron a sufragar los costes de tan aventurada investigación. Fue así como W.E.M. pudo embarcarse en su ansiado Periplo Rular, un largo viaje iniciático hacia las formas de azar existentes a largo de toda la geografía mundial. Quería conocerlas, palparlas, diseccionarlas y finalmente someterlas. Todas y cada una. De norte a sur, de este al otro, de Groenlandia a Alpedrete. Pero mal empezó la contienda. Una notoria escabechina sufrida en una primera partida de dados en el proscenio del Teatro Globe, en la que perdió hasta el monóculo, le obligó a reducir su ámbito de estudio a la margen izquierda del Támesis. “No pasa nada”, se repetía durante sus frecuentes tratamientos mediante autolesión. Solo había sufrido un revés, un pequeño escollo, un leve tropiezo que no haría si no reforzar la base sobre la que se sostendría su investigación. Las fórmulas eran exactas, la precisión en su implantación inaudita, su pelo lucía lacio y sus axilas hablaban el idioma del desodorante barato. No podía volver a fallar.

Con su presupuesto más que cercenado, se aventuró hacia una segunda cita con la historia en forma de partida de cinquillo. El envite tuvo lugar en el frecuentado Pub Malory, de Upper Ground, y concretamente en su sótano debido a las estrictas y minuciosas leyes locales que prohibían el juego a los zurdos los días de la semana que llevaran “R”. Mientras barajaba su cabeza bullía en un torrente de incógnitas despejadas, elevación de potencias, números antinaturales y el recuerdo del sugerente escorzo de la camarera que lo había acompañado. Compuso en su cabeza las tablas que guiaban el azar, pulió mentalmente cada resquicio de duda y repartió. Una vez tuvo las cartas en la mano, concentrado, hierático en mitad de aquella lóbrega estancia, recordó y maldijo la pérdida de su monóculo. No las veía. El ambiente estaba tan pobremente iluminado que no veía las cartas. Intentó una intuición al tacto, frotando disimuladamente las yemas de sus dedos por los naipes en busca de la rugosidad delatora. Pero nada. Una amalgama de formas y colores difuminados se mostraban ante él, entre sus manos, eliminando por momentos los peldaños de su escalera hacia el éxito. Fue entonces cuando, hiperoxigenado y a lomos de su orgullo, comenzó a aplicar sus fórmulas infalibles un poco al tun tun, dejando que la intuición le dictara las cartas que tenía. El resultado; un drama. A duras penas y entre sollozos consiguió que le permitieran conservar los calzoncillos, prenda en la que él mismo había serigrafiado el lema; “I am the future“.

Quedaba de manifiesto que la gloria no era empresa sencilla y que dos insignificantes sinsabores no le privarían de degustar las mieles del éxito. Con el puñado de chelines que obtuvo empeñando su empeño (fórmula hoy en día conocida como la subvención a emprendedores) optó por reducir su titánica investigación al ámbito de su barrio y a cotas quizá menos ambiciosas. Ya llegaría el momento de crecer, conquistar y eternizarse.

