Rafael Vives: Urs Knettey

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Todo hombre, por lo menos una vez en la vida, debe afrontar voluntariamente la tesitura, en pro de un posicionamiento erudito entre sus semejantes, de redactar con cierto boato una frase pretenciosa en su léxico, medianamente enrevesada en su sintaxis, razonablemente extensa y vacía de contenido”.

Así explicaría Urs Knettey, que de existir hubiera sido eminente filólogo decano de la University of Illinois, asiduo pescador con mosca en el Apple River Canyon y posteriormente afable jugador de ajedrez en los bancos de Lincoln Park, la necesidad social de ser aceptados a través de una superficial proyección de conocimiento, vocabulario y lo que en definitiva denominamos erróneamente cultura. Knettey, que de existir hubiera dedicado décadas a analizar en profundidad esta temática hasta llegar a conclusiones dramáticas tachadas de vagas, dispersas e incoherentes por sus congéneres, se hubiera sin duda embarcado en la herética tarea de desenmascarar la desfachatez del lenguaje humano desde el punto de vista de la absurda adulación por respeto, por, digamos, reconocimiento reverencial o, en la mayoría de ocasiones, por ignorancia. Es decir, hubiera descubierto y, ante su estupor, denunciado los mecanismos mediante los que muchos individuos se valen del lenguaje, sagrado elemento de interacción, para hacer creer a los demás que merecen ostentar un estatus de privilegio por el mero hecho de hilvanar una serie de términos, que aunque para algunos incomprensibles o difíciles de procesar, resultan vergonzosamente carentes de sentido o por lo menos innecesarios, insustanciales y por lo general fuera de contexto. Eso, hubiera afirmado Knettey, supone una espeluznante profanación comunicativa, una merma de la decencia humana y un inadmisible y rayano en lo delictivo ultraje a la palabra. La gran falacia. La enorme pantomima. La colosal estafa. Así hubiera titulado las constructivas y reveladoras ponencias con las que recorrería el orbe arrojando luz sobre uno de los mayores atropellos y una de las más nocivas transgresiones que hayan amenazado jamás la estabilidad de nuestra línea de flotación como raza. Sus soflamas liberadoras hubieran llegado a cada rincón habitado del planeta, a cada esquirla de vida inteligente y a cada pabellón auditivo relativamente sano en un desesperado intento por prevenir a la humanidad ante lo que él no hubiera dudado en tildar de Apocalipsis de Flujo. Uno a uno, hubiera ido desenmascarando a todos aquellos farsantes que mediante un lenguaje impostado, excesivo en ornamentos y nocivo en su ficticia complexión, pretendían erigirse como adalides y caudillos del significado a lomos de su masivamente destructiva verborrea. Nos hubiera liberado, cercenando las plumas y las lenguas de aquellos charlatanes que, blandiendo su impertinencia gramatical, aspiraban a nuestra pleitesía. Los hubiera destronado, bajado del injusto pedestal hasta el que habían inmoralmente ascendido y devuelto a la ciénaga de la indiferencia de la que nunca debieron emerger.

Pero Urs Knettey nunca existió. Nunca pescó con mosca, nunca jugó al ajedrez, nunca aleccionó estudiantes y, lamentablemente, nunca expuso su Apocalipsis de Flujo. De ahí que existan desvergüenzas como esta que acaban de leer.

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4 Comentarios

  1. Me gusta el artículo, se ve que eres un cachondo. Y eso nunca está de más.
    Ameniza mis sentidos el articulado de tus palabras. Observo en tí cierta querencia a la ligereza, y un gusto elevado. Nunca son excesivas las muestras de un humor desenfadado y libertino.
    Pongame a los pies de su señora esposa.

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