Falto de un primer golpe de efecto que enarbolara su proyecto, ávido, casi obsesionado por un triunfo-lanzadera, quiso erigirse como el rey, el dios nonato del “cara o cruz”. Para ello, aún confiando plenamente en sus inapelables teorías, decidió trucar una moneda con la que obtendría siempre cara. Sería su comodín, su amuleto, la llave triunfal que le abriría las puertas del respeto y la admiración. Poco ducho en manualidades, el resultado no fue exactamente el que hubiera requerido tan magistral artimaña. Para empezar, las dos caras no eran iguales, una mostraba el rollizo perfil de un ya decadente Enrique VIII y la otra el esbelto cuello de la joven Isabel I. Este hecho provocaba un ligero desconcierto. Por otro lado, las dos monedas que utilizó para crear el híbrido de su experimento no tenían el mismo valor y, por tanto, tampoco el mismo diámetro. Una era ostensiblemente más pequeña que la otra, lo que confería poca fiabilidad a la supuesta acuñación oficial de su pieza, convertida ya en una aberración numismática. —No es perfecta…—, se dijo, —… pero tampoco lo son ellos. No lo notarán—. Encorajinado, salió raudo a la calle a reactivar su epopeya al grito de —¡Apuesten! ¡Cara o cruz! ¡Reten al invencible Doctor Cara!— (pensó que quizá debía buscar un sobrenombre artístico menos ilustrativo). Caminaba henchido, ansioso, haciendo rodar en el aire su grial y descubriendo que era cobrizo por un lado y plomizo por otro. —Mmmm… otro fallito—, se dijo. Tal era su ímpetu y premura que su destreza flaqueó y “la obra” cayó rodando hasta un bebé de catorce meses que descansaba en la acera. El niño la tomó con su manita y balbuceó en ese preciso instante sus primeras dos palabras; “Moneda falsa”. ¡Oh, no! ¿Cómo podía ser? Su trampa sagaz había sido descubierta sin superar siquiera un estadio inicial de implantación. El tumulto que se congregó en torno a la primera declaración del infante se convirtió en un instante en tumulto en torno a la extraña moneda del Doctor Cara. —¡Embaucador!— gritó la masa señalando al bueno de William quien se dio la vuelta gritando —¡Timador falaz!— en un penoso intento por encasquetarle el brete a otro que pasara por detrás. Pero tras él solo habitaba un muro. —¡Las fórmulas funcionan!— profería desesperado mientras se acercaba la multitud. —¡La suerte come de mi mano! ¡Os haré ricos y esbeltos a todos!— decidió que eso último añadía credibilidad a la par que boato. La llegada de varios garantes del orden evitó que se produjera el linchamiento.

W. Ebony fue llevado ante un tribunal donde pudo exponer pormenorizadas sus teorías, hecho que le ayudó bastante ya que fue juzgado por loco en lugar de por estafador. Los jueces resolvieron, en un solemne comunicado, que “El azar no puede ser controlado pues su naturaleza reside, precisamente, en nuestra imposibilidad para ejercer dominio sobre él. De estar a merced de algo o alguien, dejaría de considerarse azar y no sería más que el mero efecto de una dedicación o estrategia. Aquel que se proclamara capaz de dominar el azar incurriría en el embuste. Aquel que hiciera de ello su meta escaparía a todo raciocinio y pasaría a ser considerado socialmente peligroso en enajenación y, por tanto, recluido.”

Y así llegó el epílogo de la cruzada del hombre que quiso atrapar la suerte y ponerle una correa. Una vez más, la historia se mostró implacable con los visionarios. La “Teoría del azar” fue tachada de herejía y borrada de la memoria colectiva. El señor Milf terminó sus días en el Hospital psiquiátrico de Bethlem donde intentó avanzar en sus teorías y llegó a acumular una escandalosa deuda en timbas ilegales con otros internos.

Rafael Vives: El libro que leería durante la película que no puedo perderme


Es una obviedad recordar que existen millones de libros, muchos de ellos dignos de recomendación y de obligada lectura. A la hora de seleccionar solo uno creo necesario que el elegido sea uno de esos volúmenes que, amén de contar con una prosa y una historia brillantes, suponga una especie de punto y aparte, una inflexión, un reseteo en nuestra manera de percibir la vida. Por ello, de entre esos incunables que nos marcan y moldean, creo que todos deberíamos, al menos una vez durante nuestra existencia lúcida, sumergirnos en el horror de Se questo è un uomo (Si esto es un hombre) del italiano Primo Levi.

Primo Levi, químico turinés de origen judío y a la postre escritor por imperativo de la desgracia, fue enviado en 1944 al campo de exterminio de Auschwitz, infierno en el que pasó diez meses. De sus 650 compañeros de viaje, él fue de los 20 que sobrevivieron para contarlo. Y vaya si lo contó.

Si esto es un hombre dibuja una experiencia autobiográfica, sin artificios ni heroicidades, que irrumpe de forma irremediable en cada rincón de nuestra conciencia para revolverla de principio a fin. Lo más inaudito, y con el paso del tiempo valorable, es que Primo Levi no juzga, no opina, no parte desde ese poso de odio y venganza del que cualquiera partiría. Solo narra. Solo relata lo sucedido mediante una pluma prodigiosa y una capacidad descriptiva que nos hace partícipes in situ de su día a día. Oscuro pero optimista, Levi expone con todo detalle la inexplicable deshumanización del ser, su miseria, su destrucción y su lucha casi platónica por la supervivencia. De su mano entramos en los barracones del Lager, vivimos la selección obscena y aleatoria que dictamina el fin y llegamos a oler los efluvios de la hiperactiva cámara de gas. Sufrimos la realidad del campo de aniquilación y comprendemos que, en su brutal efectividad, incluso antes que la vida, ya ha aniquilado los sueños, la razón y la dignidad. Partimos de tocar fondo, de lo más miserable de la condición humana y recorremos, una a una, las aristas de la crueldad, la esperanza, la incomprensión, la solidaridad, la fe y, en definitiva, cada uno de los umbrales internos y externos de una persona. Se trata, sin duda, de uno de esos libros que nos enseñan a relativizar y quedan para siempre inoculados en nuestra memoria.

Debemos andar derechos, sin arrastrar los zuecos, no ya en acatamiento de la disciplina prusiana sino para seguir vivos, para no empezar a morir.”

Y ahora llega el momento de la inmersión en el ámbito del séptimo arte. Aún a sabiendas de la existencia de obligados referentes tales como Los albóndigas en remojo, Porkys 2 y Aquí llega Condemor, el pecador de la pradera, creo oportuno recomendar un título algo menos pretencioso pero a mi entender imprescindible. Hablo de una película en toda su concepción simple y hermosa, un regalo, una auténtica proeza del cine actual que debe permanecer para siempre entre las cintas a recordar; The Straight Story (Una historia verdadera). David Lynch. 1999.

El director de Montana se aparta en esta ocasión de sus turbias (y para muchos elogiables) pajas mentales para trasladarnos una historia nítida, sencilla, real y de una humanidad encomiable. En una portentosa interpretación, Richard Farnsworth engulle la pantalla para presentarnos a Alvin Straight, 70 años, viudo, achacoso y casi consumido por su profunda Iowa. Al conocer que su hermano con el que lleva una década sin relacionarse ha sufrido un infarto, arranca su máquina cortacésped y decide recorrer subido en ella 500 kilómetros para visitarlo. Así empieza todo. Así nos atrapa esta comprometida road movie, esta original aventura desde el ocaso cuya cadencia y simbología nos permitirá disfrutar de ella plano a plano. El lento avance de un personaje que se queda sin tiempo va desgranando la naturaleza de una América tosca y costumbrista, sus paisajes, su sicología, sus temores y su modo de entender la vida. Un ejercicio de continua introspección salpicado de encuentros, dificultades, retos, miedos y confesiones. Lynch sorprende por el humilde y delicado tratamiento con el que envuelve esta historia cruda pero esperanzadora, terminal pero optimista.

The Straight Story nos mece a lo largo de sus 111 minutos en una franca y sobresaliente degustación de emociones. Y eso, hoy en día, está al alcance de muy pocas obras.

Rafael Vives: La fe


Hoy abordamos un tema complejo a la par que intrínseco, que viene a ser lo mismo pero en suajili. Los miedos, las fobias, las incertidumbres, la esperanza, las legañas… nos moldean y en ocasiones someten, obligándonos a pensar, hacer o creer cosas que en un estado de equilibrio neutro (solo conocido en ciertas bacterias) jamás aceptaríamos. Hablamos de aquello que mueve montañas, que subyuga personas y que enriquece las legumbres. Un concepto de morfología escueta pero de profundo contenido: Fe.

La fe, o Fe, o armadillo, según se prefiera, es el sí pero no, es el “tómate esto y calla”, es el quiero y no puedo de la evolución humana. La fe es la palanca que nos coloca en modo dependiente, hipotecando el devenir en factores ajenos que escapan a nuestro ámbito de influencia. Es el salvoconducto mediante el que autoconvencerse de que las cosas serán o no en función de algo etéreo y, por tanto, no correspondiente a nuestro esfuerzo o dedicación.

Obviamente, existen diversos tipos de fe como existen diversos tipos de cebolla. La fe como impulso, como agarradera, como vitamina es aceptable e incluso recomendable en muchos casos. Esa es la fe que te hace actuar, superar obstáculos y, en definitiva, luchar por aquello que deseas. Aunque esa fe no es más que un sinónimo de ganas o de esperanza, valores imprescindibles para engrasar nuestra maquinaria. Pero por otro lado existe la otra fe, el chip anulador, la creencia pragmáticamente absurda. Por ejemplo, la fe religiosa. Ese es el tipo de fe que colocamos un escalón por encima de nosotros, más arriba, más importante que nosotros, como motor luz y guía de nuestro destino. Así, de repente, en un momento, mengua nuestra responsabilidad y mengua nuestra capacidad de regir nuestro pasado, presente y futuro. Y eso resulta muy cómodo y algo cobarde.

La fe en un creador, sea un dios, una explosión, una coincidencia o un embudo, nos predestina a sentirnos eternamente endeudados. Sentir que se lo debes todo a algo es sentir que debes abonar esa gratitud. ¿Cómo? Pues con adoración y obediencia, valores que no requieren demasiada elaboración ni un gran desgaste a priori. Y no solo nos conformamos con adorar y agradecer lo obtenido sino que otorgamos a eso CREADOR la potestad sobre lo que nos queda por obtener. Es decir; todo. Todo en sus manos, o tentáculos, o posos diseminados… Todo lo que somos y seremos dependerá de que ESO quiera o no quiera. Incluso en nuestro nivel de inconsciencia, le suplicamos a ELLO que interceda por nosotros, que nos ayude, nos alegre, nos vengue e incluso nos proteja. Un paraguas, una coraza, una cueva en la que resguardarnos a esperar a que todo fluya sin recibir salpicaduras. Esa es la fe que nos condiciona obscenamente, que nos anula y que nos hace maleables. Esa fe nos da la patente para creer en lo inverosímil, para justificar actos injustificables y para depositar nuestra esperanza en una especie de estafa de simbiosis no recíproca. Es la que procede por nosotros regalándonos un motivo y a la vez una coartada. Y listo. Ya somos inocentes e irresponsables de todo, o del todo, ambas valen. Solo hay que creer. Solo eso. Sin mover un músculo, sin dar un paso, sin necesidad de pensar demasiado. Pero no sin renunciar a nada. Al reclinarnos sobre esa fe renunciamos a nuestra capacidad de acción y, por tanto, a nuestra libertad. La naturaleza que nos permite discernir se difumina y queda castrada por nuestras obligaciones y preceptos imaginarios.

En resumen, pues esto podría avanzar en círculos como un frisbee, una carrera de Fórmula1 o una Kaaba; la fe impulso, sí. La fe cadena, no. Dudo sinceramente que la fe vaya a sacarnos adelante pero sí percibo que puede hacernos retroceder. Si os fijáis, nuestros vecinos los animales no tienen fe. Tienen patas, picos, garras y alas. Y saben usarlos.

 

Rafael Vives: Ella


Ella era el consejo siempre acertado. En algunas ocasiones era el impulso final hacia la locura controlada y en otras la prudencia protectora. El amor, en su iniciación, es un matriarcado. Y en él ella reinaba como nadie sabrá hacerlo. Con la justa rectitud que evita el descarrilamiento y con la confianza necesaria para que uno se atreva a volar solo. Era docente y amiga, asesora ante el dilema e incentivo ante el miedo de cualquier nueva aventura. Ella era la poción que te hace creerte capaz, la rama que mitiga el precipicio y el colchón que aparece para endulzar la caída. Todo lo vivimos. Todo. A su lado fue sencillo afrontar el primer paso, la primera palabra, las primeras lágrimas, sonrisas, aciertos y decepciones. Una mano en el hombro que gritaba “bien hecho” o musitaba un dulce “no pasa nada, la próxima vez será”. Siempre estaba ahí. Su generosidad fue el primero de los excesos que conocí. Aún hoy, cuesta entender que exista una persona capaz de anteponer tu felicidad a la suya. A su lado emergía un halo del que todo el entorno se beneficiaba. Una burbuja de alegría, de seguridad, de paz. Una de esas influencias que poseen algunas naturalezas y que hacen que junto a ellas todo sea más sencillo. Por eso nunca estaba sola. Porque apoyaba, ayudaba, enseñaba, protegía… siempre y a todos.

Somos lo que vamos siendo, dotados de circunstancias, mutaciones, avances, retrocesos y, en definitiva, calendarios arrancados. Pero durante el proceso siempre hay una mano que moldea la figura. Y la suya era una mano frágil pero suave, de las que liman con caricias esa erupción de imperfecciones a la que llamamos crecer. Era un inagotable manantial de inspiraciones. Donde yo veía una rama, un tronco, una concha o una piedra lisa anónima entre cientos, ella me enseñó a ver maravillas. Concentrada, manchada de pintura y barro, salpicada de astillas, sonreía mientras convertía cada uno de esos objetos en algo absolutamente precioso. Era genial, como geniales son las personas que saben extraer e incluso mejorar la esencia de lo que las rodea. Adoraba descubrir, probar, entender. Siempre en calma y siempre con la actitud de quien cree que nada es imposible. Incluso al final, cuando ya casi no estaba, aparecía un instante, en un soplo de lucidez, para mencionar aquellos lugares fascinantes a los que íbamos a ir.

Un hueco siempre es proporcional a lo que antes lo ocupaba. Por eso ahora la ausencia es terrible y el hueco descomunal. Porque ella lo ocupaba casi todo. Algunas mañanas, aún entre brumas, cojo el teléfono dispuesto a exponerle mis dudas, miedos y alegrías. Hasta que recuerdo que no está, que se acaba de ir. Y desperezo, de la manera más cruel que haya imaginado. Entonces, sin necesidad de baterías ni coberturas, empiezo a hablar con ella. Le cuento y le pregunto, y sé que responde aunque ahora no la oiga. Porque aunque varíen las formulaciones, las preguntas siempre son las mismas. Y ella ya las respondió todas. Sólo tengo que recordar cuándo y cómo. Y en ese ejercicio mitad dulce mitad autodestructivo, repaso con ella todo lo que tengo y todo lo que necesito. Y camino, despacio, hacia la natural aceptación que nos permite seguir erguidos. Creo que es rotundamente falso eso de que todo se supera. Pero lo que sí es cierto es que ella me enseñó a avanzar. Y por ella, porque así se lo prometí, no pienso dejar de hacerlo.

Rafael Vives: La rueda


La coyuntura actual resulta más que idónea para que hoy tratemos uno de los temas en liza, en boga, en boga de todos, vamos. EL TRABAJO.

Empezaremos con una afirmación aterradora, una de esas que en cuanto la desgranas y digieres te obligan a replantearte tu existencia. Nuestra sociedad se basa en el trabajo, conocido como tarea remunerada o negocio. Pues bien, etimológicamente, el término NEGOCIO implica la “negación del ocio”. Es decir, siendo seres capacitados para el placer, el disfrute, el asueto y, en definitiva, el ocio, hemos creado un sistema que nos lo niega ya en su propio enunciado. Es duro, sí. Muy duro. Pero más duro es el diamante aunque ahora no venga al caso.

Los latinos hace tiempo que enarbolaban el dogma “Ora et labora” que viene a significar “trabaja para poder pagar los tickets de aparcamiento” o, como más tarde interpretó a su gusto la Curia vaticana, “reza y trabaja”. Así que según ellos nuestra existencia debe resumirse en trabajar, rezar y aparcar. Aberrante. Aterrador. Inaudito. No, señores, no. Por ahí no. Nos han educado insuflándonos la teoría de que sólo trabajando toda la vida se consigue que esta sea digna y plena. Sólo a través del deslome, de los madrugones y de renunciar a nuestras inquietudes en pro de horarios, responsabilidades y pecunia. ¡Dinero! Ese es el cenit social. Acumular dinero, amasarlo, retozar en él, tener tanto que podamos usarlo para limpiarnos el culo o hacer origamis. Y, claro, una vez convencidos de que sólo interesa el dinero nos ofrecen la fórmula mágica para obtenerlo. Trabajar. Trabajar mucho, siempre, en cosas que ni nos gustan ni nos satisfacen. Da igual. Lo importante es trabajar. Salir de casa a las 8 y llegar de noche tan cansados que sólo nos apetezca dormir para poder volver a trabajar al día siguiente.

Expuesto así suena triste. Y lo es. Nos han convertido en maquinaria, en robots desprovistos de más ilusión que la de poder librar unos días al año para concentrar en ellos todo aquello que de verdad nos complace. Es un timo, un abuso y un absurdo. Y no digo que no haya que trabajar pues hay mucho por hacer y alguien debe hacerlo. Digo que hay que vivir y la vida es algo más que trabajar. Digo que nos han estafado y nos han organizado un sistema que beneficia a varios millares de listos vividores mientras a la gran masa se nos niega el ocio por decreto. Hoy en día al que logra subsistir sin estar siempre trabajando, al que administra lo poco que tiene y recorta por ello sus necesidades, se le tacha de vago, de tirado, de crápula y de mangante. Que vergüenza. Y que envidia insana la de esta sociedad aborregada que critica al que ha aprendido a ser feliz con menos.

Nos han metido en una rueda. Nos han obligado a girar en perpetua rutina dedicando los días a algo que en absoluto nos llena. Nos privan de otros paisajes, de otras experiencias y de otras oportunidades en un intento por convertirnos en seres grises, sumisos y faltos de expectativas más allá de esas falsas a las que se nos permite acceder. Su “gran propuesta” consiste en que trabajemos durante 50 años para después, cuando nos liberen del yugo, impedidos por el esfuerzo, nos sentemos en una mecedora a esperar el final mientras nos planteamos qué hemos hecho con nuestra vida. Este es el sistema actual. Que cada uno saque sus propias conclusiones.

Rafael Vives: El fracaso


No se dejen intimidar por el título descorazonador y apocalíptico escogido para este artículo. La cosa no está mal sino peor y lo que leerán a continuación es tan solo un modesto intento por reenfocar la naturaleza de una sociedad abocada al caos y la extinción. Siempre desde el optimismo, eso sí.

Vivimos en un mundo falsamente ornamentado de éxito. El éxito se ha convertido en el único concepto a valorar, a perseguir y a anteponer a todo lo demás. Triunfar es el paradigma de nuestra existencia. Triunfar en toda vertiente conocida de nuestras vidas: trabajo, amor, amistad, dinero, familia, deporte, etc. Nos han convertido en máquinas programadas para el triunfo, para la superación y para destacar sobre los demás en cada común comparativa. Vivimos en un mundo que nos muestra el éxito como única alternativa. De ello podríamos concluir que se trata de un mundo formado por triunfadores, ¿verdad? Pues nada más lejos de la realidad. Día a día fracasamos, perdemos, caemos en el estrépito de las metas no alcanzadas. Y, obviamente, lo sufrimos. Depresión, tristeza, ansiedad, locura… derivan ya no de nuestro puntual fracasar sino de nuestro eterno no acabar de triunfar del todo. No estamos preparados para ello. No estamos adiestrados en la gestión de lo normal, de la mediocridad bien asumida y mucho menos del fracaso. Se nos exige el éxito, ser mejores, ser titanes en un entorno en el que los titanes escasean. Y ¿qué se consigue con ello? Nada más y nada menos que una sociedad decepcionada, acomplejada y destinada a no alcanzar unas metas que, de elevadas, resultan paradójicas.

Es decir, se nos educa para fines casi descabellados a conciencia de que no los lograremos. Y así, se nos convierte en esclavos de dichos fines. Cada cota alcanzada resulta absurda al alzar la vista para contemplar la cota final, esa con la debemos soñar aún sabiéndola prácticamente inalcanzable. Todo mérito es nimio en la agravante equiparación. Y toda felicidad efímera pues, hagamos lo que hagamos, será sólo un peldaño insignificante en la escalera de la obligada gloria.

La solución no es tan compleja como aparenta. La gestión del fracaso debería convertirse en una materia troncal dentro de nuestra formación como individuos. Una vez instruidos, sabiendo cómo afrontarlo, cómo actuar, nos evitaríamos innumerables quebraderos de cabeza. Así sabríamos que las cosas van despacio y que el error es previsible, común e inherente a nuestra naturaleza. Caminaríamos con la cabeza bien alta, conscientes de nuestras aptitudes y limitaciones. Haríamos un modesto estandarte de todo mérito y un razonamiento lógico y sensato de todo fracaso. Seríamos más libres, más felices y menos severos a la hora de establecer nuestros retos.

En definitiva, tan solo necesitamos asumir la verdad y regalarles a nuestras facetas vulgares algo de dignidad y elegancia. Poner por medio un poco de perspectiva y decelerar la montaña rusa emocional en la que vivimos inmersos. Así tal vez lo consigamos. Así tal vez sepamos valorar cada logro obtenido y, lo que es aún más importante, minimizar cada revés.

Hagámoslo de una vez por todas. Aprendamos a fracasar.